Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Este es el mejor despertar del mundo. Joder… sí… Seguramente parezca un puto pez boqueando, pero me es imposible no hacerlo si Ava se mete bajo las mantas y empieza a lamerme de esa forma. Hace maravillas con esa boca…

—Nena… —Aprieto los dientes y aparto las mantas que nos cubren para poder observarla.

Un latigazo de placer me endurece aún más, tenerla delante de mis narices apoyada en las rodillas subiendo y bajando la cabeza para meterse mi erección entera en la boca es demasiado. Aunque intento no hacerlo, mis caderas se mueven con impaciencia.

Escucho que se queja con uno de mis empellones y gruño frustrado por haberla incomodado.

Llevo una mano a su cabeza y enredo su pelo entre mis dedos con todo el cuidado que puedo.

Clava las uñas de la mano libre en mi muslo y suelto un suspiro.

Me deleito con las vistas, su espalda encorvada me muestra su culo redondo, pienso en las vistas que tendría detrás de ella tan abierta, expuesta, mojada y…

cierro los ojos conteniéndome, me voy a correr.

—Nena, para. —No lo hace, en cambio, intensifica los movimientos y me acaricia los testículos. Es alucinante, pero insisto—. Vamos, honey .

Levanta sus ojos grises hacia mí, sin sacarse mi miembro de la boca.

Antes de obedecer, noto cómo su lengua acaricia la punta, provocándome un cosquilleo tan intenso que me deja sin aliento.

En cuanto se separa, me siento en el colchón y la agarro de las muñecas para atraerla hacia mí.

Con una sensualidad descarada, se coloca encima, sentándose a horcajadas.

Sentir su piel contra la mía es la mejor sensación que he experimentado jamás y cada día me fascina como si fuese la primera vez.

Sonríe con sutileza, pero nada más lejos de la realidad.

Mi mujer no es precisamente discreta en la cama y sé que su sonrisa esconde muchas cosas, y eso hace que me caliente aún más.

Echo la cabeza hacia atrás, cuando Ava se desliza por mi polla y empieza a moverse despacio, haciéndome ver las estrellas con cada vaivén. La sujeto por la cintura con una mano y, con la otra, acaricio su culo. Cada vez que siento cómo me succiona a punto de correrse, me lleva al límite con ella.

Quiero aguantar un poco más, que no termine, pero no es que tengamos mucho más tiempo antes de que nos suene el despertador, así que me dejo llevar cuando la noto a punto.

Le agarro la nuca y la beso con unas ganas casi dolorosas.

La necesito más, me gusta tanto sentirla y tenerla entre mis manos que me asusta este sentimiento sin control.

—Me encanta lo que me haces —susurra en un jadeo desesperado.

La miro a los ojos, sin dejar de entregarnos.

Parece como si todo a nuestro alrededor se hubiese detenido, solo estamos nosotros, encajando nuestros cuerpos como uno solo y sudando a pesar de hacer un frío horrible fuera.

Vuelvo a besarla hambriento, con nuestras respiraciones hechas un desastre, y empujo desde abajo con necesidad.

Jadea de nuevo en mi oído, pega sus labios para así dejar escapar todos los suspiros que ya no puede gritar como antes.

Dice mi nombre tantas veces que me debe un puñado de besos que más tarde estaré encantado de cobrarme y, entonces, sucede.

Nuestros cuerpos tiemblan, se contrae a mi alrededor y noto cómo succiona cada convulsión que doy en su interior para vaciarme.

Aprieto los dientes por el placer tan intenso, no permito que sus caderas se detengan hasta que suelta el último gemido y deja la frente sobre mi hombro izquierdo para respirar.

Un par de minutos después levanta la cara con una sonrisa encantadora. Con mis manos, ya libres, le quito el pelo que se le ha pegado a la cara por el sudor y la beso en la boca.

—Te amo, honey .

Su sonrisa se ensancha al susurrarme un «no más que yo a ti» sobre mis labios. El momento se ve interrumpido por la alarma, que nos avisa que tenemos que empezar el día. El más raro en mucho tiempo, debo decir, pues iremos a ver a Amanda más tarde.

—Vamos a darnos una ducha —dice Ava, quitándose de encima.

Sus movimientos al caminar son sexis. No me lo pienso ni un segundo y salgo tras ella encantado. Bajo el agua la cojo en brazos y hago que me rodee con sus piernas, presionando mi miembro —activo de nuevo— contra su entrada.

—Serán diez minutos increíbles —prometo, introduciéndome en ella.

***

Más tarde, cuando dejamos a Aidan en la guardería y veo cómo se va con tanta facilidad con la maestra, me hace sentir nostalgia y eso que es la primera vez en dos meses que hago esto.

La verdad es que no quiero imaginarme cómo ha tenido que pasarlo Ava.

Giro la cabeza un poco para mirar a mi mujer, sentada a mi lado en el coche, y vuelvo la vista hacia la carretera.

Sé que está incómoda, no es para menos dadas las circunstancias, y también percibo que está tensa y bastante nerviosa.

Cojo su mano y la coloco debajo de la mía entrelazando nuestros dedos.

—¿Cómo le va a Ed? ―pregunto para distraer su cabeza en funcionamiento.

—La verdad que se ha adaptado de maravilla. Es un buen fotógrafo y tiene mucha experiencia. Hace unos días vino a ver la nueva oficina porque estaba de paso.

Mi cabeza se gira de nuevo hacia ella.

—¿Ha venido a casa? ―pregunto y solo obtengo silencio―. ¿Solo o con su mujer?

Aunque no puedo mirarla tanto como me gustaría por estar conduciendo, sé que ella me estudia fijamente.

—Marido —corrige, casi al borde de la risa y yo de la humillación—. Y sí, estuvo en casa, pero se me ha olvidado comentártelo. ¿Estás celoso, Zeus?

Aprieto los dientes, seré idiota...

—Jamás estaría celoso de tu empleado.

—Me gusta más compañero.

—Ya, bueno, pero le pagas.

Ava suelta una carcajada, haciendo que tuerza la boca.

Me conoce lo suficiente para saber cuándo le oculto algo y eso me encanta, la verdad.

En los quince minutos que nos quedan para llegar al punto donde nos ha citado Amanda, cerca de Central Park, no dejamos de bromear y hablar de cosas triviales que me resultan de los más interesantes viniendo de ella.

—Pues allá vamos. —Suspira Ava minutos después cuando nos bajamos del coche.

Conforme vamos entrando en la cafetería, estoy seguro de que ella ya ha visto a Amanda, igual que yo, porque baja la velocidad de sus pasos para dejarme a mí delante. Uno nuestras manos y nos acercamos.

—Buenos días —saludo al tenerla delante, luego señalo a mi lado para hacer una presentación más formal esta vez—. Amanda, esta es Ava, mi mujer.

Amanda asiente y, pese a su reacción cuando se lo conté en verano, le sonríe.

—Encantada de conocerte, Ava.

—Igualmente.

Nos sentamos en una mesa y decido no alargar demasiado esto.

—¿Cuál es tu plan?

—Abrir otra pastelería por la zona. Necesito salir de pueblo ahora que… —La pausa no me pasa desapercibida y me fijo en cómo Ava me mira de reojo, pero ninguno dice nada—. Llevo toda la vida allí, me apetece cambiar de aires.

Eso llama la atención de Ava, que parece cada vez más tranquila, y se inclina un poco hacia delante.

―Si es lo que necesitas, hazlo. Yo me arriesgué hace años y ahora toda mi vida está aquí. ―Tras un silencio, en el que sé que Ava está dándole vueltas a algo, vuelve a hablar―. Mira, sé lo que es mudarte a un sitio donde no conoces a nadie, así que si necesitas ayuda, también puedes recurrir a mí.

Amanda me mira, como si no pudiera creer la actitud de Ava, y asiento con un gesto de confirmación.

—¡Sería genial! Muchas gracias.

Una vez que han intercambiado sus números de teléfonos, nos adentramos en una agradable conversación.

Parece que han congeniado. Amanda no ha tenido ningún comportamiento extraño ni ha intentado sacar temas íntimos cuando Ava ha ido al servicio hace un momento y nos ha dejado solos un par de minutos.

Aprovecho el momento en el que Ava se une a nosotros de nuevo para marcharnos.

Me pongo de pie, colocándole una mano en la espalada para salir.

En la calle, la rodeo con mis brazos y la estrecho.

—Eres increíble ―digo, besándola después.

―Tú lo eres, Zeus.