Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

A la mañana siguiente, tras horas en el jet hasta llegar a Nueva York, nos despedimos y cada uno toma caminos diferentes para irse a sus respectivos hogares.

Yo voy en el coche de Zeus rumbo a Brooklyn en busca de Cronos, antes de que Jayden me deje a Aidan.

No quiero ponerlo en carretera, solo cogerlo en brazos y achucharlo.

La mano de Zeus permanece en todo el trayecto sobre mi muslo y sonrío como una tonta enamorada.

―¿De verdad no te importa subir el perro al coche?

―¿Crees que hace cuatro años me hubiese importado? ―me pregunta tranquilo, fijo en la carretera.

―No —respondo con sinceridad.

―Soy el mismo, honey , solo que más viejo.

Su broma consigue que me ría, destensando las dudas que se hacen nudos en mi mente. Desde que he vuelto a la ciudad, con Jayden tan cerca, sus palabras hirientes —lanzadas estos días cuando no estaba de humor— se han apoderado de mi seguridad hasta hacerme olvidar lo que siento por este hombre.

―Debo reconocer que te conservas muy bien. ―Le rozo la nuca con los dedos, melosa―. Incluso diría que tus habilidades no han hecho más que mejorar.

Sus labios se curvan en una sonrisa pervertida y, en un movimiento lento, sube la mano hasta dejarla en mi ingle.

―Siempre será un placer mostrártelas.

Me muerdo el labio por dentro, notando cómo la excitación me sube a las mejillas al vislumbrar, a lo lejos, la urbanización tranquila en la que vive mi abuelo desde que se mudó con Marga.

Cuando esta murió, pensé que regresaría al apartamento de Manhattan, pero me dijo que quería quedarse donde tenía más recientes los recuerdos de su amor.

Zeus apaga el motor cuando estaciona y me roba un beso antes de que bajemos del coche.

Nos entretenemos hablando de las vacaciones con mi abuelo, de sus días en el centro de ocio que frecuenta con James en sus ratos libres y, por supuesto, de Cronos.

Me alivia que no nombre a Ana, eso es señal de que no ha vuelto a aparecer desde la última vez.

Justo cuando nos vamos a ir, mi abuelo se recrea más de lo debido reteniéndome en la puerta, a la espera de que Zeus se adelante al coche.

―¿Qué pasa, abuelo?

―Lo estás haciendo bien, hija mía. Tu abuela estaría muy feliz de veros juntos de nuevo.

Lo abrazo con fuerza y me alejo de su casa en dirección al coche, donde Zeus ya ha acomodado a Cronos en la parte de atrás y me espera apoyado en la puerta del conductor.

—Está enorme —comenta Zeus, mirando por el espejo retrovisor hacia la parte de atrás.

—Sí, también es muy inteligente, aparte de cariñoso y protector.

―¿Sigue siendo asustadizo? Aún recuerdo cuando le daba miedo bajar de la cama o ir por el pasillo si las luces estaban apagadas.

Suspiro, volviendo a aquellos días en los que se quedó mi corazón.

―Teme a Aidan, por si te sirve de consuelo ―bromeo, arrancándole una risa sincera.

―No sé, he oído que es muy nervioso y tiene mucha imaginación. Quizás Cronos tenga motivos para asustarse.

Entre risas, nos sumimos en una conversación en la que me explayo al hablarle de mi pequeño.

Me animo cada vez más comprobando que Zeus quiere escucharme, que me pregunta cosas sobre él y nuestra relación.

Me siento tan dichosa que ni siquiera soy consciente de que estamos llegando al edifico en el que vivo.

Le pido que entre en el garaje, pues Jayden tenía una plaza que ahora estará vacía.

Al dejarlo junto al mío, se gira con una amplia sonrisa y pega sus labios a los míos sin cambiar la expresión.

―Que hayas conservado el coche… joder, cariño, no sé cómo he estado tan ciego.

Acepto otro beso y le acaricio la línea de su cincelada mandíbula, paseando mis dedos hacia arriba hasta detenerme sobre su cicatriz.

Me sumerjo en la idea de que este momento es una despedida.

No he sido consciente, hasta este instante, del miedo que me provoca pensar que algún día vuelva a irse.

No quiero que nos separen los kilómetros u otra ciudad, solo ansío tenerlo de vuelta.

—¿Estamos bien? ―susurro casi sin darme cuenta, con el corazón en un puño.

—Por supuesto, ¿qué pasa?

—Solo quiero asegurarme de que lo que está pasando entre nosotros va a continuar después de estos días.

Sube una mano a mi cuello, me acerca a su rostro y me besa la frente, los pómulos y por último los labios.

―Pretendo que continúe hasta el último de mis días.

Con los ojos de repente llenos de lágrimas, asiento feliz. Sí, por supuesto que sí. Lo abrazo con fuerza, queriendo impregnarme de su aroma, del sonido de su corazón latiendo cerca del mío, como si de esta manera pudiera conservarlo conmigo incluso cuando ya se haya marchado a su casa.

―Está bien ―murmuro contra la piel su cuello―, yo también lo pretendo.

Zeus me rodea con los brazos, devolviéndome el gesto, y nos quedamos así un buen rato. Hasta que nuestros cuerpos parecen fusionarse, hasta que todo desaparece y solo suenan nuestras respiraciones tranquilas por saber que volvemos a tenernos.