Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 35
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Capítulo 35

Han pasado dos días desde que conocí formalmente a Amanda y debo admitir que me pareció más maja de lo que pensaba.

En ningún momento me sentí amenazada con respecto a que sintiese algo por Zeus.

Al contrario, me resultó tan fácil hablar con ella que decidí que sería buena idea invitarla hoy al estudio aprovechando que tengo que revisar algunas cosas con Amber.

De paso, veríamos la zona por si encontraba algún local.

La sensación de mal presentimiento no ha desaparecido en absoluto, pero descubrir que no es para tanto está consiguiendo que mis alarmas se vayan desactivando poco a poco.

—¿Qué te parece la oferta? ―me pregunta Amber.

Está sentada en su escritorio arrastrando sobre él unos documentos en mi dirección. He perdido la cuenta de las veces que hemos repasado el contrato que nos han enviado. Estoy eufórica, aunque siempre he tenido sueños, empezar a vivirlos es otra cosa diferente.

—No tengo palabras, Amber. Por fin Photo Oasis empieza a recoger los frutos que tanto esfuerzo nos está costando sembrar. No creo que deba decirte que aceptamos porque… ―Sonrío ampliamente―. ¡Aceptamos!

Mi amiga se levanta con una sonrisa tan bonita que tiene el poder de cautivar a cualquiera sin un mínimo esfuerzo. Se coloca bien la chaqueta blanca que lleva encima del jersey azul y se asoma por la puerta de su oficina.

—¡Ed! ¿Tienes un calendario a mano?

Estamos en silencio absoluto unos segundos hasta que este se acerca con el teléfono en la mano y la mira expectante.

—Sí, ¿por qué?

—Para que apuntes que nos vamos a la Semana de la Moda de París.

El pobre no sabe cómo mirarla y yo no puedo dejar de reír.

Decidimos explicarle el tema a Ed para que esté al corriente y los tres nos emocionamos muchísimo.

¿Photo Oasis en París? Dios mío, va a ser alucinante.

Tras años de sacrificios, de rechazos por parte de muchas firmas y revistas, de conocer personas maravillosas y otras no tantas, por fin podremos dar un gran paso y, como no, de la mano de nuestro apreciado Carl, el que terminó mudándose allí después de enamorarse locamente de una parisina con la que tiene dos niños preciosos.

Nos pasamos un rato más fantaseando hasta que Ed tiene que volver al trabajo y Amber responde una llamada.

Voy a mi despacho y allí me tomo un momento para hablar con mis padres y mi abuelo; luego, me sumerjo en una serie de trabajos desde el ordenador hasta que unos toques en el marco de la puerta llaman mi atención.

—Hola, tienes un estudio precioso.

A pesar de mi buena labor, me es imposible no pensar en ellos juntos al verla, pero decido tragarme los miedos. Quiero ayudar a una mujer que está sola en la ciudad. La saludo justo en el momento en el que Amber aparece.

—¿Qué te trae por aquí? —se interesa mi cuñada.

Amanda le hace un resumen, que se alarga hablando de los niños, y se entera de que soy madre. Tener que aclararle que no es hijo de Zeus me molesta y la forma en cómo le brilla la mirada de alivio más aún.

—Amanda, vámonos si quieres aprovechar la mañana. —No me importa cómo me miran por mi repentina reacción, por lo que cojo mis cosas y me adelanto.

Estoy esperándola en el rellano, cuando aparece con una amplia sonrisa que me esfuerzo en aceptar de forma amistosa. Pero mi cabeza ya está hecha un lío. Salimos del edificio en silencio y no habla hasta que hemos recorrido un trecho de acera.

—Gracias por lo que estás haciendo.

—¿Teniendo en cuenta las circunstancias? —suelto sin casi darme cuenta.

—Sí, exactamente. Me alegro de que Zeus por fin esté contigo.

Me detengo un momento, entre la gente, sin importarme si alguien se da de bruces conmigo. Consciente de lo que significan sus palabras, me siento una niñata con un berrinche. Ya debería tener claro que Zeus me ama. Suspiro y relajo los hombros un poco.

—Siento mi tono, Amanda. No quiero que estés incómoda, es lo último que deseo.

Me estudia un momento.

—Siempre he sabido que Zeus no me amaría, era algo que me dejó muy claro. Daba igual si acabábamos de vernos, no podía dejar de pensar en ti y nunca lo ocultaba.

—Yo… —No sé qué decir. Pongo mi mejor sonrisa, recorto los pasos de distancia que tengo con ella y le cojo las manos—. Dejemos el pasado atrás. Ahora vamos a centrarnos en ver un poco la zona, a ver qué te parece.

Caminamos tanto tiempo que necesitamos descansar. Decido llevarla a Frisson Espresso, una cafetería superpequeña donde hacen unos dibujitos en el café increíbles. Aunque está siempre muy concurrida, conseguimos sentarnos en una mesa alta al fondo.

—He pedido dos cafés con leche ―comento al sentarme con ella tras pasar por la barra. Vuelvo a pillarla observándome con detenimiento, pero una vez más no digo nada al respecto. Así que me intereso por su negocio para distraer mi mente.

—La fundó la madre de mi abuela materna, hace setenta años. Cuando esta murió y mi abuela se jubiló años después, mi madre y yo nos quedamos con el negocio. Nunca habíamos pensado en expandirnos porque nos va genial como estamos, pero desde que…

El camarero nos interrumpe al traernos las dos tazas que coloca delante de nosotros y a mí me toca el dibujo de un caballito de mar sobre la espuma y a Amanda lo que parece una flor bastante elaborada.

Ella aprovecha la interrupción para no continuar la frase que ha dejado a la mitad, no me pasa desapercibido su gesto, como si se arrepintiese de haber hablado de más.

Un remolino se desata en mi estómago, pero me obligo a ignorarlo. Otra vez.

―¿Has visto algún sitio que llame tu atención? ―pregunto sacando el tema para no pensar mucho.

—Varios locales, aunque no sé si estaré preparada para pasar de la tranquilidad de mi pueblo a la abrumadora vida de la ciudad. —Sonríe con timidez y le da un primer sorbo a su café.

—¿Por qué no visitas Brooklyn? Mi abuelo vive en una zona muy tranquila, puedo enviarte la ubicación. ―No lo digas, no lo digas, no lo digas…―. O acompañarte algún día. ―Maldita sea.

—No quiero abusar. Ya estás haciendo demasiado, pero gracias. No sé cómo agradecértelo.

—No me cuesta nada ayudarte, he estado en tu lugar.

Intercambiamos una sonrisa y continuamos charlando un poco más sobre las zonas en las que podría buscar un buen sitio para su pastelería.

En alguna que otra ocasión ha tenido que cambiar de tema porque volvía a querer decir algo que parecía que no debía y eso me ha creado una intriga descomunal, la cosa empieza a ponerse seria.

Esta mujer está rodeada de algo que no me gusta.

Llegada la hora, nos despedimos, regreso al estudio y subo para despedirme de Amber y Ed, pues la cosa está tranquila y tengo que revisar unos trabajos digitales desde casa. De camino a Pelham llamo a Jess para contarle la noticia de París y lo de Amanda.

―No te agobies, seguro que saber que han estado liados te está jugando una mala pasada.

―No lo sé ―suspiro agobiada, tras casi todo el trayecto hablando de lo mismo―, pero es que me mira mucho, es como si me analizara. ¿A cuenta de qué?

―A ver, cielo, puede que Amanda te haya dicho que todo está bien, pero imagino que no será fácil para ella si está un poco colada de Zeus.

―¿Un poco? ―Me río amargamente mientras entro en la zona para recoger a Aidan de la guardería―. Creo que sueña con él todas las noches.

La risa de Jess retumba por todo el coche y me hace reír. Ahora que estamos tan ocupadas la echo mucho de menos, apenas la veo un par de veces a la semana, aunque hablamos todos los días.

―No le des más vueltas, Ava, estoy segura de que no pasa na… Ups.

―¿Qué ocurre? ―Detengo el coche en el estacionamiento, preocupada.

―Este bichito está revuelto.

Suelto el aire que estaba conteniendo sin saberlo.

Respiro tranquila al escucharla hablar sobre le bebé, del cual todavía desconocemos el sexo.

Ella quiere que sea una sorpresa y Dan, bueno, Dan simplemente vive para hacer feliz a su gatita.

Un movimiento a mi lado llama mi atención y, cuando enfoco qué es, me despido con cariño de mi amiga.

Salgo del coche y camino despacio. Me detengo delante de Zeus, que lleva a Aidan en brazos.

—Hola, ¿qué haces aquí, no deberías estar en la clínica? —pregunto antes de besarlo. Cojo a mi pequeño y me vuelco en él.

—Quería darte una sorpresa. —Zeus nos observa con un amor infinito que me cala los huesos y, luego, me agarra de la mano.

Volvemos al coche, sentamos al niño en su silla y subo al coche escuchando con atención que ha venido andando—.

Llevo semanas organizándome y ahora tendré más tiempo para estar en casa.

Lo miro un instante, preocupada porque Zeus nunca ha hablado sobre eso. Si algo le apasiona es su trabajo.

―¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

Zeus se inclina, coge mi cara entre sus grandes manos y me lleva hacia él para darme un beso.

—Ya he invertido suficiente tiempo a los hospitales a lo largo de los años, así que he decidido reducir mi presencia allí. ―Me acaricia el pómulo con el pulgar―. Ahora quiero dedicarle tiempo a mi familia.

Siento cómo el corazón me aletea en el pecho. ¡Dios, cuánto le quiero!

Sin más, consigue que me olvide de todo lo que nos rodea.

Ese es su efecto, hace que el miedo, las dudas y las inseguridades se borren de mí con su presencia.

Cojo aire para expulsarlo antes de recibir un beso en los labios.

Aidan grita como si estuviese feliz de vernos y nos arranca unas risas que me vibran por todo el cuerpo.