Capítulo 14
¡Llevo toda la semana pensando en el sábado pasado!
Se me secaba la boca, el cuerpo me temblaba y la piel se me erizaba sin poder evitarlo.
Parezco una quinceañera todo el día pensando en ese momento.
Como cuando una parte de una película o serie te gusta y la ves mil veces, o como cuando el momento estrella de tu libro favorito llega y lo lees todas las veces posibles antes de continuar.
Toda la puñetera semana rebobinando aquel instante.
Al menos no he vuelto a verlo, así he podido evitar el embarazoso encuentro.
Bastante con haber visto a las chicas al día siguiente, creí que a Jess se le saldrían los ojos de sus órbitas hablando de ello.
No dejaba de repetir: «te lo dije, te lo dije».
¿Qué me dijo, que iba a ocurrir? ¡Por el amor de Dios!
¡Por supuesto que iba a pasar! Pero ¿por qué fui tan tonta de no evitarlo?
Me dejó tirada, no me sirve esa teoría de que descubrió que era feliz y se alejó creyendo que no era buena opción para mí.
¡Maldición! Ya debía saber que él es la única opción.
—Ava, ¿estás bien?
Cuando miro a mi derecha, Amber está sujetando uno de los trípodes mientras me observa como si estuviera dándome un sincope. Reparo de nuevo en el artilugio.
—Sí, perdona. Pero ¿para qué es eso?
Los gestos de Amber me dicen que está alucinando.
—¿Has olvidado la sesión de fotos que tenemos en una hora en la Quinta Avenida? Por eso no has traído hoy a Cronos.
—Pues claro que se me había olvidado —confieso casi derrotada. No dejo de pensar en lo del club y no estaba atenta.
—No sé dónde tienes la cabeza últimamente —comenta de camino a su parte del estudio y escucho cómo ríe—. ¡Deberías olvidarte de cierto encuentro y trabajar un poco más!
Me río también y me dirijo a mi despacho. Hundo la cabeza en mis manos, ¿cómo he podido olvidarme? Es una sesión de fotos para la diseñadora de moda Mariana Carey. Es la nueva tendencia: ropa extravagante, colores llamativos y variedad de tallas.
Mariana no solo es conocida por su alta costura, sino por el descaro en sus prendas, en sus proyectos de modelaje y por las zonas de la ciudad en las que reivindica el mensaje claro de que la mujer debe ser libre y sexy .
Para este nos quiere llevar a la Catedral de San Patricio en la Quinta Avenida.
Fuera del emblemático edificio, claro. Las fotos serán con la caída de la noche, Mariana quiere mujeres en la noche de Nueva York, brillantes, solas y decididas.
Quiere ser el centro de atención para Vogue, para la que ya hemos tenido la suerte de trabajar antes.
—Estoy superemocionada por el trabajo. —Levanto la cabeza y me encuentro a Amber frente a mí con su teléfono en mis narices.
Cuando me fijo bien, descubro que es una nueva publicación en redes de Mariana.
En la imagen nombra nuestro estudio y, por ello, ambas reímos de felicidad.
Amber se sienta en el borde de mi mesa—.
Es la cuarta vez que hacemos este tipo de trabajo y que después aparece en la revista, no me puedo creer que estemos llegando tan lejos.
—¿Qué se celebra?
Abro los ojos de par en par al reconocer la voz. Cuando alzo la mirada, el corazón se me detiene de golpe, saltándose tantos latidos que me burbujea el cerebro. ¿Qué hace aquí?
—Hola, hermanito. —Amber se acerca para abrazarlo, mientras yo sigo como una estatua en mi sillón—. Nuestro próximo trabajo para Vogue.
—Es la cuarta vez ya, ¿no? Me alegro mucho por vosotras.
El muy condenado lleva la cuenta. ¡Por supuesto que la lleva!
Por esta, y mil razones más, me enamoré de él.
No le importa un pimiento que su hermana parlotee sobre lo emocionada que está, solo tiene ojos para mí y su intensidad me abrasa los sentidos.
Sigo cada uno de sus movimientos cuando le echa un vistazo a esta zona del estudio.
Su cuerpo firme, tan esbelto y ancho como siempre, va enfundado en una camisa clara de lino y unos chinos elegantes que le quedan de infarto.
Puede que sea mi cara o que haya dejado de respirar sin darme cuenta, pero Amber se lleva a su hermano de mi oficina con la excusa de enseñarle la ampliación.
Cuando han desaparecido, me desplomo en el sillón.
Las imágenes de nosotros en la pista palpitan en mi cabeza con mucha más intensidad que antes.
Por Dios, estaba aquí mismo. De repente, me peino con la punta de los dedos cuando escucho que se acercan de nuevo.
—Ava, mi hermano dice que puede llevarnos.
Suelto mi pelo justo cuando están de nuevo en mi zona de trabajo.
Él recorre la estancia con la mirada, deteniéndose en un punto detrás de mí dónde sé que hay una foto de Aidan sobre una estantería.
Toma aire, imagino que afectado, porque así me sentiría yo en su lugar, y sus ojos caen sobre el escritorio y sobre mí.
Espero que no esté rememorando todas las veces que lo hicimos en su despacho, sobre su escritorio o en su consulta.
Imploro que no lo haya recordado como lo estoy recordando yo.
—¿Te parece bien? —insiste Amber.
—Sí, cogeré mis cosas.
Salgo a toda prisa de mi oficina, casi tirándome sobre los macutos que Amber ha preparado mientras yo no dejaba de recrear la boca de su hermano sobre mi cuello.
Aunque escucho que alguien se acerca, hago como si nada hasta que una mano varonil y de dedos anchos y magistrales —ya esto lo corroboro yo— coge el asa de una de mis bolsas.
Corro la mala suerte de ser espectadora de su típica sonrisa de medio lado, ahora más traviesa y sabia por los años. Este hombre es como el vino.
—Deja que te ayude. —Asiento, pues no pienso hablar y darle el gustazo de comprobar en primera línea lo que sigue provocando en mí. Meto mi pelo tras la oreja con sus ojos siguiendo el recorrido—. Te queda muy bien el corte.
Dicho eso se levanta, se carga de cosas y se marcha, dejándome aún de cuclillas en medio del salón rodeada de cámaras y una electricidad densa que me chisporrotea por cada centímetro de la piel.
***
Unas horas después, con todo el equipo montado, bajo el escrutinio de Zeus en todos y cada uno de mis movimientos poniéndome cada vez más nerviosa, empezamos a trabajar.
Aprovechamos las luces de los edificios, el magnífico fondo que nos proporciona la imponente catedral y el talento de las chicas, que lucen los conjuntos con una elegancia y una profesionalidad que hacen nuestro trabajo mucho más ameno.
Nos lo pasamos genial, Mariana es maravillosa, tiene una personalidad arrolladora y activa. Siempre quiere ayudar, a diferencia de otros diseñadores que hemos conocido, nos da su opinión más sincera y educada siempre que lo ve oportuno.
La tarde pasa volando y, aunque he tenido la cabeza muy ocupada, no puedo evitar mirar mi teléfono por enésima vez.
De camino aquí, Jayden me dijo que había recogido a Aidan, que estaba en casa con Penny para pasar la tarde con él y que me escribiría cuando el niño hubiera cenado, pero no lo ha hecho.
Guardo el teléfono y me voy con Amber para ayudarla a recoger porque ya hemos terminado de trabajar.
Llevo una de las cámaras en las manos para meterla en su bolsa cuando un movimiento a unos metros de distancia llama mi atención y encuentro a Zeus embelesado con la catedral.
Sin saber muy bien por qué, levanto las manos y lo pillo con el objetivo.
Siempre ha sido lo que más me ha gustado retener y esta vez no va a ser distinto.
Como si supiera que lo estoy fotografiando —estoy segura de que ha podido notar que lo miro—, se da la vuelta y sus ojos conectan con los míos a través de la lente de la cámara.
La intensidad en su mirada, el anhelo que compartimos, el amor, los recuerdos…
todo se intensifica cuando empieza a caminar sin salirse del centro de mi campo de visión, desplazándose entre la gente hacia mí como una pantera, con movimientos ligeros y seguros.
Mi dedo no deja de cliquear. Bajo el dispositivo cuando consigo un plano perfecto de su rostro, el cual capturo.
Nos quedamos ahí, a dos metros de distancia el uno del otro sin importarnos qué puede pensar la gente al vernos fijos el uno en el otro. Sin importarnos lo que parecemos: personas que se aman y que se echarían a los brazos del otro si no hubiera demasiadas cosas que aclarar antes.
—¿Nos vamos? —pregunta Amber, haciéndonos apartar la mirada.
—Sí, Jayden estará esperando para llevarme a Aidan a casa —respondo tras haber recibido un mensaje suyo, en el cual se disculpaba por no haberme contestado antes.
Intento no enfrentarme al gesto de Zeus al escucharme, no es el hecho de mencionar a mi hijo lo que lo incomoda, lo sé.
No hace falta que lo hablemos, lo conozco y por eso estoy segura de que no es ese el problema, jamás lo sería.
Su único dolor es saber que he seguido mi vida sin él, pero bueno, él se encargó de eso.
Zeus coge algunas cosas y espera a mi lado un momento, esperando que desvíe la vista hacia él, pero no puedo ahora mismo.
Así que se va hacia el coche, que está en un aparcamiento público cerca.
Por el camino Jayden me asegura que estará en casa en media hora.
No es hasta que Zeus para delante del edificio en el que vivo que recuerdo que tengo el coche en el estudio.
Maldita sea, mañana tendré que coger un taxi.
Me bajo del coche tras despedirme y cojo algunas maletas para subirlas a casa, mañana tendré que ir cargada.
¡Si es que no me funciona el cerebro con Zeus cerca!
Estoy subiendo las escaleras de la entrada del vestíbulo cuando lo escucho.
—Me ha gustado volver a verte.
Parpadeo varias veces sin saber qué decirle.
O más bien sin querer decirle que yo también me alegro de haberle visto de nuevo.
Que quiero que suba y lo olvidemos todo.
Tengo el corazón en la boca y amenaza con explotarme cuando su mano toca mi muñeca y me acaricia con el pulgar.
Un impulso salvaje se instala dentro de mí y quiero lanzarme a sus brazos.
—Creo que debería ir entrando. —Aunque deseo todo lo contrario—. Jayden no tardará en llegar.
Su mano se desliza de la mía, dejándome un vacío deprimente por todo el cuerpo.
—Claro, yo tengo que llevar a mi hermana a casa. Buenas noches, honey.
Mi corazón late con fuerza con ese apelativo, ha vuelto a utilizarlo en varias ocasiones y las mariposas me revolotean en el estómago con la misma fuerza que hace años.
—Buenas noches. —Su nombre muere en la punta de mi lengua, pero veo el fuego en sus ojos de igual manera.
—Ya me enseñarás esas fotos que me has hecho. —Asiento, sin palabras.
Se toma un momento, pero, para mi pesar, se da la vuelta y empieza a bajar los escalones. Y yo me quedo ahí plantada siendo espectadora de cómo se aleja de mí el único hombre al que he amado y amaré siempre.