Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Hoy me he levantado de buen humor, como siempre.

He despertado a Aidan, lo he vestido y hemos desayunado en la cocina.

Cuando llegó la hora, cogí su mochila y lo llevé a la guardería, allí Aidan se lo pasa pipa y los maestros son un encanto.

Después, he puesto rumbo al estudio. Hasta que no volví de las vacaciones y me incorporé al trabajo no fui consciente de verdad cuánto echaba de menos pasar las mañanas trabajando con Amber.

El caso es que, cuando estaba conduciendo hacia Times Square, alguien me ha dado un topetazo por detrás.

Al principio me quedé un poco sorprendida, no me lo esperaba, aunque la guinda del pastel ha sido que el idiota que conducía el otro coche se ha largado sin más.

Menos mal que había decidido dejar a Cronos en casa.

Echando humo, he vuelto al coche y he llegado al estudio muy enfadada. Que en la puerta del garaje estén los de mantenimiento esperándome no me calma en absoluto. Descubrir que ha habido una avería y se ha inundado una zona del garaje, mucho menos.

—Ya he informado a los vecinos, por suerte, no son muchos y la mayoría habían sacado sus vehículos para ir al trabajo —me explica Scott.

El personal de mantenimiento me dice que no saben a qué hora vendrán los de la empresa que arreglarán la avería, así que no me queda otra que agradecerles su trabajo e irme hecha una furia al coche de nuevo.

Odio dejarlo fuera, por no hablar de que tendría que dejarlo en otro aparcamiento subterráneo que no conozco.

Llego una hora tarde al trabajo, por lo que Amber se preocupa sobremanera, menos mal que aún no le he contado nada de mi mañana a Zeus, seguro que pone el grito en el cielo por lo que ha hecho el conductor tras darme un golpe.

Después de una hora en la que creo que todo va a apaciguarse, aparece la siguiente cita, un padre con su hijo para una sesión de fotos por su próximo tercer cumpleaños.

En ese proyecto Amber me ayuda con la decoración, pero no nos da tiempo a utilizarla porque el niño se ha mareado y ha echado hasta la leche que tomó cuando era un bebé.

Al menos, he podido despejarme a la hora del almuerzo, aunque, como ha amanecido lloviendo, no hemos ido a la azotea como de costumbre.

Ha sido media hora sensacional, hasta que hemos vuelto al trabajo y he tenido que llamar a un técnico de urgencia para que nos arregle una de las cámaras. Además, dos citas nos han dado plantón.

—Fantástico… ―Suspiro agotada, mientras permanezco apoyada en una de las ventanas.

―Mira el lado bueno, al menos hemos podido adelantar trabajos digitales en estas dos horas.

Miro un segundo a Amber, siempre tan positiva y alegre incluso cuando el día está siendo un desastre.

Y sí, ser positivo es maravilloso; yo también lo soy, me gusta creer que todo pasa por algo y que nuestro destino ya está escrito.

Pero joder… ¿cuál es el sentido del golpe de esta mañana?

¿De la avería, la cámara rota, las dos citas fallidas, el inesperado vómito del crío?

Sinceramente, no tengo claro qué se supone que debo aprender de todo eso.

Como me imaginaba, el día no se queda ahí.

De camino a casa he llamado a Jayden, que había recogido al niño de la guardería, y hemos vuelto a discutir.

Al parecer, se ha enterado de que Zeus y yo hemos vuelto, y no ve en absoluto apropiado que Aidan esté cerca de él.

¡Venga ya! La conversación se ha calentado aún más cuando le he contado que devolví el viaje que me regaló por mi cumpleaños y lo he cambiado por uno a Madrid, para pasar unos días con la familia.

Una semana, nada más. Y estoy rompiéndome la cabeza para dejar todo listo en el trabajo y que Amber no se vea desbordada.

Jayden se ha encargado de hacerme saber lo poco que le gusta que haya decidido llevarme al niño sin hablarlo antes con él.

Iba a hacerlo, ¿si no para que iba a contarle lo del viaje?

Pero me ha enfadado tanto su actitud que, al final, he colgado después de gritarle que deje a Aidan en casa en una hora.

El sonido de una llamada entrante me saca de mis pensamientos.

―Hola, abuelo.

―Hija, necesito que vengas a mi casa. Quiero hablar de algo contigo.

Es inevitable no pensar en Ana. Llamo de nuevo a Jayden, quien intenta disculparse conmigo, pero tengo otras prioridades que sus continuos cambios de humor. Le pido que esté con Aidan unas horas más, al menos hasta que lo vuelva a avisar cuando esté en casa.

Me paso todo el viaje rebobinando el día de mierda, he estado tan ocupada que ni siquiera he vuelto a hablar con Zeus. Incluso tengo varios mensajes suyos sin leer.

***

Un rato más tarde, estoy perpleja frente a mi abuelo. Me he levantado sobresaltada al oírlo y hasta he tenido que pedirle que me lo repitiera al creer que estaba sufriendo algún tipo de colapso.

—He metido a Ana en un centro de desintoxicación.

—¿Que has hecho qué? —pregunto sin poder esconder la sorpresa y el desacuerdo en esta decisión.

—¿Qué otra cosa puedo hacer? Vino hace unas semanas y me lo pidió. Llevo décadas rechazándola, es la única de mis hijas que me habla.

Me tiro del pelo, histérica.

―¡Porque te está utilizando! —Hay un silencio en el que siento que todo se me está yendo de las manos—. ¿De verdad crees que va a durar allí? ¿Se te ha olvidado lo que hizo hace dos años?

Mi abuelo suspira y, de repente, me fijo en cuánto ha envejecido.

Estos años han sido duros para ambos, pero especialmente para él.

Conocernos no fue fácil, no podía creer lo del soborno cuando me lo contó, algo que Zeus había mantenido en secreto por petición suya.

Luego, Marga se fue cuando apenas estaban dándose una nueva oportunidad para ser felices.

Los años y los golpes de la vida le han pasado factura, y siento que mis palabras no están siendo de ayuda.

Me inclino hacia él, le cojo las manos y le froto los nudillos con cariño.

Sus ojos se encuentran con los míos y sonrío.

Mi abuelo ya tiene edad para disfrutar de lo que le queda de vida, no para vivir angustiado por unas hijas que no lo quieren.

Pero lo entiendo, ser padre es complicado y cuando se trata de tomar decisiones sobre un hijo, no es tan fácil mirar hacia otro lado.

Comprendo que, para él, Sandra y Ana siguen siendo sus niñas, aunque lo hayan abandonado.

Como madre, puedo ponerme en su lugar, pero también soy su nieta y sufro al verle tan apenado todo el tiempo.

—Tengo la esperanza de que esta vez sea la definitiva ―dice mirándome a los ojos.

Es bastante duro escuchar a un padre decir esto, es doloroso ver que tiene la esperanza de que Ana cambie. De repente, caigo en la cuenta de algo.

―¿Cómo vas a pagarlo? ―Mi abuelo no tiene ni un céntimo, hace años me hice cargo de todos sus documentos y ya no tiene derechos económicos después de haber pasado la mayor parte de su vida malviviendo.

Se sustenta gracias a la transferencia generosa que le hago cada mes, aunque él piensa que se trata de una pensión por jubilación.

Odio haberme aprovechado de su desconocimiento, sin embargo, ha sido por una buena causa.

Me aferro a sus manos―. No quiero… no puedo ayudarte en esto, abuelo.

Me duele hacerme a un lado por ti, pero ella no se merece nada de mi parte.

―Jamás te habría pedido tal cosa, hija. Puedo hacerle frente, es un centro en el que piden una cuota muy pequeña, como una donación para que siga a flote.

―Nos quedamos pensando, cada uno en su mundo, hasta que habla de nuevo―.

Ya no puedo más, Ava. El colmo fue cuando, unos días antes de que te marcharas de vacaciones, ella y varias personas entraron en una cafetería de por aquí para robar.

Suerte que saltó la alarma y la cogieron por las cámaras, los demás se escaparon.

El dueño no presentó cargos, pero se encargó de que pasara dos noches en el calabozo.

El recuerdo me viene como un golpe, el día que Zeus tuvo que irse a mitad de la noche y su actitud en el jet .

«El dueño no presentó cargos». Por supuesto que no lo hizo.

Cierro los ojos. Tengo que hacer un esfuerzo para que las lágrimas no me recorran las mejillas.

Una vez más, Zeus intenta protegerme. Ni siquiera sé qué hago intentando contenerme todo el maldito tiempo para no molestar a Jayden con esto.

Cojo aire para soltarlo, necesitada de que me vacíe por completo.

Una hora más tarde, mientras salgo de casa de mi abuelo, leo sus mensajes. Son al menos siete, preguntándome cómo me va la mañana, por qué estoy tan desaparecida y preocupado por no obtener respuesta. Tras dudar un poco, decido responderle solo al último en el que me pide vernos para cenar juntos.

Ava: Claro, ¿a las 20:00 en mi casa?

Zeus: Allí estaré, tengo ganas de veros.

Es que es imposible no quererle. Miro el reloj y pongo en marcha el coche.

Todavía quedan cuatro horas para la cena, por lo que llamo a Jayden para pedirle que me deje al niño en una hora y media, pues hay poco más de una hora de distancia hasta Manhattan.

Ojalá pudiera decir que el tráfico está tranquilo, pero eso nunca pasa, así que llego a casa acelerada por todo lo que tengo que hacer.

Por suerte, me da tiempo a sacar a Cronos a que dé un paseo corto en lo que Jayden llega.

Apenas me he puesto una camiseta tras la ducha rápida que me acabo de dar, cuando suena el timbre de casa y me acerco a abrir.

Mi pequeño me echa los brazos al verme, como siempre que viene de estar con su padre, y me lo como a besos.

Me despido de Jayden, vamos a la cocina y le preparo algo de cenar.

El timbre vuelve a sonar y dejo el plato en la trona.

Aidan me acompaña a abrir. Conforme nos acercamos a la entrada, se me eriza la piel por las ganas que tengo de verlo.

En el momento en el que la puerta no es una barrera entre nosotros, siento un beso rápido en los labios y lo observo coger a mi hijo y volcarse en él con todo tipo de atenciones.

De inmediato, todos mis problemas se desvanecen.

Nada me importa más en este instante que compartir una cena con mi hijo y el hombre de mi vida.

***

Una vez que consigo que Aidan se duerma, vuelvo al salón.

Al otro extremo, en la cocina, Zeus me espera.

Está apoyado en la encimera, con una copa de vino tinto en la mano y me mira como si quisiera comerme.

O a lo mejor es lo que piensa hacer en este preciso momento.

Camino hasta él con tranquilidad y, a medida que me acerco, deja la copa sobre el granito y me agarra por las nalgas, pegándome a su cuerpo.

Nos besamos varias veces, dejándonos llevar por las caricias y ya noto lo duro que está.

Me levanta la camiseta para besarme el escote, me sujeta de la cintura con ambas manos y me alza para sentarme sobre la encimera.

―Has tenido un día duro, honey , deja que me encargue de ti.

No me quejo y dejo que me libere de mis pensamientos intrusivos, de mis dudas, de mis miedos e inquietudes.

Zeus me recarga las pilas, me transmite paz y seguridad.

Sus labios besan mi piel haciéndome suspirar.

Me da un mordisquito en el cuello y me estremezco.

De un movimiento magistral, se deshace de mi pantalón y me desnuda; después, no tarda en deshacerse de su ropa con mi ayuda.

Su erección está ardiendo y la necesito dentro de mí, así que hago presión con los talones en su espalda.

Sonríe hambriento y se hunde despacio, torturándome.

Me sujeto alrededor de su cuello, y echo la cabeza hacia atrás al recibirlo por completo.

Al principio, continúa con su castigo, pero no tarda mucho en volver salvajes e intensos sus movimientos.

—Sí, joder, eres preciosa —masculla entre dientes antes de besarme.

Me abre las piernas, apoyándome un pie en el borde de la superficie a la vez que me sujeta de la rodilla; con la otra pierna le rodeo el torso.

Me besa los pechos, los muerde con suavidad y tira de mis pezones, llevándome al cielo.

Gimo su nombre, intentando controlar el volumen para no despertar a mi hijo.

Me agarra de la nuca y me atrae hacia su boca mientras acelera las embestidas, y me retiene con su mano libre para que el cuerpo no se desplace con cada empuje.

Clavo las uñas en sus hombros al sentir cómo el increíble orgasmo arrasa conmigo, llevando a Zeus al clímax en décimas de segundos.

Aún sudorosos y con los cuerpos juntos, hago que me mire. Su rostro, perlado de sudor por lo que acabamos de compartir, me provoca un revoloteo en el estómago.

―¿Qué pasa, honey ?

―Me he enterado de un intento de robo en una cafetería en Brooklyn.

―Se tensa un momento, a pesar de que mi tono no es enfadado, ni dejo de tocarlo con cariño.

No tengo fuerzas para abordar el tema y tampoco quiero pensar en eso en este momento, así que pego mi frente a la suya―.

Gracias por no contármelo, creo que ya no puedo lidiar con más problemas.

―Me abraza con fuerza, haciendo que suspire de alivio.

Sus ondulaciones húmedas me hacen cosquillas en el hombro cuando hunde la cabeza en el hueco de mi cuello, está ahí un rato hasta que clava sus ojos negros en los míos.

―Quiero que Aidan y tú viváis conmigo. ―El corazón se me desboca.

Me da un momento para responder, aunque soy consciente de que se pone nervioso ante mi silencio.

Sin embargo, solo intento respirar de nuevo.

Zeus me coge la cara—. No tiene que ser ya, ni mañana.

Pero no quiero teneros lejos más tiempo.

Ni siquiera sé dónde se ha comprado la casa, no mentía cuando decía que no quería saber nada de él en este tiempo para no sufrir.

Sí sabía que ya no vivía en Manhattan, pero hasta ahí.

Me conozco y soy consciente de que como hubiera sabido su dirección, me hubiera presentado allí.

Solo quiero ser feliz con Aidan y con él.

No necesito nada más, así que no me lo pienso cuando acepto y consigo arrancarle una sonrisa de satisfacción.