Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

Es una maravilla poder salir a esta hora del trabajo e irme a casa donde me recibirá mi preciosa mujer.

Llevo muchos años trabajando sin descanso, desviviéndome primero por el Memorial y después por el New Vitality, creo que me merezco esto.

Sé que me lo merezco. Me echo el asa del maletín al hombro, cierro mi oficina tras aclarar con Marcela el trabajo del lunes y me despido de los demás.

Apenas he andado cinco metros cuando escucho la voz de Dylan acercándose por detrás.

—Espera, yo también salgo ya.

En ese momento aparece Axel frente a nosotros y nos paramos a saludar. Luego, se une Izan, que estaba fuera atendiendo una llamada, o eso me ha parecido.

—¿Dónde vas, Dylan?

—¿A casa? Hace un par de días me quedé dos horas más con un paciente, ¿no te acuerdas? Fui el último en irme —responde y le da una palmada en el hombro, pero Axel permanece imperturbable.

—Yo fui el último en marcharse ese día —afirmo, fingiendo severidad.

―Bueno, nadie te mandó ser el jefe —comenta Dylan con su característico sentido del humor.

Cabeceo reprimiendo una risa.

―El lunes no vendré ―explico para todos, aunque mi mirada se centra en Axel, el más serio de los tres―, a no ser que haya una urgencia. Arizona estará al mando.

Ellos asienten y nos despedimos, Izan y Axel vuelven dentro, y Dylan y yo vamos a por los coches. En cuanto llego al mío, guardo las cosas en el maletero.

—Oye, hermano. Mira qué preciosidad. —Observo la fotografía de su ultimo ligue. Dylan y su promiscuidad—. Quedé con ella anoche y, mmm, qué bombón. —Se relame los labios y sonríe como todos lo hacemos cuando disfrutamos de ese tipo de noches. Pero, aun así…

—Joder, Dylan, no la habrás llamado así, ¿verdad?

Este se coloca en la puerta de su deportivo, un precioso Mustang Shelby GT500 de color plata, y me mira achinando los ojos mientras forma una media sonrisa.

—Por supuesto y, con sus gemidos, me confirmó cuánto le gustaba que lo hiciera. —Dejo escapar una carcajada. Se sube al coche, baja las ventanillas cuando arranca el motor y exclamar antes de salir del garaje con un potente rugido—: ¡Esta noche vuelvo a repetírselo!

No tarda en desaparecer de mi vista. Echo un vistazo por el espejo retrovisor a la silla vacía de Aidan, voy a echarlo de menos este fin de semana.

No cambiaría por nada del mundo el tener el coche lleno de juguetitos de La Patrulla Canina, ni esa silla roja y azul tan llamativa en la parte de atrás.

***

Aparco en la puerta de casa, llego con ganas de ver a Ava y disfrutar de su cuerpo durante todo el maldito fin de semana.

Abro la puerta y soy recibido por un silencio absoluto que me inquieta.

El pulso se me dispara, pero no tiene comparación a cómo me siento cuando Ava sale de la cocina con la cara desencajada.

«¿Qué cojones ha pasado?», pienso y me acerco a toda velocidad a ella.

Mira de reojo a un lado y, no sé por qué, pero se me tensa hasta el último músculo del cuerpo ante su actitud asustada.

Creo que nunca la he visto con el rostro tan preocupado como en este momento.

—¿Qué pasa, honey ? —Le coloco las manos a cada lado del cuello, el miedo me recorre la espina dorsal al pensar en el niño—. ¿Aidan está bien? Cariño, me estás asustando…

Solo imaginar que haya podido pasarle algo, me inquieta.

Sé que con su padre estará bien, lo adora y cuidará de él.

Tienen una relación padre e hijo envidiable y soy consciente de lo feliz que hace a Aidan, pero, aun así, no puedo evitar preocuparme, pues quiero más que a nada a ese diablillo revoltoso.

Cuando pienso que está a punto de decírmelo, Amanda aparece detrás de ella y mi mujer se queda rígida al presenciarlo. Es entonces cuando soy consciente de que su preocupación solo tiene que ver con Amanda.

―Zeus, tengo…

Ese acento colombiano que he escuchado tantas veces llama mi atención, pero la miro sin soltar a Ava, que se gira contra mi cuerpo y la señala con un dedo tembloroso.

—Cállate de una maldita vez —le exige, sin alzar demasiado la voz. La ansiedad me envuelve el cuello, dejándome sin aire. ¿Qué coño ha pasado para que esté así? Los preciosos ojos de Ava se vuelven fríos cuando me mira y agarra mi mano para llevarme al salón—. Tenemos que hablar, Zeus.

Soy consciente de que quiere alejarnos de ella y la sigo en silencio. Veo los juguetes de Aidan por el suelo, enviándome una sensación extraña por la nuca.

—¿Jayden ha traído al niño? ―Ava niega con la cabeza y frunzo el ceño.

Necesito saber qué está pasando, por qué está así y por qué ahora Amanda nos observa desde el pasillo, pidiéndole a alguien que se detenga con un gesto de la mano. Imagino que a Cronos, que no ha venido aún a recibirme.

— Honey , me estás preocupando, dime qué ocurre.

—No quiero que te enfades —empieza diciendo, poniéndome en alerta—. No grites ni te alteres cuando me escuches o la asustarás.

¿A quién cojones voy a asustar? ¿A Amanda?

¿Y por qué iba a gritar o enfadarme? Me muevo para mirar detrás de mí un instante, pero las delicadas manos de Ava me envuelven el rostro impidiéndomelo.

Le retiro el pelo detrás de la oreja, manteniendo la calma o, al menos, intentándolo.

No me pasa desapercibido cómo desvía la mirada, tomándose un momento, y es Amada quien toma la palabra, enfadándola.

—Zeus, tengo que hablar contigo de algo importante. No sabía cómo decírtelo, llevo mucho tiempo intentando hacerlo y…

—¡No, no, no! ¡Cállate! No puedes soltarlo de esta forma. ¡Eres una insensata! —grita Ava, a pesar de haberme pedido segundos antes que yo no lo hiciera.

La retengo cuando veo que va a esquivarme para ir hacia ella y seguir gritándole, pero ¿qué cojones? La rodeo con un brazo, haciendo que se centre únicamente en mí.

— Honey , tranquila. —Me vuelvo, fulminando a Amanda con una mirada fría y cargada de rabia por haber hecho que Ava esté así―. ¿Qué coño has hecho? ―Como no me responde, señalo a Ava sin dejar de mirar a la mujer que conozco desde la adolescencia y rujo―. ¿Que qué coño le has hecho?

Amanda se encoge y Ava vuelve a interponerse entre nosotros. Me baja la cabeza para que la mire, pero en este momento tengo tanta ira contenida que no quiero dedicarle esta mirada a ella. Mis ojos siguen clavados en Amanda.

—Zeus, mírame ―suplica y a la mierda con todo. Sus iris grises, atemorizados, se me clavan en el alma―. Amanda… ella y tú… Amanda ha venido con… ―Se pasa una mano por el pelo alborotado, lamiéndose los labios secos―. Esto es muy difícil, cariño. Amanda y…

—¡Mami! ¡Mira!

La interrupción sorprende a Ava, que desvía su atención detrás de mi espalda.

La cara se le queda más blanca que antes y me giro para saber de dónde proviene esa voz que la ha puesto así.

Entonces, me encuentro a una niña pequeña tirando del pantalón de Amanda.

Frunzo el ceño, no sabía que había sido madre, nunca me lo ha comentado.

A ella también le cambia la cara y Ava agarra mi mano, pero no sé por qué tanto revuelo.

Al menos no hasta que la niña se gira para mirar hacia nosotros, sin entender que su madre esté así y que otros dos adultos la estudian en silencio.

Tiene el pelo negro como la noche, la piel blanca, como si fuese de porcelana, la cara fina, con rasgos serios y marcados, es una preciosidad y su mirada…

Maldita sea…

—Zeus… —me llama Ava y me giro despacio hacia ella.

—¿Qué?

Mi voz es un gruñido apenas contenido y la niña se centra en mí, algo asustada. Su mirada me oprime el pecho y me hace tambalearme, es la misma que veo cada mañana al observarme al espejo. Me giro de golpe hacia Amanda.

―¿Cuántos años tiene la niña, Amanda?

—Zeus… por favor. Tranquilo.

Me suelto del agarre de Ava. Estoy aterrado, joder. No puede ser, miro a mi preciosa mujer, preguntándole en silencio lo que no soy capaz de articular en palabras, y ella asiente, entendiéndome a la perfección.

—Explícate de una maldita vez, Amanda —bramo fuera de mí, sin moverme. La niña se encoge y corre hacia la cocina.

—¡Iris! —la llama su madre y el nombre va directo al centro de mi pecho.

—Yo me encargo, vosotros tenéis que hablar.

—Ava me acaricia la espalda antes de salir del salón, se detiene al lado de Amanda y la mira con una frialdad que podría congelar el mismo infierno.

Una sensación de orgullo y plenitud cruza la ansiedad de este instante mientras contemplo cómo me protege—.

Sé sincera por una vez en tu vida y cómo no te atrevas a ser delicada…

Dios, Amanda, vas a arrepentirte de haberme conocido el resto de tu vida.

Ava desparece, dejándome a solas con Amanda, que acorta nuestra distancia. La miro de arriba abajo, no puede ser… Esto no puede estar pasando con ella. No quiero que pase con Amanda, sino con Ava.

—Zeus, yo… lo siento mucho. No sabía cómo decírtelo. No dejabas de repetir que entre tú y yo nunca habría nada y… ―Me sobresalto al oírla, debo estar en shock porque no soy capaz de gestionar este lío, ni sus palabras, ni lo que sucede en realidad.

Mi cabeza trabaja sin descanso, rememorando los casi tres años que hemos estado acostándonos.

Cómo me pidió meses después de aquellas primeras veces que la dejase en paz, que había conocido a alguien, cómo volvió a buscarme casi un año después.

No había ningún hombre sino un bebé. Un bebé mío.

La ira se apodera de todo mi ser y la detengo cuando hace el amago de disculparse de nuevo.

—¡No quiero escucharte! ¿Cómo has podido? ¿Cómo ha pasado? Usábamos protección, joder. ―Me odio por saber que Ava debe estar escuchándolo todo.

Amanda llora desconsolada y siento que va a darme un puto infarto mientras espero a que esa niña, que ha despertado tanto en mí en solo unos segundos, vuelva a aparecer.

―Fueron varias veces ese verano, estabas siempre bebiendo y…

Suelto un bramido y ella se encoge.

―¿¡Por qué me lo has ocultado!?

―Ya te lo he dicho, no dejabas de hablar de ella, de repetir que entre nosotros no habría…

―¿¡Y creíste que alejarme de mi propia hija era la opción correcta!?

Mi afirmación nos atraviesa a ambos y, por un momento, quiero ir con Ava.

La cabeza me va a mil por hora. Tantos años, tantos momentos, tantos recuerdos…

Si es verdad que esa niña es mi hija, no le perdonaré por haberme arrebatado los primeros años de su vida.

La furia no me deja pensar con claridad.

—¿Estás segura de que no quieres endorsarme el problema?

Ahoga un grito de sorpresa, pero estoy demasiado jodido y cabreado en este momento como para que me importe. Amanda da un paso hacia mí, amenazante.

—¡Nuestra hija no es ningún problema, Zeus! Ella no tiene culpa de que las circunstancias sean estas... ―Se le quiebra la voz―. Solo es una niña que se ha criado sin un padre por mi culpa. Sé que me he equivocado, pero Iris necesita a su padre.

El nombre de Iris O’Donnell retumba en mis oídos.

De repente, aparece con Ava que intenta cogerla, ella cree que están jugando y la niña sonríe, haciendo que el mundo se desmorone bajo mis pies cuando veo a mi madre en esa sonrisa.

El corazón me duele en el pecho por lo que pueda significar que en realidad Amanda esté mintiendo.

—Voy a hacerme una prueba de ADN ―advierto, con la mirada sobre la de Ava.

Ella asiente desde el pasillo, apoyándome. Amanda se agacha para coger a su hija en brazos y observo cada uno de los movimientos y la interacción entre ellas. Cuando levanto la vista de la niña, me topo con el dolor y la rabia bañando la cara de Amanda por primera vez en muchísimos años.

―Eres un… ―Ava carraspea, interrumpiéndola, y Amanda abraza a su hija―. Habrá una prueba, pero no hace falta, te veo en ella cada día. Es tu hija, Zeus.

Da media vuelta, disculpándose con mi mujer antes de salir de nuestra casa.

De repente, me siento como si un ruido constante hubiese desaparecido.

Cuando Ava vuelve a estar a mi lado, no puedo ni imaginar cómo debe sentirse.

Sin embargo, me sorprende con una leve sonrisa y abre los brazos. Sin pensarlo, me hundo en ellos.

—Lo superaremos —susurra desde mi pecho, la estrecho contra mí y siento sus manos acariciarme la espalda—. Es lo que siempre hacemos, Zeus. —Asiento, sin palabras—. Si la prueba fuese positiva, esta casa es lo suficientemente grande para todos, además, a Aidan le vendría bien algo de compañía.

Una lágrima resbala por mi mejilla al oírla, cuánto la quiero. La abrazo con más fuerza. Ava es mi alma gemela, la luz en mi oscuridad más profunda. Sin ella estaría perdido por el resto de mi vida. Con ella a mi lado puedo con todo.