Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 7
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ASHLEY

Está oscuro cuando salgo de mi habitación por la ventana.

He colocado una almohada entre las sábanas por si a Sutton se le ocurre asomarse a comprobar si duermo; no suele verificarlo, pero toda precaución es poca.

No hace frío en el exterior. El clima es una de las mayores ventajas de vivir en Alabama, eso y la tranquilidad de saberme a salvo durante el tiempo necesario para aplastar a Albert y a sus secuaces.

Porque voy a encontrarlo, a hundirlo y a mandarlo adonde pertenece —¿el infierno queda demasiado lejos?

— mientras busco la forma de vengarme de cada una de las personas que lo han ayudado a destruir mi vida.

Sacudo la cabeza al descender por la rama de un árbol hasta llegar al suelo y empezar a caminar rumbo al bosque. Esta tarde he escondido a Stan en un recodo del camino de tierra que se adentra en la arboleda. Tras más de un mes trabajando en él, está en perfectas condiciones para competir.

Cuando me subo al asiento frente al volante, lo acaricio con una sonrisa triste e ilusionada a la vez.

Tener este coche es lo más parecido a recuperar la felicidad.

Rod me lo cedió a regañadientes tras ganarle una apuesta porque, a pesar de su mal estado, tenía mucho potencial.

Pero al final, cuando le conté mis planes de participar en las carreras, acabó arqueando los labios hacia arriba y me otorgó su absoluta aprobación.

Tantos años de entreno y disciplina me han servido para aprender a conseguir mis metas sin perder la sonrisa. Siempre encuentro el punto vulnerable de las personas y las ataco por ahí sin que se den cuenta. Aunque odio tener que hacerlo.

Rod es un hombre competitivo, lo lleva en la sangre, y es una figura imprescindible en el circuito de la granja de Rowan, donde trabaja como parte de la organización.

Me regaló el coche y me aseguró una plaza en las carreras tras demostrarle mi habilidad. Esa fue la apuesta que le planteé: si conseguía una vuelta en el circuito con su coche en menos de treinta y seis segundos, me quedaba con el Pontiac y él me metía en los encuentros.

El circuito tiene 2,52 kilómetros de longitud, siete curvas y un diseño bastante difícil por lo corto que es. El tiempo propuesto era una locura para él y algo sencillo para mí.

Me había pasado cuatro meses estudiando cada centímetro de ese circuito en el ordenador, visualizando las carreras colgadas en la página de YouTube, empapándome con el trazado, las curvas cerradas, las abiertas, los cambios de velocidad de los pilotos…

Lo tenía todo grabado en mi mente, como si lo hubiera pisado antes.

Y también contaba con años de experiencia al volante, compitiendo contra una antigua estrella de la NASCAR.

Cuando Rod me llevó a la granja de Rowan con su GT, estaba seguro de que me iba a acojonar antes de pisar la pista, pero lo dejé sin palabras al subirme a la máquina y, tras un par de vueltas de reconocimiento, acelerar para completar el perímetro en el tiempo previsto, pero sin pisar a fondo.

Me detengo a pocos metros de casa de Juliette, y recuerdo la expresión de mi jefe cuando salí del coche ese día, tras batir el récord del circuito en mi primera aproximación a él.

Estábamos solos con mi amiga, sin más público, y eso avivó los deseos de Rod de mantener el secreto. Planea apostar por mí.

—¿Lista para dejarlos con la boca abierta? —Juls entra en el coche con una sonrisa inmensa—. Voy a jugarme un dineral, no me hagas perderlo.

—Me ofende ese comentario. —Arranco de nuevo escuchando el ronroneo del motor con una emoción intensa—. Sabes que soy la mejor.

—Dorian es un contrincante a la altura, Ash, no lo infravalores. Lo enseñó uno de los mejores corredores del circuito de todos los tiempos.

Esboza una mueca de dolor cuando se inclina para cambiar la música y se me crispa el semblante.

—¿Reese ha vuelto a las andadas? —pregunto, aunque conozco la respuesta.

Llevo varias semanas buscando un punto débil para pararle los pies, pero el tío está limpio y no sé cómo ayudar a mi amiga si ella no quiere actuar.

Se pasa el día disculpando a su hermano, como si usarla de saco de boxeo fuera lo más normal del mundo.

—Ya lo conoces…

—¡No! —Niego con la cabeza—. No lo conozco ni acepto que te ponga la mano encima.

Esto ha de acabar, Juls. Déjame ponerle alguna trampa para chantajearlo después.

Lo mandaremos a terapia, buscaremos una forma de recuperarlo, pero tú también perdiste a tus padres, no puedes seguir aguantando que descargue su frustración en tu cuerpo.

—Ha cambiado su vida por mí —argumenta, como siempre—. Si lo metes en algún lío, yo podría acabar en el sistema, en casas de acogida o en un orfanato. Sabes que eso sería peor. Como mínimo a Reese le conozco, es mi hermano. Y no siempre bebe ni está furioso, solo es a veces…

—¿Y que te dé palizas te parece lo mejor?

Quizá mi pasado habla por mí, mis últimos seis años sumida en el dolor, en la sensación de estar a punto de caer en un abismo, siempre con miedo a revivir lo sucedido, a que Albert me disparara otra bala y esta vez sí resultara mortal.

No puedo permitir que Juliette siga viviendo esta pesadilla.

Estos últimos dos meses nos hemos convertido en amigas, unas de verdad, como nunca había tenido.

Debo ocultarle muchas cosas por el bien de las dos, pero me siento feliz a su lado, serena, sin la necesidad de controlar hasta la última sílaba que mis labios pronuncian, y quiero conservarla, ayudarla a encontrar la luz al final del túnel, evitarle el sufrimiento.

Aunque debería alejarla porque no podré llevarla conmigo cuando me vaya, y la echaré demasiado en falta.

No tardó mucho en darse cuenta de que uso lentillas para cambiar el color de mis ojos, ni de mi obsesión por ocultar las pecas ni de mi «lo que sea» con Dorian. Pero como cree que soy una ciberdelincuente, le he asegurado que solo me oculto.

Sacudo la cabeza y le lanzo una mirada inquisitiva a Juliette, enfadada con ella por proteger a Reese, sin ver su maltrato como algo inaceptable.

—Déjalo, ¿vale? —masculla. Como siempre, intenta zanjar la conversación sin afrontar el meollo de la cuestión ni darme permiso para machacar a ese capullo—. Ha tenido un mal día, solo es eso.

—Sabes tan bien como yo que eso no justifica su forma de actuar —suelto muy mosqueada por su actitud—. Y si esto va a más, podría herirte de verdad. Ha de acabarse de una vez.

—Hablé con él, ya lo sabes. Ahora llevaba unas semanas sin tocarme, pero Eve ha vuelto unos días este verano, y se han visto y han vuelto a conectar y ella se ha ido otra vez y… —Habla acelerada—. Hoy han discutido. Él la sigue queriendo, pero ella no quiere una relación a distancia, y claro…

—¿Sabes? —la corto—. Algún día me cansaré de sus excusas e iré a por él, tanto si me lo permites como si no. Y me dará igual que te cabrees si con eso te salvo. —Le dirijo una mirada fugaz—. Nadie debería vivir así, Juls.

Emite un leve gemido de dolor y asiente con las lágrimas humedeciéndole los ojos.

—Gracias —susurra—. Solo había hablado de esto con Ralph, pero nunca explicándoselo todo.

Él quería solucionarlo de una forma bastante violenta.

Creo que por eso tampoco di el paso con él, para no enseñarle las marcas de los golpes.

Me daban miedo las represalias. Y ya ves lo bien que me fue, al final me traicionó y…

—Suelta un suspiro—. Lo echo muchísimo de menos, no logro sacármelo de la cabeza.

Sigo enamorada de él como el primer día.

No entiendo por qué sigo empeñada en quererlo.

—Los sentimientos no se borran de golpe, eso es una de las mayores mentiras de la historia.

—Sonrío con mucha tristeza al recordar a mi padre, a Garrett, a Simon, a mi madre, a mi abuelo, a mi hermano Howard…

—. Si de verdad lo quieres, no puedes cambiarlo, aunque te haga una putada enorme o se vaya de tu vida.

Son emociones tangibles, y están ahí. —Cierro un segundo los ojos para volver a abrirlos con el conocido aguijonazo de la pérdida—.

No solo vale para las emociones románticas, también para cualquier otro tipo.

No es cierto que solo haya un paso del amor al odio, esa afirmación es un burdo intento de convencernos de nuestro desamor a través de la rabia, pero seguimos queriendo.

—Y odiando a la vez.

—Siempre he pensado que amor y odio son lo mismo, pero visto desde otro prisma.

—Aprieto los dedos con fuerza contra el volante, con la cara de Dorian flasheando mi mente—.

Cuando mis padres murieron, los odié por abandonarme, estaba enfadada con ellos, los culpaba de mi soledad y de mi dolor.

Pero, en realidad, seguía queriéndolos tanto, que no sabía cómo afrontarlo.

Me lanza una mirada de comprensión; ella ha pasado por lo mismo, aunque de una forma diferente.

Y nos entendemos porque, a pesar de no habérselo contado todo, de que mi historia se nutre de mentiras y la suya de realidades, el dolor de perder a parte de tu familia es igual de punzante para cualquiera, y a nosotras nos une más allá de lo imaginable.

—Me gustaría perdonarlo… —Suspira—. No lo he olvidado. Pero fue tan gordo lo que me hizo...

—Perdónalo, Juls. —Imprimo decisión a mi tono—. Si sigues enamorada de él y lleva todo este tiempo arrepentido, dale otra oportunidad. La vida es demasiado corta para negarte a ser feliz.

—¿Y si no puedo olvidar lo que pasó?