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DORIAN
El motor ruge cuando giro la llave y enseguida detecto el fallo en la carburación. Estoy en el taller, con las manos negras de grasa y la espalda dolorida, intentando concentrarme en el coche que tengo delante.
Al otro lado del elevador, Ashley trabaja en silencio, medio metida bajo el chasis de un Camaro, como si el mundo empezara y terminara ahí debajo. Ni me mira. Y eso me molesta más que cualquier pulla.
Aprieto la llave inglesa con tanta fuerza que el metal chirría bajo mis dedos.
Odio encontrármela cada mañana tan activa a la hora de desayunar.
Se despierta a las cinco para usar el gimnasio y salir a correr antes de empezar la jornada, sin importarle si es fin de semana o un día laborable.
Y ni se inmuta. Es como una máquina engrasada y lista para actuar en cualquier momento.
A mí, en cambio, me es imposible funcionar sin unas buenas nueve horas de sueño; tardo muchísimo en reiniciar mi cerebro al abrir los ojos. Sin embargo, a ella le basta con cinco o seis horitas para estar al máximo de su potencial, y encima tiene una energía inagotable.
En las tres semanas que llevamos de instituto, ya se ha metido a todos los profesores en el bolsillo y tiene a mis compañeros revolucionados.
Es demasiado perfecta. Número uno en deporte, la puta ama en el taller, brillante en clase…
Pero me niego a creer que es capaz de bordar cada maldita actividad que se propone.
Desde el inicio del curso hemos perdido nuestras charlas diarias y, contra todo pronóstico, las echo de menos.
Me esfuerzo al máximo en los entrenos y en los partidos de los viernes. Y no sé por qué me jode no verla en las gradas con una sudadera de mi equipo, con mi número en la espalda, animándome como hacen la mayoría de tías que quieren meterse en mi cama.
Para mí el fútbol es sagrado, mi pasaporte al futuro, y la quiero conmigo mientras demuestro lo que valgo en el campo, pero Ash sigue en guerra conmigo, y más desde mi provocación en el diner .
Ese día gané de calle. Conseguí cabrearla hasta el punto de ver cómo le partía la nariz a Logan, pero me salió caro porque ahora no responde a mis constantes intentos de volver a crisparla ni ha vuelto a charlar conmigo con tranquilidad.
Contesta a todas mis pullas con elegancia y efectividad, como si estuviera de vuelta de ellas, y eso solo consigue alterarme más, y también aumenta mi interés en ella.
No tengo ni idea de qué me pasa.
El motor vuelve a toser y le suelto un golpe seco con el puño al capó.
Quiero volver a encender el fuego en sus pupilas, conseguir de nuevo su atención.
Lo he probado todo. Comentarios lascivos, hirientes, cortantes…
Besos y magreos con tías… Tonteos con ella…
Incluso he intentado encontrarla a solas para propiciar una charla, pero solo he conseguido turbarla en algunos instantes.
Enseguida se controla y aguanta el tipo con un control digno de un SEAL.
Últimamente siempre anda escoltada por Juliette, y yo por mis compañeros de equipo o alguna de las tías que me rondan.
Nos estudiamos a hurtadillas, como si nuestros ojos se buscaran solos.
A veces nos lanzamos a un nuevo reto dialéctico y, entre pullas, nos contamos más de lo que deberíamos, devorándonos con la mirada mientras esa tensión no resuelta crepita entre los dos.
Casi me paso de rosca al ajustar el tornillo.
De alguna forma perturbadora, Ashley es mi primer pensamiento al levantarme de la cama y el último antes de cerrar los ojos por las noches, como si se hubiera adueñado de mi mente. Y no lo entiendo.
El recuerdo de la fiesta en las hogueras se repite en bucle en mi cabeza. Cómo bailaba con mi amiga de toda la vida tras haberle roto la nariz al imbécil de Logan, sus movimientos sexys de cadera, su expresión de paz mientras la música la llevaba a otra dimensión…
No me lo puedo quitar de la cabeza.
Esa noche ni siquiera logré tirarme a la rubia.
Cuando estoy con otra, veo su cara, huelo su perfume, acaricio su piel. ¿Por qué tengo la necesidad de protegerla cuando en realidad deseo que desaparezca de mi vida cuanto antes? ¿Por qué me empeño en discutir con ella? ¿Por qué me atrae de esa forma? ¿Por qué siquiera pienso en su existencia?
En el instituto ha causado furor y se ha vuelto popular sin buscarlo.
Sasha intentó integrarla en su grupo sin éxito y ahora está que trina porque le roba el foco.
Sigue yendo a por mí, pero después de su último numerito no me la tiro ni de coña.
Su padre es el puto alcalde. Dueño de la fábrica de papel donde trabaja mi tía.
Y Sasha me amenazó con joderme si no la convertía en mi novia.
Podría cargarse mi beca sin despeinarse, así que soporto sus flirteos sin ponerla en su sitio. Pero me sulfura: solo habla de su físico, su popularidad, sus logros. Como si el mundo empezara y terminara en su reflejo.
Ashley no es así. Se interesa de verdad por la mecánica, por mi familia y por su nueva amiga. Nunca alardea. Es disciplinada y trabajadora. Y le importa una mierda ser o no popular.
Le planta cara a Sasha sin despeinarse. Tiene una gran capacidad para lidiar con las típicas putadas de una líder de instituto, y siempre sale reforzada después de cada asalto.
Resoplo cabreado por mis pensamientos recurrentes sobre la maldita Ashley. El día de su cita con Logan la ira me invadió al verlos juntos; solo deseaba levantarme y estamparle un par de puñetazos en la cara.
Por suerte, la propia Ashley se encargó de eso y me dejó con la boca abierta. ¡Qué tía! ¡Qué derechazo! Ralph flipó, como yo.
Después, mi querido amigo del alma insistió en ir a por ella, pero al día siguiente, tras mucha negación, acabó confesando que acostarse con aquella chica fue un error.
Uno que está pagando caro. La distancia de Juliette lo ha destrozado.
La culpa lo ahoga. Y lo peor es que sigue enamoradísimo de Juls.
Levanto la mirada del motor que estoy revisando para echarle un ojo a Ashley y se me acelera el pulso.
Es una jodida maldición. Está tan sexy con el mono manchado, inclinada sobre el capó, el pelo recogido de cualquier manera y manchas de grasa en las mejillas…
Me provoca solo con su presencia. Me desata algo que no sé nombrar y me roba el aire.
Mis fantasías cruzan cualquier límite que haya conocido. La deseo. Cada día. Incluso en sueños. Y sí, quizá debería follármela de una vez para quitarme esta jodida obsesión, porque es la primera chica que no se derrite al mirarme. Y eso tiene que cambiar.
Observo cómo quita el palo que aguanta el capó y lo cierra dando por terminado el trabajo. Se mete dentro del coche, gira la llave y escucha cómo el motor ronronea perfecto, con un sonido que anuncia una labor impecable, como siempre.
—Rod —dice en un tono alto, saliendo del coche y pasándose el dorso de la mano por el pelo—. He acabado con el Ford. ¡Suena como la seda! —Sopla para apartar un mechón rebelde de su cara y nuestras miradas se cruzan un segundo—. Me voy, he acabado mi turno —anuncia cambiando su foco de atención.
—¡Hasta mañana! —grita nuestro jefe en respuesta desde el otro lado del taller. Sonriendo. ¡Traidor!
Ash trabaja un par de horas cada tarde y al salir desaparece durante dos o tres más antes de regresar a casa.
No tengo ni idea de a qué dedica su tiempo.
Y mi madre no le pide explicaciones. ¡Ni una!
Me cabrea un montón esa actitud de mi vieja con ella.
Conmigo no es así, exige conocer mis horarios, mis actividades, mis intenciones.
En cambio, Ashley consigue embaucarla para que le dé libertad absoluta sin preguntas.
Estoy convencido de que mi hermana de acogida está metida en algún lío turbio.
¿Dónde pasa las tardes? ¿Por qué no lo cuenta?
¿Qué se trae entre manos? Es extraño que desaparezca tanto rato, y necesito descubrir a qué dedica su tiempo.
Por eso le he puesto un localizador en su bicicleta y hoy la seguiré en cuanto salga por esa puerta para averiguar su secreto.
Nuestras miradas se vuelven a cruzar. Y esta vez nos quedamos unos segundos observándonos, con un subidón de calor en el cuerpo.
Hasta que ella rompe el contacto visual y desaparece en el baño.
Cuando sale, sin haberse quitado el mono de trabajo, tiene la cara limpia, con alguna gotita rebelde cayendo del principio de su pelo, que sigue recogido de cualquier manera con una pinza enorme sobre la coronilla.
Sus ojos brillan al encontrarse con los míos.
Es solo un instante, pero capto con claridad cómo se abren un poquito más y su boca suelta una espiración jadeante. A mí me produce la misma sensación .
Estoy listo para marcharme. Me he quitado el mono, lo he guardado en la mochila y tengo la bicicleta ahí fuera, preparada para seguir la señal del localizador en unos minutos, cuando Ashley se crea a salvo.
No me costó encontrar el artilugio. Mi padre solía ponernos uno de esos para satisfacer su vena controladora, y siguen escondidos en el doble fondo de uno de los armarios del gimnasio, junto a un par de sus armas ilegales, un arsenal de condones, tres micrófonos, las cámaras que saqué de sus ubicaciones cuando lo metieron entre rejas y algunas grabaciones antiguas.
Es un cabrón con deseos de mantenernos atados a él, siempre aterrorizados bajo su yugo.
Durante años, si lo desobedecíamos, el castigo era épico.
Supongo que debe seguir igual y la idea de estar lejos de nosotros debe desquiciarlo.
Pero ya no le tengo miedo ni supone una amenaza para nadie de mi familia porque se va a pudrir en la cárcel.
Miro la pantalla de mi móvil y abro la aplicación de seguimiento para averiguar a dónde se dirige Ashley. Pedalea rápido rumbo a las afueras del pueblo, al bosque que se extiende tras nuestra casa.