Capítulo 18
Desde que Ava me besó no he pensado en otra cosa. A raíz de ese momento hemos empezado a intercambiar mensajes por privado, además de acercarnos un poco más cuando nos reunimos con nuestros amigos. Nada íntimo, claro, solo interactuamos entre nosotros como si nos hubiésemos dado una tregua.
Debo reconocer que la noto todavía un poco cohibida.
Al principio me martirizaba con eso, pero entiendo que las cosas deben ir despacio.
Saber que ella sigue sintiendo lo mismo que yo hace que los mensajes a altas horas de la noche, las conversaciones cotidianas para hablar sobre nuestro día o de su hijo —a quien hace semanas que no veo, aunque me encantaría conocerlo mejor—, las miradas furtivas o los acercamientos sutiles sean suficientes por ahora.
Esta mañana me ha deseado que pase un buen día de trabajo con un emoji de un beso.
Lo único que he querido entonces ha sido coger el coche, presentarme en su casa y robarle un beso.
Pero soy consciente de que no estamos en ese punto y, además, tengo que trabajar.
Llevo dos fines de semana durmiendo en mi antiguo ático en Midtown solo para estar más cerca de ella.
Nos hemos visto un par de veces nada más, como si estuviésemos conociéndonos de nuevo.
Además de un par de cafés a solas, dejarla en su apartamento después de estar con nuestros amigos, aunque no pasamos a nada más que un puñado de besos —lo que no me ha facilitado poder mirar su mano, como me pidió mi padre—, pues Aidan estaba con la niñera.
Aun así, por ahora está bien, estamos dejando que las cosas fluyan entre nosotros, sin forzar nada.
Sigo pensando en estas últimas semanas mientras entro en casa después de una de mis carreras matutinas.
Me queda una hora para empezar a trabajar, por lo que me doy una ducha rápida y me tomo un café mientras observo a mi alrededor.
La cocina solo tiene los muebles, la encimera y una mesa de comedor junto a los ventanales que dan al jardín trasero, desde donde se aprecia el agua de la piscina, ya llena, brillando por el sol de finales de julio.
Falta vida, ruido, decoración. La casa habría sido diferente si no me hubiese ido, si hubiera sido capaz de interrumpir aquel maldito beso que lo cambió todo.
Sujeto con más fuerza la taza entre mis manos, pensando en Ava otra vez.
Si antes era imposible dejar de hacerlo, desde que me ha dejado acercarme de nuevo no sale de mi cabeza.
La echo de menos a cada segundo, quiero tenerla cerca, tocarla, besarla, amarla sin restricciones.
Esta vez no puede salir mal, tiene que ser nuestro momento.
Dejo la taza en el lavavajillas, cojo mis cosas y salgo de casa.
El New Vitality es un edificio moderno y minimalista, con equipamiento de primera y accesible a personas con seguro o sin él; además, está situado a las afueras del pueblo y tardo unos veinte minutos en coche.
Dejo el coche en mi plaza privada. Joder, eso me hace recordar la adrenalina que me recorrió el cuerpo al descubrir que Ava conservaba mi coche.
No se había deshecho de él, lo mantenía con ella y pensar que era por tenerme cerca me hace sentirme un completo idiota por no haberme dado cuenta antes.
Con ella de nuevo clavada en mis pensamientos, cruzo el camino de entrada y saludo al recepcionista.
De camino a mi consulta me observo en los cristales, que tienen efecto espejo desde fuera.
Cuando me siento en mi sillón inhalo el aroma a esterilización.
Tras ponerme al día con Marcela, salgo a ver a mis compañeros.
Al verlos en la consulta de Arizona, entro, nos saludamos y me siento en un sitio libre.
Axel y Arizona están revisando unos papeles, y Dylan e Izan están mirando algo en el teléfono de este último.
Me acomodo en la silla cuando Dylan bromea sobre algo con el leve deje de su acento cubano, haciéndonos reír.
Con su incorporación cerramos la plantilla, tiene apenas treinta años y es todo un portento en su especialidad.
Lo conocí en uno de los eventos donde nos reunimos médicos de todo el país, hablamos unas horas y le pedí que se pasara por la clínica.
Desde entonces está poniéndola patas arribas con su carácter atrevido y la forma en la que saca de quicio a Arizona y a Marcela, aunque sé que ambas lo adoran. Bueno, Marcela creo que no tanto.
—¿Cómo te has atrevido a rechazar semejante bomboncito como Nancy? —pregunta el susodicho cuando pierde importancia lo que sea que estuviera viendo en el móvil.
Además de un equipo de trabajo, somos amigos y siempre solemos contarnos nuestras cosas.
Quedamos fuera del trabajo y también salimos de copas a veces.
Son como mi nuevo grupo de amigos, en el que me apoyé cuando me mudé aquí.
Están casi al tanto de lo de Ava, aunque algunos no saben quién es ella.
Así que, teniendo en cuenta que les hablé de Nancy y que a Dylan le encantan las mujeres, no me sorprende su comentario.
—No todo es el físico —respondo con indiferencia.
Dylan me palmea el hombro.
—Yo solo me preocupo de quitar el envoltorio del bombón, lamer la cobertura antes de metérmelo entero en la boca y no ahondar en cuál será el relleno. Demasiados quebraderos de cabeza saber si es de mi gusto o no.
Arizona chasquea la lengua ante lo que dice Dylan, veo en su rostro que no sabe si reír o no.
Le tira el bolígrafo que tenía entre los dedos al pecho haciendo que este se queje de broma.
Me gusta el ambiente que hay entre nosotros, pese a las diferencias en nuestras personalidades.
Todo lo que Dylan es de extrovertido, divertido y alborotador, Axel lo tiene de callado, serio e incluso a veces resulta inaccesible hasta para nosotros.
Es el mayor de los más jóvenes, aunque solo tiene treinta y cuatro años.
Izan, en cambio, es más parecido a Dylan, tanto en edad como en forma de ser, y eso les da una complicidad que en ocasiones parece quedar al margen del grupo.
Arizona es como una mezcla de todos, a veces es divertida y otras parece que quiere arrancarte la cabeza de un mordisco.
—¡Acabas de comparar una mujer con un bombón relleno y, a la vez, has puesto un ejemplo increíble! —exclama Ari, haciéndonos sonreír.
—No me importaría lamer la cobertura de Nancy. —Dylan le guiña un ojo.
Suelta una carcajada cuando Arizona le tira varios bolígrafos más y sale de la consulta trotando hacia la suya. Niego con la cabeza despacio y me levanto para recogerlos del suelo justo cuando Marcela entra.
—Buenos días a todos. —Tiene una sonrisa en los labios y coge un bolígrafo tirado a sus pies—. ¿Qué ha pasado?
Lo cojo cuando me lo da y Axel le hace un resumen.
Marcela se ríe, echando hacia atrás sus ondulaciones cobrizas.
Lleva las agendas de todos, a pesar de que hemos insistido en que cada uno puede tener un asistente que lo haga.
Pero a Marcela le encanta su trabajo. Imagino que, después de haber estado conmigo, viene a hablar con Arizona.
Antes de salir de la consulta, Marcela me llama.
—Tu hermana acaba de enviarme otro correo donde me recalca que te exija cuadrar las vacaciones de verano. Este año, teniendo en cuenta los horarios y las citas concertadas, te recomiendo coger la segunda quincena de agosto.
—Había olvidado las vacaciones, hablaré con ella más tarde. Y no, no iré a cenar hoy. ¿Puedes organizar una reunión el martes de la semana que viene? Necesito hablar sobre la cafetería en Brooklyn Heights.
—Por supuesto. —Sus uñas suenan sobre la pantalla de su tablet al escribir—. La tienes a las nueve de la mañana, ¿qué te parece?
Asiento y la dejo tecleando. Cierro la puerta de la oficina de Arizona y me voy a la mía para revisar unos informes. También llamo a algunos pacientes que ya tienen dado el alta, solo para saber cómo les va. El buen trato es imprescindible.
Estoy sumergido en el trabajo hasta que, unos veinte minutos antes de la primera operación, suena mi teléfono.
—Buenos días, hermanito.
Sonrío, Amber siempre está de buen humor. Mis sobrinos aúllan saludándome al otro lado de la línea. Debe de estar con el manos libres, así que los saludo encantado.
—Buenos días, chicos.
—Escucha. —Amber grita algo que hace callar a mis sobrinos, antes de volver a centrarse en mí—. ¿Has mirado ya las vacaciones?
Me apoyo en la pared y observo al equipo empezar a bajar a la zona de quirófano, tengo que darme prisa.
—Nos iremos la última semana de agosto. Le diré a Marcela que te envíe los detalles. Adiós, chicos.
Termino la llamada y, de camino abajo, busco el chat de Ava y le escribo un mensaje.
Zeus: ¿Te apetece unas vacaciones a finales de agosto en la casa de mi familia? No estaremos solos, pero algo se podrá hacer.
Espero una respuesta con la excitación de imaginarme con ella a solas por fin. Cuando el teléfono vuelve a sonar, no dudo en leer lo que dice.
Ava: No podría resistirme…
me encanta tu casa en Saranac Lake.
Zeus: ¿Solo mi casa?
Arizona e Izan se preparan para la operación. Me dirijo al puesto para lavarme las manos, aunque hago un poco de tiempo antes porque una vez esterilizado no puedo tocar nada. Estoy a punto de dejar el teléfono en la taquilla cuando su mensaje llega.
Ava: Ya sabes que siempre has sido
mi debilidad.
Lo leo varias veces, joder, no me acostumbro a que estemos así de nuevo. Con una sonrisa en los labios, dejo el móvil y me pongo a trabajar. Cuánto había echado de menos a mi chica.