Capítulo 36
—Si crees que es buena idea y estás totalmente segura, invítala, honey .
Observo como Zeus sale del cuarto de baño vestido para irse a trabajar. Está bastante guapo con el pelo hacia atrás y la barba recién afeitada. Me acerco hasta él cuando se sienta en el borde de la cama para ponerse los calcetines y le toco la piel suave de su mandíbula afilada.
—Hace poco que la conozco y, aunque no es mi amiga, siento que tengo que ayudarla. Se le está complicando la mudanza, pero no quiero que te sientas incómodo.
Zeus deja lo que estaba haciendo para clavar sus preciosos ojos negros en los míos. Coge mis nalgas, las estruja y me sienta sobre él. Encantada con su cercanía y su olor, paso mis brazos alrededor de su cuello.
—No me siento incómodo. Confío en ti.
Asiento, sé que es así, me lo demuestra todos los días. Pero mi gesto no es suficiente y me da un pellizquito en el culo que me remueve sobre él… Sonríe de forma tentadora con la fricción y se muerde el labio de una forma tan sexy que me vuelve loca.
—De acuerdo —afirmo sobre sus labios.
Pero solo puedo alargar el momento unos dos o tres minutos porque Zeus termina por levantarse, sin importarle que yo siga sobre él, y me lleva hasta abajo. Allí, Cronos nos observa con curiosidad.
—Tengo que trabajar, pero estaré aquí a la hora del almuerzo. —Coge sus cosas cuando me separo de él y se gira hacia mí antes de marcharse—. Entonces, seré todo tuyo.
Al quedarme sola con Cronos, siento que la casa está vacía.
Es viernes, así que Jayden recogerá a Aidan en la guardería y pasará con él todo el fin de semana.
Como es bastante temprano, vuelvo a mi dormitorio, esta vez acompañada de mi guardián perruno.
Me meto bajo las mantas, doy unos golpecitos en el colchón y este se hunde bajo el peso de Cronos.
***
Unas horas más tarde, ya he paseado a Cronos y tengo la comida preparada. Mi teléfono suena justo cuando me acomodo en el sillón de mi despacho para trabajar.
—Buenos días, guapa ―digo al ver que es Amber―. ¿Qué ocurre?
―¿No has mirado tu correo?
Cliqueo en el botón del ratón varias veces, hasta que entro en mi bandeja de mensajes pendientes y veo uno que llama mi atención.
FashionLover —una revista de moda— quiere que trabajemos con ellos la semana que viene.
El corazón se me acelera de igual manera que cuando nos contactaron para nuestro primer trabajo oficial como estudio.
―Madre mía, Amber.
―¡Sí!
Mi amiga y cuñada suelta una risotada contagiosa.
Hablamos un poco del trabajo, nos ponemos al día sobre los proyectos que tenemos en los próximos tres meses y, después, me despido tras contarle que Amanda vendrá a casa.
Puede que sea un idiotez, pero le había prometido ir con ella a Brooklyn para ver la zona aprovechando que Aidan está con su padre.
Trabajo un poco más hasta que suena el timbre. Apago el ordenador, cojo mi teléfono y bajo para abrir a Amanda.
―Hola, ¿ha sido difícil encontrar la casa? ―la saludo, sacando la alfombra que guardamos en el mueble de la entrada para los días lluviosos.
―Para nada, pero la lluvia nos ha fastidiado el viaje a Brooklyn.
Levanto la cabeza del mueble, dispuesta a colocar la alfombra, pero la sonrisa se me borra de un plumazo al fijarme en las piernas de Amanda.
Mis ojos viajan desde ahí a los suyos, que hoy parecen asustados.
Entonces, con un movimiento del brazo, hace que una niña de poco más de dos años salga de detrás de ella.
Se me cae el alma a los pies.
Me da vueltas todo. La alfombra se me resbala de las manos —o quizá la suelto sin dame cuenta— y me apoyo en el mueble, con unas ganas repentinas de vomitar.
Amanda se ha puesto blanca como la pared ante mi reacción, y eso me ofende.
¿De verdad pensaba que no iba a darme cuenta? ¿Tan idiota cree que soy?
Me recompongo como puedo, aunque lo único que quisiera en este momento es echar a esta mujer de nuestras vidas, pero no lo haré por la niña pequeña que trae consigo.
No me había dicho nada de esto, ni una palabra en todo este tiempo sobre que era madre.
Muy a mi pesar, invito a Amanda al salón.
Casi de inmediato, la que imagino que es su hija se fija en la caja de juguetes de Aidan.
Trago saliva antes de acércame a ella, que me mira con seriedad y con una expresión que parece darme permiso para acercarme a ella, pese a no superar el metro de estatura.
Aun así, de forma delicada y en silencio, se entretiene con los juguetes.
Me giro hacia Amanda, enfadada y bastante asustada —para qué mentir—, y aprieto mis manos temblorosas.
Después, la fulmino con la mirada, haciéndola estremecer.
—¿Por qué lo has ocultado?