Capítulo 20
Fui un capullo con Ava ayer, no puedo negarlo y sé que merezco su rechazo.
Pero lo que ocurrió me ha dejado confuso: hace apenas dos noches tuve que atender una urgencia en la cafetería de Brooklyn Heights porque habían entrado a robar.
Tengo alarmas, las cuales avisaron a la policía; pero, teniendo en cuenta que nunca hemos tenido problemas, un robo no entraba en mis pensamientos con respecto a mis negocios, pues las zonas donde están no son problemáticas.
Sin embargo, lo que de verdad me tiene confundido es quién entró.
Al llegar allí, me comunicaron que la policía había detenido solo a una persona, los demás se habían esfumado.
Me dirigí a la comisaría, casi temblando por lo que me encontraría después de oír el nombre que me proporcionaron.
Me detuve delate de la puerta del calabozo donde la habían metido y la estudié.
Se me contrajeron los músculos al odiarla por haberla abandonado cuando era tan pequeña, por haber aceptado la influencia de Donald para hacerle daño, por haber tanto en ella de mi preciosa Ava.
—¿Ana Graham? —pregunté con voz firme, aunque ya sabía que era ella.
Los ojos apagados y sin vida de la mujer me recorrieron de forma fría, demostrándome que ese apellido yo no debería conocerlo.
Demacrada, se rio en una línea de dientes destrozados, arrugando la piel de su cara.
La furia me hizo un nudo en el estómago.
Esa mujer había empujado a Williams y abandonó a la que es ahora una madre hermosa y valiente.
No dejé que me respondiera, di media vuelta y salí de allí.
—¿Qué piensas hacer al respecto? —Miro de reojo a Dan, que está sentado a mi lado en la mesa de la cocina.
Suelto un bufido. No tengo ni idea de cómo proceder, no sé si debo contarle a Ava que hace unas noches tuve que denunciar a Ana, porque pueden pasar dos cosas: o lo entiende, después de lo que le hizo a Williams, o se enfada conmigo porque en el fondo cree que esa mujer merece otra oportunidad.
Sé por Jess que ha intentado ingresarla en un centro de desintoxicación.
Me paso la mano por la mandíbula pensando en ello sin quitarle los ojos de encima a Ava, que prepara unas tostadas con mi hermana.
Esta escena me provoca tranquilidad, tenerla de vuelta caminando por la casa como si nunca hubiera dejado de venir, como si también para ella fuese una costumbre veranear con nosotros.
Como si nunca hubiésemos estado tanto tiempo sin vernos.
Me sumerjo en su mirada cuando se topa con la mía, atraído como un trozo de metal a un imán.
Con pereza, me vuelvo hacia Dan que está esperando una respuesta.
—No sé, ni siquiera me habla.
—¿Qué esperabas? —Dan hace un intento pésimo de ocultar la gracia que le hace la situación—.
Estuvo esperándote en el hangar y, cuando llegaste, pasaste de ella.
Si antes no te lo permitiría, ¿crees que ahora que es una mujer más madura va a hacerlo?
Lo tienes crudo. —Me palmea la espalda al tiempo que repasa el cuerpo de su mujer cuando esta camina hacia nosotros y se sienta en sus rodillas.
—Faltan un par de cosas, ¿por qué no vais al pueblo a comprar?
—¿Nosotros? —pregunto sin ganas, quiero quedarme para intentar hablar con Ava.
—Créeme —me dice Jess, mirando de reojo a su amiga que hace como si no estuviera—, le vas a alegrar la mañana si desapareces un rato.
No me lo puedo creer. Me levanto de la silla malhumorado, ella no hace más que pasar de mí.
Atiende una llamada que, por el tono que usa, debe estar hablando con su hijo.
La idea sigue afectándome igual, aunque jamás podría no alegrarme de las cosas buenas que le pasen.
Solo quiero besarla, tenerla conmigo como cuando estuvimos aquí hace tanto tiempo.
Trataré de hablar con ella cuando vuelva.
Intento encontrarme con sus ojos cuando se despide de Dan antes de que salgamos de la cocina y, cuando por fin lo consigo, siento un poco de esperanza al descubrir que solo está haciéndose la dura.
Sin embargo, no la presiono, me despido de ella con un guiño y salgo de la casa.
Subimos al coche que he alquilado, esta vez lo comparto con Dan así que, por elección de mi amigo, hemos cogido un Jeep Wrangler Sahara.
No me quejo, pero es más su estilo que el mío.
Arranco el motor y salimos de la finca. En el trayecto hablamos un poco de todo.
—¿Cómo está Jess?
Dan se toma un momento antes de responderme.
—Intenta aparentar entereza, pero está decaída. Los médicos dicen que el in vitro puede funcionar, así que hemos decidido volver a intentarlo cuando termine el verano. Pero hazte el sorprendido cuando mi gatita lo cuente.
—No sabes las ganas que tengo de ser tío otra vez.
Ambos nos reímos y Dan sigue contándome cosas sobre el proceso de reproducción y yo no dejo de pensar en cuánto se merecen que esta vez salga bien.
Mis amigos se quieren, darían la vida el uno por el otro, se merecen que de ese amor salga una mini-Jess.
Sí, me encantaría ver cómo se maneja Dan con otra como su mujer.
Le expreso mi apoyo en todo, dejándole claro que estaré para ellos siempre, y aparco el coche en el centro del pueblo.
Nos pasamos gran parte de la mañana haciendo los recados que Jess le envía por mensaje a Dan y disfrutando también de un momento entre amigos.
Estamos tan ocupados con nuestros propios problemas que pasamos poco tiempo solos.
Con varias bolsas cada uno, caminamos por una de las calles principales y Dan me mira fijamente, haciendo que me detenga.
—¿Qué?
—¿Esa es Amanda?
Me giro sintiendo el corazón en la boca, pues no esperaba encontrármela.
Joder, ni siquiera me he dado cuenta de que hemos torcido por la calle de su pastelería.
Está poniendo unas flores en la entrada y escucho desde aquí la campana de la puerta cuando entra.
Llevo retrasándolo bastante tiempo, pero ahora que Ava y yo hemos vuelto a acercarnos —por llamarlo de alguna forma— tengo hacerlo.
Camino con decisión hasta la pastelería, con Dan siguiendo mis pasos.
—¡Zeus! ¡Cuánto me alegro de verte!
Le sonrío a Quintina, por quien los años no han pasado en balde. La saludo con afecto, pero mi atención se centra en su hija, que se acerca al mostrador. Luego, se mete en la trastienda y maldigo. Le dejo las bolsas a Dan sin importarme cómo me juzga con la mirada.
—Un segundo —le digo.
Al entrar en el minúsculo almacén la puerta se cierra detrás de mí.
Me giro y me encuentro a Amanda con una sonrisa, la observo detenidamente unos segundos, no ha cambiado nada desde la última vez.
Pienso en cómo abordar el tema, pero me sorprende besándome.
Sus labios abren los míos y tardo unos segundos en darme cuenta de lo que está pasando.
—Mandy… —Parece no oírme, me acaricia el cuello y la cara y se detiene cerca del ojo izquierdo. Este nadie lo toca. Bueno, nadie que no sea Ava. Consigo atraparle las muñecas y la separo con cuidado de mi cuerpo—. Mandy, no podemos seguir con esto.
Cuando por fin me oye, se aleja unos pasos. Su mirada ha cambiado, ahora está enfadada. Sé cuándo lo está porque el color marrón chocolate de sus iris se asemeja a dos pozos sin fondo. Aun así, es una mujer muy guapa. Estamos en silencio un momento hasta que sonríe de medio lado.
—¿Es por ella? Claro que sí, siempre ha sido por ella. —Se le acelera la respiración.
—Ya te expliqué que nunca la iba a olvidar, sabías que esto era algo pasajero.
Abre los ojos como si esto le sorprendiera, a pesar de que se lo he dicho muchas veces.
—¿Te estás riendo de mí, cabrón?
—Cálmate —le pido, pues conozco su temperamento—, ambos estábamos de acuerdo.
Mis palabras no hacen más que enfadarla y antes de que pueda evitarlo me da un bofetón. La fulmino con la mirada.
—¿Qué coño te pasa?
—¡¿Que qué coño me pasa?! —grita—. Este verano iba a ser diferente.
—Te dije muchas veces que nunca me enamoraría, sabes que no es nada personal. Eres maravillosa, pero nadie puede ocupar su lugar.
Se queda pensativa, mucho más de lo normal para ella y eso llama mi atención.
Soy consciente de que lo he alargado demasiado, pues hemos estado dos veranos viéndonos.
No quería que pasara, pero los dos estábamos solos y surgió sin más.
Amanda siempre ha querido algo más, pero no podía engañarla de esa forma, pues jamás iba a amarla como se merecía, ni siquiera quería intentarlo.
Esto ocurrió hace dos veranos y hemos estado viéndonos hasta que me pidió que dejara de venir a verla porque había conocido a alguien.
Pero, hace unos meses me dijo que habían roto, que podríamos vernos de nuevo y acepté.
Claro, ahí no sabía que Ava y yo estaríamos en esta situación.
Por eso su actitud después de casi un año sin vernos —y siendo ella quien cortó la conexión conmigo—, me descuadra un poco.
Me fijo que sigue absorta en sus pensamientos y me preocupo. La conozco desde que éramos unos críos, fuimos un rollo pasajero en los dos últimos veranos que pasé aquí antes de que mi madre muriera y no quiero que esto sea una brecha incurable entre nosotros.
—No quiero que terminemos así. —Me acerco un poco—. Antes éramos amigos.
Algo le cruza por la mente, lo sé porque lo veo en su expresión y estoy a punto de pedirle que me cuente qué es cuando habla primero.
—Tienes razón. Espero que os vaya muy bien. Ahora, si no te importa, tengo cosas que hacer.
—Amanda…
—Solo necesito tiempo.
Hago un gesto afirmativo con la cabeza y le doy espacio. Me siento un imbécil, no quería hacerle daño. Agarro el pomo de la puerta, pero me vuelvo hacia ella antes de salir.
—Por favor, llámame si alguna vez necesitas algo. Siempre seré tu amigo.
Amanda no dice nada y salimos del almacén. Me acerco a Dan y veo que Quintina le entrega un caja justo cuando me pongo a su lado.
—Esto es un regalo, son nuevas recetas, espero que os gusten.
Le agradezco el detalle y mi amigo y yo nos despedimos de las dos.
En la calle ninguno dice nada y terminamos unos recados en silencio, aunque siento la mirada inquisitiva de Dan todo el maldito rato.
Como no lo soporto más, decido abordar el tema cuando volvemos a estar en el coche para regresar a casa.
—Venga, habla —digo, poniendo en marcha el motor.
—¿Qué ha ocurrido tras esa puerta?
—Le he dicho que no podemos seguir. Pero he sentido que ocultaba algo, estaba inquieta.
Dan cabecea.
—A buenas horas… ¿Y si llegamos a venir con nuestras mujeres qué? ¿Cómo crees que debería tomárselo Ava?
Dan continua con sus acusaciones, olvidándose de lo demás que le he dicho, pero yo solo puedo pensar en lo primero que ha mencionado.
—Ava ya no es mi mujer —bufo, frustrado por las situaciones que me rodean.
Dan gruñe, noto sus ojos sobre mí sin necesidad de comprobarlo.
—Nunca ha dejado de serlo, pero decidiste no luchar. —Un silencio peligroso se apodera del coche. Giro la cabeza muy cabreado, él mejor que nadie sabe por lo que he pasado —. No me mires así, puede que Jayden sea mi primo, pero nunca he sido un hipócrita y decir lo contrario me haría serlo.
—Aquel día me aseguraste que lo sentías, pero que había surgido sin más —le recuerdo entre dientes.
—Y era la verdad, pero aprovechaste las únicas palabras que compartimos con respecto al tema como una excusa.
—Podías haberme aconsejado que luchase.
Dan se toma un momento en responder, hasta que dice algo que me afecta mucho más de lo que reconoceré.
—¿Desde cuándo has necesitado consejo con respecto a no perder a Ava? Vamos, Zeus, sabes que habría dejado todo por volver contigo. Pensé que simplemente querías pasar página.
—La vi feliz, ¿cómo iba a meterme en medio?
¿Que le contara que, incluso para irme, le mentía?
Ella no sabe que todo fue para que Donald no le hiciera daño.
¡Joder, Daniel! ¿Sabes lo que se siente cuando vuelves a por tu chica y descubres que ella ya ha encontrado a otro?
—Veo de forma fugaz la expresión de mi amigo.
Claro, nadie se ha puesto en ese lugar de la historia—. Ya, lo suponía. No sabéis una mierda.
Mis palabras nos callan lo que queda de camino, pero mi mente sigue funcionando.
Maldita sea, fue muy duro. Sé lo que le pedí a Jayden antes de irme, pero quería que Ava no sintiera que le robaba algo más aparte de nuestro futuro durante todo un año, llevaba meses intentando que se alejara de él y cuando Crystal me dio aquellos documentos donde ponía que tenía que irme, no quise quitarle nada más.
Pero nunca imaginé que llegarían tan lejos.
Conduzco sin hablar, con los pensamientos martirizándome una vez más, hasta que detengo el coche frente a mi casa. Sacamos las cosas del maletero y me dispongo a entrar cuando Dan me agarra del brazo.
—Siento no haberme dado cuenta de todo. Puede que antes no te lo dijera, pero creo que deberías luchar por ella. Ya sabes, si no quiere hablar, insiste como siempre has hecho.
Se va sin esperar a que yo comente algo más.
Lo sigo a la cocina, donde solo está Jess y dejo las cosas sobre la encimera.
No hay nadie más en la casa, por lo que intuyo que estarán en la piscina.
Subo a las habitaciones para ponerme un bañador y voy al jardín trasero.
Allí la encuentro enseguida hablando con mis sobrinos.
Seth me ve y me saluda, haciendo que Ava repare en mí.
No aparto la mirada de la suya ni un segundo, ¡estoy tan enamorado de ella!
El corazón se me acelera cuando me fijo en cómo se le dulcifica el rostro y me aferro a ello, lo nuestro no está perdido.