Capítulo 21
Desde que Zeus apareció hace unas horas tras pasar toda la mañana en el pueblo con Dan no ha dejado de perseguirme con los ojos.
Sé que no se acerca por cómo he estado actuando con él y, aunque tenía pensado seguir igual, después de hablar con Maddie y Jess sobre su comportamiento lo he pensado mejor.
Somos adultos, no puedo estar comportándome como una cría.
Si algo no me gusta, debería decírselo, y es justo lo que pensaba hacer cuando mi abuelo me ha llamado.
—¿Cómo se está portando Cronos? —le pregunto.
—Perfectamente, se tumba a mi lado cuando me siento en el sofá. Por las tardes damos un paseíto con el fresco y por la noche duerme al pie de mi cama. No podría tener mejor compañía.
Sonrío. Mi abuelo se ha quedado con él los días que voy a estar fuera, eso y la compañía de James me dejan tranquila.
El pobre lo ha estado pasando mal desde la muerte de Marga, con quien retomó su matrimonio un año después de que yo lo encontrara.
Mi abuelo me cuenta que le ha comprado unas chuches como premio y le pido que no lo cebe, entre él y Aidan…
Pongo los ojos en blanco al oírle decir que es como otro nieto para él.
Me río con ganas, mirando de reojo cómo Zeus y Marc hablan.
Mi abuelo me pregunta por el niño y consigue que no piense en nadie más que en mi pequeño.
—Qué alegría que esté pasándoselo tan bien con sus abuelos. Mi bisnieto es un renacuajo muy feliz.
Asiento al escucharlo. Al principio lloraba cuando Jayden no volvía, pero, con el paso de los días, está llorando menos.
Además, su padre intenta estar presente todo el tiempo que el trabajo se lo permite.
Aun así, la situación sigue ahogándome. Pensar en que va a crecer recibiendo dos educaciones, de una casa a otra, dividiendo celebraciones y las vacaciones…
es como una soga al cuello que aprieta cada vez más.
Por no hablar de la sensación de no estar haciendo las cosas bien.
Ahora es como si trabajase demasiado, como si dejara a mi hijo en manos de una niñera o su padre porque no tengo tiempo para él y, aunque sé que no es así en absoluto, el remordimiento me hace brasas por dentro.
Y la cosa se pone peor cuando salgo con las chicas o estos días en los que estoy aquí; a pesar de saber que, aunque no hubiese venido a esta casa, mi hijo estaría de vacaciones con su padre.
—Ava, ¿estás ahí?
—Sí, sí, perdona, abuelo —me disculpo, volviendo a la realidad.
—Será mejor que te deje disfrutar, cariño. Recuerda que lo estás haciendo fenomenal.
Sus palabras sacan mi lado más sensible, pero cojo aire mientras me repito en silencio que soy una buena madre. Cuelgo y dejo el teléfono en la mesa que tengo a mi lado.
—¿Cómo está Aidan y tu abuelo? —La voz de Marc me hace levantar la cabeza.
Le cuento por encima, aunque sé que también se lo digo a Zeus, quien está pendiente de mí y me regala una sonrisa tan varonil como sexy .
Siempre que nos hemos visto se ha interesado por mi hijo preguntándome cómo es, cómo lleva la separación y queriendo saber más de él.
Hablo con Marc, pero me doy cuenta de la forma en la que Zeus no deja de observarme con descaro, espero que le guste mi bikini celeste.
Pasea los ojos por mi escote sin una pizca de pudor consiguiendo que casi me atragante, se desvía a mis costillas donde ya sabe lo que pone, aunque la mejor reacción llega cuando sigue bajando y se encuentra con el tatuaje que me hice poco después de que se marchara.
Nunca se lo mencioné porque quería que fuera una sorpresa, pero él no volvió.
Agitada por su escrutinio, me retuerzo las manos.
Hasta ahora he escondido muy bien el tatuaje del dedo, sé que es una estupidez, pero no he podido evitar hacerlo.
—¿De qué habláis?
Respiro aliviada al ver que Jess y las chicas se acercan.
—De Aidan —responde Marc, disimulando muy mal cómo se fija en Maddie.
Conforme nos sumimos en una conversación sobre el más pequeño del grupo.
vamos ocupando las tumbonas. Malcolm juega con Sam, Seth y Joey en el agua, aunque nuestra adolescente prefiere pasar más tiempo bronceándose que divirtiéndose con ellos.
Intento centrarme en mis amigos, pero la tensión —esa conexión inevitable— hace que me desvíe hacia él.
Está algo apartado, pero creo que lo ha hecho a conciencia para poder observarme sin que nadie lo note.
Ansiosa por tener su atención más cercana, cojo el bote de bronceador y me lo aplico en las piernas, tratando de atraer su mirada.
Casi sonrío al verlo moverse en su sitio.
—¡Oye! ¡Vamos a jugar un partido! —grita Malcolm desde la piscina y los demás no dudan en ir hacia allí.
Trago saliva al percatarme que me quedo sola ante el peligro.
Sus labios se curvan de forma atractiva y se levanta, echando un vistazo a la piscina antes de colocarse detrás de mí, acuclillándose y enviándome su calor, que me recorre por todas partes.
Cierro los ojos unos segundos, buscando algo de autocontrol, pero cuando me doy la vuelta, descubro que no tengo.
No me queda ni un poco de juicio. Me muerdo el labio y atraigo sus ojos ahí.
—¿Vas a seguir esquivándome?
Quiero enfrentarlo, llevarlo al límite, pero llevo años soñando con volver a tenerlo cerca. No quiero perder más el tiempo.
Niego con la cabeza lentamente y le gusta que lo haga porque un gruñido grave le tiembla en la garganta y va directo entre mis piernas. Me siento de manera que le doy la espalda a la piscina y quedo frente a él.
—Bien, porque no aguanto más. Te he considerado mi mujer desde el primer día, honey .
—Contengo el aliento cuando sus dedos rozan el hueso de mi cadera, donde, en letras cursivas, reza ese mismo apodo.
Cuando habla, su voz es mucho más rasposa y me envía calambres a todas partes—.
No puedo seguir alejado de ti, nena. Ven a dormir conmigo esta noche, no quiero que estés en otro sitio.
Vuelvo a asentir, no tengo palabras en este momento.
Dios… lo que este hombre provoca en mí debería estar prohibido.
Recorro su cuerpo con la mirada cuando se levanta: su piel firme, el bañador colgando de su cintura…
joder, está mucho más bueno que antes. Me acaricia la mandíbula antes de meterse en el agua y se une a los demás, dejándome con el corazón desbocado una vez más.
***
Tras mucho pensarlo, y de nuevo hablarlo con las chicas —pues no se les escapa ni una y se dieron cuenta de algo mientras hablábamos esta tarde en la tumbona—, decido hacer lo que me dicen: dejarme llevar con el hombre al que realmente amo y deseo.
Por eso tomo aire y toco con los nudillos la puerta que tengo delante.
No tarda en abrirse y la mirada hambrienta de Zeus me absorbe.
Me coge de una mano, cierra detrás de mí y se apoya en la puerta.
Después, echa el pestillo y me pasa los dedos por el cuello.
Madre mía, ahora sí que va a pasar. Tengo tantas ganas, lo ansío tanto…
Su mano baja al nuevo tatuaje que ha descubierto y despacio, tentador, se acerca a mi boca hasta morderme el labio inferior haciéndome suspirar de placer.
—No sabes lo cachondo que me pone descubrir que sigo grabado en cada rincón de tu cuerpo.
—Su mano experta se cuela por el dobladillo de mis pantalones cortos de algodón, presionando mis pliegues por encima de las bragas.
Gimo y me arqueo contra su tacto, Zeus me muerde la garganta con suavidad—.
Tampoco sabes lo jodido que he estado todo este tiempo sin ti.
Al oír esa confesión, el corazón me da un vuelco y dejo que me bese por donde quiera.
—Tendrías que haber hecho algo —digo, llamando su atención. Me ha entendido perfectamente—. Jess me lo contó. Aunque, a decir verdad, agradezco cada día que no lo hicieras, no me imagino mi vida sin Aidan. Pero tendrías que haberme buscado, haber hablado conmigo…
Por un momento, está tan rígido, tan quieto, que pienso que se ha roto la magia, pero entonces su frente cae sobre la mía y le rodeo el cuello con los brazos.
—No quise entrometerme, parecías feliz. Cuando os vi juntos… creí que sobraba. Creí que estabas con quien realmente te merecía.
El corazón se me apaga en el pecho ante sus palabras.
—Jamás me importó lo que la vida pudiera tener preparado para nosotros, Zeus, siempre tuve claro que eras tú.
Lo sorprendo con un beso lento y suave. Al separarme, me rodea la mejilla con su mano y me atrae de nuevo hacia él.
Nos fundimos en otro beso más demandante, mientras nuestras manos se deshacen de mi camiseta y de la suya.
Nos acariciamos y nos provocamos hasta que los labios de Zeus bajan a mis clavículas para volver a subir.
—Siento mucho haberme ido, no tuve elección.
Frunzo el ceño, aunque no me aparto cuando me coge al vuelo para que le rodee la cintura con las piernas y luego me lleve a la cama. Ya sé que no tuvo elección, pero su tono me dice algo más.
—¿A qué te refieres? —Sus ojos negros me dicen que no está seguro de si hablar, por lo que pego su cara a la mía—. No más secretos.
Traga saliva y pasea las yemas de sus dedos por mis costillas, marcando cada milímetro de mi piel.
—Si me quedaba, ibas a perderlo todo. —Me quedo quieta, pero Zeus sigue tocándome con cariño—.
Iba a quitarte el edificio, quería echarte encima a Ana, me amenazó con enviar a tu abuelo fuera de la ciudad…
—Se me acelera la respiración y me siento en la cama, consiguiendo que Zeus me observe de rodillas—. No podía permitirlo.
Las lágrimas me resbalan por las mejillas como un torrente.
Apenas puedo ver con claridad como se acerca a mí y me rodea con los brazos, pegándome a su pecho.
Años de preguntas, de sueños y deseos. Años de distancia, de agonía y sufrimiento.
Apoya el pómulo en mi cabeza, consolándome como siempre, apaciguando mis miedos y mi tristeza.
Cuánto había añorado sentirme como en casa.