Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1)
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1
ASHLEY
Aprieto los puños contra la tela de mis vaqueros para mantener la ansiedad bajo control.
Estoy en el punto más frágil de mi plan y, a pesar de haber estudiado a fondo cómo resolver cualquier contingencia, no voy a bajar la guardia.
Estoy a las puertas de todo cuanto necesito para aplazar la batalla hasta que tenga las armas para ganar la guerra.
Camino hacia la zona de salidas del aeropuerto internacional de Pensacola, escondida bajo la capucha de la sudadera para ocultarme de las cámaras, al lado de Rose, la trabajadora social asignada a mi caso —si ella supiera que no está aquí por casualidad, que la elegí yo, cómo y por qué lo hice…
—, que parlotea sin cesar acerca de «mi nueva vida».
Sin imaginarse que la he diseñado al dedillo para escapar de una situación desesperada.
Y devastadora.
Las lágrimas vuelven a amenazarme, molestas e inoportunas, como en tantos otros momentos de estos últimos cuatro meses, desde que todo se derrumbó.
Porque a veces el dolor aprieta sin preguntar y me devuelve a esa realidad en la que las bases de mi vida cedieron de golpe, sin dejar ni un solo cimiento al que aferrarme.
Pero soy una chica fuerte. Y no me vendré abajo ahora que sé a dónde voy, cómo mantenerme a salvo, qué quiero.
No permitiré que Albert, apoyado por sus seguidores, vuelva a asestarme otro golpe y me arrebate mis posesiones más preciadas.
Pagará por cada uno de sus crímenes. Porque nadie escapa de lo que ha hecho, ni siquiera él.
Aprieto la mandíbula con fuerza y dejo que la voz de Rose se disuelva en el ruido de fondo.
Mi mente está demasiado ocupada preparándose para lo que viene ahora para analizar qué hizo saltar mi vida por los aires.
Necesito dos años alejada de todo, y voy a aferrarme a cada pequeño sorbo de tranquilidad que me ofrezca este paréntesis.
Me instalaré en Elberta, una pequeña población de Alabama donde no me buscará nadie cuerdo.
O como mínimo, no intentarán encontrar a Madison Gardner.
Hallaré la paz suficiente para cerrar mis heridas, crecer, forjar una coraza invencible y recuperar las fuerzas capaces de arrasar con las amenazas que intentan destruirme.
Incluso me atrevo a pensar que tal vez pueda permitirme un poco de la libertad de sentirme una chica de mi edad y no una adulta prematura.
No aspiro a más: una nueva identidad y un lugar donde ocultarme. Donde pueda bajar la guardia aunque sea un poco. Donde el miedo deje de apretarme el pecho y por fin pueda respirar sin ahogarme.
Mis ojos recorren la terminal, atentos a cualquier peligro.
Es un aeropuerto pequeño, cargado con los sonidos del ir y venir de los viajeros, perfecto para pasar desapercibida.
Localizo las cámaras de seguridad al instante, sin revelar mi escrutinio.
Saber dónde están me calma; hace días me aprendí su ubicación de memoria y sé exactamente cómo proteger mi verdadera identidad.
Me calo todavía más la capucha y cambio el ritmo de mis pasos, como si eso pudiera borrar quién soy en realidad o de qué huyo.
Porque conozco a Albert, sé hasta dónde está dispuesto a llegar.
Sus métodos. A las personas que lo siguen ciegamente.
Y no voy a darle ni una mísera posibilidad de encontrarme antes de tiempo.
La puerta de salida se desliza a un lado para mostrar la gran cantidad de personas que esperan a sus familiares o amigos. Hay letreros con nombres, ramos de flores, sonrisas. Recibimientos efusivos…
Apenas puedo contener el dolor por la ausencia de mis padres… de Garrett y Simon… ni el nudo que me oprime al recordar la ú ltima vez que los vi. Lo que les sucedió. Lo sola que estoy desde entonces.
Haberlos perdido a todos me destruye por dentro, aunque no puedo permitirme venirme abajo aquí. Ni delante de nadie.
Agarro la tira de la mochila con mucha fuerza, sintiendo lo poco que me queda de mi vida anterior. Tras cuatro meses escondida, ideando cada paso al milímetro, ahora sé que la paciencia es mi mejor arma.
Solo llevo cuatro días siendo Ashley McGregor y me resulta tan natural que me gustaría quedarme en su piel para siempre.
Ashley no arrastra el dolor de Madison ni su carga.
Puede moverse sin cadenas, sin la sensación de que cada uno de sus pasos puede poner en alerta a los depredadores que me persiguen.
He cambiado mi aspecto. Las lentillas ocultan mi azul natural y lo convierten en un gris bastante desvaído.
Un tinte potente encubre mi pelirrojo natural —el sello de los Reynolds, la familia de mi madre—, y el corte nuevo habría provocado un discurso indignado de Garrett.
Mi escaso vestuario se compone de prendas que jamás usaría Madison.
Y me he cubierto las pecas con un maquillaje que sobreviviría a una tormenta.
Si alguien de mi colegio de Dallas me viera, quizá reconocería un gesto o un ángulo, pero descartaría enseguida que esta chica vestida con vaqueros gastados pudiera ser yo. Madison era inaccesible, arrogante. Una máscara útil. Y peligrosa.
Aquí no puedo permitirme ninguna de las dos cosas.
—¿Estás preparada para esta aventura? —pregunta Rose—. Has tenido suerte, conseguir una familia de acogida tan rápido no es nada común.
Si ella supiera hasta qué punto me he implicado para que esto suceda…
—Estoy lista —respondo sin levantar la mirada del suelo.
—Los Stone tienen muy buena pinta —insiste. Lleva todo el vuelo con la misma cantinela—. Es su primera acogida.
Desconecto. Ya he escuchado el mismo discurso demasiadas veces. No sé si los Stone son perfectos, pero sí son lo mejor que encontré en la base de datos de familias de acogida para mí. Los que cumplían la mayoría de mis requisitos y no levantarían sospechas.
No quiero problemas, solo estabilidad. Mi deseo es pasar desapercibida y no tener que andar todo el día respondiendo a preguntas incómodas. Sé lo suficiente de ellos para confiar y anticiparme a posibles riesgos .
El padre está fuera del mapa. La madre trabaja demasiado. Y los hijos… ya los evaluaré cuando los tenga delante. Aunque mis pesquisas me han revelado algo: Dorian, el mayor, no va a ser fácil de llevar.
Enseguida veo el letrero con mi nombre. No el de verdad, sino el que ahora llevo impreso en mis papeles: Ashley McGregor.
Lo sostiene una mujer de unos treinta y cinco años muy guapa.
Da el perfil de la típica Barbie americana: delgada, rubia, ojos azules, piel pálida y frágil.
Va vestida de forma recatada, como la perfecta hija del reverendo del pueblo, y no guarda ningún secreto escandaloso, al menos, no más allá de los años que lleva encajando los golpes de su marido.
Sutton Stone.
La he estudiado. A ella y a su familia. He pinchado sus dispositivos y rastreado sus rutinas, incluso accedí a la webcam para observar la casa y evaluar el terreno.
Está junto a su hijo pequeño. Ernesto. Un chico muy parecido a su madre, con una sonrisa cálida y una mirada cariñosa y traviesa.
Rose saluda a Sutton con efusividad.
—Ashley, ¿verdad? —pregunta ella, avanzando hacia mí con un pequeño temblor en la voz—. Teníamos muchas ganas de conocerte, ¿verdad, cielo? —le pregunta a Ernesto.
El niño me saluda con una sonrisa tímida tras sus gafas.
—Me alegro de estar aquí —digo, haciendo un pequeño gesto con la cabeza mientras repaso a Sutton con la precisión de quien lleva semanas preparándose para este instante.
Es tal como la tengo etiquetada en mi mente.
Rose se adelanta, le encaja la mano y se ponen a hablar durante unos instantes. No puede cederme oficialmente hasta llegar a la casa y comprobar que es segura. Mientras concretan el trayecto y los últimos detalles, Ernesto se acerca a mí.
—¿Te gustan los videojuegos? —pregunta casi en un susurro. Sus mejillas se colorean al instante. Huele a chocolate. Veo los dedos manchados y un envoltorio arrugado sobresaliendo del bolsillo de su pantalón.
—Algunos. —Levanto un poco la vista del suelo para encontrarme con sus ojos retraídos.
Sé que es un niño poco corriente, con pasión por la tecnología. Le sonrío.
Sutton deja escapar una risa nerviosa cuando empezamos a caminar hacia el parking , donde nos espera un coche de alquiler .
Rose toma el volante con precisión, Sutton se acomoda de copiloto y Ernesto se sienta junto a mí en la parte de atrás. Un silencio breve llena el coche; todos medimos los movimientos de los demás.
Me apoyo en la ventana para observar el exterior, aislándome de la realidad. Necesito un momento para respirar; nunca he pecado de blanda, pero hay tantos sentimientos punzando en mi interior que por una vez me abruman.
Enseguida, una música country llena el silencio y Sutton empieza a hablar.
—En Elberta encontrarás una vida tranquila y fácil —dice sonriendo—. ¿Te gustan los pueblos pequeños?
—No lo sé —admito—. Nunca he vivido en uno.
Suelta una risa ligera y se lanza a contar anécdotas divertidas de la familia, del pueblo, de lo que me espera en Elberta.
Intercala preguntas para conocerme, y yo respondo calibrando cada palabra.
Ernesto casi no habla, pero me observa con la curiosidad de quien ve más allá de las apariencias.
Me gusta que mi madre de acogida se esfuerce tanto en hacerme sentir cómoda durante el trayecto de una hora hasta su domicilio.
Cuando llegamos a Elberta, Sutton nombra los cuatro comercios que hay en la calle principal.
No son muchos, la verdad. Observo las casas unifamiliares entre los árboles y soy consciente de que los lujos de mi antigua vida han quedado atrás.
Aquí, nadie me mirará demasiado ni juzgará cada uno de mis movimientos.
Por fin, el coche se detiene frente a la casa de dos pisos que había visto en Google Maps. Es espaciosa, cuidada y de la medida justa para no sentirme asfixiada.
Sutton abre la puerta con una sonrisa cálida, dejando que Ernesto salga antes que yo.
—Ashley, esta es tu casa —dice, señalando la entrada—. Espero que te guste.
Asiento mientras me apeo. La fachada es igual que en las imágenes: sencilla, ordenada, sin señales de extravagancia. Comparada con la mansión Reynolds es pequeña, pero me parece un lugar bonito para vivir.
—Vamos a dejar tus cosas dentro —interviene Rose, tomando mi mochila—. Y a acabar con el protocolo para que puedas instalarte.
Sutton nos acompaña al interior sin dejar de explicar cuanto vemos.
Lo hace con la voz ametrallando las palabras, como si fuera su manera de contener el nerviosismo.
La sigo sin perderme ni un detalle: el color de las paredes, los cuadros, la luz que entra por las ventanas.
Todo habla de normalidad, de estabilidad.
—¿Te apetece un refresco? —pregunta Sutton mientras entra en la cocina.
—Sí, gracias —respondo, controlando el tono de mi voz para que no suene distante.
Ernesto se sienta a la barra, y enseguida saca un paquete de galletas que ha traído de su mochila.
—¿Quieres probar una? —me ofrece. Observo sus movimientos, cómo espera mi reacción—. Me las he comprado con mi dinero. El de la semanada. Y están buenísimas.
Asiento y tomo una galleta con una sonrisa. Este crío me parece adorable.
—Mi madre me ha dicho que los primeros días serán los más difíciles para todos —comenta, con cierta inocencia—. Pero creo que lo llevaremos bien.
Sonrío, aunque de manera medida, mientras observo a Sutton preparar los refrescos. La escena es tranquila, casi idílica, pero cada dato entra en mi cálculo: cómo se mueven, cómo respiran, cómo hablan. Todo es información.
—Dorian tenía entreno —explica Sutton mientras se sienta con nosotros a la barra—.
Está un poco descentrado y enfadado con la vida desde que encerraron a su padre.
—No me pasa desapercibido el dolor en su voz, mezclado con un poco de vergüenza, como si admitir que su marido está en la cárcel la abochornara—.
Dale tiempo, ¿vale? Seguro que en unos días os lleváis bien. Pero Dorian es…
—¡Un capullo! —exclama Ernesto, terminando la frase con énfasis.
—Esa boca… —susurra Sutton.
No puedo reprimir una sonrisa triste al recordar a mis chicos, cómo hablaban, cómo me intentaban corregir cuando los copiaba mientras arreglábamos un coche o jugábamos a fútbol o veíamos un partido o nos dedicábamos a apostar en las luchas que organizábamos entre nosotros en el gimnasio de casa…
Cierro los ojos para espantar el dolor, las lágrimas y ese duelo difícil de afrontar que me corroe el cuerpo desde su muerte.
Inspiro con fuerza para retener el llanto y me centro en las palabras de Sutton y Ernesto acerca de Dorian. Anticipan un mal recibimiento. Por suerte, estoy preparada para tratar con chicos como él .
Lo he estudiado. Sus redes sociales lo muestran como uno de esos chulos con la autoestima por las nubes y un comportamiento desfasado, siempre mostrando suficiencia y mirando a los demás por encima del hombro. Pero puedo trampearlo.
—¿Quieres ver tu habitación? —pregunta Sutton tras unos minutos en silencio—. Está arriba.
—Me vendría bien una ducha y descansar un rato —respondo.
La idea de tener un respiro en soledad me parece lo mejor.
Ella asiente, guarda los vasos en el lavavajillas y me acompaña. Subimos las escaleras en silencio. Yo con mi mochila a los hombros, ella con sus pasos acelerados y Ernesto detrás.
Mientras avanzamos por el pasillo me señala las puertas para explicarme qué hay detrás. La habitación de Dorian —enfrente de la mía—, el baño —al final del pasillo—, la de Ernesto…
Abre mi puerta y me invita a entrar.
—Puedes decorarla a tu gusto, siempre que no sea demasiado caro. No he comprado la ropa de cama para ir contigo a la tienda. Así la podrás elegir.
—Gracias. —Entro y recorro el lugar con los ojos—. Es una habitación bastante amplia.
—Tiene su propio baño. —Me indica la puerta con la cabeza—.
Era la principal, pero como Jason y yo nos instalamos abajo…
Jason quería una suite a pie de calle —añade con una voz rota.
El dolor le contrae la expresión—. Es mejor que te la quedes tú para no compartir baño con los chicos. Así te será más fácil.
Asiento con una sonrisa y le doy las gracias con una mirada.
—Voy a asearme un poco —anuncio.
—La comida estará lista en una hora. —Se encamina al pasillo para dejarme intimidad—. Entonces conocerás a Dorian.
Una vez me quedo sola, suelto un suspiro.
Mientras coloco mis cosas en el armario me fijo en las pegatinas de los Dallas Cowboys.
Han de ser de Dorian. Su familia paterna es de Texas, de un pueblo cercano a Dallas, y él es hincha del equipo, supongo que por tradición familiar.
Sonrío con tristeza, derramando las lágrimas que me asaltan desde la tragedia.