Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 2
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DORIAN

Pienso en la llegada de la plasta que va a ocupar mi habitación y acelero el último sprint hasta que los pulmones me arden. El silbato del entrenador suena al fondo, pero yo sigo unos metros más, rabioso, encendiéndome otra vez.

El capullo de mi padre nos ha hundido en la miseria y necesitamos acoger a una intrusa para sobrevivir. Pero estamos mejor sin él; sin sus insultos, su desprecio, su ira. Sin probar sus malditos puños de mierda.

Me quebró durante años, hasta que crecí y me impuse.

Al final, lo doblegué. Y nunca más voy a acobardarme por las circunstancias.

Es mejor planear cada paso hacia la cima para no volver a ser ese crío asustado que recibía sus golpes con demasiada frecuencia.

El muy cabrón todavía es capaz de jodernos desde la cárcel, y ahora me obliga a aguantar a una tía desconocida en mi habitación. En mi casa.

Discutí mucho con mi madre antes de que mandara la solicitud para la acogida. Y seguí insistiendo. Pero necesitamos esa compensación económica.

La intrusa, mi mierda de «hermana», no va a usurpar mi sitio en la familia. Le joderé la vida hasta que suplique de rodillas un cambio de casa .

¿Por qué, entre todas las posibilidades, nos ha tocado una tía de mi edad?

Podría haber sido un crío de unos doce años, como Ernesto, para que jugara con él a videojuegos y me dejaran en paz.

Pero no, mi mala suerte ha decidido traerme a una adolescente, seguramente una de esas traumatizadas, una huerfanita incapaz de enfrentarse a las situaciones y con un largo historial de jodiendas a su espalda.

¿Y a quién le va a tocar ocuparse de ella? ¡Al pringado de Dorian!

Pero mi madre flipa si piensa que la voy a integrar en mi grupo. Este año me estreno como quarterback . Que uno de penúltimo curso lo consiga es un gran logro y no pienso arriesgarlo por sacar a pasear a una niñata con claros indicios de convertirse en mi peor pesadilla.

Cruzo el campo con el casco bajo el brazo hacia los vestuarios, furioso. Resuello por la última carrera. El césped huele a caucho caliente y a sudor. Y, joder, me siento en casa.

—Buen brazo hoy, QB —me suelta uno de mis compañeros al pasar, chocándome el hombro.

—Siempre —contesto sin mirarlo.

Ralph camina a mi lado, sin darle al palique. Me conoce lo suficiente para darme el espacio que necesito. En el campo todo es simple: leo la jugada, lanzo, avanzo yardas. En casa es la jungla. Y pienso morder primero.

Mientras me ducho unos minutos después, escucho a mis compañeros. Se ríen, hablan del viernes, de las animadoras, de la juerga en el depósito. Odio esa cháchara inútil, es como si nada importara. Yo apenas la escucho. Tengo la cabeza en casa. En cómo será Ashley y cómo encajará en nuestra vida.

—¿Te vienes hoy a la fogata? —pregunta George mientras me tira la toalla—. QB, deja algo para el resto.

—Sí, cabrón —añade Jos—. Que luego vienen preguntando por ti.

Rob se ríe desde su banco.

—Una noche y fuera. Marca registrada.

El resto se ríen a carcajadas.

Me pongo unos vaqueros y una camiseta sin dar muestras de unirme a ellos. Desde que cumplí los trece, aprendí rápido lo fácil que es conseguir lo que quiero. Basta ser bueno con el balón y una sonrisa.

Al salir del vestuario, siempre hay alguien esperando.

—Dorian —canta una voz dulce.

Sasha Meyer, la capitana de las animadoras, se despega de la pared con movimientos demasiado insinuantes para no despertarme la ira. Me rodea el brazo un segundo, lo justo para que los demás lo vean. Lleva una temporada muy plasta con su obsesión por cazarme.

No sabe perder. Es muy peligrosa cuando se obsesiona. Debo ir con cuidado con ella.

—Esta noche vienes, ¿no? —susurra.

Estoy hasta las narices de esquivar sus intentos de conseguir algo que no le daré.

—Ya veremos —contesto, sin prometer nada.

Ralph suelta una carcajada a mi lado y me acompaña camino al parking , donde me espera mi coche. Está a punto de morir para siempre, pero como mínimo nos sirve de transporte.

—Ve con cuidado con esa —me recuerda—. Tiene los brazos muy largos.

—Ni que lo digas, tío.

Las chicas vienen, se van. Así es más simple y seguro. Las relaciones no van conmigo. El amor es otra jaula. Y ya he visto lo que hace con mi madre.

Conseguiré una beca completa para la Universidad de Texas y llegaré a los Dallas Cowboys. Seré mejor que él en todo. Le daré donde más le duele, en su orgullo, en su amor propio, en sus sueños.

Fútbol y carreras.

Conduzco a la máxima velocidad que me permite este cacharro.

Un coche de quinta mano que me ha conseguido mi abuelo.

En el garaje de casa tengo el Mustang de mi padre.

Está hecho mierda, pero no tardaré en reunir la pasta para restaurarlo y competir en el circuito.

Le arrebataré el título. Como le arrebaté el miedo a los trece.

Me apeo frente a mi casa. Respiro hondo y me cuelgo con fuerza la bolsa en los hombros. Le falta una mano de pintura. Mi viejo y sus mierdas nos han dejado pelados. Le pediré al abuelo que me ayude. No la dejaré así. Nos merecemos una fachada digna.

Entro y el olor a lasaña me golpea de lleno. Mi madre se está esmerando para sorprender a la intrusa. Hay que joderse.

—Estoy en casa —anuncio de camino a las escaleras.

—Dúchate y baja a comer —responde mi madre desde la cocina—. Ashley está en su habitación.

Es la mía, joder. Me la ha robado.

Subo los escalones con la furia escalando por mi cuerpo.

—Es muy simpática. —Ernesto sale de su habitación con una sonrisa cuando llego al rellano, y camina hacia las escaleras, señalando la puerta cerrada de la intrusa—. Y guapa.

—No te encariñes demasiado con ella, enano. —Le revuelvo el pelo—. Quizá no se quede…

—Mamá le ha preparado lasaña para comer. —Se relame los labios—. Ashley le ha dicho que le encanta y se ha puesto contenta. —Baja un poco la voz—. Y también le gustan el chocolate y los videojuegos.

Suelto una carcajada. Mi hermano es de esos chicos felices a los que es fácil ganarte. Con él nunca sale mi vena capulla, lo adoro.

—Un punto para mamá. —Resoplo cuando Ernesto inicia el descenso—. Bajo en un rato.

¿Qué cojones se ha creído la tía esta? ¿Que puede venir aquí a quedarse con todo lo mío? ¿Engatusar a mi madre y a mi hermano y joderme la vida? ¡Va lista! Voy a destrozarla hasta conseguir que se largue con el rabo entre las piernas.

Lanzo una mirada a su puerta. Ha puesto música rap , de esa que a mamá se le atraganta por las letras llenas de palabrotas y con claras alusiones al sexo, a un volumen bastante razonable.

No está mal su gusto, es parecido al mío, pero yo tengo la precaución de ponerme los cascos para evitarme peleas innecesarias.

Sonrío. Este tipo de cosas me va a allanar el camino a la victoria. Va a ser tan fácil aplastarla…

Tomo la decisión sobre la marcha y entro sin llamar, dispuesto a darle la «bienvenida» a mi manera.

—¡Joder! —Una chica envuelta en una toalla me mira con un cabreo del quince en unos ojos de un gris muy brillante que lanzan chispas.

Tiene la melena rubia mojada, las gotas se le escurren sobre sus hombros desnudos.

La toalla le llega justo bajo el trasero y deja al descubierto unas piernas kilométricas.

Su piel es pálida y la tiene cubierta de miles de pecas—.

¿Qué se te ha perdido aquí? ¿No te han enseñado a llamar a la puerta?

—Su voz está cargada de enfado y no parece intimidada por mi presencia. Y eso me enciende—. ¡Lárgate!

Está buenísima.

Mi cuerpo reacciona ante el espectáculo. Las tetas parecen jugosas y muy llenas. Tiene la toalla anudada sobre ellas, mostrándolas generosas. Y esos ojos que lanzan fuego…

Su cara está llena de pecas, como si la motearan por todas partes y quisieran formar un universo de pequeñas estrellitas en su pálida piel. Está fuerte, con los músculos de los brazos y las piernas definidos, y no se parece en nada a la idea que tenía sobre ella.

Siento que su mirada airada despierta la mía. Me desafía con su posición y la poca intención de contestar a mi intrusión con lloriqueos y miedo. Esta tía parece a punto de lanzarse sobre mi yugular, pero no le voy a dar la más mínima posibilidad de seguir mirándome de esta forma.

—¿Y a ti no te han enseñado a no ocupar habitaciones ajenas? —respondo con altivez—. La pobre huerfanita ha venido a joderme, y no pienso permitirlo. Lárgate a un orfanato de mierda, aquí no te queremos.

En contra de mis deseos, la tía suelta una carcajada y se me queda mirando con suficiencia, como si mi agresividad se la soplara. Mi cabreo aumenta por segundos.

—Patético. —Termina la risotada y camina hasta mi antiguo armario para coger algo de su interior—.

Si esperas lágrimas, te has equivocado de persona.

Yo soy más de usar los puños. Así que haznos un favor a los dos y vete a buscar a la jefa de las animadoras para sentirte hombre.

—Chasca la lengua dirigiéndome una sonrisa pícara—.

Aunque, ya te digo que, aunque te machaques a lo grande en el gimnasio, te queda mucho para eso. Sigues siendo un niñato.

¿De qué va? Esta tía tiene un serio problema.

¿Se cree con capacidad para hablarme así?

Doy un par de pasos hacia ella con la amenaza implícita en mi cara.

Es alta, más que otras chicas de mi clase, pero yo lo soy más, por lo que al cerrar la puerta del armario y quedarme frente a ella, debería intimidarla.

Pero no. En vez de apartarse o acojonarse, mantiene la cabeza alta y me sostiene la mirada con una sonrisa de suficiencia.

—Voy a aplastarte. —Invado su espacio vital hasta casi rozarle el cuerpo con el mío, pero ella sigue aguantando como una campeona, y amplifica mi rabia—. En menos de un día vas a querer salir de aquí cagando leches.

Suelta un suspiro exagerado y tuerce los labios.