Capítulo 16
Subo a Aidan en su sillita en la parte trasera del coche, ¡nos vamos a casa de la tía Amber!
Ahora vive en una casa preciosa en Boerum Hill, en Brooklyn, con un jardín enorme y una piscina en la que vamos a disfrutar todo el día.
Estamos a una media hora de distancia, pero se nos hace ameno porque nos pasamos todo el trayecto cantando.
Mientras busco dónde estacionar, reconozco el coche de Jess y el de Marc, y dejo el mío delante de este. Un sentimiento intenso me recorre el pecho cuando necesito que haya un coche más, que él esté aquí con nosotros.
Dios, estoy hecha un lío.
Repaso la zona cuando dejo a Aidan en el suelo y le cojo de la manita.
Nosotros podríamos haber tenido una casa así, espaciosa, con jardín, piscina, niños jugando...
Claro que cuando miro a mi hijo, me olvido de esas fantasías porque si esto no hubiera ocurrido, Aidan no estaría conmigo, y volvería a vivir una y mil veces la misma vida con tal de tener a mi pequeño.
Le suelto cuando llegamos al camino de la entrada y reprimo una risa cuando observo que hace todo lo posible por mantener el equilibrio Aunque me asusto al ver que da un traspié, enseguida se estabiliza y me mira como si quisiera comprobar que me estaba fijando en él.
—Uy, si te llegas a caer —digo con una sonrisa, acercándome más a él.
—Uy, uy, uy, mom —chapurrea moviendo sus manos llenas de juguetes.
Me sigue haciendo mucha gracia que entremezcle el inglés y el español al hablar. Llamo al timbre y, al cabo de un momento, Malcolm sale a recibirnos. Aidan le abraza la pierna y cuando este está a punto de darle un beso en la cabeza, el niño corre al ver a Joey.
—¡Jo! ¡Joey!
Los niños se abrazan en un choque de cuerpos y corren al jardín donde Dan y los demás saludan a mi pequeño con bromas, besos y cosquillas.
—¡Hola! —dice Amber acercándose por el pasillo—. Vamos a la piscina, que hace un calor infernal.
Asiento, este mes está siendo más caluroso de lo normal.
Mientras hablamos de los peques, salimos a la terraza trasera.
Mis amigos me vitorean como si llevaran varias horas esperándome.
Dejo las cosas en una silla con una sonrisa y le echo un vistazo a Aidan, que está con Sam y Seth en la piscina.
Joey es el encargado de echarles agua por encima con un cubo amarillo.
Acepto un refresco de naranja que me ofrece Jess antes de sentarme junto a ella y Amber para mirar a los hombres, que preparan la barbacoa.
—¿Por qué tanto alboroto? —curioseo tras aceptar un abrazo de Marc.
—Solo nos alegramos de verte a ti y al renacuajo —responde cogiendo unas pinzas para la barbacoa.
—Tenía ganas de ver a mi sobrino —dice Dan y achino los ojos.
—Lo ves casi todos los días. Y vosotros —señalo a los demás— prácticamente igual.
—Estos hombres viven por nuestros hijos, no hacen más que mirarlos —bromea Amber.
Nosotras empezamos a acusarlos, con humor, por consentirlos tanto y Dan se acerca.
—Ya están las mamás desconformes juntas.
—¡Oye! —exclama Jess tirándole agua de la cubitera.
—Gatita —habla entre risas—, sabes que llevo razón.
Cambiamos el tema de conversación, desviándolo a Maddie, que este fin de semana está en Los Ángeles. Malcolm reparte la primera tanda de comida y rellena los vasos.
—La peque sí que está disfrutando de la vida —suspira Jess, que tiene a Aidan en brazos para darle de comer.
Mi mirada se posa en Marc, conectamos enseguida, nos llevamos muy bien y hemos hablado muchas veces de nuestros problemas sentimentales.
Incluso podría aventurarme a decir que es con el que más confidencias he compartido, y comparto.
Sus ojos me dicen cuánto le gusta hablar de Maddison, pero cuánto odia hacerlo de sus viajes y por eso intento desviar el tema.
—Aunque la echo mucho de menos en nuestros fines de semanas de quedadas, me alegra saber que su carrera va viento en popa. Además, pronto estará de vacaciones —comento sabiendo que la empresa donde trabaja Maddie cierra en agosto.
—Hablando de vacaciones, ¿para cuándo las vacaciones en la casa familiar, mamá? —pregunta Sam.
Ya es toda una mujercita adolescente. Lleva el pelo por debajo de los hombros, se le ha ido oscureciendo con los años, su sonrisa es idéntica a la de su tío y, si no fuera porque tiene el color de ojos de su madre, sería igualita a él. Aunque para eso ya tenemos al pequeño Seth.
Los niños se acercan a nosotros y Sam se centra en su madre.
—Mamá, queremos ir a la casa del pueblo.
—Lo sé, princesa, pero…
—¡Qué horror! —exclama entonces la niña y veo como Malcolm vuelve los ojos desde la barbacoa con una sonrisa.
—Nada de princesa, que ya no es una niña —sale en su defensa Malcolm, que se lleva genial con los niños.
—Cuando venga tu tío, lo hablamos —asegura Amber.
No respiro y ellos me echan un vistazo, sin ocultar que son cómplices, y quiero morirme. ¿Va a venir? ¿Ha sido una encerrona? Estoy a puntito de sufrir un desmayo cuando suena mi teléfono. Lo atiendo en cuanto veo que es mi abuelo.
—Abuelo, ¿qué tal?
—Ay, hija de mi vida. ¡Un día me da un infarto!
Su voz me pone nerviosa y agarro el teléfono con fuerza.
—Abuelo, tranquilízate, ¿qué pasa?
Cierro los ojos cuando lo escucho casi llorar.
—Ana ha estado aquí. Me ha dejado la casa hecha un desastre, me ha empujado… Ay, mi niña…
El corazón me empieza a bombear con fuerza y siento un frío terrible por todo el cuerpo.
—Abuelo, voy para allá, ¿de acuerdo? No tardaré mucho.
—Estoy muy nervioso. No sabes la que ha liado la sinvergüenza.
—Tranquilo, tranquilo, no tardo.
Mis nervios también son evidentes, incluso hablando, me tropiezo con varias cosas.
Los chicos se alertan y me preguntan varias veces qué ocurre e intento contárselo por encima.
Dan se ofrece a llevarme, al igual que los demás, pero no puedo involucrarlos.
Ana no puede seguir jodiéndome más, y mucho menos a mis seres queridos.
Estoy llorando, creo que lo hago desde que mi abuelo empezó a lamentarse.
No me importa hacerlo delante de los demás, hace mucho aprendí que llorar no es de débiles y que es necesario dejar escapar lo que nos hace daño.
Me guardo el teléfono en el bolsillo de mi vestido blanco mientras intento explicarles a los demás para que no se preocupen.
—Esa mujer no va a dejarte tranquila nunca, necesitas buscar una solución. Ahora está Aidan y sabrá Dios lo que…
Me pongo recta en un segundo y me giro hacia Jess, que lo lleva en brazos, arrugo la frente asustada y agobiada. Dan me lo nota y se acerca a su mujer.
—Jessica, mi vida, no necesita que la agobies más.
—Yo te llevo, Ava. Estás muy nerviosa. —Marc intenta coger mis cosas.
Le repito que no es necesario y Jess pone a Aidan en el suelo.
Amber pasa por mi lado y, unos segundos después, se hace un silencio.
Estoy tan nerviosa que sigo divagando sobre lo que ha pasado, pero las palabras mueren en mi garganta al girarme y encontrarme con esos ojos negros que tanto echo de menos.
Parpadeo al fijarme en lo tenso que tiene el rostro a consecuencia de lo que ha oído y, por la expresión de Amber, lo que esta le ha contado.
De repente, quiero llorar, tirarme a sus brazos para ver si siguen causándome la misma calma que siempre me han provocado, dejar que me bese y me tranquilice acariciándome el pelo.
Pero, entonces, unas manitas se agarran a mi pierna y Zeus observa la pequeña figura que se aprieta contra mí.
Lo cojo en brazos, todavía bajo la intensa atención de este hombre que me acelera el pulso.
Tras unos segundos, se gira y le quita a Marc las cosas de las manos.
—Vamos, yo te llevaré.
Mi cuerpo empieza a caminar tras él como si tuviese vida propia.
Salimos de la casa y pongo a mi hijo en su sillita.
Prefiero no centrarme demasiado en la expresión de Zeus cuando ve qué coche tengo y le entrego sus antiguas llaves.
La confusión por el descubrimiento y la ira por la situación con Ana se mezclan en sus facciones.
Rodeo el coche y me subo. Zeus arranca y sale de la zona.
El coche está en completo silencio, solo se escucha la conversación de Aidan con sus juguetitos y el corazón me da demasiados vuelcos con la escena, como si fuéramos una familia, como si algún día pudiéramos serlo.
Para romper el hielo decido agradecerle el gesto.
—Gracias por llevarme, yo… no sé…
—¿Desde cuándo os está molestando? —pregunta entonces, como si no me hubiese escuchado. No sé si responder, a veces, me avergüenza hacerlo, pero él insiste—. ¿Desde cuándo?
No me pasa desapercibido cómo observa a Aidan a través del espejo retrovisor. Suspiro cuando le regalo una sonrisa a mi hijo, que grita alegre.
—Hace tres años, cuando me negué a darle dinero para sus adicciones. Luego nos dejó, pero volvió cuando se enteró que había tenido a Aidan. Después, desapareció de nuevo, pero hoy…
Estar de nuevo con él hablando de esto me saca mi lado más roto y lloro como una cría. Me seco las lágrimas varias veces, pero parecen salir sin control. Coloca una mano en mi pierna, dejándome paralizada en el sitio. El calor me sube por todas partes y casi no escucho lo que dice.
—Oye, tranquila, está bien. Respira.
Intento hacerlo, pero solo me sale hipar. Lo observo conducir, quiero mirarlo todo el tiempo que pueda mientras le hablo. ¡Cuánto lo he echado de menos! Me siento aturrullada, nerviosa y muerta del miedo.
—Podría haberle hecho daño, lo ha empujado. Mi abuelo es muy mayor, no podría perderle a él también tan pronto.
Sus ojos se dirigen a los míos de inmediato, pero, al escuchar otro llanto, se desvían al espejo retrovisor. Se le endurece el gesto al oír a mi hijo lamentarse y me provoca algo cálido en el pecho.
—Tranquilo, cariño, tranquilo —digo acariciándole la pierna.
—Mamá, mom . No llores.
—Ya, mi niño, mamá no llora. Mira cómo se ríe mamá.
Pero es muy pequeño y sentimental, así que, sintiendo la mirada de Zeus de vez en cuando sobre mí, empiezo a hacer algo que le repito desde que era muy pequeño y que parece calmarle.
Acaricio mi lado izquierdo del pecho, sobre el corazón, y Aidan me imita antes de empezar a balbucear la canción conmigo.
—Sana sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana.
Cuando se ha calmado, vuelvo a mi asiento y me doy cuenta de que hemos llegado.
Zeus me estudia con un gesto que me eriza la piel.
Me mira de esa forma como lo ha hecho siempre y el corazón me empieza a ir a mil.
Levanta la mano y la acerca a mí, consiguiendo que retenga la respiración, y me quita unas lágrimas del pómulo.
Al notar mi piel, algo en él reacciona y endurece la mandíbula.
—¿Tu marido no ha sabido alejaros de ella?
Por un momento quiero corregirlo, pero sé que lo ha dicho porque está enfadado. Sabe muy bien que no estamos juntos ya, y mucho menos casados. Molesta por este ataque, respondo antes de salir del coche.
—No, él ya se encargaba de no abandonarnos.
Al bajarme, me aguanto las ganas de dar un portazo por no asustar a mi hijo. Zeus me sigue con las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos y camina hacia mí muy despacio. Me tomo un momento para respirar mientras sujeto el tirador de la puerta donde va mi pequeño.
—Solo estoy preocupado. No soporto verte así y…
—¿Preocupado? —pregunto casi con una risa irónica, molestándolo.
—Sí, claro que sí. Como siempre.
Me detengo en mi movimiento y subo las cejas. «Como siempre», dice, será... Dolida, pero sin querer discutir con él, saco a Aidan y lo cojo en brazos.
—Tengamos la fiesta en paz, Zeus.
Su boca se tensa en cuanto me escucha y cuando su mirada viaja rápido a mis labios, me provoca un pequeño mareo.
No puedo perder el tiempo en saber si va a besarme, así que empiezo a caminar confiando en que me seguirá.
Detiene mi camino poniendo la mano en mi brazo.
Al girarme me doy cuenta de que observa con detenimiento al niño.
—Deja que me quede con él, entra tú. —Niego con la cabeza y él entiende que no me fío de dejarle a mi hijo. Se le dulcifica la expresión y siento ese amor de antaño—. Vamos, sabes que estará bien conmigo.
—Lo sé, no es eso.
—¿Entonces?
—Solo quiero que me acompañes. No quiero hacerlo sola —susurro, dejándome llevar por el corazón.
No necesito decir nada más. Simplemente asiente, apoya una mano en mi espalda y hace lo que ha hecho siempre desde que nos conocimos: estar conmigo.