Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

A pesar de estar de compras en el pueblo, aún sigo rememorando lo que nos dijimos anoche.

Puede parecer pronto, pero, tratándose de Zeus, no lo es.

No he dejado de quererlo, de pensar en él, de imaginarlo cada día y cada noche junto a mí.

Por eso, cuando lo sentí, simplemente se lo expresé.

Echo un vistazo a lo lejos cuando Seth se detiene en la pastelería que conocí años atrás y sonrío, todavía recuerdo lo buenos que estaban esos pasteles.

—Vamos a comprar unos dulces y de paso visitamos a Quintina —dice Marc, con Samantha caminando a su lado.

Los demás vamos tras ellos. Amber lleva a Joey de la mano, todos sabemos que como vaya sin supervisión es capaz de cualquier cosa, y Malcolm le rodea los hombros con un brazo.

Jess y Maddie se paran unos metros delante en una floristería, y Dan se coloca a mi lado cuando Zeus y Marc empiezan a hablar de negocios.

—¿Necesitas que hable con Jayden?

Lo miro de reojo, reprimiendo una risa, siempre tan protector con nosotras.

—No te preocupes, puedo manejar la situación.

—No me gusta que te trate así —se queja y casi parece un niño pequeño.

—Dan… —Sus ojos azules me escrutan con atención cuando nos detenemos frente a la pastelería—. Creo que es comprensible dadas las circunstancias. Aunque la forma en la que está expresando su frustración no es la mejor. Todos sabemos que Jayden es una buena persona.

Va a decir algo más, pero Maddie se acerca para entregarme unas flores y se termina la conversación. Jess arrastra a su marido al interior de la pastelería, donde están casi todos y un brazo me rodea la cintura antes de cruzar la campanita.

―¡Zeus! ―lo saluda la señora, que estaba diciéndole algo a Seth y se acerca a nosotros.

No me pasa desapercibida la forma en la que me mira, pero no le doy importancia―.

Me alegro de verte de nuevo, pero la próxima vez que vengáis de vacaciones no tardes tanto en volver, no me dijiste qué te parecieron los dulces.

―Estaban buenísimos, Quintina, no quedó ninguno.

Sonrío al verlos interactuar hasta que algo llama mi atención.

Una mujer morena nos observa con atención desde el mostrador.

Aunque se detiene más en Zeus y algo se me tensa en el estómago cuando este levanta la vista y se sonríen.

Es un gesto rápido, probablemente sin importancia, si no fuese por la afinidad y la confianza que me han transmitido.

¿Esta no era la chica de aquella vez? ¿Cómo se llamaba?

Recuerdo cuando la conocí, ya en su momento me incomodó la forma en la que ella lo admiraba, pero ahora tengo la sensación de que hay algo más.

―¿Vamos? ―Escucho en mi oído y compruebo que Quintina se ha ido. Asiento, cruzando la pastelería para salir y Zeus hace un movimiento de cabeza hacia la mujer morena―. Amanda.

No dejo de mirarla hasta que me es imposible continuar haciéndolo sin que nadie se percate.

Amanda… ¿Compartieron esta complicidad cuando Zeus y Dan vinieron el primer día?

¿Ha habido algo entre ellos? Las dudas se implantan en mi cerebro como una mala enfermedad y le doy vueltas todo el trayecto de vuelta.

Amanda me da mala espina.

***

Como es el último día de las vacaciones, decido no estropearlo con mis dudas.

Me entretengo llamando a mis padres y a mi abuelo.

También hago una videollamada a mi hijo y me muero de amor al verlo en bañador y con un gorrito.

Jayden me cuenta que han pasado unos días increíbles e incluso me hace reír con algunas anécdotas de Aidan, consiguiendo que me olvide del mal rollo de las últimas veces.

Tras colgar, me uno a jugar en la piscina con los niños.

Después, las chicas y yo hemos tomamos un poco el sol, mientras los hombres preparaban el almuerzo entre risas, cervezas y música. Y ahora volvemos a estar en las tumbonas. Una sombra me tapa el sol, levanto la cabeza para ver qué ocurre y me encuentro con Marc.

―¿Podemos hablar? ―Le echa un vistazo rápido al sitio donde sé que está Maddie y asiento.

Me levanto para ir detrás de él y veo que se ha metido en la casa. Intercambio una mirada con Zeus, que está sentado en el borde de la piscina, pero no le digo nada. Entro en la cocina, donde veo a Marc sentado junto a la despensa y ocupo una silla a su lado.

―¿Qué pasa?

―¿Estás enfadada conmigo? ―pregunta muy serio, tomándome por sorpresa, y entiendo a qué se refiere.

―No, claro que no ―aseguro y cojo su mano, con afecto sincero―, pero creo que no estás comportándote bien con Maddie. Sufro por los dos, entiéndeme.

―Lo sé, joder. Pero no deja de hablar de todos los tíos que se tira, de ese nuevo follamigo que tiene y… me está volviendo loco.

Al ver cómo se pasa una mano por el pelo, bastante frustrado, se me ablanda un poco el corazón.

Puede que nuestras relaciones no sean perfectas, a veces, como en el caso de Marc y Maddie, ni siquiera llegan a más que un puñado de besos y caricias; pero, si algo tienen en común los hombres de nuestras vidas, es que nos adoran con una intensidad infinita.

Aunque la mayor parte del tiempo son tan cabezas de chorlitos como para no saber cómo reconquistarnos ni cuándo hacerlo. Reprimo una sonrisa de cariño.

―Creo que juzgándola no vas a ganar puntos con ella, Marc.

Cabecea, haciendo ruidos de frustración.

―También lo sé.

―Entonces, ¿por qué no lo intentáis?

Me mira como si estuviese chalada y niega con la cabeza.

―No tengo tiempo de novias y mi yo de treinta y siete años no tiene ganas de soportar a una mujer doce años más joven. Tenemos metas diferentes, puntos de vista distintos.

Me duele que se ponga barreras ante lo que siente por Maddie, que es mucho más visible de lo que él piensa.

Sé, por ambas partes, que se gustan, que quieren tener al otro; pero, tanto él como Maddie, amañan sus sentimientos.

Como sé que no va a claudicar si le hablo del color rosa del romance, decido ir un poco más directa. A lo dramático.

―A veces, si sabes que no eres capaz de hacerlas feliz, es mejor dejar ir a las personas a las que queremos.

Sus ojos se clavan en mi persona y veo a la perfección como por su mente pasan cada una de mis palabras, las cuales estudia y analiza con detenimiento. A juzgar por la expresión de su frente, diría que el resultado no le ha hecho especial gracia.

―¿Y qué pretendes, que me olvide de ella? ―Me encojo de hombros, quitándole importancia. Sus ojos se abren con sorpresa y se levanta, pero vuelve a sentarse―. Eso no va a pasar.

Su tono refunfuñado me hace gracia, los hombres de este grupo tienen cuerpos muy grandes, pero a veces son como niños pequeños.

―Entonces ya sabes qué tienes que hacer, Marc. Y vas a tener que currártelo, ya sabes que Maddie es tan cabezota como tú.

Nos pasamos un buen rato en la cocina contándonos nuestros problemas amorosos, tanto, que incluso le hablo de lo que he sentido con respecto a la interacción de Zeus y Amanda.

Marc no le da especial importancia y debo reconocer que casi consigue que no me dé cuenta en la tensión de sus palabras al tratar el tema.

Sin embargo, sabe abordar la cuestión a la perfección y consigue que no me agobie demasiado, supongo que estos sentimientos de desconfianza tan repentinos se deben al pasado que compartimos Zeus y yo.

Pero tengo que superarlo, hemos pasado por cosas mucho más fuertes que unos celos nuevos hacia una vieja amiga del pasado.

***

Después de haber recogido un poco la casa, cenar y tomar unas copas a modo de despedida cuando Seth y Joey se han ido a dormir, decidimos poner fin a la noche para estar descansados al día siguiente para la vuelta a casa.

Cuando llego a la habitación de Zeus —donde dejé mis cosas al segundo día—, pienso que está vacía, pero escucho correr el agua de la ducha.

Con una sonrisa, pues llevamos toda la velada tonteando y calentándonos con susurros y promesas, abro la puerta. Aunque hay un poco de vapor, la figura esbelta y trabajada de Zeus aparece ante mí, mojada y enjabonada.

Me desnudo en silencio, con sus ojos puestos en cada uno de mis movimientos, y me meto debajo del chorro de agua con él. Un cosquilleo muy agradable me recorre el omóplato cuando sus labios se posan con tranquilidad sobre esa zona.

Con besos lentos me recorre la piel, que empieza a calentarse a consecuencia de sus caricias y la temperatura del agua.

Sus dedos pasean por encima de mi piel, por los brazos, los costados, las líneas de mi cuello, la mandíbula, el contorno de mi boca...

Caricias que me hacen experimentar miles de sensaciones y emociones a la vez, que me aceleran el corazón y me hacen desear que esto no acabe nunca.

Su cuerpo se amolda al mío al eliminar por completo los milímetros que todavía nos separaban.

Su pecho envuelve mi espalda como si la abrazara, como si su calor y su excitación salieran por cada poro de su piel y se colaran en la mía.

Su erección me golpea las nalgas y me envía descargas de deseo, obligándome a cerrar las piernas con fuerza.

Zeus lleva las manos a mis pechos, rodea mis pezones con los dedos y su aliento choca con mi hombro cuando lo expulsa de forma salvaje al comprobar cómo están.

Me giro despacio entre sus brazos y le miro a la cara por fin.

―Hola, honey .

Le rodeo el cuello con los brazos para ponerme a su altura.

Acto seguido, me froto contra su cuerpo y le muerdo el labio con necesidad.

El deseo arde como combustible en la oscuridad de sus ojos.

Se aferra a mi culo con ambas manos, lo masajea sin prisas y desliza una mano por debajo hasta tocarme justo donde más excitada estoy.

No puedo evitar echar la cabeza hacia atrás cuando la punta de dos de sus dedos roza la entrada entre mis pliegues.

—Estás empapada, nena.

Me besa con una templanza que me pone mucho más ansiosa. La pasividad de Zeus me pone los pelos de punta.

―Solo por ti, Zeus.

Tras un segundo de silencio, introduce los dedos dentro de mí con un gruñido grave en la garganta.

Su boca salvaje, mojada y demandante se apodera de la mía.

Su mano golpea contra mis nalgas cuando entra y sale sin piedad, y ese bultito, siempre cargado de lujuria, me cosquillea con una intensidad casi dolorosa, anticipándose a lo que le espera de verdad.

Con un movimiento firme, me acorrala entre su cuerpo y la pared.

Se me escapa un jadeo al sentir los azulejos en la espalda, pero el contraste entre el calor y el frío en mi cuerpo me hace estallar en un orgasmo rápido, pero asfixiante.

Con una sonrisa lobuna, Zeus se traga mis súplicas y me alza para que me aferre con las piernas a su cintura. Mi sexo grita por tenerlo dentro.

―Qué ganas tengo siempre de ti, nena —susurra en mi oído y pasea la punta de la lengua por el contorno del cartílago.

Apoyo la espalda recta en la pared —al menos todo lo que me es posible—, me sujeto en sus hombros y abro las piernas todo lo que puedo.

Con sus manos me agarra las rodillas y me come con la mirada antes de hundirse dentro sin piedad.

Grito sin contenerme porque me quedo sin aire ante la tremenda intromisión y me hace sentir gelatina entre su agarre.

—Qué mojada estás. —Se inclina para robarme un beso y arremete con fuerza—. Dime cuánto me has echado de menos, nena.

Trago saliva. Estoy excitada y al límite.

Los ecos del orgasmo de hace apenas unos minutos aún recorren mi sistema nervioso, intensificando la sensibilidad de mi clítoris, que cada vez está más hinchado y necesitado.

Arqueo la espalda, elevando las caderas lo suficiente para notar el roce de su piel contra mi centro palpitante.

Zeus se muerde el labio y me penetra con fuerza. Clavo los ojos en los suyos.

―He pensado en ti cada día, Zeus. ―Me mojo los labios resecos con la punta de la lengua―.

Nunca he dejado de amarte, he fantaseado con el momento de tenerte en mi vida de nuevo mucho más de lo que puedo recordar.

―Le rodeo el cuello con los brazos mientras me posee con dureza―.

Quiero que seamos nosotros de nuevo, no quiero volver a separarme de ti.

Me agarra por la barbilla para que lo mire.

―Eso no va a volver a pasar ―dice con una convicción que se me clava en mi sensible corazón―.

Has sido mi primer pensamiento cada mañana y el último cada noche durante estos años, honey .

No ha habido un solo día en el que no haya deseado tenerte conmigo.

Me odio por haberte dejado, por no haber luchado, por no ser el padre de Aidan, por no haberte hecho mi mujer cuando debí hacerlo.

―Me acomoda contra su cuerpo y me sujeto mejor a sus hombros sin dejar de mirarlo a los ojos.

―Zeus…

Me lame los labios y hunde la lengua entre ellos.

Su confesión, el vapor del agua, estos días tan maravillosos, mi amor por él…

El remolino de sentimientos estalla en mi interior cuando se mete un pezón en la boca, succionándolo mientras gruñe al notar cómo me estrecho alrededor de su erección.

Siento cómo también se deja llevar por el placer y un orgasmo devastador nos envuelve, nos priva del aire y del juicio, dejándome con las pulsaciones disparadas ante el amor y el deseo que este hombre me provoca.