Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

Hace una semana que dimos la noticia sobre Iris y cada vez se muestra más tranquila en mi presencia.

Amanda ha sido bastante flexible y no se opuso a que Ava me acompañase a las primeras visitas, antes de que la pequeña viniera a casa, ni cuando le dije que estaría involucrada en la vida de Iris.

Al contrario, me agradeció que estemos presentes; aunque, en realidad, no hay nada que agradecer, pues ya no podría separarme de mi hija.

Mi madre la adoraría y estaría hechizada con su forma de ser.

Iris me ha demostrado que, pese a su timidez, es muy alegre, cariñosa con Aidan y con Ava, y algo seria conmigo…

aunque espero que solo sea por ahora. Después de todo, eso es herencia de su padre.

Sonrío en silencio, orgulloso, con la imagen de mi familia delante de mí.

Los niños se revuelcan por el suelo, riendo con lo que les hace Ava.

Es la primera noche que Iris va a dormir en casa, su habitación está frente a la de Aidan, decorada con mariposas moradas por todas partes.

Ava se ríe por algo y el corazón me da un vuelco en el pecho.

Al escuchar las risas de quienes son mi mundo, siento que lo he hecho todo bien en la vida.

No me muevo del sofá mientras ellos juegan, hasta que Iris se acerca a mí, con un pijama verde —su color favorito— y se sienta en mis piernas, acurrucándose entre mis brazos, a la vez que bosteza con los ojos soñolientos.

Suelto el aire contenido. Estas muestras de afecto por su parte, aunque todavía se retrae en muchos aspectos, son las que me hacen vibrar de felicidad.

Joder, soy padre. No fui consciente de la situación hasta que logré encontrar calma conmigo mismo dentro del caos de emociones y dudas que se desató con la noticia.

Ya no pienso que Ava y yo no tengamos esto en común.

Somos una familia. En proceso de crecimiento, sí, pero una familia al fin y al cabo, con dos hijos y un perro que los adora y los protege.

Ava y yo lo tenemos todo.

Con Aidan en sus brazos, mi preciosa mujer se sienta a mi lado en el sofá.

Los niños se adoran y, cuando son conscientes de que pueden estar más cerca, se recolocan sobre nosotros, durmiéndose poco después uno al lado del otro.

Paso un brazo por el sofá, tocando a Ava con las puntas de mis dedos.

Sus ojos grises me observan y sus labios se mueven en una sonrisa encantadora cuando me lee los labios.

«Yo también te quiero, Zeus», me dice sin que salga un sonido de su garganta, y el deseo me recorre el cuerpo, es hora de acostar a los niños.

***

Ya en nuestro dormitorio, con la casa en silencio, disfruto de cómo Ava coge mi erección para colocarla en su entrada, tan húmeda que me deslizo de un solo movimiento.

Aprieto los dientes por el placer que me consume.

Sigue bajando, despacio, de forma tortuosa, hasta que está acoplada a mí.

Cuando empieza a mover las caderas, sus delicados balanceos me vuelven loco.

Me apoyo en los codos, devorando sus pechos con necesidad, y ella me agarra del pelo presionando mi boca contra sus sensibles pezones.

—Dime que me amas ―exige, acelerando los movimientos. Su tono autoritario, subida a mi polla y levándome al límite con cada giro de caderas, me hace caer rendido a sus pies.

Tiene los labios húmedos de mis besos, la respiración desacompasada y los ojos tan caídos como los míos por el acercamiento del orgasmo.

Empujo desde abajo, robándole un gemido que ahoga contra mi boca.

Ava ya no puede gritar como antes, pero no me importa en absoluto, es algo que reservamos para cuando estamos solos.

―Te amo, Dios… te amo demasiado.

Con el autocontrol por los suelos le muerdo el cuello y las clavículas. Sus gimoteos al oírme son música para mis oídos.

―Eres mío, Zeus.

Oh, ya lo creo que sí. Atrapo su boca con la mía, girando sobre su cuerpo para quedar encima.

Sus piernas se enredan en mi cintura, sujetándose mientras entro y salgo de ella de forma salvaje.

¡A la mierda mi autocontrol! Necesito hundirme más, le levanto las caderas y toco ese punto.

Sus jadeos en mi oído y sus uñas clavadas en mi piel me tienen al límite.

―Siempre seré tuyo, cielo. ―Me levanto un poco, sin dejar de empujar con fuerza y bajo la mirada a su rostro―. Ahora córrete para tu futuro marido, nena.

El interior de Ava me presiona la erección, me exige que me corra con ella y no lo dudo.

Me vuelco sobre su cuerpo, la abrazo, la toco y entrelazo nuestras manos sobre su cabeza, donde nuestras alianzas brillan con las luces que se cuelan en la oscuridad de nuestro dormitorio.

Exactamente igual que ella lo hizo en mi corazón.