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ASHLEY
El tío está más cañón de lo que me había imaginado.
Lo había visto en fotos y en vídeos cuando pinché su webcam, pero en directo impone más.
Sus músculos parecían muy definidos bajo la camiseta y sus ojos han hablado más que las palabras.
Y ni te digo cómo me ha recorrido con la mirada mientras se ponía cachondo.
Ha sido una experiencia difícil de explicar.
Su desafío, esa forma brusca de hablar, sus gestos…
Ha despertado algo en mí que no había sentido en la vida.
¿Atracción, quizá? También podría ser el subidón de una buena «pelea».
Si algo tiene Dorian es un enorme concepto de sí mismo, y ni en broma se lo permitiré conmigo.
Criarse con tres hombres me ha ofrecido una visión clarísima de cómo tratar a este tipo de chicos. Me han bastado tres segundos para ver inseguridad bajo su bravuconería. Aunque temblaba, mi único objetivo era bajarle los humos y demostrarle que no va a poder conmigo.
No me cabe duda de que Dorian es un macho alfa, con la merecida fama de ser el que se las lleva a todas de calle y parte corazones con solo abrir la boca. Es el tío del touchdown , vamos, tanto en el campo como en camas ajenas. Parece alguien acostumbrado a conseguir lo que desea sin despeinarse .
En sus redes sociales tiene un larguísimo historial de affaires , noches locas, alguna relación que se presume física durante una temporada y un sinfín de tías persiguiéndolo en plan desesperadas.
Hace unos días hackeé su cuenta de Instagram y accedí a un millar de mensajes directos con palabras casi calcadas.
No entiendo cómo alguien puede rebajarse así por un tío.
Cuando era Madison me enfrentaba a diario con la testosterona de los chicos de mi colegio privado. Odiaba su ego inflado, sus intentos de conseguirme con alardes de superioridad, cómo se creían intocables gracias al poder y al dinero de sus familias. Aprendí a base de golpes cómo lidiar con ellos.
Aprendí de los mejores a defenderme y el suceso de mierda que me trastocó a los diez años me obligó a madurar a marchas forzadas en muchísimos sentidos. Madison mantenía a raya su verdadera personalidad en público y solo la sacaba a relucir cuando era estrictamente necesario.
Y ahora que soy Ashley, este Ken de pacotilla no podrá conmigo y menos si se rige por la rabia de tenerme aquí, ocupando un espacio en su familia. Está cabreado conmigo, con la caída de su padre y consigo mismo.
Lo entiendo, a veces la ira es el único revulsivo que te queda. Pero no le voy a permitir que me fastidie mi estancia aquí. Estoy decidida a quedarme el tiempo necesario, tanto si le gusta como si no.
Apago el secador y me recojo el pelo en una coleta alta. Me arreglo la camiseta y salgo a la habitación para coger un jersey del armario.
Cuando estudié a la familia encontré lo suficiente para entender su resentimiento. Ni él ni Sutton denunciaron los malos tratos; los aguantaron durante una eternidad. Dorian empezó a rebelarse a partir de los trece y las peleas subieron de tono.
En toda esta historia me cuesta entender que nadie los ayudara. El miedo puede aniquilarte la autoestima, machacarte, destruirte. Un crío no se rompe los huesos así de seguido… Ni ninguna madre se cae por las escaleras o se da golpes contra puertas con tanta frecuencia.
Por suerte, Jason Stone cavó su propia tumba en el circuito. Mató a un corredor en un arrebato. Y eso le valió la perpetua.
Mis ojos se clavan en el póster que hay sobre la cama, encima del cabezal, con esas iniciales bajo el rostro del jugador: DG, y su número ocho de la camiseta enmarcado debajo de las letras.
Me golpea .
Es como si los fragmentos de mi corazón se clavaran en mi pecho. Los recuerdos se empeñan en humedecer mis ojos. ¿Cómo he acabado en una habitación donde se rinde culto a los Dallas Cowboys? ¿Por qué el rostro del mejor jugador de todos los tiempos está colgado ahí para atormentarme?
Denton Gardner…
Sus ojos, su sonrisa, su ilusión y felicidad en esa foto…
Me rindo a mi duelo y al aislamiento en el que me encuentro.
Pero solo me permito desmontarme unos segundos, no hay espacio para la desolación ni para llorar las muertes de mis chicos en estos instantes, así que me recompongo a la fuerza y avanzo hasta la puerta, secándome la única lágrima que me he concedido.
Bajo a comer unos minutos después, con mis sentimientos ya domados. La mesa está puesta en una cocina de decoración agradable y sencilla. Muebles blancos, baldosas del mismo color y bastante luz natural gracias a una gran puerta de cristal transparente con salida al porche trasero.
Mi mirada se pierde un segundo en el bosque, en esos árboles frondosos donde la vida sigue sin dramas.
Cuando Ernesto tira de mi mano para sentarme a la mesa, consigo recuperar del todo el control sobre mí misma y sonreírle.
—¿Dónde vivías antes? —dispara mientras Sutton saca la lasaña del horno.
—En una casa de acogida.
«Mentira, residía en un lugar muy querido».
Ernesto abre mucho los ojos.
—¿Y te gusta esta? ¿La casa, digo? ¿Y tu habitación? ¿Te gustan los deportes? ¿Juegas a algo? ¿Cuál es tu equipo? ¿Eres más de béisbol o de fútbol?
—Ernesto, deja respirar a la chica —interviene Sutton, dejando la fuente en el centro de la mesa.
—Está bien, tranquila. No me importa responder —sonrío y miro a Ernesto—. Me gustan los deportes. El fútbol sobre todo.
No digo por qué ni quién me inició en esa afición. Ni lo que significa para mí. Dorian deja escapar un resoplido, como si le molestara mi afirmación.
—¿Y cuál es tu equipo? —inquiere con sorna.
Trago saliva.
—Los Dallas Cowboys.
—No. —Dorian niega con todo su cuerpo—. Ni de coña me lo voy a tragar. Lo dices porque has visto el póster. Intentas caerme bien. Pero no te va a funcionar.
Suspiro y le recito varias estadísticas de los últimos tiempos sin ni pestañear. Él me mira con suficiencia, pero sé que le he tocado el orgullo.
—¿Cuál es tu color favorito? —pregunta Ernesto cuando me callo y la tensión atraviesa el silencio.
Me toco el tatuaje sin querer, con un dolor sordo en el pecho.
—El rojo.
Dorian arquea una ceja.
—Curiosa combinación —dice con voz plana—. Una fan de los Dallas que adora el rojo.
—No tanto —replico, sosteniéndole la mirada.
Sutton carraspea, intentando suavizar.
—El instituto es pequeño, pero muy familiar. Seguro que te adaptas pronto. Tenemos buenas instalaciones deportivas…
—Y equipo junior —añade Ernesto, entusiasmado—. Dorian es el quarterback .
—Ya lo sé —se me escapa antes de poder frenarlo.
Dorian deja el tenedor en el plato.
—¿Ah, sí?
—Lo leí en el expediente que me dieron… —improviso sin parpadear.
El silencio se espesa.
Dorian resopla, pero cuando Ernesto se mancha la comisura con salsa, le limpia la boca con una servilleta sin decir nada.
Ahí está. No se le escapa el gesto. A mí tampoco.
—¿Qué planes tienes esta tarde, Dorian? —pregunta Sutton.
—No lo sé. Ir por ahí. —Parece molesto, enfadado incluso con la pregunta—. He quedado con los chicos.
—¡Perfecto! —dice Sutton—. Es un buen momento para presentarles a Ashley.
—Ni. De. Coña. —Dorian marca con claridad el énfasis en cada palabra—. ¡No pienso ser su niñera! —Me lanza una mirada enfurecida antes de volver a madre—. Tú la has traído. Ocúpate de ella.
No me afecta su reacción, pero Sutton parece avergonzada y sin saber qué hacer con él.
—Dorian… —susurra.
—¡Ni Dorian ni hostias! —Él se levanta en un movimiento enérgico y con rabia en sus pupilas centelleantes—. Te dije que no la quería aquí y te importó una mierda. Así que cómete tú el marrón. —Gruñe—. ¡Que se busque la vida y me deje en paz!
Unos segundos después, sale de la casa dando un sonoro portazo y su madre suelta un jadeo, dolida.
—Lo siento —susurra—. Está pasando una mala época. Él… —Traga saliva—. Él… —Niega con la cabeza e intuyo las lágrimas en sus ojos—. Dorian es un chico bastante temperamental. Pero tiene un buen fondo.
—No pasa nada. —Le dedico una sonrisa tranquilizadora—. Me gustaría dar una vuelta esta tarde, descubrir el pueblo yo sola. ¿Tenéis bicicletas o algo así?
—En el garaje. —Asiente con una expresión agradecida—.
Puedes quedarte la mía, no la uso desde la prehistoria.
—Una sonrisa triste aparece en su rostro—.
Si te parece, podríamos ir primero a la tienda a comprar tu edredón y cuatro cosas para decorar la habitación, y luego sales con la bici.
Iba a proponértelo mañana, pero ya que Dorian se ha ido…
—Perfecto. —Me llevo otro bocado de lasaña a la boca para saborearla—. Así me ubicaré un poco en el pueblo.
Una hora después estamos en una pequeña tienda de State Street, la calle central del pueblo, llamada The Bluebird Cottage, donde venden artículos de decoración.
Es bonita, tiene un estilo propio muy cuidado y ajeno por completo a la vida que he dejado atrás.
Elijo un par de objetos de madera, cojines para la cama y un edredón en tonos rojos a juego.
No me pasa desapercibida la atención que Sutton pone en los precios, y decido no aumentar más el gasto.
Cuando revisé su cuenta corriente, lo vi claro.
Al salir, el calor nos obliga a refugiarnos rápido en el coche.
—Hay un taller de coches aquí cerca, ¿verdad? —pregunto con fingida inocencia—. Mi último padre de acogida era mecánico y me enseñó un montón. Me gustaría trabajar unas horas al día para contribuir con mis gastos.
—No tienes por qué… —Sutton parece un poco incómoda.
—Lo sé, pero quiero hacerlo.
Es parte de mi plan para mantenerme ocupada y participar en las carreras del circuito sin despertar demasiadas sospechas. No voy a renunciar a mis pasiones ni un segundo. Y en Alabama se puede trabajar desde los catorce si se pide un permiso, así que nada me va a disuadir en el empeño.
—El taller de Rod está muy cerca, aunque no sé si buscan a alguien. —Señala a la derecha—. Dorian está empleado ahí tres tardes a la semana; quiere ser mejor que su padre. —Suelta un suspiro dolido—. Jason era su mecánico estrella.
—Tengo un as en la manga para conseguir un puesto. —Le guiño un ojo sin ahondar en la última parte de su discurso, porque canta a la legua cómo le afecta pensar en su marido—. Soy muy buena y fijo que el tal Rod me contrata. ¡Voy a dejarlo con la boca abierta!
Ella sonríe desprendiéndose de la melancolía, y yo sé que acabo de ganar un punto a mi favor al mostrarle mi intención de no ser una carga demasiado grande para ella y mi determinación a conseguir cualquier meta marcada.
No volvemos a hablar del pasado, de Jason Stone o de su habilidad con los motores.
Una hora después pedaleo hacia el taller con la vieja bicicleta de Sutton, dejando atrás la casa, el bosque y todo lo que todavía me pesa en el pecho.
Crecí entre motores abiertos en canal, estadísticas memorizadas al milímetro y disciplina militar. Entre manos manchadas de grasa, carreras nocturnas y entrenamientos que no admitían excusas. Protegida por tres hombres que lo dieron todo por mí desde que mi madre murió.
Y ahora ya no están.
Duele saber que nunca recuperaré esa felicidad, esa complicidad, mi verdadero hogar.
El taller de Rod no es solo un trabajo. Es una forma de mantenerlos conmigo. Un pedazo de todo lo que fui. Un lugar donde volver a sentir que sé quién soy.
Dejo la bicicleta frente a la puerta y me acaricio el tatuaje. Mi padre me acompañó a hacérmelo cuando cumplí los doce y firmó todos los consentimientos necesarios para llenar de tinta esa parte de mi piel, esa cicatriz, ese recuerdo constante del instante que cambió nuestras vidas para siempre.
Los últimos sucesos me obligarán a añadir tres nuevas iniciales en cuanto encuentre un buen estudio donde imprimir una nueva huella imborrable en mi piel que los recuerde. Esas seis personas perforan mi alma. Porque ninguna de ellas está a mi lado ni lo volverá a estar, y me siento tan desamparada…
Me limpio la lágrima que ha aparecido sin permiso y sonrío con nostalgia al entrar en el taller. El olor de los motores y carburantes, ese sonido inconfundible… Es como volver a mi hogar, con Garrett, Simon y mi padre, al garaje donde los cuatro nos pasábamos horas reparando y trucando motores.
Aprendí a conducir con marchas cuando mis pies llegaron a los pedales.
Por suerte, soy alta y fue pronto, pero antes de eso ya iba de copiloto en todas las carreras y me habían regalado un coche a mi medida para correr contra ellos.
Nos gustaba trabajar juntos, retarnos en el circuito, entrenar, ver partidos…
Mi vida no era perfecta, debía fingir durante muchas horas, representar un papel fuera de mi casa, pero una vez entraba en ella, eran mi todo.
Observo a mi alrededor decidida a recomponerme y a volver a trabajar debajo de un coche, a correr, a no olvidarme nunca de mirar los partidos de fútbol, a seguir entrenando…
—¿Puedo ayudarte en algo? —Un hombre de unos treinta años se acerca a mí con una sonrisa simpática.
Lleva un mono azul completamente manchado de grasa y un trapo larguísimo colgando de una de las hebillas que rodean su cintura.
Es Rod. Soltero, independiente, heredó el negocio de su padre, llamado Rod también, tiene formación y pocos hobbies, aparte de los coches clásicos y las carreras en el circuito.
—Vengo a pedirte trabajo —explico de manera directa—. Unas tres horas al día o así estaría bien durante las vacaciones, y después podemos pactar un par de tardes a la semana. —Le dedico una mirada decidida—. Me necesitas, soy la mejor.
Suelta una carcajada repasándome de arriba abajo.
—¿Y qué te lleva a pensar que me interesa una mocosa como tú?
—Eso es un Buick GSX del 70 amarillo Saturno, con un tacómetro en el capó.
—Señalo uno de los coches del taller—. Solo lo sacaron en dos colores: este y blanco Apolo.
—Me acerco al vehículo—. Tiene un sistema de tracción RWD, un motor OHV de 7,5 litros y siete mil cuatrocientos sesenta y seis centímetros cúbicos…
—¡Joder! —me corta mirándome con interés—. ¿Eres una enciclopedia andante?
—Soy mucho más que eso. —Le guiño un ojo—. Ponme a prueba y verás que no puedes prescindir de mí. Puedo trucarte ese motor con los ojos cerrados. Y ni te digo de ese GTO. —Señalo otro de los vehículos—. Me molan los clásicos.
Media hora después he conseguido el trabajo.