Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 17
38%

Capítulo 17

El salón es un desastre. Hay fotos en el suelo, un jarrón roto, cojines desperdigados, sillas caídas y a mí se me cae el mundo encima. Ana está realmente mal. Zeus maldice por lo bajo sin apartar su mano de mi espalda, ni siquiera cuando saluda a mi abuelo con familiaridad.

—Me alegro de volver a verte —dice sonriéndole al hombre que tanto nos costó encontrar.

Cierro los ojos un poco por lo que siento, después, lo seguimos al sofá, donde dejo a Aidan.

—¿Cómo estás? —pregunto a mi abuelo y lo inspecciono para ver si tiene algún rasguño.

—Bien, bien, mi niña. No te preocupes que solo ha sido un empujón. Lo que me duele es el corazón por lo que acaba de pasar.

Asustada, y nerviosa, me giro hacia Zeus, que presencia nuestra conversación en silencio, visiblemente cabreado. Pero la ira desaparece de sus ojos y la protección y la adoración me bañan cuando se enfoca en mí.

—¿Será un infarto? —me asusto—. Dios mío, abuelo, siéntate.

Zeus viene a mi lado y coge mis manos, haciendo masajes en círculo en ellas. Mis ojos no se pueden separar de su rostro, que ahora está mostrando concentración y preocupación.

—Tranquila, no es un infarto. Creo que era más bien una forma de hablar.

Asiento, pues claro que era una forma de hablar.

Si fuera un infarto digo yo que estaría menos tranquilo y no como está: jugando con Aidan en el sofá.

Suspiro agitada y me separo un poco para dejar de experimentar esta tensión ardiente entre nosotros.

Con su ayuda nos ponemos a recogerlo todo: dejamos las sillas en su sitio, ponemos los cojines bien, meto las flores del suelo en otro recipiente con agua y recogemos los cristales, las fotos y algunas cosas más que su hija ha tirado.

Cuando hemos terminado, mi abuelo va a la cocina para traernos algo de beber.

Aprovecho el momento a solas para acercarme a Zeus, que está con los ojos fijos en el monstruito de dos años que no deja de moverse a nuestro alrededor. Sonrío sin poder evitarlo. Llamo su atención poniendo una mano en su brazo desnudo y su mirada se desvía hacia mí.

—Gracias por acompañarnos, Zeus.

La manera en la que escruta mi cuerpo y mis reacciones, y cómo se centra en la forma en la que sube y baja mi pecho, haciendo un recorrido por mi garganta y parándose de nuevo en mis ojos…

Por un instante, pienso que va a besarme, mi cerebro no está preparado para volver a sentir sus labios y su lengua; además, podría explotarme la cabeza en cualquier momento.

No pierdo de vista a mi hijo por el rabillo del ojo cuando la mano de Zeus se posiciona en mi cintura y siento cómo tira de mí hacia él.

Su aliento me llega a la nariz, abanicándome el alma…

—No tengo nada frío que ofreceros, solo agua así que… —Mi abuelo se calla, mirándonos con curiosidad. Carraspea cuando Zeus y yo no separamos y le sonríe directamente a él—. ¿Cómo te va, chico?

—Muy bien. Y tú, aparte de este fatídico día, ¿cómo estás?

Williams se sienta en una mecedora al lado del sofá desde el que Aidan pasa a las piernas de él. Sonrío al verlo y me acomodo a su lado, sin dejar de pensar en lo que habría pasado si no nos hubiera interrumpido. Zeus se queda delante de nosotros.

—Fenomenal, cada vez estoy más cansado, pero también mejor cuidado. Ava está muy pendiente de mí.

—Me lo creo, todo es mejor con ella.

Creo que ni siquiera es consciente de que hemos oído eso y, si lo es, no le importa. La piel me quema por allí por donde pasan sus ojos y, por un momento, me encuentro en una nube.

—¿Tienes novia, hijo? —se interesa mi abuelo—. ¿Mujer?

Casi me ahogo con mi propia saliva al oírlo.

¿Estoy preparada para la posibilidad de que Zeus conteste con algo positivo a eso?

Intento el contacto visual con él, pero es imposible cuando esa conexión entre nosotros es tan viva, demandante y fuerte.

Tras un silencio, soy espectadora de cómo se le curvan los labios en una sonrisa de las de antaño antes de centrarse de nuevo en mi abuelo.

Me pongo a juguetear con Aidan, intentando aclarar mi mente.

—No, no he vuelto a encontrar a nadie.

Levanto la mirada tan rápido que me molesta el cuello, esa expresión que aparece cuando nos mira a mi hijo y a mí está brillando en sus ojos con intensidad.

¿Cuándo hemos pasado de no saber nada el uno del otro a esta clase de tonteo delante de más gente?

Me levanto acalorada por desearlo tanto que me atormenta.

Mi hijo se acurruca en mi hombro, cansado por el ajetreo.

—Creo que deberíamos irnos —propongo y Zeus asiente.

Nos despedimos de mi abuelo en la puerta y su bisnieto le tira besitos.

Caminamos en silencio hasta el coche hasta que Zeus se detiene para accionar el mando a distancia y abrir la puerta para que suba al niño.

Sin decir nada, se coloca tras el volante y lo escucho resoplar mientras abrocho el cinturón de Aidan.

Después, me pongo en el asiento del copiloto y me siento mal por haberlo arrastrado de algún modo hasta aquí.

Arranca el motor y conduce hasta Upper East Side.

La sensación que me transmite mientras conduce es incómoda, me inquieta que piense algo de mí como que no he avanzado en esto o que sienta lastima.

No sé cómo he aguantado casi todo el trayecto sin decir nada al respecto, tampoco cómo puedo sentirme tan cómoda por tenerle conmigo, aunque solo sea haciéndome un favor.

—¿Qué piensas? —Lo escucho decir entonces. Me lo pienso un instante, pero vuelve a hablar—. Vamos, suéltalo. Sabes que puedes contarme cualquier cosa.

Se hace un silencio, el cual necesito para respirar y detener la ebullición de emociones de mi interior. Estoy tan a gusto con él aquí, con nosotros, que me muero de miedo.

—Me da la sensación de que me ayudas por lástima.

Gira la cara, sorprendido, pero se concentra de nuevo en la carretera.

Me quedo a la espera de una respuesta, pero parece que los años le han hecho ser un hombre de pocas palabras.

Sumida en otro horrible silencio, confío en que la falta de palabras sea una corroboración de lo que siento. Dios… me tiene lástima.

Con el corazón martilleándome en los oídos, bajo del coche nada más estacionarlo en el aparcamiento del edificio antes de oír su compasión.

Vuelve a seguirme fuera y espera muy cerca de nosotros a que yo deje a Aidan en el suelo.

Sin embargo, es imposible retenerlo en un mismo punto porque es muy nervioso.

El pequeño salta, chilla y se tropieza. Voy tras él para evitar que se dé de bruces contra el suelo, cuando una mano sale disparada y lo coge por la camiseta, rodeándolo luego con un brazo y sosteniéndolo.

Respiro agitada al verlos juntos, las dos personas que más amo en esta vida están frente a mí y es como un maldito golpe de realidad.

Esto es justo lo que necesito y el corazón me late muy fuerte al tomar la decisión.

Estoy a punto de acercarme a ellos, cuando me percato de que Aidan sostiene la mandíbula de Zeus y lo examina como si lo conociera.

Se miran a los ojos y podría estar toda la vida presenciando esto, pero mi pequeño levanta una mano para tocarle la cicatriz y se lo quito de los brazos antes de que lo haga. Sé cuánto lo odia.

—Lo siento —murmuro.

Dejo de nuevo a Aidan en el suelo, aunque esta vez le agarro la mano. Zeus se acerca y me sujeta la barbilla con los dedos para que lo mire. Me roba el sentido su calor de nuevo sobre mi piel.

—No impidas que tu hijo me conozca, honey . —Se me derrite el corazón y asiento despacio en el momento en el que empieza a apoyar su frente en la mía. Suspira en mis labios y me trago su aliento—. No mentía cuando dije que he vuelto para quedarme.

Quiero gritarle que lo haga, que no vuelva a donde sea que vive ahora, que pase la noche conmigo en casa, que me tranquilice con abrazos y besos, pero mi hijo llama nuestra atención con un chapurreo de palabras adorable.

Para calmar mis sentimientos, saco algunas cosas del maletero, a lo que Zeus se une.

—Se salta algunas palabras, y mezcla los idiomas, pero ya habla mucho más —suelto sin venir a cuento, pensando en lo que ha dicho antes sobre que mi hijo lo conozca. Sus ojos negros como la noche me estudian cuando cierra el maletero ya vacío.

En ese momento Aidan hace algo totalmente inesperado, consiguiendo que Zeus se quede rígido.

Se acerca a él, toma su dedo para agarrase y caminan juntos hacia el ascensor.

El niño no suele extrañar nunca, pero este tipo de libertades no son tan habituales en él.

No digo nada al respecto, solo dejo que todo suceda como deba hacerlo.

Zeus no le suelta hasta llegar al salón de mi casa, donde Cronos nos ladra con alegría.

Aidan corre hacia él. Dejo las cosas en el suelo y me giro hacia el hombre que parece tan confuso como maravillado en este instante. Sale de su estupor cuando el perro se acerca a él para olerlo y ver que no es una amenaza. Con mucha cautela, Zeus lo acaricia.

—Está enorme y precioso —dice, rascándole la cabeza.

Asiento a pesar de que no me mira, creo que el perro lo ha reconocido porque parece realmente feliz.

Al menos, hasta que decide que lo han tocado suficiente y se marcha a su cama, donde mi hijo juega con él.

Sin saber muy bien qué hacer, me aliso el vestido que cubre mi bikini, atrayendo así la mirada de Zeus.

—Gracias de nuevo —repito, con el corazón loco de buenas a primeras. Quizá que se esté acercando con un brillo intenso en los ojos tenga algo que ver—. No sé cómo agradecértelo.

—No es necesario, ha sido un placer volver a verte.

Al no decir nada, se gira hacia el ascensor.

Se me estremecen los músculos solo de pensar que va a irse y que no lo veré de nuevo hasta a saber cuándo.

Sé que es pronto para algo entre nosotros, ni siquiera creo que deba haber algo de nuevo, o a lo mejor sí.

Dios, mi cabeza está hecha un lío. Como si pudiera sentir mi terror por tener que despedirnos, se gira.

—No siento lástima. —Nuestras miradas conectan, diciéndonos cuánto nos echamos de menos.

Me acerco un poco sin saber cómo he sido capaz de moverme.

Ante mi acción, su voz se vuelve rasposa—.

Nunca la he sentido. Solo te he admirado, en cada momento te he creído lo suficientemente fuerte para no sentir lástima por ti.

Hoy te he observado fascinado. Eres una madre increíble, tu hijo es afortunado de tenerte.

—Su intensidad y la seguridad ante lo que me dice me hacen sentir un remolino de sentimientos que pensaba que estaban oxidados—.

Os he acompañado porque es la primera vez en años que he sentido que estaba en el lugar correcto.

Me pican los ojos cuando doy otro paso hacia él.

La sangre corre por mis venas a toda mecha al presenciar cómo Zeus respira despacio y traga saliva.

No articulo palabra, solo puedo devorarlo con los ojos, anhelarlo, desearlo…

me muero por besarlo. Va a decir algo, pero no puedo escuchar nada más.

En un impulso, acorto la distancia entre nosotros con dos pasos largos.

Mis ojos recorren su rostro más maduro, aunque sexy y atractivo a rabiar.

Me agarro a su camisa con fuerza y me pongo de puntillas para hundir mi boca en la suya.

Él no tarda en rodear mi cintura con un gruñido grave.

Me aferra con una fuerza salvaje que despierta en mí las necesidades más lascivas.

Tira un poco del pelo de mi nuca, mientras su lengua cálida se hunde en mi boca.

El deseo estalla por todo mi cuerpo como un fuego que amenaza con arrasarlo todo y se abre paso en mi interior.

Es esta sensación de vértigo, el pellizco en el estómago, el corazón martilleando hasta robarme el aliento, las manos de Zeus sobre mí… , así es como siempre debió ser.

Es él y siempre lo será.

— Honey . —Mi apodo en sus labios como tantas veces he recordado. Enseguida, me roza la mandíbula con los nudillos. Su mirada cargada de deseo y esperanza se me clava en el corazón y me hace sonreír. Me imita, sin dejar de acariciarme—. ¿Sabes cuántas veces he soñado con esto?

Asiento, pues sé de primera mano a qué se refiere.

Sé lo que son las noches con su voz en mis oídos, como si nunca se hubiera ido.

Sus manos tocándome, sus labios besándome.

Sé lo que es estar con un hombre amando a otro con cada célula de mi ser.

Mi boca vuelve a curvarse, no creo que ya pueda dejar de hacerlo.

Por primera vez en mucho tiempo me permito ser la misma Ava de siempre, aunque ahora más experimentada y mucho más mujer.

Tras echarle un ojo a mi hijo, me aferro a la camisa de Zeus, poniéndome de puntillas de nuevo y acercando mis labios ansiosos a los suyos. Sus ojos negros no pierden detalle.

—Zeus.

Un gruñido salvaje arrasa su garganta, pero la forma en la que me besa después es mucho peor. Dios, me roba el alma.