Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 5 #3
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—Ahora has de rellenar los huecos con una historia. —Tecleo con decisión para seguir sus peticiones—. Me muero de curiosidad. ¿Quién es «ella»? ¿Y por qué el doce de abril?

—¿Te han roto alguna vez el corazón en tantos pedazos que no eres capaz de encontrar los trocitos después? —Su tono indica un dolor penetrante.

—No ha sido un chico, pero sí. —Asiento intentando mantener a raya los recuerdos de las dos ocasiones que ha sucedido—. Conozco la sensación.

Inspira con fuerza.

—Solo necesito saber hasta dónde me ha mentido y encontrar la forma de devolvérsela para sentirme mejor, pero Ralph es historia para mí.

Juliette y yo nos parecemos, ambas intentamos reconstruir nuestros corazones rotos por distintos motivos, luchamos con uñas y dientes para aferrarnos a la superación. Aunque yo no quiero dejar de recordar a los que se han ido, solo aplacar el dolor de su pérdida.

Le muestro la galería de fotos de Ralph para demostrarle que no hay ninguna del doce de abril.

Luego compruebo que ese día tampoco ha dado de alta ningún contacto.

En los mensajes de texto no encontramos ningún chat con una desconocida.

Ella suspira, se limpia un par de lágrimas rebeldes, se recompone y toquetea la pantalla de su móvil para enseñarme dos capturas de pantalla de stories de Instagram.

En ellas se ve a Ralph muy acaramelado con una rubia de unos veinte años o así, ligerita de ropa.

—Hunter me tenía bloqueada, pero lo vi desde móvil y fue demoledor —explica sin aclararme mucho—. Está en la UCLA, este va a ser su tercer año, y es el segundo de los hermanos de Ralph.

—¿Otro? —Levanto las cejas con sorpresa.

—Son cuatro: Travis, Hunter, Logan y Ralph.

—Vaya. —Dejo el móvil sobre mi regazo y asiento con una sonrisa para animarla a continuar.

—Tenía la mosca detrás de la oreja cuando Travis preparó un fin de semana de hermanos en Los Ángeles.

—Desvía la mirada a la lejanía mientras estruja la tela de su delantal con las manos inquietas—.

Esa noche presentía que algo no iba bien.

Ralph dejó de hablarme a eso de las diez y media.

Me dijo que se iba a la cama, pero me mintió.

—Tiembla un segundo, como si acabara de estremecerse—.

En realidad estaba en una fiesta de la fraternidad de Hunter, contentito por las copas.

Lo sé porque yo tenía el presentimiento de que Ralph me mentía, así que le robé el móvil a Reese y me metí en su insta.

Mi hermano y Hunter son muy amigos, por eso a él no lo tiene vetado.

—Suspira—. Iban juntos a clase, tenían pensado estudiar en la UCLA gracias a sus becas deportivas, incluso querían compartir piso junto a Eve, la exnovia de mi hermano, pero la vida es una mierda y Reese no pudo cumplir sus sueños. Por mi culpa.

Su discurso me aclara algunas lagunas, pero despierta un millón de nuevas incógnitas. La forma en la que pronuncia el nombre de su hermano se llena de miedo, y esa frase final… Hay algo ahí, algo que la aterra. Y no sé por qué, pero quiero descubrirlo y ay udarla a solucionarlo.

—Vamos por partes —propongo ordenando los datos en mi cabeza para saber de qué hilo tirar primero—. Cuéntame lo de Ralph y después hablamos de tu hermano. Entiendo que es tu ex, ¿no?

—La primera parte es fácil, tópica y duele que te cagas.

La segunda… —Arruga la cara en un gesto pávido.

Suelta un suspiro y fuerza una sonrisa—.

Ralph, Dorian y yo somos amigos desde niños, nuestros padres eran íntimos y de pequeños siempre estábamos juntos, salíamos en grupo, así que surgió la llama entre los tres y una más intensa entre Ralph y yo.

Hasta este doce de abril. —Cierra un segundo los ojos—.

Lo quería un montón y me traicionó. Bueno, todavía lo quiero…

—Sonríe con tanta tristeza que me llega al corazón para despertar mi empatía—.

Éramos pareja, nos habíamos dicho te quiero, nos habíamos besado, incluso habíamos llegado a la tercera base, pero el touchdown nos quedaba un poco lejos, como mínimo para mí.

No estaba lista y él dijo que lo entendía, pero, cuando esa rubia decidió que quería a un cachorrito virgen para enseñarle todo cuanto sabía, cambió de idea.

—Tuerce la boca en una mueca de dolor y luego estira los labios hacia arriba con dificultad—.

Lo de esperar hasta que me sintiera preparada no era real, solo quería mojar, fuera con quien fuera, y esa rubia se le puso a huevo.

¡Debió de ser la hostia para destrozar lo nuestro de esa forma!

—Lo siento. —No se me ocurre nada más que decir.

—Me costó lo mío conseguir su confesión cuando volvió, pero al ver esas fotos, lo supe.

No me preguntes cómo, pero lo tuve tan claro…

—añade—. Lo peor es que si no las llego a ver, jamás lo habría descubierto.

Y eso me mata porque significa que pensaba ocultármelo y seguir con lo nuestro como si nada.

—Se seca un par de nuevas lágrimas—. ¿Por qué lo hizo?

¿De verdad valía la pena romper nuestra relación por un polvo?

—Niega con la cabeza, se frota los ojos con los dedos y me mira con una sonrisa melancólica—.

Ya ves, enamorarse es una mierda. No lo hagas y no sufrirás desengaños.

No sé qué me impulsa a darle un abrazo, pero lo hago al ver su dolor en las pocas lágrimas que no ha podido retener.

Es rápido y fugaz, no soy muy dada a las expresiones físicas de cariño con personas ajenas, pero suficiente para reconfortarla.

Además, ella enseguida se retuerce, como si le dolieran las costillas o algo parecido.

—Vaya capullo. —Convengo soltándola.

—Se arrepiente —murmura—. Lo sé, lo conozco y lo creo cuando me suplica cada día que lo perdone.

—Cierra los ojos con una inspiración profunda—.

Si supieras la de veces que me ha llamado, me ha mensajeado y me ha buscado para recuperarme.

Pero no puedo olvidarlo ni dejarlo pasar.

Me dolió un montón, se cargó mi confianza, me destrozó de una forma difícil de superar; mi vida ya era un agujero negro y solo los tenía a él y a Dorian.

Habíamos hablado de sexo, habíamos decidido esperar.

Pero cuando se le presentó la oportunidad…

—Suelta un sollozo—. Y ahora se comporta como si estuviera de vuelta de todo, pero sigue insistiendo en hablar conmigo. —Gruñe—. ¡Es una mierda!

—Quizá deberías escucharlo. Ya han pasado casi cuatro meses, y si sigues enamorada de él…

Resopla limpiándose las lágrimas.

—Puede… —Otra exhalación—. No sé, lo pensaré. —Suspira—. Vaaaaale, sí, sigo loca por Ralph, esa es la maldita verdad. Pero ¿se puede superar algo así? Si lo perdono, ¿volverá a engañarme?

Nos quedamos calladas un instante. La entiendo; no es fácil estar en su lugar ni tomar esa clase de decisiones, él la ha traicionado una vez; pero, si se arrepiente, quizá no la engaña de nuevo.

—¿Qué hiciste para que tu hermano no fuera a la uni? —pregunto con curiosidad, en un intento de cambiar de tema.

—Reese me odia. —Aprieta los labios con una tristeza insondable—.

Consiguió su beca para la UCLA gracias a sus dotes con el fútbol y había ahorrado lo suficiente para irse a Los Ángeles con Hunter y Eve.

Tenía el billete, las maletas hechas… —Suspira con profundidad—.

Cuatro días antes de marcharse un camionero borracho destrozó sus sueños.

Vuelve a tener los ojos húmedos y llenos de tristeza.

—¿Qué pasó? —susurro imaginando su respuesta y sintiendo cómo mi corazón se desmigaja, porque conozco la profundidad de su dolor, lo he vivido en mis carnes más de una vez.

—Embistió el coche de mis padres cuando volvían de un fin de semana en la playa a solas para celebrar su aniversario de bodas.

Murieron en el acto. Y Reese tuvo que renunciar a su beca para ocuparse del diner y asumir mi custodia.

—Esgrime otra mueca cargada de dolor—. Eve no quería una relación a distancia y por eso cortó con él, y mi hermano se quedó atrapado en Elberta.

—Suspira—. Solo tenía dieciocho años. No se lo tomó muy bien.

—Te culpa de su situación —deduzco—. Y la ha tomado contigo. —Su mirada me muestra más de lo que me gustaría. Se retrae con pánico, como si…—. ¿Hasta qué punto te culpa? —pregunto con un hilo de voz, recordando cómo se ha tensado.

Mis ojos bajan. Y entonces lo veo: cardenales asomando bajo la tela.

—Vamos a destrozar a ese cabrón —anuncio con furia—. Encontraré la forma de castigarlo, te lo prometo.

—Está enfadado con la vida. —Su tono intenta excusarlo—. No se lo tengas en cuenta, ¿vale? Él intenta hacerlo lo mejor posible, pero yo cometo errores y él bebe mucho y lo pongo nervioso…

—Ni se te ocurra defenderlo —suelto, sin rebajar ni un ápice la rabia—. ¡Tú no tienes la culpa de lo que pasó! Y voy a sacarte de esta mierda, te lo prometo.

—Ojalá pudieras.