Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

A pesar de que hemos estado viéndonos estas últimas semanas, se me está haciendo muy difícil la distancia con Ava.

No me apetece nada tener que visitarla solo cuando tenemos tiempo, mantener distancias cuando Aidan ―al que parece que le gusto y con quien, inevitablemente, me estoy encariñando― está cerca porque Ava no quiere que se confunda, y mucho menos volver a casa solo, sin ellos.

Sé que ella siente lo mismo, aunque noto que aún se cohíbe cuando se trata de hablar en serio sobre esta especie de relación que hemos empezado.

Por eso, tras casi dos meses juntos , he decidido terminar de amueblar la casa como mis amigos me han insistido tantas veces.

Antes no tenía motivación, pero, ahora que la idea de pedirle que venga a vivir conmigo me ronda por la mente sin descanso, es distinto.

Sé que las cosas no serán fáciles, y menos con Jayden.

Después de su actitud con Ava durante las vacaciones —y algunas cosas más que ella me ha contado en estos días—, sé que va a intentar complicarlo todo; mas no me importa en absoluto.

El pueblo está relativamente cerca de la ciudad, a poco más de media hora, por lo que no habrá problema para que Ava se desplace a su estudio, ni para que Aidan pueda ver a su padre sin dificultades.

Continúo con mi ejercicio matutino sin dejar de darle vueltas a cómo abordar el tema.

Paso por la plaza y recorro los últimos metros hasta detenerme en la puerta de mi casa.

Una vez dentro, el teléfono me suena varias veces.

Ignoro los correos de Marcela para centrarme en el mensaje de buenos días de Ava.

Un rato después, tras responderle, me meto en la ducha aun con la sonrisa en los labios.

No me avergüenza decir que incluso sigo sonriendo al llegar al trabajo. Mientras cruzo el camino de piedras, recuerdo que todavía no he leído los correos de Marcela y les echo un ojo: es la planificación de la mañana. Después, entro en mi consulta, dejo mis cosas en su sitio, espero unos minutos y…

―¡Buenos días!

―Buenos días, Marcela. ¿Qué tal el fin de semana?

―Tranquilo, pero me hacía falta un respiro. ¿Y tú qué tal?

Pienso en todo lo que hemos hecho Ava y yo: los paseos, las risas, las cenas… y también sus gemidos, sus pechos y las marcas que me ha dejado en la espalda. Creo que no sería buena idea contarle todo eso a mi secretaria.

―Se podría decir que he estado haciendo ejercicio.

Asiente, sin entender mi doble sentido, y empieza a explicarme lo que ya he leído en los correos.

Claro que, como ella se encarga de redactar los horarios, nuestro trabajo es mirarlos para facilitarle el trabajo.

Continúa con su labor hasta que se ve interrumpida por la llegada de los demás compañeros.

—¡Buenos días, Zeus! ―Sonrío al ver a Dylan.

—Buenos días, qué animado estás hoy, ¿no?

—¿Y cuándo no? ―bromea Arizona, que aparece a su lado―. Parece que le dan cuerda antes de salir de casa.

—No me hables de dar… ―le dice Dylan haciéndola reír. Son como dos hermanos―. ¡Que ya sabes cómo soy!

—¡Dylan! ―se queja ella y pone los ojos en blanco. Cuando la veo, me acuerdo de cómo me gusta que Ava lo haga―. Es muy temprano para tus obscenidades.

Nuestro compañero se apoya en el respaldo de la silla donde está sentada Marcela y la mira más de la cuenta pese a que ella no levanta la vista de la pantalla de su tablet . Después, le guiña un ojo a Ari.

—Bombón, nunca es mal momento para hablar de algo tan rico como el sexo.

Arizona pone una mueca de asco que solo yo consigo ver, pues los demás están a su espalda. Alzo una ceja, intrigado.

—Dylan, ándate con ojo con Arizona que cuando menos te lo esperes estás en la camilla directo al quirófano —se mofa Izan que acaba de llegar con Axel, ambos llevan los cascos de sus motos en las manos.

—Yo encantado, así verá el cuerpecito que se esconde debajo de la bata.

—¡El de un crío! —exclama Arizona al salir de mi consulta y consigue sacarnos unas risas a todos, incluido el afectado.

Al quedarnos solos Marcela, Dylan y yo, él se sienta junto a ella y frente a mí. Su mirada es tan intensa y lo conozco tan bien que ya sé lo que va a decir.

—¿Qué sabemos de Nancy?

Toda la bromita de Nancy empezó una mañana que cometió el error de presentarse en la clínica trayéndome un café. Intenté deshacerme de ella, pues no quiero distracciones cuando estoy trabajando, y me costó tanto quitármela de encima que a todos les hizo mucha más gracia que a mí.

—Ya te lo dije, nada.

Echa un vistazo rápido a Marcela y, luego, se centra en mí de nuevo.

—¿Había otra mujer? —se interesa.

—Ava, ya sabes la…

—¡Mierda! ―exclama, acentuando su deje cubano, aunque hace muchos años que vive en Estados Unidos―. ¿La misma Ava de la que me has hablado alguna que otra vez, esa que casi se casa y tuvo un hijo con ese pendejo?

Alzo las cejas por la forma de referirse a Jayden y decido reprimir la risa. Desde luego que Jayden es muchas cosas, pero se merece un respeto por Aidan.

—No es ningún pendejo y sí, esa Ava.

—Pues no es que le tuvieras mucha estima hace meses cuando me hablaste de ellos.

Lo pienso, en eso lleva razón, sin embargo, la situación ha cambiado.

—He recuperado a mi mujer, no tengo razones para seguir odiándolo y es el padre de su hijo. Hace feliz al niño, se preocupa por él, así que he pasado a solo respetarlo.

―¿A tolerarlo? ―pregunta Dylan, dando un giro a la conversación.

Joder, no.

―En absoluto.

Dylan va a reírse cuando Marcela se levanta, llamando nuestra atención.

―Bueno, chicos, voy con Ari. ―Se vuelve de forma casi imperceptible hacia Dylan―. Avísame cuando puedas dedicarme un momento para que hablemos de tu planificación.

―Para ti siempre tengo tiempo, mami .

Marcela coge aire y sale a toda prisa de la consulta.

Cuando está trabajando, su carácter fuerte sale siempre a relucir y se me olvida que es más tímida de lo que parece.

A veces, las bromas de Dylan la sobrepasan y no sabe cómo reaccionar.

Al volver la vista hacia él, descubro que me observa con una sonrisa.

—Tendré que conocerla en persona.

Sé que se refiere a Ava y asiento.

—Lo harás, quiero pedirle que se mude conmigo.

—¡Pero entonces vuestra relación va del carajo!

—Bueno, está siendo complicado. Jayden no está muy contento.

―¡Cojones, qué te crees! Para mí tampoco sería fácil.

Asiento, hay ocasiones en las que Dylan camufla muy bien su sabiduría e inteligencia con su carácter alegre y bromista. Da gusto hablar con él, a pesar de que es casi diez años menor que yo.

―Por eso no hago más que retrasarlo, no quiero que se sienta forzada. Estoy esperando a verla más tranquila y…

―Yo me lanzaría.

Lo miro sorprendido.

—¿He oído bien?

No me lo creo, Dylan huye de las relaciones, no hace más que referirse a ellas como complicaciones.

—Por supuesto ―afirma bastante serio―. En el fondo soy un romántico, lo llevo en mi sangre cubana, lo que pasa es que no quiero comprometerme ahora mismo.

Mírame, soy un bombón. No es justo que prive a otras mujeres de esto.

―Se señala con las manos y la risa me sale casi sin poder contenerla―.

¡Lo digo en serio! Pídeselo, ten a tu mujer cerca, hombre enamorado.

Tras eso, sale de mi consulta, dejándome con los pensamientos flotando en la mente.

No tiene por qué ser tan difícil. Podemos hacer que funcione, quizá a la larga incluso Ava quiera tener algún estudio por la zona, aunque eso son palabras mayores con las que no quiero complicarme ahora.

El caso es que Dylan tiene razón. Necesito a mi mujer conmigo, también quiero que su hijo forme parte de nuestra historia.

Sí, maldita sea, va siendo hora de que formemos nuestra familia.