Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 5
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ASHLEY

Las palabras de Dorian me vienen a la mente durante la cena con Logan, encendiéndome más de lo normal.

Por primera vez desde mi llegada ha parecido preocuparse por mí, y ha acertado de lleno.

El tío es un imbécil de campeonato que se cree el rey del mundo por haber conseguido un puesto en la emisora de radio local para pinchar y empezar así lo que él considera una «meteórica carrera al estrellato».

A ver, que sí, quizá es un máquina, pero estamos en Alabama, en un pueblo perdido de pocos habitantes, con unas posibilidades ínfimas de que alguien lo oiga en la emisora local, y mientras espera que le llegue su «oportunidad» —léase con ironía en modo on —, va a trabajar como dependiente en la ferretería de su tío.

A cada minuto se incrementa más mi deseo de borrarle la sonrisa de la cara a base de golpes.

Me ha llevado al diner , donde está todo el instituto, tal y como me ha informado después de traspasar la puerta con una pose de gallito que me ha dado repelús.

El muy vanidoso ha saludado a todos y a cada uno de sus compañeros de clase con una sonrisa de superioridad mientras me presentaba como si fuera un trofeo del que presumir.

Y no ha parado de lanzarme insinuaciones de índole sexual en todo momento.

Me ha ofrecido su cuerpo sin tabúes, del que está orgullosísimo, como si pudiera cegarme con sus músculos trabajados y no me diera cuenta de lo imbécil que es.

¡Con este tío no me acostaría ni puesta de alcohol hasta las cejas! ¡Ni siquiera me ha preguntado una sola cosa acerca de mí!

Por un lado, me parece bien no explicar nada sobre mí, pero ni muerta voy a tener algo con un capullo que en casi todas sus frases cuela una indirecta a sus dotes en la cama para dárselas de experto, como si fuera el puto amo de los orgasmos o algo parecido.

Si quisiera a un tío así, me habría quedado con alguno de los pijos de mi antiguo colegio, que como mínimo podían pagar una suite en un hotel de cinco estrellas cuando llegara el momento.

Pero ni me interesaban ellos, ni mucho menos el espécimen que devora la hamburguesa con una expresión anunciadora de sus intenciones, a quien se la borraría de una hostia bien dada.

A unas mesas de distancia están Dorian, su amigo Ralph y el equipo de fútbol al completo, rodeados de chicas. Son el centro de la atención de todos los adolescentes del local. Ralph es el hermano pequeño de Logan, un tío que sueña con estudiar Matemáticas en la Universidad de Texas.

Le echo una ojeada y no puedo negar su atractivo.

Es lo opuesto a su amigo: moreno, ojos negros de mirada penetrante, cejas muy espesas, piel de un tono un poco oscurecido y cuerpo de infarto, en eso sí coinciden.

Es guapo. Pero, por una extraña razón que no logro explicarme, no siento esa punzada al cruzarme con sus pupilas como me pasa con Dorian.

Mi «hermano» consigue acelerarme el corazón y dispararme cosquillas en el estómago cuando mis ojos se posan en él.

Y más ahora, con sus palabras resonando en mi cabeza y el móvil vibrando en mis manos.

Me molesta la atención que Dorian recibe de todas las chicas del local.

Es como si fuera un imán para ellas, babean solo con observarlo, como si tuviera la llave para ponerlas a tono solo con una sonrisilla de nada.

Y es un capullo de campeonato porque las alienta con sus sonrisas torcidas y su aire misterioso y sexy a morir, como si exhalara sexo por todos los poros de su piel.

Ahogo un gemido al recordarlo sin camiseta y cierro las piernas de forma involuntaria, reprimiendo como puedo el latigazo que se desata en esa parte tan íntima de mi cuerpo.

Intento aniquilar la sensación, pero no lo consigo al enfrentarme a las palabras de Dorian en mi móvil: «¿Con ganas de mojar las bragas?

». «Quizá estés con el tío equivocado…».

—Nena, no leas mensajes en el móvil y fíjate en quien tienes delante —comenta mi «cita».

Muevo las pupilas y, al posarlas en Logan, siento un rechazo total y absoluto hacia él.

Por su tono, por esa expresión segura de tenerme atrapada en sus redes y a puntito de caramelo, por llamarme «nena».

Por no ser Dorian—. Soy el más interesante del local, no te dejes cegar por el gilipollas de tu «hermanito».

—El tonillo de esa última palabra es un detonante.

Una rabia demoledora incrementa mis deseos ocultos de darle una lección y atizarlo con fuerza para borrarle esa arrogancia de cuajo.

¿Quién se ha creído que es? ¡Será gilipollas!

Necesito largarme de aquí antes de cometer una tontería, mi mente se empeña en plantearme opciones violentas para explicarle de forma muy gráfica a Logan por dónde se puede meter su chulería innata y sus malditas insinuaciones.

Mi vista vuelve a dirigirse a Dorian y a las chicas que lo rodean.

¡Por Dios! ¡Si es un chulo de mierda! ¡Y todas las chicas babean como si fuera comestible!

¿Qué les pasa? ¿Se fían de su apariencia?

¿Son idiotas? Debe haber pisado más camas de lo imaginable con esa cara de niño bueno y ese cuerpazo que las lleva de calle, pero ellas no deberían permitirle pisotearlas de esa forma.

Solo me faltan sus miraditas condescendientes y la mierda de mensajes que manda al móvil cada pocos minutos desde mi llegada:

«No entiendo qué le ves a ese idiota».

«¿De verdad un capullo así es el ideal para desvirgarte?».

«Deberías aspirar a algo mejor».

«Ese tío solo quiere una cosa de ti para después chulearte, va a destrozar tu reputación».

No deberían afectarme sus palabras, pero consiguen elevar mi ira todavía más con cada comentario sexista y fuera de lugar de Logan. No acabo de entender cómo alguien así triunfa tanto con las chicas…

Para colmo, cuando llega la cuenta, Logan me sonríe con indulgencia, como si estuviera a punto de concederme el mayor favor de mi vida. Y el muy imbécil suelta la peor frase de la historia del ligoteo, con una expresión coqueta que me da náuseas:

—Soy muy sensible a los derechos de la mujer, y me gusta ser justo, pero cuando saco a pasear a una belleza como tú, la invito porque se merece todo esto y más.

No tengo nada en contra de que me paguen la cuenta, incluso me parece bien en una cita, pero ¿a qué viene esa mierda de comentario?

Es como si quisiera constatar su respeto por las mujeres cuando queda patente que solo es una pose.

A ver, los hermanos Brown están buenísimos.

No me explico cómo puede haber tanto tío atractivo en este pueblo ni cómo consiguen esos cuerpazos mazados que les dan mil vueltas a los de mis compañeros de Dallas.

Pero el prepotente imbécil que me sonríe como si estuviera a punto de descubrirme el mayor de los secretos, me provoca a demostrarle con los puños lo que pienso de él.

Aunque, quizá la culpable de aumentar de una forma exponencial mi rabia, es la tía que acaba de sentarse en el regazo de Dorian, y más cuando me llega un nuevo mensaje:

«Ahora te dirá que tiene chocolate o algo por el estilo en su coche y te tirará el anzuelo para follarte ante una cámara que tiene instalada ahí. ¿Sabes qué hará con el vídeo? No creo que te guste la respuesta…».

Cuando lo miro, veo cómo le come la boca a la chica.

—¿Pasamos de la fiesta y nos vamos a dar una vuelta en mi coche?

—propone Logan en voz baja cuando mis ojos abandonan la escenita—.

Tiene los asientos abatibles… Y he comprado fresas con chocolate para endulzarte un poquito mientras tocas la mercancía.

—Se acaricia los abdominales y se pasa la lengua por los labios.

Resoplo. ¡Hasta aquí hemos llegado! ¿En serio este comportamiento le sirve a Logan para encandilar a alguien?

¿Las tías de este pueblo son tontas, o qué?

¿No ven que es un salido? ¿Un pichafloja?

¿Y por qué narices Dorian se dedica a mandarme esos textos envenenados mientras está a punto de tirarse a la jodida rubia enfrente de todos sus colegas?

¿Quiere despertar a la bestia que vive en mí?

Dirijo la atención a su mesa y me topo con su mirada belicosa puesta en mí, sin dejar de besar a la chica, dándome a entender que sabe el tipo de propuesta que acaba de salir de los labios de Logan mientras despierta mis celos, y entonces todo mi autocontrol desaparece.

Es como si acabara de cruzar una barrera a toda velocidad y sin frenos, porque en mi interior se enciende una mecha que los comentarios de Logan y su pose de chulo sin cabeza aceleran de una forma desmedida.

Y, por primera vez en muchos años, me ciego y no pienso demasiado, como si fuera un toro desbocado.

Me levanto, tiro unos billetes en el cesto en un gesto airado, miro con odio a Dorian, veo su sonrisa asomando en sus ojos y escucho cómo Logan me provoca un cortocircuito.

—Nena, te voy a devorar —susurra—. Eres tan jugosa…

Sin pensar, le disparo uno de mis mejores derechazos a su careto de gilipollas, ensañándome.

Aunque a quien desearía pegar es a Dorian.

Pero Logan también necesita un escarmiento, y con la nariz partida por una chica va a necesitar una gran dosis de autoestima para superar la humillación.

¡No soy un objeto del que alardear al día siguiente!

¡Ni me mosquea ver a Dorian con la rubia!

El grito desconcertado de Logan consigue acallar todas las conversaciones del local y desviar la atención hacia nosotros.

Los ojos de mi «hermanito» destilan triunfo, como si estuviera orgulloso de haberme cabreado hasta este punto.

Y sé que la he cagado a lo grande. ¡Yo nunca me descontrolo! Jamás.

—¿De qué coño vas? —me espeta Logan con la sangre manando a chorro de su nariz—. ¿Te has vuelto loca, niñata?

—¿Niñata? —contesto sin perder la suficiencia en la voz. Lo reto con frialdad—. ¡Acabo de darte el mayor puñetazo de tu vida! ¿Y me llamas niñata?