Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

He tenido una semana agobiante y frustrante en la que he asistido al menos a seis reuniones por las cafeterías, quince operaciones —para algunas he tenido que desplazarme a Manhattan— y, además, he tenido que soportar los constantes mensajes de Nancy.

Esa mujer parece no entender un no por respuesta.

Le he explicado varias veces que no podemos vernos porque tengo mucho trabajo y que, en este momento, no tengo tiempo para dedicárselo a nadie más que a mí.

Una mentira, lo sé, pero también sé que no se tomaría bien que no quiero volver a verla porque solo puedo centrarme en volver a conquistar a Ava.

Dejo mi móvil en el salón cuando salgo al jardín trasero de mi casa y me pongo a leer las noticias en mi tablet : El auge de la clínica privada de Crystal, el nuevo lanzamiento en Almacenes Anderson con el contrato firmado recientemente con la empresa de Jayden...

Pincho en un enlace que hay sobre este último y se me abre una nueva ventana donde hablan sobre la repentina ruptura entre Jayden y la fotógrafa de moda, con un hijo en común de poco más de dos años.

Maldigo pensando en lo recelosa que es Ava de su intimidad.

No quiero ni pensar cómo debe sentirse porque su hijo haya nacido en medio del foco mediático.

Joder, su hijo. Ava ha sido madre con otro hombre y la pena que eso me produce me arde en las venas.

Me alegro infinitamente por ella, pero quería ser yo el padre de su hijo.

Cierro los ojos y me pierdo en mi miseria, en aquel momento cuando volví.

Lo primero que hice fue buscar a Ava, quería darle una sorpresa y no me detuve a escuchar lo que mi hermana quería decirme.

Solo fui al Upper East Side, donde se supone que vivía, y la encontré en la terraza de una cafetería.

Me acerqué como un loco, deseoso de tenerla entre mis brazos, pero se me congeló el cuerpo en el lugar cuando Jayden se sentó en una silla a su lado y la besó.

Lo hizo como pensé que solo yo haría hasta el último de mis días.

«Ha estado esperándote año y medio. Jayden ha estado ahí para ella cuando lo ha necesitado, nadie lo esperaba. Lo siento, hermano», me dijo Dan cuando fui a buscarlo para que me dijera que no había visto aquello, que eran imaginaciones mías.

Y esas fueron las palabras más duras que había escuchado en mucho tiempo.

No podía creerlo, no quería. Mi corazón me gritaba que Ava era su dueña, que sentía que lo sería toda la vida.

Pasé unos meses horribles pensando en ella a cada instante hasta que me convencí de que se había olvidado de mí, de que la vida seguía.

Así que continué con mi vida, normalicé seguir amándola aun estando separados.

Normalicé no poder estar con nadie más porque no quería a otra mujer que no fuese ella.

Por suerte, suena el timbre y me saca de la cárcel en la que me encierro siempre que estoy solo, en la que me fustigo de la forma más cruel que conozco.

Me levanto del sofá de mimbre y cojines acolchados que viste el jardín, junto a la piscina que nunca he llenado, y voy a la puerta sonriendo porque sé quiénes son.

—Por fin una fiesta en tu nueva casa. —Marc entra como un vendaval y me palmea la espalda al pasar.

—Bueno, nueva… —bromea mi cuñado, saludándome.

Dan es el último y deja unas cervezas en mis manos. Revisa la entrada y el salón cuando pasa por delante, y cierro la puerta.

—Deberías ir amueblando.

No le respondo, solo voy detrás de él. Salimos al jardín y mis amigos empiezan a acomodarse.

Marc y yo colocamos la pantalla que guardo para estas ocasiones, mientras Malcolm se sienta en uno de los cómodos sillones.

Dan saca la carne y empieza a preparar la barbacoa que tengo en una esquina, esa que compré pero que, en realidad, todavía no he usado.

Solo sigue siendo servible porque me encargo de tenerla en perfectas condiciones.

Marc sintoniza un partido, nos da una cerveza a cada uno y me bebo la mitad de un trago largo.

Hace un calor infernal, pero los toldos nos dan sombra y también he encendido los aspersores.

Echo un vistazo a mi alrededor, como muchas veces hago, y me es imposible no pensar en lo de siempre: en la vida que quería que hubiéramos tenido y que no llegamos a tener.

Fui un idiota al volver y no hablar con ella, fui un idiota al dejar que ese beso se produjera en mis narices y no haberlo interrumpido.

Fui un idiota tantas veces, y perdí tanto por ello, que no voy a permitir que eso vuelva a pasar.

Los chicos hablan y ríen dándole vida a mi jardín, con un partido de baloncesto en la pantalla y música de fondo.

Por un momento, pienso en qué estoy haciendo.

¿Cuándo me he lamentado por algo? ¿Cuándo he deseado algo y no he luchado por ello?

Joder, Zeus, te has vuelto un completo idiota.

Le doy otro trago a mi cerveza, teniendo claro que necesito cambiar esto, no puedo seguir viviendo en una casa vacía, sin apenas recuerdos, sin poder mirar una zona de ella y no ver más que soledad. Tengo que volver a ser el que he sido siempre, ir a por lo que quiero y conseguirlo.

Tengo que ir a por Ava, cueste lo que cueste.

Dan se acerca a nosotros con comida en un plato, coge un trozo de carne y se lo lleva a la boca.

—¿Este año tampoco piensas llenar la piscina? —pregunta, quitándose la camiseta y quedándose solo con un bañador.

Miro hacia allí: amplia, rectangular, con azulejos celestes y blancos, limpia pero vacía.

Asiento y me levanto, voy a empezar por la puñetera piscina.

Bajo la atenta atención de mis amigos hago una llamada para concretar una cita, mañana vendrán a ponerla a punto.

Consciente del calor que hace, decido que usemos el jacuzzi , que hay al otro lado del jardín y que sí que utilizo cuando quiero relajarme.

—Al menos podremos usar esto —digo con una sonrisa y desconecto el modo de agua caliente.

—¡Por supuesto que sí! ¿Tienes un bañador? —pregunta Malcolm, levantándose del sillón.

Asiento y entra en la casa. Marc tira las latas vacías y revisa algo en su teléfono, luego exclama:

—Mirad qué bien se lo pasa con sus amiguitos en sus viajes de negocios.

Nos enseña una foto de Maddie en un bar junto a varios hombres de su edad, también está la misma compañera que va con ella a cada viaje. Tras intercambiar una significativa mirada en la que Marc no está incluido, suelto:

—¿No te cansas de este jueguecito? —Se tensa, no le gusta que hablemos del tema, pero bien que siempre quiere sacarlo de un modo u otro.

A nadie le gusta escuchar la verdad que tanto escuece—.

No me mires así. Fuiste un idiota con ella, te portaste como un imbécil, por no llamarte otra cosa peor.

¿Qué esperabas que hiciera una mujer de veinticinco años si la rechazabas porque era una cría para ti?

Malcolm y Dan nos observan, pero no dicen nada.

Ya que he sido yo el que lo ha sacado a relucir no piensan involucrarse, ya sabemos cómo terminan estas conversaciones.

Pero a mí me da igual porque tenía que llegar el momento de hablarlo.

Por un instante, parece que va a partirme la cara, pero deja el móvil y se encoge de hombros.

—Solo lo he comentado, me da igual lo que haga —miente.

Nosotros tres volvemos a intercambiar un gesto y esta vez es mi cuñado el que habla.

—No te da tanto igual cuando no dejas de fisgonear sus publicaciones y comentar lo que hace cada fin de semana.

—En eso llevan razón, tío —ahora habla Dan y a Marc le cambia la cara porque él nunca suele meterse—. Es evidente la tensión frustrada que hay entre vosotros y un día va a explotar.

—No digáis más gilipolleces, centraos en vuestros problemas, que son más importantes que los míos.

Alzo una ceja ante su ataque, me da que no vamos a acabar bien esta conversación. Como siempre ocurre. Me inclino hacia delante con las manos enlazadas.

—¿Qué problemas? —pregunto, consciente de que, al hacerlo, primero se ensañará conmigo.

Sus ojos se clavan en cada uno de nuestros rostros y, a la espera de una burrada por su parte, sonrío como muestra de que me da igual lo que me diga. Sin embargo, me sorprende —bueno, nos sorprende a todos— con lo que acaba diciendo. Incluso creo que ni él mismo se lo esperaba.

—Me revienta saber que se tira a uno ¡o varios! tíos allí donde va. No soporto imaginarla con otro hombre.

Ninguno esperábamos oír esto. Es evidente que todos lo sabíamos, pero hoy ha sido el primer día en años que Marc ha dicho algo al respecto. Le pongo una mano en el hombro.

—Marc, ha llegado la hora de reconquistar a nuestras mujeres.