Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Las despedidas no son lo mío. Se me encoge el pecho al decirle adiós a las personas que quiero, a pesar de hacer tanto tiempo que me mudé. En el aeropuerto abrazo a mi madre con cariño y a ella también se le escapan unas lágrimas.

—No sé quién llora más… si madre o hija —dice mi padre detrás de nosotras.

Al separarnos, veo que Zeus sonríe con una mano en el carro donde Aidan está sentado.

No me apetecía tener que correr detrás de mi hijo por todo el aeropuerto.

Se despide de mis padres y nos quedamos allí mientras ellos se van.

Un brazo me rodea la cintura y Zeus me besa los labios antes de acuclillarse frente al niño.

―Aquí fue donde me enamoré de mami, campeón.

Aidan le suelta una de sus risas, como si entendiera lo que le dice y, emocionado, se inclina hacia él sin perder la sonrisa.

Los observo contenta hasta que a mi hijo le da por levantar la mano y toca el ojo izquierdo de Zeus.

Sé que no dirá nada, pero también soy consciente de que nunca le ha gustado que le toquen la cicatriz.

Me acerco con sigilo y me agacho para coger su manita, pero Zeus me detiene sin mirarme porque solo tiene ojos para Aidan.

Si algo caracteriza a mi hijo es la intensidad con la que siente todo, por eso no me sorprendo cuando arruga la boca y pone un pucherito ante la herida de Zeus.

No sé cómo reaccionar ante la situación, estoy tan conmocionada que casi no puedo respirar.

Aidan le deja un beso en la marca de su pasado y Zeus se queda estático.

Mueve los ojos con rapidez por las expresiones de mi hijo, hasta que su llanto se incrementa y no puede soportarlo más.

Lo coge del carrito y lo acuna sobre su hombro, murmurándole que no pasa nada, que todo está bien.

Ni siquiera soy consciente de que una lágrima me recorre la mejilla hasta que se acerca a mí y la enjuga con el pulgar.

Luego, me acerca a él y nos abraza a los dos.

—Sois todo lo que tengo, honey .

Sus palabras me persiguen todo el viaje, martilleándome en el corazón como la declaración de amor más pura y perfecta que he oído jamás.

***

Han pasado quince días desde que volvimos de Madrid y mediados de octubre se aprecia en cada rincón de la ciudad mientras camino un poco nerviosa, aunque decidida, hasta la cafetería donde he quedado con Jayden para zanjar el tema de una vez e irme a vivir con Zeus.

Me ajusto el abrigo al cuello cuando una ráfaga fría me atraviesa y entro en el local, donde no tardo en encontrarlo sentado, enfundado en un traje de chaqueta oscuro.

―Buenos días.

Este levanta la cabeza y clava en mí los ojos que comparte con nuestro hijo.

Deja el teléfono sobre la mesa y su semblante estoico no me pasa desapercibido.

Aun así, me saluda con educación cuando me siento frente a él.

Mientras recorro su imagen, empiezo a sentirme culpable por nuestra situación. Solo quiero que nos llevemos bien.

—Jayden, quería discul… ―empiezo a decir, pero me interrumpe.

—He venido a hablar de nuestro hijo, no de nosotros.

Su frialdad me duele y me molesta a partes iguales. Aprieto los labios, intentando que no me afecte; no quiero enfadarme, solo enterrar el hacha de guerra.

—Jayden —lo intento de nuevo, esta vez atrayendo su mirada—, no podemos seguir así. No quiero ni puedo odiarte, eres…

—¿El padre de tu hijo? —pregunta de forma fría.

Niego con la cabeza, mordiéndome el labio.

—No solo eres el padre de mi hijo —aseguro, aunque no estoy enamorada de él—.

Eres el mismo que fue a buscarme cuando lo llamé el día que tropecé con Ana.

El que ha colaborado conmigo para que el trabajo de fotografía de tu plantilla fuera una de las campañas de marketing más nombradas en las revistas poco después.

—El corazón me late con fuerza porque me es inevitable no tenerle cariño, hemos compartido mucho—.

Has estado conmigo en mi peor momento. Secaste mis lágrimas cuando no podía dejar de llorar, volviste a llenar mi corazón de amor y juntos tuvimos a Aidan.

Hay un silencio tras mis palabras. Uno en el que me observa detenidamente y, por un instante, me parece ver un destello del antiguo Jayden. Pero parece que no quiere dejarlo salir a la luz tan pronto.

—Y, aun así, no te fue suficiente —sentencia con una mirada gélida que me atraviesa.

—Te equivocas, fue más que suficiente. Me devolviste la calidez que me hacía falta —me defiendo siendo consciente de que está muy equivocado si piensa que no ha sido importante para mí.

Cojo aire, implorado para que lo que voy a decir lo haga reflexionar—.

Tú mismo lo dijiste, hemos compartido años de felicidad, momentos preciosos y…

—Eso no hace que duela menos, Ava ―me interrumpe de nuevo.

—No, no hace que duela menos, por supuesto que no. —Trago saliva, agobiada por la situación—. Jayden, entiendo que me odies y…

—Yo no te odio —me corta con suavidad y su semblante se dulcifica una milésima de segundos antes de endurecerse de nuevo—. Te quiero, que es mucho más doloroso.

Algo en mi interior se rompe. Me siento un monstruo que se ha alimentado del amor de este hombre para luego hacerlo pedacitos.

Pero de verdad que nunca ha sido mi intención, solo quería dejar de mirar por los demás antes que por mí por una sola vez en la vida.

Y, siendo sincera, ha sido la primera vez que he sido feliz de verdad.

Como sé que así no voy a conseguir que se abra, decido hablarle al Jayden que hace tiempo atrás fue mi amigo.

—Siento que lo nuestro no haya funcionado.

Sé que esta vez ha sido porque yo he decidido ponerle fin, pero ¿por eso no merezco rehacer mi vida?

—No dice nada, solo me estudia desde el otro lado de la mesa, rígido por mis palabras—.

Entiendo que te duela que sea con él de nuevo, pero…

solo quiero ser feliz por una vez en mi vida sin pensar en nadie más que en Aidan.

Solo quiero aprovechar lo que la vida me brinda.

―Odio la congoja en mis palabras, pero necesito que me entienda.

Me inclino sobre la mesa, acercándome a él—.

¿Sabes que volvió, pero como nos vio juntos decidió no entrometerse?

―Se tensa y no me gusta―. ¿Que nosotros estábamos en una terraza besándonos y él fue testigo?

¿Que se marchó a ese maldito viaje para protegerme de Ana y Donald? ¿Sabes que…?

—Sí, sí, sí... ¡Joder! ¿¡Vale!?

Por un momento, me quedo congelada, con el corazón quieto y la respiración a medio camino.

Noto que parpadeo varias veces, pero ni siquiera sé cómo soy capaz porque no me atrevo ni a mover un dedo.

Temo que, si lo hago, salgan más verdades que me hagan el mismo daño que miles de cristales clavándose en mi piel.

Apenas soy consciente de que le pide disculpas a la camarera, que se ha acercado para saber qué ocurre al oírlo.

Me recuesto despacio en la silla, rebobinando varias veces lo que acaba de pasar.

—¿Lo sabías? —pregunto con un hilo de voz, el martilleo del corazón me está dejando sorda.

Jayden no dice nada, solo me observa probablemente asustado por cómo será mi reacción y sorprendido por haberse dejado llevar por la presión del momento.

Esto me hace mucho más daño que su comportamiento este tiempo pasado.

Ahora me encajan muchas cosas. Me levanto despacio y lo miro con todo el reproche y el dolor que soy capaz de expresar.

—Has permitido que me sintiera fatal por dejarte, cuando tú te has comportado como un egoísta de mierda conmigo durante todo este tiempo.

—Ava, lo siento, quise decírtelo, pero…

Cierro los ojos con fuerza y hago un gesto con la mano para que se calle de una maldita vez. No quiero escuchar nada más al respecto, estoy cansada de tantas mentiras. Me pongo el abrigo con unos cuantos movimientos bruscos.

—Si en algún momento has mirado por mí ―rujo llena de ira―, sabrás que solo necesito que no pongas reticencias a que Aidan viva a menos de cuarenta minutos de ti. Sé un poco menos hijo de puta y déjame ser feliz.

Sin dejar que responda, salgo de la cafetería buscando el aire que me falta en los pulmones.

Qué tonta he sido. Las manos me tiemblan tanto de la impotencia del instante vivido que tengo que guardarlas en los bolsillos del abrigo, me quedo en el sitio esperando que el viento fresco me ayude a tomar el control de mi cuerpo y mis pensamientos.

Hasta que alguien me agarra del codo y me hace volver a la cruda realidad.

―Ava. ―Me vuelvo hacia Jayden, tan dolida que no me creo que haya sido él el culpable.

―¿Qué quieres?

Suspira ante mi tono cortante y me muevo para que su mano no me toque.

―Lo siento. No he hecho más que pensar en no perderte. ―Espera que diga algo, pero no tengo nada más que hablar con él y se da cuenta―. No voy a oponerme a que te mudes con Zeus y sé que no impedirás que forme parte de la vida de Aidan.

―Gracias. ―Es lo único que consigo articular.

―Espero que seas feliz con él.

Ninguno dice nada más. Observo como Jayden camina por la acera abarrotada de gente, alejándose de mí, de nuestra historia y pasado.

Es inevitable que no me afecte, siempre le he tenido mucho cariño y ha sido imprescindible en momentos importantes en mi vida, pero ahora siento que esto es un adiós definitivo al Jayden y Ava del pasado.

El móvil me suena en el bolsillo del abrigo, sobresaltándome.

Zeus: ¿Qué tal va, honey ? En

cuanto termines, llámame y me cuentas.

Te quiero.

En vez de responder, decido hacer algo impulsivo que espero que le sorprenda.

***

Cuando llego a Pelham Manor, me fijo en que Zeus no ha hecho justicia al hablarme de este sitio.

Es una villa preciosa rodeada de naturaleza y casas impresionantes.

Aunque ningún edificio se asemeja al que tengo delante.

El New Vitality es elegante, majestuoso y tranquilo, a pesar de que hay gente entrando y saliendo de él.

Dejo mi coche en una plaza libre y voy decidida por el camino de piedras que conducen a la entrada.

Mis tacones suenan por el vestíbulo, que enseguida inspecciono encontrando espejos a su alrededor.

Apenas me he acercado al mostrador de la recepción, cuando una puerta se abre descubriéndome que es una consulta, y aparece Zeus con una bata blanca puesta que hace contraste con el negro de su pelo y sus ojos.

«¿Este hombre tan sexy es mío?», me digo mientras se acerca a mí con pasos ligeros.

— Honey , ¿qué haces aquí? —Me pone las manos en la cintura, angustiado—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Aidan está bien?

—Sí, todo está bien. —Sonrío y señalo su consulta con la cabeza—. ¿Podemos…?

—Vamos.

Cierra la puerta cuando pasa detrás de mí. Sus ojos me escrutan y percibo que sigue preocupado; para que se tranquilice, lo beso, pues desde fuera no se ve nada. En cuanto sus labios tocan los míos me saltan chipas por dentro.

—¿Sabes que eres el amor de mi vida? —susurro sobre sus labios cuando nos damos una tregua. Después, hace un gesto gracioso y asiente despacio―. Bien, porque no quería mudarme contigo sin decírtelo antes.

—Me haces el hombre más feliz de la tierra, honey.

Sus ojos brillan y una sonrisa enorme se adueña de su rostro. Se agarra a mis costados con fuerza y me eleva del suelo para girar conmigo en brazos. Le acaricio la nuca cuando nos detenemos, todavía con los pies en alto, y lo beso con todo mi amor.