Capítulo 33
Han pasado dos meses desde que nos mudamos definitivamente a Pelham, el lugar donde Zeus me contó, emocionado, que fue donde su madre había nacido y crecido, y todo ha ido de maravilla.
Jayden ha cambiado radicalmente, creo que todo se debe a cómo Zeus trata a su hijo, y hemos podido ponernos de acuerdo con respecto a las fiestas de Navidad para pasarlas con Aidan.
Mi pequeño se ha adaptado fenomenal al cambio.
Al final no he tenido que alquilar ningún local, pues aquí hay habitaciones de sobra para ocupar una y trabajar en ella.
La incorporación de Ed al equipo ha sido sencilla, es todo un profesional, muy trabajador y buen compañero.
He conocido a todos los que están con Zeus en la clínica: Izan, Dylan, Axel, Marcela y Arizona, con esta última había coincidido alguna vez en el Vitality Memorial.
Nos llevamos genial y, poco a poco, han ido uniéndose al grupo.
Jess está cada vez más embarazada y Maddie ha ascendido en su empresa y, para alivio de Marc, ahora viajará menos porque es jefa de equipo.
Dejo escapar un suspiro mientras cargo las bolsas de comida que acabo de comprar porque hoy nos reunimos todos.
Zeus está en el parque que hay justo enfrente esperando a que salga del súper y veo cómo persigue a Aidan, que corre como loco.
No sé si de verdad existe la posibilidad de estar conectado en cuerpo y alma con alguien o si mi conexión con Zeus supera cualquier estudio científico, pero en cuanto doy dos pasos, Zeus clava los ojos en mí.
Se acerca al pequeño y le acaricia el pelo antes de cogerlo de la mano para salir del parque.
A mi hijo le llama la atención algo del suelo y Zeus se agacha con él.
Parece que han cortado algo antes de reanudar el paso.
Cruza la calle para venir a mi encuentro, ahora con Aidan en brazos, y mi hombre perfecto me sonríe de esa forma suya que me vuelve loca.
Mi pequeño me da una flor y la acepto encantada.
—Gracias, cariño mío. Es la más bonita del mundo.
Lo cojo en brazos y lo achucho.
—Nada comparado contigo, honey .
Zeus guarda las bolsas en el maletero y yo coloco a Aidan en su silla.
***
Cuando llegamos a casa, empezamos a preparar la comida antes de que lleguen todos.
—¡Eh, campeón! Ven aquí ―grita Zeus desde el salón y un chillido de felicidad por parte de Aidan lo sigue.
Poco después aparecen en la cocina y Zeus lo deja sobre la encimera. Le hago un par de pedorretas a mi pequeñajo y me concentro de nuevo en la comida.
—Es increíble el contraste de sus ojos verdes con el negro de su de pelo —comenta Zeus, que está escuchando cómo mi hijo le explica algo con bastante trabajo y le acaricia el pelo.
—Es un angelito precioso —afirmo con orgullo.
En cuanto digo eso, intercambio una mirada divertida con Zeus.
—Aunque luego sea un diablillo al que le encanta desmontar la casa —añade con una sonrisa, haciéndole cosquillas en la barriguita.
Me encanta el sonido de la risa de Aidan, es escandalosa pero dulce, y se me contagia al instante.
El teléfono de Zeus suena y se lo saca del bolsillo trasero del pantalón vaquero que lleva.
Odio que los mensajes hayan vuelto, casi me había olvidado por completo.
Teclea algo, pero esta vez, a diferencia de las demás, no se queda callado.
—Es Amanda —confiesa, dejando a Aidan en el suelo.
Contengo el aliento. Aunque lo sabía, oírselo decir es mucho más impactante.
Se hace un silencio más que evidente en el que yo me centro en lo que estoy preparando, como si no tuviera ninguna opción al respecto, y Zeus me escruta expectante.
El timbre suena, haciendo que cierre los ojos por el sobresalto.
Me limpio las manos con intención de abrir, pero Zeus se pone delante de mí, cogiendo mi cara entre sus manos.
— Honey …
Sonrío de forma forzada.
—Hablaremos luego, no te preocupes.
Recorro el corto pasillo hasta la entrada y abro junto con Aidan.
Los primeros en llegar son Amber, Malcolm, los niños, James y mi abuelo, al que han recogido por petición mía.
Nos saludamos entre besos y los invito a pasar.
Mi abuelo sonríe a su bisnieto y lo coge de la mano para ir a la cocina.
Allí, saco unas bebidas y empiezo a repartirlas.
Zeus nos ayuda a Sam y a mí a poner la mesa, mientras Amber corta el pan, Seth supervisa a los niños y los abuelos y Malcolm hablan en el jardín.
Al rato, empiezan a llegar Dan, Jess, Izan, Dylan, Maddie, Marc…
Axel y Arizona llegan más tarde y Marcela no ha podido unirse hoy.
—¿Dónde están los hombrecitos de la tita? ―pregunta Jess y, aunque solo está de tres meses, mis ojos se van a su barriguita mientras los niños corren hacia ella. Aún no puedo creer que por fin esté embarazada.
—El tiempo vuela ―murmura Dan, abrazándome. Se agacha, cogiendo a su ahijado en cuanto este lo ve y se tira sobre él―. Renacuajo, cuánto me alegro de verte de nuevo.
Sonrío al verlos interactuar. Recuerdo como si fuese ayer mismo cuando Jayden y yo vimos a Aidan y escuchamos su corazoncito a través de un monitor. Cuando sentí sus primeras pataditas, cuando lo tuve en brazos por primera vez… No cabe duda de que los niños han crecido.
—¿Y Sam? ¿Qué me dices de ella? ―Dan la mira.
Muevo los ojos hacia la adolescente de casi quince años que está moviéndose por el comedor junto a su madre, y ríe y bromea con su tío.
Está preciosa, su melena rubia se mueve con gracia y su sonrisa es igual de bonita que la de Zeus.
Estamos hablando cuando escucho mi teléfono sonar por alguna parte de la cocina, Zeus me lo trae y veo que es Jayden.
—¿Hablamos con papá? ―pregunto a Aidan y lo cojo de los brazos de Dan. Aunque las cosas han cambiado, a Zeus sigue afectándole que Jayden siempre esté en nuestras vidas.
Mi hijo grita de felicidad, ajeno a nuestros pensamientos.
Me dirijo al salón y me siento en el sofá el pequeño sobre mis piernas.
La pantalla del móvil tarda unos segundos en cambiar y mostrarme a Jayden, dejo en la pantalla solo a nuestro hijo para que charlen tranquilos, aunque sigo aquí.
El corazón se me sigue encogiendo al verlos hablar a través de una pantalla por mi culpa.
—Hola, colega.
—Hola, papi.
Enseguida se adentran en una divertida conversación en la que Aidan se parte de risa.
Me llena de felicidad que su padre sea capaz de hacerlo reír a pesar de la distancia entre ellos; al fin y al cabo, supongo que siempre ha sido una de sus cualidades: hacerte reír en cualquier momento.
Quince minutos después, Jayden me habla.
—Hola, dime ―saludo enfocándome.
—Me gustaría recogerlo mañana, ¿te viene bien?
—Por supuesto, ¿sobre qué hora? Te lo pregunto para tener preparadas sus cosas.
—¿Sobre las once? Quiero aprovechar todo el domingo con él. Te lo llevaré cenado y bañado.
Sonrío por eso, nunca me ha faltado su ayuda en lo que al niño respecta y me alegra que eso no cambie.
Apoyo la espalda en el sofá y Aidan salta de mi regazo y, en cuanto levanto la vista de la pantalla, me encuentro con Zeus.
Está apoyado en la pared con los brazos cruzados y un pie delante del otro.
Acaricia la cabeza de mi pequeño cuando este pasa por su lado corriendo hacia la cocina con los demás.
—Entonces quedamos mañana a esa hora ―confirmo mirando de nuevo el móvil.
Jayden deja escapar un suspiro que Zeus y yo escuchamos a la perfección. Es tan evidente lo que calla, que la mirada del hombre que tengo a escasos metros se oscurece.
—Mañana nos vemos ―dice de nuevo, atrayendo mi atención―. Dile a Aidan que lo quiero.
La llamada se finaliza, no puedo despegar los ojos de Zeus ni para dejar el teléfono sobre el sofá. Noto lo incómodo que está incluso desde aquí. Me levanto para acercarme, al mismo tiempo que él se mueve y maldice por lo bajo.
—Odio tus sonrisas cuando hablas con él.
Odio que tengáis a Aidan en común. ―Su voz está cargada de dolor.
Rodeo su cintura con mis brazos y apoyo la barbilla en su pecho para mirarlo.
La forma en la que su cabeza se baja para mirarme y besarme en los labios despierta muchas cosas en mí—.
Pero también sé que es el padre de nuestro pequeño diablillo. Es solo que… tenéis tanto que a veces…
Arrugo las cejas. Es la primera vez que veo a Zeus tan vulnerable, creía que ya lo había visto así, pero esta vez supera con creces las anteriores. Lo abrazo con todas mis fuerzas.
—Tú y yo tenemos algo que jamás tendremos con nadie más. No hay nada que me una Jayden, a excepción del niño. Ni siquiera cuando no estabas ha habido algo tan fuerte entre nosotros como lo que existe entre tú y yo.
Nos quedamos así un momento, sin importarnos que nuestra casa esté llena de amigos y familiares, hasta que hace que lo mire.
—Tengo que contarte algo… Es sobre Amanda. —Mi cuerpo se tensa y se pone rígido como el hierro. Por su expresión, sé que Zeus lo ha notado; sin embargo, su rostro se dulcifica al mirarme a los ojos—. Sí, ha habido algo entre nosotros, pero no tienes de qué preocuparte.
Aun así, no puedo evitar sentirme celosa. Aunque no tengo derecho, pues he tenido un hijo con otro hombre. Zeus se percata de mis demonios y me estrecha entre sus brazos. Si dice que no tengo que preocuparme, le creo.
―¿Qué pasa con ella?
—Se muda a Nueva York y quiere que quedemos el lunes para vernos. Como quieren abrir otra pastelería, está buscando un apartamento y quiere que la ayude.
—¿Y Amber?
―Quiere que la ayude yo.
Me separo sin poder evitarlo, nada contenta con la situación, y pongo los ojos en blanco. Me agarra de la muñeca y tira de mí para volver a tenerme cerca, pero evito mirarlo.
—Oye… honey , no hay nada entre nosotros. Nunca he tenido nada especial con otra mujer que no seas tú.
No obstante, recordar la complicidad que vi cuando estuvimos en la pastelería me duele por todas partes.
—¿Ha estado ella aquí? —pregunto con un deje de amargura.
Los ojos de Zeus se tornan serios, atrapa mi rostro entre sus manos y me hace mirarlo de una vez.
—Por supuesto que no, esta es nuestra casa.
No ha entrado otra mujer a excepción de mi hermana, Maddie o Jess ―asegura serio, pero algo no termina de convencerme.
Esta mujer con ese interés en él…―. Mi pensamiento era que fuéramos juntos.
No tienes que preocuparte, honey . Está sola, necesita algo de apoyo.
Lo pienso durante unos segundos. La idea no termina de gustarme, pero sé lo que es mudarse a un sitio desconocido —aunque yo tuve la suerte de venir con Jess— y lo último que necesitas es que la gente se muestre hostil contigo.
Tras suspirar, me acerco más a él y me arrepiento mucho antes de aceptar lo que me propone.