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—Me aburro —dice—. Esta demostración de testosterona es realmente un coñazo, ya te digo. —Señala la puerta—. ¿Puedes salir de mi habitación para que pueda vestirme? La comida es en quince minutos y no me apetece pasármelos bajándote los humos. —Lanza otra carcajada y añade con sorna—: Machote.
—Serás capulla —contesto apretando los dientes, con la rabia aflorando entre ellos y agarrotando mis músculos.
—Bueno, pues si tanto te apetece, quédate —anuncia desafiándome con la mirada—. Total, todas las tías tenemos lo mismo, ¿no?
Da un paso atrás, coloca las manos en la parte superior de la toalla y se la quita. ¡JODER! No parece avergonzada, ni asustada ni nada parecido. Su forma de comportarse acaba por desarmarme.
Me quedo ahí plantado, recorriendo su magnífico cuerpo con los ojos y sintiéndome desencajado, sin saber muy bien cómo actuar a continuación.
Empiezo a mirarle las piernas musculadas, de piel blanquecina y suave, claramente trabajadas con algún tipo de ejercicio físico regular e intenso.
Asciendo mis ojos hasta su vello púbico y me pregunto por qué es de un color rojizo que no cuadra para nada con el rubio de sus cabellos.
Y después suben con lentitud, deteniéndose en el tatuaje de su vientre: una bala negra con tres iniciales en mayúsculas en rojo en su interior.
H P M. Parece un poco macabro y fuera de lugar.
Y no tengo ni idea de qué significan esas letras.
Escalo la mirada por sus músculos tonificados y marcados hasta los pechos perfectos que terminan de provocarme una erección de esas difíciles de controlar.
Lleva una cadena con una bala bañada en oro como gargantilla.
Cuando llego a los labios suelto una exhalación ahogada, con un martilleo incesante en el corazón y un deseo insano de lanzarme sobre ella.
Ella no se inmuta ante mi escrutinio, simplemente me ignora, como si estuviera por encima de la situación. Y, por unos segundos, la rabia se funde en un deseo perverso, ardiente y nada propio de la situación.
—¿Te gusta lo que ves? —Curva esos labios gruesos y sexys en una sonrisa socarrona y se coloca unas braguitas de algodón y un sujetador sencillo que ha cogido del armario.
La ropa interior, aunque sea desconjuntada y nada llamativa, le queda de narices.
Verla con ella solo consigue calentarme todavía más y me cuesta controlarme—.
Se te van a salir los ojos de las órbitas.
—Suelta una nueva risotada—. Vamos, «hermanito» —lo pronuncia con sorna—, sal de la habitación de una vez.
Tu intento de hacerte el machito ya cansa.
—Me dedica una sonrisa siniestra—. ¡Te has empinado mirándome!
Pobrecito, ¿no habías visto a una tía desnuda antes?
Pensaba que un quarterback macizorro como tú estaría más que desvirgado.
Aprieto los puños con fuerza, buscando el nervio para repeler el ataque que acaba de desmontar la imagen que me había formado de ella. Y me basta escuchar sus últimas palabras para sentir cómo la cólera se apodera de mis fibras nerviosas.
—¡Lo dices como si me interesara meterme entre tus piernas!
—Es lo único que tenéis en la cabeza los tíos a nuestra edad. —Se da la vuelta para ponerse unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes ceñida—. Así que ahórrate las excusas y vete de una vez a tu habitación a jugar con tu cosita. No te tocaría ni con un palo.
No tengo ni idea de cómo lidiar con ella. Quiero partirle la boca y besarla hasta que se calle.
Actúa como si no le molestara mi presencia, y eso solo aumenta mi furia y mi desconcierto. Me sostiene la mirada con su sonrisa ladina, como si quisiera demostrar que acaba de ganar el asalto.
—Doce minutos. —Consulta la hora en un móvil bastante sencillito que tiene sobre la mesilla de noche, con una amplia sonrisa—. Deberías ir a vestirte, machote, o bajarás tarde y tu madre te dará la charla por retrasarte en mi primera comida en esta casa.
—¿Te crees que me importa? —Levanto el brazo derecho y tuerzo los labios en una sonrisa maliciosa—. Mira cómo tiemblo, estoy acojonadito perdido por un castigo de mi madre.
—Ya te lo he dicho. —Suelta un suspiro de tedio que me exaspera—.
Esto es soporífero. —Camina hacia el baño usando la toalla para secarse un poco el pelo—.
Las muestras de chulería cansan, Dorian, de verdad.
—Deja la puerta abierta y la veo a través de ella—.
No estoy interesada en escenitas así ni en quitarte protagonismo.
Quédate con la popularidad y ese ego subidito, yo tengo planes mejores que destacar en el instituto.
—¿Qué tipo de planes?
Por toda respuesta escucho el sonido del secador.
—Once minutos —anuncia con voz firme.
Resoplo al darme cuenta de que no puedo quedarme ni un segundo más en este cuarto como un imbécil. Me acerco al baño para gritárselo a la cara y me doy la vuelta para marcharme.
—Vas a desear haber llorado.
No contesta ni me mira, sigue con la atención puesta en el espejo, secándose el pelo, pero veo una sonrisa de suficiencia curvarle los labios a través del espejo que me atraviesa como una descarga. Me alejo de ella lo más rápido posible, furioso. Doy un portazo y me voy a mi habitación.