Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 30
65%

Capítulo 30

Lo que estoy experimentando en este viaje a veces parece un sueño, solo por volver a estar con Ava.

Y Aidan siempre quiere tenerme cerca, que mi atención vaya a cada uno de sus movimientos y que le ayude en todo.

Su madre y sus abuelos están encantados y me repiten una y otra vez que soy afortunado porque el pequeño es muy independiente, algo en lo que ya me había fijado, además de su inteligencia y carácter fuerte.

Que me haya aceptado de forma incondicional me hace muy feliz.

Pensé que entre Ava y yo se abriría una brecha por su hijo y que sería muy difícil retomar nuestra relación…

pero, una vez más, me equivocaba. Nos hemos adaptamos a la perfección.

—¡Mío! —grita Aidan quitándome el peluche que ha tirado hace unos segundos.

Él está sentado en un extremo del sofá, apoyado en el brazo, y yo me he colocado enfrente.

—¿Y yo qué? Ya no tengo nada. —Le enseño mis manos vacías y se ríe con ganas, como si acabase de contar un chiste.

Después, se pone de pie en el sofá, da dos saltos que me descontrolan el pulso con rapidez y luego se deja caer de culo.

Zarandea el peluche y me lo lanza soltando grititos de alegría.

Joder, me envuelve una felicidad absoluta al experimentar la sensación paternal con él.

Pero debo admitir que estoy acojonado la mayor parte de tiempo, sobre todo porque todavía no tiene muy coordinados sus movimientos.

Pasamos bastante rato riendo y jugando, hasta que Ava entra en nuestro campo de visión.

Aidan ha dejado caer el juguete de sus manos, embobado con ella —le entiendo muy bien—, y ahora solo quiere que su madre lo coja.

Fascinado por la situación, por tenerlos en mi vida, me recoloco y la observo cogerlo en brazos.

—Ven con mami, peque ―dice con cariño.

Se sienta en el sitio donde segundos antes estaba el niño y coge el peluche para ponerlo sobre sus piernas y jugar con su hijo.

Ava me mira con esos ojos que me roban el sentido, riéndose de forma pícara antes de mover los labios para formar mi nombre.

Sin pensármelo me inclino hacia ellos y le doy lo que ambos necesitamos.

Un cosquilleo traicionero me recorre la piel. Necesito tenerla para mí solo.

—Estás preciosa —comento al separarnos.

—Eres un exagerado, solo llevo una sudadera y unos vaqueros.

Aidan le hace una pedorreta que le baña la cara de babas, consiguiendo que nos riamos.

Ava lo coloca bocarriba sobre su regazo y le hace cosquillas por toda la barriga.

El pequeño chilla, alarga los brazos y encoge las piernas muerto de la risa mientras grita «¡mami!

» una y otra vez. A mí ese mami con media lengua me encanta.

Quizá sea fruto de que el crío ha conseguido ser mi ojito derecho en muy poco tiempo.

Con el pecho henchido de amor y sin poder estar más tiempo fuera de este momento tan familiar, lo rescato de su madre y se pone de pie sobre mis piernas, agarrándose a mi cuello y sin dejar de reír porque Ava le hace cosquillas.

—Estás preciosa siempre, honey . —Nos miramos a los ojos unos segundos, suficiente para decirnos cuánto nos queremos—.

¿A que mami es preciosa? —le pregunto a Aidan en inglés.

Como estos días aquí está hablando español, yo intento comunicarme con él en mi idioma, aunque no siempre para que no se agobie mucho.

—Chiiiii.

Estoy seguro de que no me ha entendido, pero mi pregunta y su respuesta ha conseguido sacarle una sonrisa a Ava y nos ganamos unos besos. ¿Puede haber dos hombres más afortunados que nosotros en este instante?

***

Después del almuerzo, Sonia le comenta a su hija que quiere ir a dar un paseo con Aidan y Jorge.

Ella acepta encantada y, cuando la puerta suena al cerrarse por todo el salón, su mirada ardiente me abrasa la piel.

Enseguida nos acercamos como si hiciera meses que no nos tocamos.

En cuanto su cuerpo roza el mío, le arranco la camiseta y siento el fuego en mi piel cuando las dos tormentas se arremolinan en sus iris.

La tomo en brazos y la llevo al dormitorio que está siendo nuestro estos días.

Sin dejar de adorar su boca, la desnudo con lentitud sin perderme ni un detalle y la vuelvo a besar al tumbarnos en la cama.

A cada beso suyo, la amo más.

A cada caricia en mi piel, la deseo más.

A cada gemido, mi corazón desbocado grita su nombre.

A cada segundo que paso a su lado, más ansío una vida juntos.

—¿Eres consciente de cuánto te adoro? —pregunto sin poder contener las palabras.

Ava me observa mientras comienzo a besarle el tatuaje de su escote y desciendo por su piel.

Mis labios recorren el camino que otras muchas veces han seguido, que han anhelado a cada segundo que he estado sin ella.

Le paso la lengua por el tatuaje de sus costillas y por el de la cintura, con la polla dura como el acero.

Siento cómo tiembla cuando llego al ombligo y le mordisqueo el vientre al escucharla gimotear.

—Es imposible no saberlo —dice y alzo un poco la cabeza para mirarla, se muerde el labio y me sonríe de esa forma que me vuelve loco—. Haces que me sienta adorada, respetada y eso solo se siente cuando te aman de verdad. Solo tú me haces sentirlo.

Sus palabras me afectan sobremanera, mi corazón se detiene y los pulmones se me cierran.

Que la mujer a la que amas te diga algo así es, como poco, impactante.

La venero tomando sus pechos, hinchados por la excitación, y acaricio su piel sedosa.

A cada toque siento que mis dedos recorren el cuerpo que me pertenece, que estoy donde debo estar.

Siempre hemos sido el uno del otro y eso nunca va a cambiar.

—No sabes cuánto te amo, nena ―murmuro besando el valle que me lleva a su centro.

No hay mejor respuesta para este momento que alzar las caderas para que la tome.

Y claro que lo hago. Beso con mimo la zona húmeda y paso la lengua entre sus pliegues, saboreándola.

Hago círculos sobre su clítoris, lo masajeo y mordisqueo consiguiendo que se retuerza sobre las sábanas.

Escuchar mi nombre salir de sus labios es la mejor de las melodías, y más cuando consigo que lo grite desbordada por el placer añadiendo un par de dedos.

Hace movimientos de cadera para que se claven más y me vuelve loco por completo.

No pienso, no razono.

La observo expuesta para mí, mostrándome su lado más sensual y erótico.

No deja de sorprenderme la forma en que cada día me enamora más, cómo se entrega a mí, cómo mi corazón es cada vez más grande y parece que no cabe en mi pecho.

Cómo nos amamos a pesar de todo. Necesitado de que seamos uno, saco mis dedos de su interior y me coloco encima, jugando con la punta de mi miembro entre sus pliegues hasta que me hundo sin miramientos.

Ava levanta un poco la cabeza de la almohada, espectadora del momento en el que me entierro en ella, suspirando a la vez por el placer que nos consume.

Echo la cabeza hacia tras, cerrando los ojos un momento para controlar el instinto primitivo de correrme ante semejante sensación.

Ava mueve las caderas, haciendo que reaccione.

Apoyo las manos a cada lado de su cuerpo, estiro los brazos para separarme de su figura y la levanto con ese movimiento porque se ha enroscado en mi cintura.

Cuando embisto, la hundo en el colchón, metiendo un brazo por detrás de su espalda para pegarla más a mí.

—Zeus… sí…

Le doy cuánto desean nuestros cuerpos. La delicadeza del principio está a kilómetros de nosotros, que nos revolvemos salvajes.

Me muevo para sentarme al borde del colchón, salgo de ella y la coloco de espaldas a mí.

La penetración es más intensa y Ava se mueve con una maestría sobre mí que consigue que cierre los ojos durante unos segundos.

Clavo los dedos en sus costillas, quiero ahondar más en la penetración, encontrar un punto al que no haya llegado y arrancar nuevos jadeos de esos labios que tanto amo.

Me envuelve con unos movimientos fantásticos y apoya las manos en mis rodillas mientras observo fascinado su cuerpo desde atrás.

Clava las uñas en mis muslos cuando hago que mi pelvis choque con ella.

Gruño como un puto animal, duro como el acero y con la necesidad primitiva recorriéndome cada centímetro.

Llevo mis manos a sus tetas, las aprieto, las masajeo y luego, cuando suelta un chillido que se me antoja muy satisfactorio, le retuerzo los pezones.

Ava echa el cuerpo hacia atrás, dejándose caer en mi pecho y recibiendo así mis estocadas desde abajo.

―Tócate, nena ―suspiro en su oído.

Ava arrastra una mano por su estómago, tocando con la punta de sus dedos el punto exacto donde su cuerpo y el mío se unen.

La sensación de su roce me cosquillea en la columna, acercándome al orgasmo.

Juego con sus pezones, observando por encima de su hombro cómo sus dedos acarician su clítoris necesitado.

Gimotea teniendo espasmos en el cuerpo que me empujan al borde del abismo.

Me adelanto un poco más, casi soportando su cuerpo en mis piernas y entrando en ella con necesidad.

―Voy a correrme, cariño. ―Le muerdo el cartílago de la oreja―. Joder, nena, me tienes al límite.

Llevo una mano abajo, poniéndola sobre la suya, y la muevo con ella.

Siento cómo se pellizca el clítoris, cómo bordea su entrada llena con mi erección y hago presión en su terminación nerviosa con un frenesí tortuoso.

Le muerdo la clavícula, sin dejar de masajearla, y empiezo a sentirlo.

Mi perdición es cuando jadea y se estrecha alrededor de mi polla sensible.

Joder, sí. Ava se retuerce en mis brazos, con su mano agitándose debajo de la mía mientras el orgasmo nos recorre con brutalidad.

Nos movemos cada vez más lento, dejando que las últimas oleadas de placer se diluyan por completo.

Con un suspiro de satisfacción, Ava se levanta despacio, se tumba y me invita a hacerlo también con un roce en las sábanas. Después, se acomoda entre mis brazos y comienzo a acariciarle el hombro. Bajo la cabeza para besarla en la nariz, pensando en cuánto me cambió la vida el día que la conocí.