Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

Zeus: Estoy deseando verte.

Sonrío al leer el mensaje que Zeus acaba de enviarme, aunque, a decir verdad, hoy, en los ratos en los que no estoy llorando, no puedo dejar de hacerlo porque… ¡Me caso! Y con el hombre del que estoy locamente enamorada. ¿Cómo no sentirme feliz?

Ava: Solo quedan dos horas.

—¿Puede la novia estarse quietecita? —se queja Jessica, que no deja de revisar que no me estropee el peinado.

—Lo siento.

—No te preocupes, el recogido está quedando precioso. —Sonríe la estilista.

Me miro en el espejo que tengo delante y, a través de él, observo el reflejo del que hay detrás para ver cómo va quedando.

Es muy sencillo: un moño bajo del que saldrá el velo, que acompañaré con una tiara de calas blancas y rosa claro que Maddie ha hecho especialmente para mí.

Todo a juego con el precioso ramo de flores.

—Ava, cariño, ¿tienes tiritas? —En cuanto escucho a mi madre, soy consciente del llanto de Iris.

Me tenso de pies a cabeza, tendría que haber estado más pendiente.

Sin importarme las manos de la chica que me peina, me levanto y cojo a mi princesa en brazos.

Inspecciono la rodilla que se está tocando y me tranquilizo al ver que no tiene sangre.

Con cariño le acaricio el pelo, lleva el flequillo recogido hacia atrás con un lazo celeste a juego con los tonos del vestido.

—Pupa, Ava. —Hace un pucherito que me cala hondo y, cuando me doy cuenta, estoy llorando junto a ella.

No dejo de llorar y eso afecta a todas, así que intento concentrarme solo en Iris.

Nos hemos separado en dos grupos, los hombres se están preparando en la hacienda donde se celebrará la boda —a excepción de mi padre, que me acompañará, y de Marc que será quien me lleve allí—, y nosotras nos hemos quedado en mi casa.

—Quiero a papi. —Lloriquea Iris sacándome de mis pensamientos.

—Cielo… ―Estoy a punto de decirle que no está, pero eso la hará llorar, así que cojo mi teléfono―. ¿Quieres que lo llamemos? ―Ella asiente con efusividad, todavía con el labio mordido por aguantarse el llanto. Es tan orgullosa como su padre.

—Hola, honey . ―Zeus sonríe, soy consciente de cómo estudia mi apariencia, pero no dice nada al respecto porque está demasiado ocupado preocupándose por el hecho de haberlo llamado―. ¿Qué ocurre?

—Hola, cariño. Aquí hay alguien que quiere hablar contigo.

Su semblante cambia de forma radical y se torna cariñoso y suave. Y el tono que utiliza cuando habla con Iris no hace más que encogerme el corazón.

—Oh, qué sorpresa. ¿Una princesita quizás?

—Sííí, papi… ―A Iris se le escapa un hipido y eso basta para que su padre se ponga serio. No le gusta que lloremos.

—Oye, pequeña. —Las chicas expresan un «Oh» al unísono porque ver a Zeus haciendo de padre protector es supertierno. Le cambia la voz enseguida y ya no se escucha ruido de fondo, lo que me dice que se ha retirado de los demás—. ¿Qué te pasa?

—Tengo pupa.

Me da muchísima lástima ver a Iris triste porque es una niña muy fuerte, vivaz y bastante dura. Mirar esos ojitos negros llenos de lágrimas me parte el corazón. Y… no puedo evitar llorar. ¡Maldición!

—¿Ava no te ha cantado la canción que te cura? —le pregunta mi perfecto futuro marido.

—No —responde Iris. Lloro más por no haberlo hecho, pero es que no me ha dado tiempo, y luego, me mira—. Ava llora.

— Honey , ¿estás llorando? —Su voz está cada vez más tensa y parece muy preocupado―. Ahora mismo voy y…

—¡No! Por favor, vamos a tranquilizarnos. Está nerviosa, solo eso, pero están bien. Iris no se ha hecho daño, vamos a cantarle ahora mismo la canción y Ava se recompondrá enseguida. ―Amber nos ha quitado el móvil y su hermano la escucha con atención.

—Está bien. Amber, ponme a mi hija y a mi mujer para que me escuchen.

El aire entra de golpe en mis pulmones, como si me hubiese quedado sin aire. De repente, su tono autoritario y la forma en la que dice eso de mi mujer hace que me cosquillee la piel. Me estoy volviendo loca. Amber me devuelve el móvil, me siento en la cama y pongo a Iris a mi lado.

—Hola, papi. Ti aquí.

Zeus sonríe. Dios… es perfecto.

—Hola, mi vida. ¿Puedes ponerte la manita en la pupa?

—Iris hace lo que le pide y entonces Zeus me pide a mí que me la ponga en el corazón.

Sonrío sintiéndome dichosa porque es algo muy simple que se ha vuelto muy de nosotros y de los niños.

Hago lo que me pide—. Bien, ahora vamos a sanarnos. Venga, quiero oír a mis chicas cantar.

—Sana, sana… —empiezo yo, frotándome el lado izquierdo del pecho.

—Culito rana… —continúa Iris, sonriéndole a Amber.

Cada vez que dice eso de culito la niña se ríe. En realidad, es colita de rana, pero mi madre siempre me lo ha cantado así y nunca me he molestado en corregirlo porque hace el mismo efecto de cualquiera de las dos formas.

—Si no sana hoy, sanará mañana —termina Zeus, y entonces Iris se despide de él y se va a seguir corriendo. Claro, ella ya se ha curado—. Honey , ¿estás bien?

—Sí, solo estoy muy nerviosa. Siento estar llorando por todo.

—No tienes que disculparte, lo entiendo. Y no me importa que se te corra el maquillaje, estarás igual de hermosa.

Me río entre lágrimas y ahora soy yo la que se siente curada.

Porque ese es el efecto que tiene Zeus en mí: me cura las heridas que parecen imposibles de sanar.

Tomo aire, intento relajarme y echo un vistazo al grupo mujeres que están en mi habitación a la espera de que me tranquilice y poder continuar arreglándome para mi boda.

¡Mi boda! Dios, es como si se me hubiese olvidado de que estoy a punto de casarme.

—Te quiero, Zeus.

—Yo a ti más, cielo.

—Ahora tengo que colgar antes de que alguna me saque los ojos.

—Ese puesto está cogido por mí —suelta Jess y volvemos a reír todos.

—Nos vemos en unas horas, honey .

Retomamos lo que habíamos dejado a medias, esta vez sin interrupciones llorosas ni histéricas.

Jessica juega con Iris al otro lado de la habitación.

Marcela, Arizona y Marina han salido hace un rato.

Y mi madre está observando con una sonrisa todo lo que ocurre a su alrededor, aunque sus ojos están más tiempo fijos en mí.

Alargo una mano para que me dé la suya y lo hace de inmediato.

—Sabes que te adoro y que eres la mejor madre y abuela del mundo, ¿verdad?

Se ríe cuando se le acumulan algunas lágrimas en los ojos y me da un beso en la frente.

—Vas a ser muy feliz, mi niña.

—Ay, Sonia, que estamos todas muy sentimentales. —Maddie la abraza con delicadeza por detrás, pues ya están todas maquilladas.

—¡Qué tendrán las bodas que siempre se llora! —exclama Amber pasándose un pañuelito por el extremo del párpado.

—No, por favor. O sea, ¡no! —Jessica sube los brazos al cielo de forma dramática y hace reír a Iris—. La embarazada aquí soy yo y no lo parece. Tengo las hormonas menos revolucionadas que todas vosotras.

Antes de que pueda decir nada, Marcela, Ari y Marina entran con mi vestido.

—¿Quién está preparada para colocarse esta preciosidad? —Marina camina hacia mí y con ella lo hacen las otras dos hasta quedar con el vestido frente a mí.

Me levanto con una sonrisa, pero, cuando toco la tela, siento unas ganas de vomitar horribles. Marcela me pone la mano en el hombro y la siento helada.

—¿Estás bien, cariño?

—Sí, solo algo nerviosa ―respondo, pero yo sé que no es eso.

Las chicas parecen satisfechas con mi respuesta porque es lo que se suele sentir en este día.

Así que no tardan en ponerse manos a la obra.

Cuando quiero darme cuenta, Jessica les suelta varios gritos de advertencia para que no toquen mucho mi recogido, el cual quiere intacto, y luego me ayudan a ponerme mi precioso vestido.

Una increíble pieza diseñada por Christian Dior, de esas que quitan el sentido, de corte de sirena en crepé, con una fina gasa cubriendo mi espalda y mangas bordadas con unas flores preciosas.

Miro por encima de mi pecho, que queda al descubierto gracias al sofisticado escote en uve, y vuelvo a apreciar el vestido una vez más.

—Dios mío, estás preciosísima, Avuchi. ―Lloriquea Jess.

—Mi hermano se va a quedar sin aliento —secunda Amber.

Asiento, emocionada. Es un momento muy sensible y a todas se nos nota la emoción.

—¡Los tacones! —exclama mi madre intentando reír.

Meto los pies en mis increíbles tacones blancos de charol Hot Chick de mi firma favorita: Louboutin. Son diez centímetros de pura elegancia con su característica suela roja.

Amber se dedica a capturar estos momentos previos a la boda con su cámara de fotos preferida y Ed hace lo mismo con los hombres. Es un momento íntimo y ellos querían hacerlo, pero en la ceremonia y la celebración habrá un equipo de fotógrafos.

Lo siguiente es el velo. Los dedos me hormiguean en cuando Marina lo anuncia. Observo los rostros que tengo delante de mí y todo se me empieza a hacer muy pequeño. Vaya mierda…

—Tranquila, respira. ―Escucho que me dice mi madre.

Tomo varias inhalaciones, recordando lo que Zeus me hace.

Cierro los ojos unos minutos, intentando sentir sus manos haciendo un masaje en las mías y, poco a poco, el bravo oleaje que aparece mi estómago empieza a calmarse.

La estilista coge la tela, se coloca detrás de donde he vuelto a sentarme y empieza su labor.

—Ponte de pie, Ava ―me pide.

Todas aplauden emocionadas cuando lo hago.

Me miro en el espejo y… ¡guau! Estoy realmente guapa y, emocionada, me llevo una mano a la boca.

Todas creen que voy a romper a llorar, pero lo que hago es lanzar los tacones y correr al cuarto de baño de mi habitación.

En pocos segundos estoy de rodillas frente al retrete, pasando los peores minutos de mi vida.

—¡Ava! —exclama Jess, agarrando todo lo que puede para que no me manche.

¡Lo que me faltaba!

Mi madre me acaricia la espalda mientras le pide a una de mis amigas que baje a por agua, Amber saca a Iris del baño y Arizona y Marcela quieren pedirle a Marc que vaya a la farmacia a por algún medicamento para que se me quiten las náuseas.

—Iré yo. ―Todas se detienen al oírme y me miran como si estuviese loca, pero no me importa.

Me pongo de pie y me lavo los dientes. Después, le pido a la estilista que me retoque el maquillaje y, cuando me vuelvo a calzar los tacones, mi madre me sonríe.

Y, bueno, esa sonrisa me produce mil sensaciones diferentes—. Esperadme aquí, vuelvo enseguida.

—Ava, no puedes ir vestida de novia a la farmacia.

—Déjala, Jess, así se despeja. —Mi amiga mira a mi madre y, aunque no la entiende, asiente. Porque lo que dice mi madre va a misa.

A toda prisa bajo las escaleras y me encuentro con Marc y mi padre charlando en el salón. En cuanto me ven, vienen a mí preocupados.

—Estás preciosa —dice Marc, sonriendo con cariño.

—Hija, ¿estás bien? Te noto pálida.

Hago una mueca, sin dejar de caminar hacia la calle. Ellos me siguen, sin saber qué estoy haciendo.

—La verdad es que no muy bien. La boda me tiene los nervios a flor de piel y acabo de vomitar. —Pongo mis ojos sobre los de Marc—. Necesito que me lleves a la farmacia de la plaza.

―Iré yo —indica con seguridad—. ¿Cómo vas a ir así?

—Por favor, Marc. ―Sonrío y él me estudia sin entender nada cuando le cojo las manos a modo de súplica infantil.

Al acto, chasquea la lengua y saca las llaves del coche del bolsillo de su pantalón gris.

—Algún día seré capaz de negarle algo a todas las mujeres de este grupo.

Suelto una carcajada, a punto de responder, pero alguien me interrumpe:

—Sigue soñando, idiota.

Marc se vuelve airado y fulmina a Maddie con la mirada. Sale de la cocina con algo en las manos y sube a toda prisa. Mi amigo no puede dejar de admirarla, se le transforma el rostro. Cuando Maddie desaparece escaleras arriba y Marc se vuelve hacia mí, estoy sonriendo.

—Está bastante guapa, ¿verdad? —le digo bajito.

—Vamos —masculla él, saliendo de casa.

No tardamos en regresar a casa. Tras revisar el reloj, veo que ha llegado la hora de irnos.

Las chicas bajan y se marchan en los coches que hemos alquilado para la familia.

En casa nos quedamos mi padre, Marc y yo.

Cojo aire profundamente, consciente de lo que va a pasar y de cómo nuestras vidas van a cambiar.

Estoy deseando casarme con Zeus.