Capítulo 41
—Iris, cielo, vamos a desayunar.
Cojo su taza preferida y vierto la leche en ella para después calentársela un poco, así es como le gusta.
Estamos esperando a que Zeus vuelva de correr, me ha dejado una nota en la que me avisaba de que traería el desayuno.
Nos vamos al salón, donde Aidan ya ha volcado su caja para jugar y también echa un vistazo a los dibujitos de la tele.
Iris se ríe a carcajadas cuando mi hijo se cae de culo, distraído, pero enseguida se acerca y le da la manita para ayudarlo a levantarse.
Con una sonrisa, me siento en el sofá justo en el momento en el que la puerta principal se abre.
—¡Traigo bollos!
Giramos los tres la cabeza al escuchar a Zeus, que camina en mi dirección, y me da un beso en los labios tras saludar a los niños.
Me levanto para coger más servilletas y me gano un cachete juguetón en el culo.
A la vuelta, me detengo en la puerta. Se me escapa una carcajada cuando Zeus, sentado en el suelo, suelta un gruñido por recibir un mordisco de Aidan en la oreja.
—Pero bueno, acabo de irme un segundo, ¿qué está pasando aquí? —Viendo que no va a poder levantarse y escapar de los niños, me acerco y cojo al pequeño en brazos—. Vamos, dejadlo. Primero a desayunar y después, a jugar.
Los niños se vuelcan en la bolsa de papel marrón donde vienen unos dulces que normalmente están prohibidísimos para los más pequeños, pero supongo que hoy pueden comerse uno.
―Son de la pastelería de la plaza, especiales para niños. Con cereales, sin azúcares ni ingredientes que no deban tomar ―dice Zeus, que me conoce a la perfección, y me besa la sien―. ¿Podemos jugar nosotros más tarde?
―Solo cuando los niños se hayan ido.
Después del fin de semana, hemos añadido a la rutina llevar a Iris a la guardería.
Al final, Amanda decidió no vivir en Nueva York y se mudó a Nueva Rochelle, a diez minutos de nosotros.
Por lo que estamos mucho más cerca de la pequeña.
La observo venir hacia nosotros con dos bollos en las manos, me tiende uno y Zeus va a decirme algo, pero se calla de golpe.
―Para ti, papi. ―Lo coge con manos temblorosas y cuando cae en la cuenta de por qué Iris sigue esperando algo, le da un mordisco al dulce pese a que él no suele comerlos―. ¿Te gusta, papi?
La emoción me aprieta el corazón, no puedo apartar la mirada de Zeus. Es la primera vez en casi un mes que lo llama así, sabemos que es pronto, pero él necesitaba oírlo cuanto antes. Embelesado, la coge en brazos y le besa la nariz.
—Es el más rico que he probado jamás, princesa.
Iris se ríe, encantada de estar tan cerca de él.
―Me ha llamado papá ―susurra para mí y asiento sonriendo, con el corazón henchido de felicidad.