Capítulo 42
Hoy me quedo unas horas más en la clínica por una operación, así que salgo con Dylan a comer y Marcela decide unirse.
—¡Madura, Torres! —grita Marcela antes de ponerse a leer el menú.
—Odio que me llame por mi apellido, ¿no puede llamarme Dylan, como todo el mundo? —se queja dirigiéndose a mí y ella se tapa la cara con la carta.
—Por eso mismo lo hago, merluzo. —Marcela asoma la vista por encima del papel plastificado y pone los ojos en blanco sin pudor.
Me río, es como una recreación más joven de Marc y Maddison. Cuando creo que la cosa se queda en que Dylan es un merluzo, este le espeta:
—No vuelvas a llamarme por mi apellido, pelirroja.
—¡Que te den, Torres!
Hay un duelo de miradas, no sé cuál de ellos mira peor al otro; pero, por suerte, la camarera los interrumpe.
—Gracias, bombón —dice Dylan cuando la chica nos ha tomado el pedido.
—Eres demasiado repetitivo con eso de bombón. ¿Nunca una mujer te lo ha dicho antes? —La voz de Marcela suena envenenada y bebe agua sin quitarle la mirada de encima.
Dylan suelta una carcajada que me hace sonreír y que la crispa aún más.
—Pues no, normalmente me gimen para que se lo repita.
La sonrisa triunfal de Dylan provoca en ella un gruñido que bien puede alertar a cualquiera para que se esconda bajo la mesa. Y consciente de que es capaz de tirarle el cuchillo desde su asiento, intervengo en la conversación:
—Marcela, necesito que me reserves una mesa para Ava y para mí en el Crown, por favor.
—¿Cena romántica? —pregunta Dylan observando divertido a Marcela. Asiento.
—Por supuesto, Zeus —dice ella, pinchando un poco de zanahoria con el tenedor.
La chica se pone a comer, haciendo como si Dylan no existiera, pero atenta a lo que les cuento. Ellos se emocionan. Nos pasamos todo el almuerzo hablando de ello.
Zeus: Tenemos reserva en un restaurante que te encantará.
No espero que responda, pues ha tenido que ir al estudio y estará ocupada.
Aidan se queda hoy con su padre e Iris está con Amanda.
Nunca voy a acostumbrarme a que vivamos separados, pero voy a esforzarme para que Iris no note la diferencia.
Marcela insulta de nuevo a Dylan y este, que se da cuenta de que la ha enfadado de verdad, le suplica que lo perdone.
Cabeceo, divertido, y termino mi almuerzo para irnos de vuelta a la clínica.
***
Por la tarde juego con Aidan en el salón con una de sus pelotas, de las que pesan lo suficiente para que no boten, hasta que Ava aparece.
Mi mirada viaja por toda su figura, está impresionante con el vestido que lleva.
El verde apagado de la tela realza sus rasgos y parece más salvaje que nunca.
Me levanto para decirle al oído lo que pienso de ese modelito cuando el pequeño decide tirar la pelota y darme donde más duele.
—¡Zeus! —exclama Ava al tiempo que me agarro mi zona dañada esperando que así deje de dolerme todo el cuerpo.
—Estás preciosa, cariño —consigo decir entre dientes y sin aire.
Una cabecita se pone delante de mí y me obligo a mirarlo cuando me acaricia la rodilla con expresión triste.
—Zeus, ¿pupa?
―Sí, diablillo, mucha pupa. ―Me arrepiento de inmediato de haber dicho esto, pues Aidan es muy emotivo y enseguida un puchero arruga sus labios. Con una punzada de dolor recorriéndome la espalda, lo cojo en brazos―. Estoy bien. ¿Ves? Ya no me duele.
Parece que eso lo tranquiliza porque me da un beso rápido en la mejilla y se mueve en mis brazos para que lo suelte.
Justo cuando lo dejo, el timbre suena. Debe ser el canguro, al parecer la antigua niñera a la que Ava siempre llamaba ha dejado el trabajo para volcarse en sus estudios y nos ha recomendado a un compañero.
Ava aparece poco después con el chaval, que apenas tendrá veintipocos años.
Para ser tan joven, mira a mi mujer como si quisiera comérsela.
Doy un paso para acercarme y le doy la mano al chico.
—Buenas noches. Soy Zeus, su marido.
Ignoro el rostro de advertencia de Ava, el canguro hace lo mismo con mis palabras y me da la mano.
—Encantando, yo soy Mitchel. —El tipo sonríe y señala a nuestro niño con la cabeza—. Y él debe ser Aidan.
—Bueno, nosotros nos vamos, Mitchel ―nos despedimos de Aidan y Ava me arrastra hasta la puerta. En el último momento, se gira hacia el canguro―. Tienes todos los números de contacto en el frigorífico. Por favor, guarda el mío ya en tus contactos y el…
—Y el mío —pronuncio, espero que bastante claro.
—Sí, eso iba a decir. —El chaval se echa a reír y Ava le sonríe—. También el número de Jayden, que es el padre de Aidan, para cualquier emergencia.
Puede que tenga a Iris, a quien ya no imagino fuera de mi vida, y que Aidan me adore como sé que lo hace, pero no ser su padre me duele de igual manera. Nuestro pequeño diablillo asoma la cabeza desde el salón, diciéndonos adiós con una manita y recuerdo algo.
—Que no se duerma muy tarde ―advierto al nuevo canguro, que asiente―.
Tienes que darle su peluche para que no llore.
Cronos suele dormir junto a su cama, así que no te preocupes si lo ves ahí.
Si tiene una pesadilla cógelo en brazos y cántale «sana, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana» acariciándole a su vez el pecho, así se tranquilizará.
―Hace un gesto con la cabeza intercambiando miradas entre Ava y yo.
Achino los ojos en su dirección―. No olvides mecerte cuando lo hagas y…
—Voy a la cocina bajo la atención de ellos y vuelvo con el dispositivo—.
No tengas lejos ni un momento la pantalla, está conectada a la cámara de vigilancia de su dormitorio.
Cuando termino, se hace un silencio, incluso Aidan me mira con atención, a veces parece que me juzga. Pero no estoy haciendo el ridículo, ¿no? Solo me aseguro de la comodidad y seguridad de nuestro pequeño. Segundos después, en los que el canguro piensa y Ava me estudia sonriendo, este dice:
—No os preocupéis y disfrutad de la cena. Aidan estará cuidado y no me saltaré ni una de tus normas, Zeus.
Asiento. No me voy del todo seguro, pero necesitamos una noche para los dos y puedo llegar a admitir que ese Mitchel es de fiar. Dan se ha encargado de asegurarse, pero eso Ava nunca lo sabrá.
—Eres un padre increíble, mi amor.
Que Ava piense que estoy haciéndolo bien me hace sentir felicidad y orgullo. Puede que Aidan no sea mi hijo, pero lo querré y lo trataré como si lo fuera. Y haré todo lo posible para que Iris sea feliz y se sienta amada.
***
Tras un trayecto en el que he pensado mucho cómo decírselo, por fin estamos en la terraza del Crown, situado en lo alto de un hotel que brinda unas vistas fantásticas. Como ya supuse, Ava se queda embobada en los rascacielos y la vida diminuta de la Quinta Avenida que hay debajo de nosotros.
—¿Entramos, honey ?
Le doy un beso en el cuello y se gira un poco hacia mí.
Después, asiente sin decir una palabra, con una sonrisa preciosa.
No tardan en atendernos, como siempre, y colocan una cubitera con hielo y vino a nuestro lado.
Cojo la mano de Ava por encima de la mesa, admirando la alianza que brilla en su anular izquierdo mientras nos llenan las copas.
Cada uno cogemos la nuestra y le damos un sorbo, en el que yo no puedo apartar la mirada de su mano izquierda.
Aquí se hace así, es una tradición basada en una antigua creencia romana.
Según la historia, dice que la vena amoris conecta el dedo anular izquierdo directamente con el corazón.
El camarero se va, diciéndonos algo, pero no le presto atención más que a ella. Necesito contárselo ya.
—¿En qué piensas? ―pregunta Ava, entrelazando nuestros dedos.
—En ti. —Deja escapar una risita que se me antoja preciosa—. Y en que quiero casarme cuanto antes. ―Me conoce tan bien que deja la copa a medio camino de sus apetitosos labios―. Había pensado en dos semanas.
―¡¿Dos semanas?! ¿Te has vuelto loco? ―Ava baja el tono al darse cuenta de que lo ha elevado demasiado.
La miro con intención, inclinándome sobre la mesa.
―Desde que te vi por primera vez. ―Atraigo sus dedos a mis labios para besarle las puntas con cariño―. Nos conocimos en febrero, quiero que nos casemos en febrero.
―Dios… ¡Ya estamos en febrero!
―Lo sé. ―Sonrío, sin soltarla.
―Eso nos deja, si empezamos mañana, semana y media para prepararlo todo. Son muchas cosas: el sitio, la decoración, las invitaciones, el cáterin, el…
―Somos una familia grande y Maddison puede encargarse de los preparativos. Por lo demás, déjamelo a mí.
Se hace un silencio, Ava me estudia a conciencia hasta que resopla siendo consciente de algo.
―¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto?
Mi sonrisa se ensancha.
―Lo suficiente para que, con solo una llamada, nos pongamos en marcha.
Ahora es Ava la que se fija en mi anillo, lo acaricia y luego deja un beso delicado sobre él. Sus ojos del color de las tormentas se clavan en los míos y me da un vuelco el corazón ante la emoción.
―Van a ser unas semanas muy estresantes. ―Asiento y ella sonríe de medio lado, con un brillo en la mirada que conozco muy bien―. Tendrás que ayudarme a relajarme cuando me sienta tensa.
El tono sensual que emplea va directo a mi entrepierna en forma de latigazo y me calienta la sangre. Le cojo la barbilla para acariciar sus labios con los míos antes de besarla.
―Nena, seré tu esclavo con mucho gusto.