6 #2
—Rod, me voy —anuncio mirando a mi jefe—. El sábado termino con esto. —Señalo el coche que tengo entre manos. Él asiente con una sonrisa y sigue con lo suyo.
Coloco el móvil en el soporte del manillar para no perder de vista la dirección que toma Ash y empiezo a pedalear con brío.
Durante veinte minutos me alejo de Elberta por el bosque, hasta llegar a un claro donde hay una pequeña casa de madera un poco destartalada, con un garaje bastante grande por el tamaño de la edificación.
Me quedo en el linde del bosque para comprobar que la señal se ha detenido ahí.
No hay rastro de la bicicleta de Ashley en el exterior, pero no cabe duda de que está ahí, dentro de esa casa.
Dejo la mía apoyada en un árbol y observo antes de atreverme a caminar hasta un ángulo donde no hay ventanas capaces de ver el exterior.
Un sexto sentido me impulsa a avanzar con cuidado, Ashley parece una chica muy precavida y capaz de estar atenta a los movimientos exteriores.
Las preguntas desfilan por mi mente mientras camino con tino de no ser descubierto, siento como si estuviera a punto de descubrir un secreto que me hará mirar a Ashley de otra manera. ¿Por qué se esconde aquí? ¿Cómo ha encontrado esta casa abandonada? ¿Qué hay dentro ?
Desde su llegada he notado que hay algo oculto en ella, como si la mayoría del tiempo representara un papel y a la vez dejara salir a flote una parte explosiva de su personalidad.
Avanzo con sigilo, llego a la pared de detrás y luego me agacho para traspasar la ventana y levantar un poco la cabeza con cuidado, hasta mirar al interior. Pero no veo nada, una cortina bastante densa tapa los cristales. Se escucha música procedente de algún sitio de dentro, o quizá del garaje…
—¿Qué narices se te ha perdido por aquí? —La voz de Ashley me sorprende tanto que doy un respingo. Me giro despacio, enderezándome, y la veo a pocos metros de mí, con los brazos en jarras y una mirada nada agradable—. ¿Me has seguido?
—Las preguntas debería hacerlas yo. —Me sobrepongo con rapidez y la desafío con una expresión firme—. Si le cuento a mi madre que pasas aquí las tardes, te atará a la cama.
—Inténtalo. —Como siempre, mantiene la bravuconería sin mostrar ni un ápice de debilidad—.
Yo podría contarle cómo te escapas los fines de semana por la ventana para ir al depósito de agua con tus amigos y ponerte hasta el culo de cervezas y otro tipo de alcohol.
O cómo te follas a una tía distinta algunas tardes en tu habitación antes de que llegue del cole con Ernesto. Quizá le interese…
La última frase la pronuncia con una expresión desafiante, como si me retara a ponerla a prueba.
Una descarga de rabia detona en mi cuerpo.
La muy capulla tiene una información que podría joderme a base de bien con mi madre.
Si se entera de mis escapadas nocturnas, va a cortarme las alas y a atarme corto, sin otorgarme ni una pizca de libertad.
Sin embargo, no quiero demostrarle cuánto me molestan sus palabras, así que compongo una sonrisa maliciosa y le aguanto la mirada.
—¡Vaya! La mosquita muerta me espía. —Me paso la lengua por el labio superior en una mueca lasciva y muy provocadora—. ¿Quieres meterte en mi cama? ¿Por eso sabes qué hago algunas tardes en mi habitación?
Suelta una carcajada sarcástica.
—Ay, rompecorazones, ¡qué creído te lo tienes!
—Da un par de pasos hasta quedarse muy cerca de mí, levanta el brazo derecho y desplaza uno de sus dedos por mi torso.
Su contacto crea electricidad en mi cuerpo.
Percibo cómo ella abre un poco los labios para exhalar un suspiro, pero se contiene con rapidez para curvarlos en una risa mordaz—.
Solo te he espiado para tener material en caso de que llegara un momento como este. Y mira, ha valido la pena.
—Genial. — Le agarro la muñeca para separar su mano de mi cuerpo, reprimiendo como puedo el fogonazo que me inflama al tocarla—. Podemos hablar los dos con mi madre y ver quién sale más perjudicado. —Señalo la casa—. Descubrirá lo que guardas ahí dentro y no tendrá reparos en privarte de ello.
—Y tú acabarás castigado hasta el fin de los tiempos. —Su sonrisa sagaz se nubla un poco con una profunda exhalación.
Durante unos segundos nos aguantamos la mirada, con el corazón latiendo a toda potencia y una espesa tensión en el aire. Casi puedo sentir la caricia de sus labios sobre los míos, el aliento de sus respiraciones, su sabor.
—Deberías marcharte —anuncia retirándose un poco hacia atrás, pero sin dejar de mirarme.
—Ni de coña. —Intento sacar mi voz normal, pero me sale ronca—. He venido para averiguar cuáles son tus actividades secretas y no me largaré hasta saberlo. Así que tú verás.
Huelo su aroma, ese del champú afrutado que usa y llena la cocina por las mañanas cuando desayunamos, se mezcla con un perfume de mujer muy suyo.
Una mueca casi imperceptible le tensa la cara durante un segundo. Con rapidez se recompone para volver a dedicarme su máscara de frialdad. Sin embargo, no me engaña, una vena le palpita en la sien y sus puños están apretados. Está cabreada por mi aparición.
—Tengo fotos de tus salidas nocturnas y grabaciones de los gemidos de tus chatis, con vídeo incluido de las entradas y las salidas a tu habitación, al baño… —amenaza dándose la vuelta y caminando de regreso a la casa, sin impedirme que la siga—. Y no voy a dudar en usarlas si es necesario.
—Debes tener un alijo de droga como mínimo en esa casucha para comportarte así. —Suelto una carcajada—. Estás más tensa que un cable eléctrico. ¡Mola!
—Capullo —susurra acercándose al garaje y asiendo la manija. Antes de tirar de ella, se gira para darme un último vistazo con una mirada asesina.
—Insultándome no me callarás la boca.
—Ni tú me detendrás intimidándome con contárselo a tu madre.
—Compone una expresión ladina—. Me necesita por la pasta y, si te libras de mí, traerá a otra persona.
Vete tú a saber quién te tocará esta vez.
—Me lanza un beso con una sonrisa jocosa—.
Tú sabrás hasta qué punto quieres joder la economía familiar y arriesgarte a tener a un indeseable en tu vida.
Llevo años en casas de acogida y te digo desde ya que soy de lo mejorcito.
Sus palabras me golpean. Llevo tanto tiempo enfadado por la situación en la que nos dejó mi padre, que no me había detenido a pensar en los problemas económicos de mi familia.
Ni en la posibilidad de tener a una capulla viviendo bajo nuestro techo.
Ashley es desafiante, fuerte, tocanarices y lo que quieras, pero es una tía legal. Y me fascina tenerla cerca.
—Abre de una vez —ordeno con malas pulgas, porque no pienso mostrar ni un ápice de debilidad—. Y cállate, me das dolor de cabeza.
—Pobrecito…
Tira de la manija para desplazar la puerta. La música proviene de ahí, de ese garaje que me deja mudo de la impresión.
—¿Tienes un Pontiac GTO del 71?
Mis ojos hacen chiribitas al observar el coche situado en medio del garaje, con el capó abierto, junto a una mesa llena de herramientas y su mono tirado de cualquier manera, como si Ashley se lo hubiera sacado a toda prisa.
El coche está bastante hecho polvo, le falta un montón de trabajo para ponerse a tono, pero tiene una pintaza de miedo y ella está capacitada para arreglarlo.
—Se lo gané a Rod en una apuesta. Y la «mansión» también.
Es de su familia, pero nadie la usa, así que me la he adjudicado para poner el Pontiac en buen estado y tener un sitio donde pasar las horas —admite con altivez, señalando el candado de seguridad que ha colocado en la puerta—.
En un mes o así lo tendré listo para correr en el circuito, entonces me apuntaré a las carreras.
A mediados de octubre los otros conductores van a temblar, ya que Stan —le da un par de palmadas al techo del GTO— y yo vamos a arrasar en la pista.
—¿Se te va la chaveta? —La recorro con la mirada con un arranque de rabia—. ¡No puedes correr en el circuito! ¡Se te comerán viva!
La idea de verla estampada contra una valla me atraviesa el estómago.
—No tienes ni idea de cómo conduzco. —Se le hinchan las aletas de la nariz—.
Pero, si estás tan seguro de que soy mala conductora, deberías poner a punto tu GT y salir a la pista para darme un «repaso», ¿no crees?
—Da un paso para pararse a pocos centímetros de mí con una sonrisa torcida—.
Hasta podrías apostar en mi contra, a ver cómo te sale.
Es un desafío en toda regla, uno que tengo muchas ganas de ganar. La Princesa del Hielo no va a poder conmigo ni de coña. ¡Me enseñó Jason Stone! Y, aparte de dar con los puños, era el puto amo del circuito.
—Voy a destrozarte. —Asiento con una sonrisa letal—. Después no me vengas llorando como una debilucha porque te he pateado el culo.
—Inténtalo, pero prepárate para morder el polvo.
—Ni lo sueñes.
Me doy el piro con la bicicleta e ideo cómo voy a convencer a mi madre para que me deje arreglar el Mustang en menos de un mes.
Quizá debería escamarme, pero no le doy más vueltas ya que mi único interés en este momento es demostrarle a Ashley cómo de potente soy al volante.
Tengo un poco de pasta ahorrada y, si les pido ayuda a los chicos, seguro que me prestan algo.
Cuando les diga que competiré contra mi «hermanita», aflojarán el billetero con rapidez.
La tía no tiene ni idea de con quién se la juega.