Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 5 #2
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—¡¿Se te ha ido la puta olla?! —Se tapa la cara con una mano, se endereza y aprieta el otro puño de forma compulsiva y amenazante—. ¡Acabas de partirme la nariz!

—¡Te lo merecías! —le espeto sin amilanarme ante su tono y su postura intimidatoria, mis ojos se desvían hasta el verdadero destinatario de mis palabras—. No me acostaría contigo ni que fueras el único tío vivo en el mundo.

Dorian y yo nos quedamos retándonos con los ojos unos largos segundos, sin movernos, hasta que noto una mano en el brazo y Logan empieza a gritarme como si pudieran afectarme alguna de sus palabras.

¿Qué he hecho? ¿Bastan cuatro frasecitas de Dorian para romper mi autocontrol? ¡Pero si soy la reina del hielo! ¿Y me dejo ir así? ¿Por culpa de mi «hermanito»?

¿Por qué me enciende de esa forma? ¿Qué me pasa?

¡Dios! Estoy desbocada y la Madison que vive en mí insiste en lanzar gritos de advertencia para que rebaje mis reacciones.

La mano que sigue en mi brazo me aprieta un poco para reclamar mi atención. Giro la cabeza para mirar a su dueña.

—¿Quieres que te saque de aquí? —Es una chica muy guapa a la que he visto atendiendo las mesas—. Hay un cuarto de empleados ahí detrás. —Señala una puerta—. Podemos usarlo durante un rato, hasta que esto se calme un poco.

Asiento. Es menuda, de ojos enormes y voz dulce.

De repente me vengo abajo y la adrenalina del momento desaparece para traer una pregunta inquietante: ¿y si me han fotografiado?

Nunca había actuado con esta impulsividad, y las consecuencias podrían ser devastadoras.

Aunque no veo demasiados móviles en las manos de los chicos, más bien están mirándonos expectantes, como si no se pudieran creerse lo sucedido.

Pero basta una foto subida a una red social para que un programa de identificación de imagen le dé a Albert mi localización.

Y si eso pasa, estoy acabada.

No puedo jugármela, no cuando estoy lo suficientemente asentada en un lugar para sentirme cómoda y haber iniciado una nueva vida.

Sacudo la cabeza con un chasquido de mi lengua. Ahora me tocará arreglar el desastre…

Me obligo a sobreponerme con la mayor rapidez posible y a centrarme en la situación para evaluar los daños.

Solo veo tres móviles apuntando hacia Logan.

Necesito destruir las posibles instantáneas que me puedan enfocar, aunque sea de refilón, y esta chica me está dando una buena opción para encerrarme en un lugar apartado.

Logan sigue despotricando, cada vez más furioso.

Abre y cierra el puño y sus iris están a punto de lanzar fuego.

—De acuerdo —accedo a la petición de la chica.

—Soy Juliette —se presenta mientras tira un poco de mi brazo para escoltarme hasta una puerta escondida tras la barra—. Te mantendré a salvo, lo prometo.

—Ashley. —Sonrío agradecida.

Entramos en una sala bastante pequeña, con una ventana a la calle trasera, unas taquillas metálicas, varias cajas apiladas en un lado y un sofá apoyado en la pared, donde nos sentamos mientras repaso las posibles secuelas de mis actos.

—Reese me ha ordenado: «sácala de ahí cagando leches».

—Entrecomilla las últimas palabras con un gesto de las manos y su voz se tiñe de un miedo extraño al pronunciar el nombre de chico.

Supongo que es su jefe en la cafetería, pero no tengo tiempo para preguntas—.

No se puede permitir una pelea o algo parecido, y los chicos suelen encenderse con facilidad.

—Sonríe con una mueca divertida—. Tía, ¡ese puñetazo ha sido alucinante!

—Se lo ha buscado él solito —admito callándome la verdadera razón de mi arrebato—. ¿Cómo es posible que las chicas pierdan el norte por alguien como él?

—Llevo años preguntándome lo mismo…

Suelto una carcajada. Juliette me parece increíble, no se ha amilanado por la situación y me ha echado un cable en el momento justo.

E incluso está de acuerdo conmigo en lo referente a Logan Brown.

Va ganado puntos, la verdad. Exhalo con fuerza para rebajar mi rabia, los celos y los sentimientos cada vez más fuertes que me despierta Dorian.

—Es un auténtico gilipollas —anuncio, fingiendo que hablo de Logan.

—Pero es guapo, pincha en todas las fiestas, es popular y dicen que en la cama es un portento. —Me guiña un ojo con una sonrisa picarona—. Aunque también tiene un punto machista, es un cabrón y se merece ese golpe más que nadie. —Me coge la mano para examinarla—. ¿Te has hecho daño?

Mi sonrisa se impone.

—Ni un rasguño. —Bajo un poco la voz para darles a mis siguientes palabras un tono de confidencia—. Sé pegar.

—Uoooo, ¿en serio? —Abre mucho los ojos, como si sintiera admiración por mí—. ¿Me enseñarás? Hay un culo que quiero patear con la misma elegancia.

Su expresión furiosa y el hecho de que cruce los brazos bajo el pecho, resoplando con fuerza, me indican que hay una historia detrás de esa afirmación.

Quiero escucharla, pero la apremiante necesidad de solucionar el desastre de las fotos me reclama la atención.

No puedo cometer ese tipo de error. No ahora.

Analizo la situación y miro alrededor para encontrar un lugar donde sacar mis armas.

—¿Puedo ir al baño? —pregunto cruzando los dedos. No perder tiempo es crucial en estos momentos.

—Está ahí fuera. —Señala la puerta—. ¿Es urgente? ¿O puedes aguantar? Reese ha pedido de una manera nada amable a los amigos de Logan que se lo lleven a urgencias, no tardarán en largarse.

¡No se pueden ir! ¡No sin tener acceso a sus móviles y comprobar que estoy a salvo! Miro a Juliette con ansiedad. ¿Puedo fiarme de ella? No suelo arriesgarme, solo confiaba ciegamente en tres personas, y se han ido para siempre…

El tiempo apremia. He de tomar una decisión con rapidez.

—Dame tu móvil —solicito al percatarme de las pocas opciones que tengo—. Desbloqueado, por favor.

Ella me dedica una mirada curiosa, pero le da vida a la pantalla de su iPhone y pone la cara enfrente para pasar el reconocimiento facial.

—Es uno de mis objetos más preciados —anuncia cediéndomelo—. Trátalo bien.

Accedo a la aplicación de fotos para comprobar si ella me ha lanzado alguna instantánea y sonrío al ver que no. Me llaman la atención la gran cantidad de imágenes de su galería que muestran a una Juliette alegre con Ralph al lado, e intuyo que su historia va de él. Pero no es el momento de indagar.

—Gracias. —Se lo devuelvo y meto la mano en mi bolso, que sigue colgado en bandolera en mi hombro izquierdo. Nunca me despego de él—. No flipes, ¿vale?

—Vale. —Abre mucho los ojos con una expresión cómplice cuando me ve sacar el teléfono de alta gama que llevo escondido en el doble fondo y empiezo a teclear—. Pero a cambio vas a tener que contarme qué estás haciendo.

Me conecto en remoto a mi servidor privado e ilocalizable para usar su potencial y delimitar todos los dispositivos encendidos en el local.

Tengo varios programas preparados para ayudarme a rastrear los móviles de los clientes y la red en busca de rastros de imágenes de lo sucedido subidas a redes sociales o a cualquier página web.

Aunque mi inspección visual de antes y el instinto me indican una baja probabilidad de estar en riesgo, mi parte controladora se impone.

—Necesito borrar todas las fotos mías que hayan hecho aquí dentro —explico tecleando sin descanso para lanzar un programa de reconocimiento facial que escanee la red cada minuto a partir de ahora para detectar posibles amenazas.

Sé que, si aparezco en cualquier imagen de la web, aunque sea con los pocos cambios que he hecho en mi aspecto, un buen software biométrico podría delatarme—.

No me puedo permitir que suban nada mío o me metería en problemas muy serios.

—Eres una hacker… —Silba mirando la pantalla de mi dispositivo, llena de códigos y comandos que apenas duran un segundo en ella—. Y con un pasado criminal, según veo.

—Algo así. —No la saco de su error ni le digo de quién me escondo. La idea de que me vea como una ciberdelincuente no es tan mala, explica mis actividades y evita las preguntas—. Es mejor no entrar en detalles.

—Con una condición. —Siento su sonrisa sin verla, como si estuviera emocionada con la situación.

Entro en los dispositivos del local, uno a uno y borro los rastros de las fotos donde aparezco.

Por extraño que parezca, no hay demasiadas—.

Si me ayudas a vengarme de Ralph y a saber más acerca de Reese, mis labios estarán sellados.

Sigo con mi tarea, sin detenerme, pero asiento con la cabeza añadiendo un «aja», sin indagar demasiado en sus peticiones, aunque debería.

—De todas maneras, no te preocupes —anuncia—.

En este pueblo no le dan demasiada importancia a colgar estas fotos en las redes.

Son más de publicar victorias deportivas y cosas por el estilo.

Nuestros padres suelen tener espías y fiscalizar todo lo que subimos.

Por eso hay un tablero en el circuito donde se exponen las fotos comprometidas en papel.

—Baja un poco la voz—. No se puede acceder a él con facilidad.

En menos de un cuarto de hora he comprobado la mayoría de los dispositivos y mi programa no ha captado ni una amenaza en la red. Le lanzo una mirada a Juliette al comprender que sus palabras eran muy ciertas.

—¿Me llevarás al tablero? —pregunto con la esperanza de acabar de cerciorarme de que nadie tiene material que pueda ponerme en un aprieto.

—Hecho. Pero antes… —Se acerca mucho a mí—. ¿Puedes entrar en el móvil de Ralph y en el de mi hermano Reese? Me gustaría echarles un vistazo rápido a ambos.

No tardo demasiado en acceder al de Ralph, ya lo había hecho y he borrado la colección de fotos mías que tenía. El muy capullo me ha espiado en el taller.

—¿Qué buscamos? —Miro a la chica que hay a mi lado y descubro una mueca de ansiedad en su expresión—. ¿Algo en concreto?

—Doce de abril —susurra—. Fotos, contactos nuevos o llamadas de ese día. También me iría bien comprobar los mensajes de texto, a ver si hay algún chat con ella.