Capítulo 22
El tercer día de las vacaciones empieza con muy mal pie. Vigilo los movimientos de Ava mientas habla con Jayden, con aspavientos alterados y gestos de estar a punto de arrancarle un brazo a alguien.
—Te lo repito… no… déjame hablar… Jayden, no tienes que meterte en mi vida.
Es la segunda llamada en la que discuten y no me ha dado tiempo a preguntarle por qué; pero, a juzgar por cómo ella le repite que no le diga qué debe hacer, me lo llego a imaginar.
Los demás hacen como si no estuviesen escuchándola, pero yo no me molesto en actuar y no le quito ojo desde una de las tumbonas.
—No metas al niño en esto. —Oírla decir eso me tensa y me enderezo en mi sitio, echándole un vistazo a Dan, que también está pendiente. Imagino que no le hace gracia por dónde van los tiros de la situación—. Te estás comportando como un crío.
—Mucho estaba tardando Jayden en dar su opinión. —Escucho que dice Jess.
Quiero levantarme, arrancarle el móvil de la mano y gritarle a ese gilipollas que no vuelva a faltarle el respeto. Ava no se merece sentir remordimientos. No he presenciado demasiado de su relación con su hijo, pero la conozco lo suficiente como para saber que hace todo lo posible por verlo feliz.
En medio de mis pensamientos, oigo el sonido de varias notificaciones en el móvil.
Lo cojo y compruebo que es Amanda otra vez.
Ayer me contó que Quintina quiere abrir una pastelería en Nueva York para dejársela a su hija —con la intención de que salga del pueblo— y no deja de pedirme consejos.
No me ha pasado desapercibido cómo Ava se ha dado cuenta, pero, entre lo ocupados que hemos estado con las manos encima del otro y ahora la discusión con Jayden, no he encontrado el momento de contarle lo de Amanda.
Le respondo algo rápido y dejo el teléfono justo cuando Ava viene hacia nosotros.
Me siento el hombre más afortunado del mundo al ver que no duda en sentarse entre mis piernas y dejar que la rodee con los brazos.
—¿Ha sido un capullo? —le pregunta Dan, con la mandíbula tensa. Ava asiente después de pensárselo y mi amigo bufa.
—¿Podemos saber cuál es el motivo? —se interesa Maddie, que ignora por completo a Marc, lo cual se merece.
Los músculos de Ava se tensan bajo mi agarre cuando se niega a ceder.
—No creo que sea buen momento.
Ahora el que se queda rígido soy yo al comprenderla, aunque ya me lo esperaba.
—Así que el problema soy yo —siseo sin poder contenerme, haciendo que Ava se gire entre mis brazos para verme mejor.
Hay un silencio entre nosotros que los chicos utilizan para levantarse y dejarnos a solas. Percibo el dolor en sus ojos y, antes de que le dé tiempo a retirarlos, le cojo la barbilla entre mis dedos e insisto.
—Nunca me ocultes cómo te sientes, honey . —La acuno con cariño, queriéndola proteger de todo y todos—. Odio que estés así.
—¿Así como? Estoy bien.
—No, cariño, estás apagada. —Le acaricio el hombro con delicadeza y el calor de su cuerpo se funde con el que desprende mi piel.
—Bueno, que el padre de tu hijo critique tu forma de criarlo es bastante duro.
Frunzo el ceño, ¿qué ha dicho que ha hecho ese cabronazo?
Se me calienta la sangre al pensar en el daño que eso puede ocasionarle.
Observo sus bonitas facciones, ahora tranquilas y relajadas, y una sensación de satisfacción me cruza el pecho al saber que mi cercanía le provoca serenidad en medio de una tempestad.
Está preciosa con la luz del atardecer sobre las líneas de sus facciones.
—No permitas que lo haga. Me ha bastado verte con Aidan un puñado de veces para saber lo buena madre que eres. No dejes que sus insultos te afecten, ambos sabemos a qué se deben.
Me rodea el cuello y muy despacio acerca su cara más a la mía.
Sus labios se mueven un poco, pero lo suficiente para leer mi nombre en ellos.
La beso sin pensármelo. Siento la sangre correr por todo mi cuerpo cuando sus labios se apoderan de los míos, se hace dueña del beso y de mi boca, y un calor que he añorado cada día me sube hasta la nuca.
Le acaricio el tatuaje de las costillas, sintiendo el leve relieve de la tinta que me arde en la punta de los dedos. Mía, siempre mía.
—Siempre has sabido subirme la autoestima. Me siento segura de mí misma contigo.
—Ya sabes que lo único que he querido siempre es ser tu apoyo, honey .
—Siempre lo has sido.
Nos contemplamos en silencio, viéndonos de verdad.
De fondo, el chapoteo del agua en la piscina, las risas, la música y los gritos alegres de los niños.
La plenitud que me embarga en este momento al ver sonreír a la mujer que amo, después de borrar esa tristeza en su rostro, es tan intensa como abrumadora.
Pero no es ningún secreto que vivo para hacerla feliz.
Tras darme un beso rápido, Ava se pone de pie y me sonríe. Me tiende una mano, la cual cojo sin rechistar, y me levanta de la tumbona, haciendo un movimiento de cabeza hacia el grupo.
—Si me ganas una partida, te dejo hacerme lo que quieras esta noche.
Me guiña un ojo antes de escaparse de mi agarre y tirarse a la piscina.
Dios, que sexy ha sido eso. Voy tras ella y me sumerjo en el agua con rapidez para que nadie se dé cuenta de mi dureza bajo el bañador.
Después, voy nadando, me pongo a su lado y la pego a mí.
Bate las pestañas mojadas de forma angelical y pego mi boca a su oído.
—Prepárate para que te folle muy duro, nena.
Al pasar por su lado para unirme al equipo contrario al suyo, rozo mi erección contra ella a conciencia. Reprimo una carcajada al oír como ahoga un suspiro. Cuando me posiciono, sus ojos grises están puestos en mí y me expresan las ganas que tienen de que corra el tiempo. Yo ansío lo mismo.
***
Por la noche, la necesidad de lo que va a pasar me recorre las venas, pero Jessica llama nuestra atención poniéndose en pie. A pesar de imaginar qué va a decirnos, me siento igual de emocionado.
—Sabéis que sois mi familia y por eso siempre intento que estéis al tanto de todo, así que quiero compartir con vosotros que vamos a volver a intentar la fecundación in vitro en unos meses.
Hace más de un año que lo intentaron por última vez y todos recordamos la emoción que sentimos por ellos, por lo que no dudamos en abrazarlos, haciéndoles saber cuántos los apoyamos.
Ava le susurra algo a Jess cuando nuestras miradas se encuentran y me invade la felicidad por tenerla a mi lado de nuevo.
Unas horas más tarde, cansados, decidimos poner fin al día y nos marchamos a nuestros dormitorios.
Los dedos me hormiguean de anticipación ante lo que va a ocurrir en cuanto Ava y yo crucemos la puerta de mi habitación.
Dejo que ella entre primero, me mira con fingida inocencia cuando cierro el pestillo y le enseño los dientes, hambriento.
Sin preámbulos, la cojo en brazos, para dejarla caer después en la cama.
Ambos lo deseamos, así que ni yo me entretengo con preliminares ni Ava se queja cuando la desnudo directamente, me quito los pantalones y me hundo en ella con urgencia.
—Ah… Zeus.
La devoro, tiro de sus labios al mismo tiempo que se deshace de mi camiseta para arañarme la piel.
No pierdo detalle y paseo mis ojos por todos sus movimientos, sus reacciones, sus tatuajes.
Casi perdí la cabeza cuando por fin le vi la mano, entendiendo a qué se refería mi padre, y eso que pensaba que el tatuaje en su cadera me había sorprendido.
Le cojo la mano donde nuestra alianza estará grabada para siempre y embisto con fuerza contra su pelvis, haciéndola gemir.
—Joder, nena, eres mi fantasía. —Le beso la mandíbula, sintiendo que se aproxima el orgasmo. Nada ha cambiado entre nosotros—. Me vuelve loco estar dentro de ti. —Me muerdo el labio al sentir cómo un escalofrío me atraviesa entero, no creo que dure mucho más—. Estoy a pun…
—¡Sí, sí, sí…! ¡Madre mía!
La tensión de su calidez estrechándome, sus gritos y presenciar cómo vuelve los ojos por el placer es todo lo que necesito para dejarme llevar.
Se aferra a mi cintura con las piernas, recibiendo mis últimas embestidas con una sonrisa de satisfacción que robo con un beso, lo quiero todo para mí.
Al cabo de unos minutos, ruedo hasta ponerme a su lado para estrecharla contra mí y, creyendo que la noche no puede mejorar, levanta la cabeza de mi pecho y clava sus ojos grises en los míos.
—Te quiero, Zeus.
Me quedo sin aire. Llevo días conteniéndome por no asustarla, maldita sea, pensaba que necesitaba espacio después de su ruptura. Hechizado, le aparto el pelo de la cara y la atraigo hacia mí para besarla.
— Honey … —Cuando sus labios se alejan de los míos, no dejo que se mueva ni un centímetro más—. Te quiero como nunca querré a nadie.