Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 43
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Capítulo 43

Zeus me da la vuelta, me pone de espaldas, me pasa un brazo por el vientre y me alza para tenerme a su merced. Con tranquilidad, ocupa cada espacio y solo puedo estirar los brazos sobre el colchón. Estoy muy muy excitada.

—No te haces una idea de lo apretada que estás —gruñe salvaje al mismo tiempo que me da un azote en el culo.

—Te encanta.

Con brusquedad, coge mi cara y la aparta de la almohada para besarme.

Recibo su lengua, dejo que juegue en mi boca todo lo que desee mientras yo la abro de vez en cuando para poder respirar porque sus embestidas me dejan sin aire.

Estoy ardiendo, Zeus hace que toda la habitación sea el maldito infierno.

Siento sus manos pasar por mis nalgas, sus dedos aprietan mi clítoris y su dura erección llena todo mi interior.

Mi corazón va a explotar de un momento a otro.

Deseo, amor, lujuria. Nuestro dormitorio no podría estar más cargado de un aura tan erótica y eso me pone los pelos de punta.

Me aferro a las sábanas cuando Zeus siente la llegada de mi orgasmo y me embiste con un movimiento seco que bien podría romper la cama. O a mí.

—Vamos, nena, desahógate. Estás muy tensa. —Se ha estado tomando muy en serio estos días lo de ayudarme con el estrés. Me estremezco de puro placer—. Así, dame todo lo que tengas.

Me pellizca el clítoris, estirándolo para luego acariciarlo más rápido que antes.

No puedo más, muerdo la almohada para ahogar el aullido que me provoca el desolador orgasmo que se ha hecho con mi cuerpo.

Jadeo, intento respirar y noto que mi cuerpo va a caer contra el colchón; pero, entonces, el increíble hombre con el que estoy a punto de casarme me recoloca para seguir.

—Odio que hayas sido de alguien más. Pero no va a volver a pasar, eres mía para el resto de nuestras vidas. —Lo escucho decir entre suaves y lentos movimientos.

Siento un calambre satisfactorio por todo el cuerpo, que me recorre la columna vertebral y termina en la nuca como el mejor escalofrío de toda mi vida.

Me esfuerzo por no gritar y ahogo mis gemidos en la almohada.

Enseguida, mi cuerpo se relaja con el suyo.

Unos segundos después, vuelve a subir el ritmo y soy incapaz de poner en regla mi respiración.

―Sí, Zeus… sigue. Más fuerte.

Lo miro por encima del hombro entre las sombras de nuestro dormitorio.

Tiene el pelo revuelto, los ojos más negros que de costumbre y la cicatriz se apodera de su imagen mientras me hace suya.

Es lo más erótico, poderoso y atractivo que he presenciado jamás.

Sale de mí, sin dejar de mirarme a los ojos, y vuelve a clavarse hasta el fondo, robándome el aliento.

Apenas necesito unas embestidas más para volver a correrme con fuerza.

—Joder… nena… —Empuja, empuja, empuja y culmina pegándose todo lo que puede a mis nalgas, dejando su cabeza en mi hombro—. Eres mi puto paraíso.

Me besa la nuca cuando ha recobrado el aliento, sale de mí despacio, sin dejar de acariciarme, y me agarra con un brazo para tumbarme a su lado en la cama.

—Te quiero, honey —dice mirando el techo y haciendo círculos en mi hombro desnudo.

—Y yo, mi…

La alarma de mi móvil suena, como cada mañana, interrumpiéndome. Estoy a punto de levantarme cuando me vuelve a tumbar.

—¿Y tú qué? —Alza una ceja y sonríe con descaro.

—Te amo, Zeus.

Se muerde el labio para mirar y me cosquillean hasta los dedos de los pies, luego me coge por la nuca y me besa de una forma deliciosa. Pero ambos sabemos que, cuando el despertador suena, debemos parar.

—Nunca más que yo a ti, honey .

—Eso es discutible. —Me levanto de la cama para ir al baño y darme una ducha.

Cuando el agua cae sobre mí, escucho que la mampara se abre y sus manos me tocan por todas partes.

—Tenemos toda la vida para discutirlo, mi amor.

***

Por la mañana, tras dejar a Aidan en la guardería, me despido de Zeus. Él se va a la clínica y yo a Manhattan donde he quedado con mis amigas. No era broma lo de casarnos y tenemos que ponernos a trabajar. Se volvieron locas cuando se lo conté hace dos días.

Cuando dejo el coche en mi plaza del garaje, subo al estudio, donde Amber y Ed están trabajando.

—Buenos días —saludo.

—Buenos días, cuñada.

—Buenos días, jefa.

Me río y le pongo una mano en el hombro a mi compañero.

—¡No me llames jefa!

—Buenos días, futura O’Donnell —se corrige.

Un calor me sube a las mejillas, el tema del apellido es algo que nunca hemos hablado, pero conozco la tradición de aquí y la posibilidad me afecta sin poder evitarlo. Ava O’Donnell. Señora O’Donnell.

—Mejor llámame jefa, Ed —bromeo.

Riéndonos, nos ponemos al día y, justo cuando voy a entrar en mi despacho, Jess y Maddie aparecen.

Nos saludamos y paso la mano por la barriga de Jess.

La futura mamá sonríe encantada y Maddie le coge el bolso para colgarlo junto al suyo.

Nos acomodamos las tres en mi despacho, Amber no puede porque está con unas fotos y nos ponemos a hablar de la boda.

—¿Ya sabéis el día? ―me pregunta Maddie.

—No, Zeus se encarga hoy de eso.

—Bueno, conociéndolo, no será un problema ―dice Jess.

—Bueno, en una semana y media se pueden hacer muchas cosas.

—Maddie saca su lado profesional y su libreta de flores—.

Dime qué es lo que vas buscando y ya apuntaremos la fecha.

Mañana te presentaré a Bianca, nuestra wedding planner , yo me ocupo del decorado que lleve flores, pero la que se encargará de la organización será ella.

—¡Ay, qué emoción! —Jess toca las palmas riendo y luego me da un abrazo feliz.

Maddie me explica cómo funciona la empresa en la que trabaja, pero enseguida pasamos al tema que nos importa de verdad: mi vestido de novia y los suyos de damas de honor.

Aquí se hace de otra forma y, la verdad, me alegra mucho poder llevar a mis amigas como damas.

Mientras ellas parlotean, me retiro y llamo a mis padres para saber cómo van, ayer les conté la noticia.

***

Maddie me presentó a Bianca al día siguiente.

Parece una chica simpática y entregada que ha encontrado el lugar perfecto para la boda.

Visitamos varias tiendas para buscar los vestidos, nos pasamos días hasta las tantas de la noche trabajando —igual que Zeus con nuestros amigos—, pero parece que a mí está pasándome factura.

No sé si estoy muy nerviosa o demasiado emocionada; hay momentos en los que tengo muchas ganas y otros en los que metería la cabeza bajo tierra para esconderme de todos; unos días necesito que Zeus me haga el amor y otros estoy tan exageradamente cansada, irascible o desbordada que no quiero hacer nada.

Debo estar sufriendo un cuadro de estrés severo que me está friendo las emociones.

Como en este preciso instante, tras pasar toda la mañana ultimando detalles con Maddie y Bianca, vamos en el coche de camino a recoger a los niños de la guardería.

La hora no debería ser un problema, la de Iris está a menos de diez minutos de casa, así que siempre llego a tiempo para los dos.

¡Pero hoy no y me va a dar un ataque como mis niños se encuentren solos allí!

El reloj no deja de avanzar y parece que los coches van apareciendo de la nada en la carretera, cortando el tráfico.

Llamaría a Jayden, pero esta semana está fuera por trabajo, y Amanda ha ido al pueblo porque Iris estaría con nosotros, y voy a hacerlo fatal. Mis dedos tiemblan sobre el volante cuando hago la llamada con el manos libres.

—¡Hola, Ava! ―Ni siquiera la voz simpática de Marcela me tranquiliza.

—Hola, Marcela. Perdona, ¿puedes ponerme con Zeus?

—No es posible, está en una operación. Pero le digo que te llame en cuanto termine —maldigo entre dientes—. ¿Qué te ocurre? ¿Puedo ayudarte en algo?

—No, pero gracias de todos modos. Eres un cielo, que tengas un buen día.

De pronto, el tráfico se detiene, es un maldito atasco. Me pongo nerviosa y hago otra llamada.

—¿Ava? ¿Qué tal? —Escucho la voz de mi nuevo canguro al tercer toque y siento un alivio enorme.

—Menos mal, Mitchel. ¿Te pillo ocupado?

—No, solo me hacía algo de comer. ¿Estás bien?

«Ahora mucho mejor», pienso, pero no se lo digo por no preocuparlo más de lo que ya parece estar.

Además, si hablo de cómo me siento en este momento terminaré teniendo una pataleta, no sé qué me pasa.

Estoy sintiéndome fatal, la peor madre del mundo y tengo la sensación de que soy horrible, por no hablar de las absurdas ganas de llorar que tengo.

—Es que he tenido un contratiempo y necesito un favor —digo como puedo.

—Por supuesto, lo que sea.

—¿Puedes ir a Rochelle a recoger a Iris y luego a por Aidan? Estoy en medio de un atasco enorme y no voy a llegar —explico angustiada—. Todos los demás están ocupados.

—¡Claro! Estaré allí enseguida.

Me paso la media hora en el maldito atasco con el corazón encogido, sin poder tranquilizarme, y no es hasta que llego a casa y me encuentro a los niños allí que respiro. Los saludo con todo mi amor, Dios, soy horrible. Iris me besa la mejilla y Aidan me abraza con fuerza.

—Oye… ¿estás bien? —se preocupa Mitchel. Asiento, intentando serenarme—. ¿Estás segura? ¿Por qué lloras? ¿Te ha ocurrido algo en el camino?

Resoplo, ahora mil veces más tranquila que antes, pero todavía con las manos un poco temblorosas. Me siento en el sofá y veo a los niños jugar. Enseguida, la puerta de la entrada se abre, llamando la atención de todos.

—Sí, estoy bien, supongo que estoy agobiada por la planificación de la boda — explico—. Puedes irte, Mitchel, te pagaré el haber venido y…

―Ava, por favor. Volveré a hacerlo si es necesario.

Estoy a punto de asentir, cuando Aidan e Iris se abalanzan sobre Zeus, que me mira con gesto preocupado. Marcela ha debido de hablar con él. Aun así, se le dulcifica la mirada cuando saluda a los niños y Mitchel se despide. Verle con ellos me encoge el pecho.

— Honey, Marcela me ha dicho que parecías asustada por teléfono. —Zeus deja a los niños en el suelo y se acerca a mí. Enmarca mi cara entre sus manos y me mira a los ojos—. ¿Por qué lloras? ¿Qué ha pasado?

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —pregunta, atónito. Aidan, que está atento, se encoge de hombros en un gesto divertido y consigue que me ría en medio del repentino llanto.

Niego con la cabeza. Zeus no dice nada más, se sienta conmigo en el sofá, me acurruca y consigue que me calme. Las pulsaciones me bajan de forma considerable, dejo de respirar de manera errática y empiezo a sentir que quizá he exagerado, pero no podía controlar mis emociones.

—¿Estás mejor, cariño? —Su voz es tan suave como una caricia.

—Sí, siento muchísimo esto. No me gusta llorar delante de los niños, pero no puedo evitarlo.

Zeus contrae la cara, odia verme así. Baja con delicadeza hasta mis labios y el calor de los suyos me envuelve por completo.

Su lengua entra en mi boca de forma superficial, consciente de que están los niños, y me acaricia con mimo cuando se separa.

Le cuento lo que ha ocurrido, lo del atasco y la ayuda de Mitchel y vuelvo a disculparme.

—Un mal día lo tiene cualquiera, honey . ―Me mueve con suavidad, con una sonrisa en los labios que hace que me anime un poco―. Ya tenemos fecha definitiva. ¿Qué te parece casarnos el último fin de semana del mes?

―¿Qué?

Se me encoge el pecho y ya estoy lloriqueando de nuevo. Zeus me atrae y la preocupación le tiñe la cara.

―¿Qué te pasa, Ava? ―Ay, Dios. El llanto se me acentúa.

―¿Por qué me llamas así? ¿Ya no quieres llamarme honey ?

Zeus parpadea, sin saber qué hacer, jamás lo había visto así. Tengo que controlarme de una vez. Lo abrazo y le beso el cuello.

―Lo siento, es que estoy muy emocionada, enamorada, feliz y cansada. Muy cansada. ―Sus brazos me estrechan y lo miro a los ojos―. Pero esa fecha es perfecta.

―¿Seguro?

Asiento, emocionada.

―Solo quiero casarme con el hombre al que amo y ese siempre serás tú, sin importar el lugar, la hora ni la fecha. Te elegiré siempre, Zeus.

Sus labios forman una sonrisa preciosa de medio lado, como tanto me gusta. Y con esa boca tan sensual que tiene, mi desconocido del aeropuerto me besa con devoción, consiguiendo que todo mi cuerpo se derrita en sus manos.

—Repíteme eso cada día de mi vida, honey —dice muy cerca de mi boca y me encanta que suene a súplica porque adoro que me necesite tanto como yo lo necesito a él—. Cada día.