Capítulo 29
Desde que llegamos a Madrid las ganas de vivir con Zeus han aumentado de forma vertiginosa.
Me gusta tenerlo conmigo todo el día, ver cómo se comporta con mi hijo y cómo se relaciona con mis padres y amigos.
No puedo esperar a ver cómo será nuestra vida juntos.
Sin embargo, no es tan sencillo. Aunque Jayden y yo no estamos casados, he querido informarme sobre las órdenes de la corte que se deben cumplir en Nueva York en temas de divorcios y traslado de residencia del padre que tiene la custodia del niño.
Lucas me explicó ayer por la tarde que si Jayden no pone impedimento a mi decisión, no debe haber problemas, ya que el traslado no es algo perjudicial para el niño y no estaría demasiado lejos de su padre como para interferir en el horario de visitas.
Por lo cual, el problema pasa a ser directamente Jayden, con el que tengo que hablar en cuanto llegue a Manhattan para informarle de mis planes.
Pero, por ahora, no quiero pensar en eso, prefiero disfrutar de mi tercer día en Madrid.
Volveremos a Nueva York el viernes así que tenemos que gozar al máximo los dos días que nos quedan aquí.
Zeus está metiendo el carrito de Aidan en el maletero mientras termino de recogerme el pelo en una coleta.
Hemos decidido visitar el Parque Europa, que está en Torrejón de Ardoz.
—¿No hará mucho frío para el niño? ―me pregunta Zeus en cuanto salgo a la calle.
Está esperando que esté de acuerdo con él y, a ver, hace frío, pero Aidan tiene que salir y no es que estemos bajo cero. Dejo su abrigo al lado de la sillita y le ajusto el cinturón de seguridad antes de cerrar la puerta del coche.
—Va muy abrigado ―explico cuando, al cerrar la puerta, sigue fijo en mí.
—Pero ¿y si no es suficiente?
Lo miro con una sonrisa, me encanta su lado paternal. Me acerco, paso los brazos por su cuello y me estremezco bajo el efecto de su mirada recorriéndome la piel.
—Es suficiente, Zeus. —Lo beso antes de que lo haga él y me quedo muy cerca—. Aidan estará bien.
No parece convencido del todo, pero asiente y me devuelve el beso. Cuando mis padres salen de casa, me separo y nos subimos al coche para salir tras ellos.
En el trayecto cantamos algunas canciones y disfrutamos de lo lindo cuando Zeus se une a nosotros.
No puedo dejar de mirarlo, de pensar en cómo sería que fuéramos padres y compartir nuestras vidas.
Me encanta que haga reír a mi hijo, cuando le hace pedorretas en la barriga o bromea diciéndole que va a comerle los pies.
Se me infla el corazón un poquito más cada día que pasamos juntos.
Está consiguiendo que el escozor de lo ocurrido desaparezca.
De repente, su teléfono suena una vez y me parece que es un mensaje.
No lo cojo ni mucho menos, incluso hago que no me he dado cuenta.
Sigo cantando, pero, una de las veces que miro al frente para indicarle que tiene que girar, me percato del nombre de Amanda en su pantalla y me pone en alerta.
De pronto, se me enfría la piel y un mal presentimiento se agolpa a mi alrededor.
No me gusta que se estén mensajeando; sin embargo, no comento nada, no quiero meterme en sus cosas ni pensar mal de él antes de saber por qué lo hacen.
Además, sé que se conocen desde hace mucho, por lo tanto, no debería preocuparme.
Al bajarme cuando llegamos al parque, me fijo en cómo teclea en su teléfono, también de su tirantez en el rostro al hacerlo, pero eso es otro asunto al que no pienso darle más importancia porque entonces no disfrutaré de la visita.
Rodeo el coche para bajar a Aidan e imploro que en este momento no me hable porque no estoy de humor en absoluto.
Por suerte, Zeus va directo al maletero para sacar el carro.
—Vaya, sí que hay gente para ser un día cualquiera —comenta mirando a su alrededor.
Echo un vistazo mientras pongo al niño en el carrito. Asiento, la verdad es que pensaba que estaría más vacío teniendo en cuenta que es un día entre semana y hace un poco de frío, pero aquí siempre hay gente.
―Es un lugar muy visitado. ―Intento que no se me note en la voz mi incomodidad―. ¿Vamos?
Se acerca a mí para besarme en la frente antes de que nos acerquemos a mis padres.
Mi cuerpo reacciona, como siempre que recibo una muestra de afecto por su parte, y hace que me olvide de mi mal humor.
Dejo que me eche el brazo por los hombros mientras nos acercamos a la entrada.
Lo primero que vemos es la Puerta de Brandeburgo y leemos el panel informativo que hay.
—En este parque hay dieciocho réplicas de monumentos europeos —comienza a explicarle mi padre, que va agarrado de la mano de mi madre.
—Es increíble —susurra Zeus admirando el monumento. De pronto, tira de mí mientras empuja con la otra mano el carrito—. Vamos a hacernos una foto de familia.
Por un momento, mi corazón late con más fuerza que de costumbre cuando nos ha colocado a los tres para obtener la foto. No puedo estar más contenta ni sentirme más feliz en este instante. Entusiasmada, me aferro a su costado y sonrío a la cámara que sostiene mi padre.
Sin poder dejar de sonreír, continuamos el paseo, pasamos por las réplicas de un barco vikingo, la Plaza de España, el Teatro Griego, la Fontana de Trevi, la Torre Eiffel, la Puerta de Alcalá y la Torre de Belém.
Más tarde, bajo a Aidan del carrito y le doy el sándwich de pavo que le he hecho en casa.
—No corras con la comida en la mano —le advierte mi madre, pero mi hijo corre aún más.
—Déjalo, mamá, cuanto más le dices, peor lo hace.
—Acabará en el suelo y con el bocadillo lleno de arena. —Mi padre no le quita ojo.
Me giro hacia Zeus para asegurarme de que está a gusto y me lo encuentro pendiente de Aidan.
No es muy fanático de que el niño corra como un animal salvaje, sobre todo después de haber sido espectador de cómo suele caerse, como si el viento le pusiera la zancadilla constantemente; pero, aun así, no comenta nada porque sé que intenta controlar sus impulsos.
—No te preocupes, no le pasará nada, tienes que aprender a relajarte. Necesito que Aidan suelte toda la adrenalina que guarda en ese minúsculo cuerpecito si quiero que duerma toda la noche de un tirón.
Sus ojos se clavan en los míos y soy más consciente de lo mal que lo está pasando.
—Lo sé, pero es que no quiero que se haga daño.
Sonrío con cariño y le acaricio la mejilla. Es tan bueno, tan cariñoso y romántico que a veces pienso que es algo de lo que ni siquiera se da cuenta. Estoy a punto de volver a tranquilizarlo, de asegurarle que el niño no se caerá cuando se tropieza y llora.
Aunque intento que los demás no agobien al niño e intento implantarme el consejo a mí misma, me asusto y, cuando voy a reaccionar, Zeus ya lo está recogiendo del suelo a unos metros de nosotros. Aun así, me levanto.
—Qué protector es con mi niño, cada día este hombre me sorprende más. —Mi madre me acaricia el pelo y yo asiento antes de caminar hacia ellos.
—¿Qué ha pasado? —pregunto cuando ya los tengo a mi lado.
—Tiene las palmas y las rodillas raspadas.
—Me mira receloso, pues hacía unos segundos le estaba diciendo que no pasaría nada.
Se me derrite el corazón cuando le acaricia el pelo al pequeño, apaciguándole el llanto, pero el miedo le tiñe la cara—.
No vuelvas a decirme que no se caerá si no lo tienes seguro.
Me siento mal por él, soy consciente de cómo le tiemblan levemente las manos. Compruebo que Aidan está en perfectas condiciones y le beso el moflete.
—Cariño, no soy adivina, solo madre. No por ello tenemos que saberlo todo, aunque parezca que sí.
Tras unos segundos, en los que Zeus observa a mi hijo con una mirada preciosa, sus ojos negros vuelven a centrarse en mí y se acerca para besarme. Después, me abraza por la espalda y el estómago se me encoge de felicidad.
—Lo sé. Lo siento, honey . ―Recibo el beso en los labios con gusto―. ¿Quieres ir con mami? —le pregunta a Aidan que tiene la cabecita apoyada en su hombro.
—No.
Me hace gracia los ojos abiertos de Zeus ante la respuesta clara del niño.
Sonrío encantada ante la situación, no hay nada que me haga más feliz que las dos personas a las que más quiero se adoren tanto.
Cojo la mano de Zeus, nos acercamos a mis padres y continuamos la visita al parque sin soltarnos.