Capítulo 13
Voy de camino a Manhattan, hemos acordado cenar en el festival y luego irnos al club para tomar unas copas. El viaje es de casi cuarenta minutos, por lo que he tenido que salir con antelación para así no llegar tarde.
Me apetece mucho, parece que hace una eternidad que no salgo y estar con los chicos siempre me ayuda a desconectar.
Además, desde que Dan me contó aquello, no puedo quitarme de la cabeza la idea de volver a verla.
Si antes me costaba quedar con otra mujer, a partir de ese día ni siquiera ha entrado en mis planes conocer a nadie más.
Aunque ¿cuándo he querido conocer a otra?
Siempre he tenido rollos de una noche, mujeres preciosas y entregadas, pero ninguna ha llamado especialmente mi atención, y mucho menos ha conseguido sacarla de mi cabeza.
Es imposible, para mí no hay nadie como Ava y nunca la habrá.
Lo reafirmo en el momento en el que llego al festival, me coloco en la mesa con mis amigos y, tras media hora de charla, aparece con Maddison.
Me quedo absorto cuando viene a saludar.
Con ese vestido fino de color plata que le queda como la seda, acompañado por unas sandalias de tacón de aguja que dejan ver sus uñas rojas.
Ni siquiera el malestar por descubrir que no lleva el collar opaca el cosquilleo que me provoca cómo la prenda le queda tan jodidamente bien, peligrosamente bien y…
¡Joder! Cómo le cae sobre su precioso cu…
—¿Puedes dejar de babear?
Fulmino con los ojos a Marc, que ha hecho reír a Malcolm y a los dos amigos que ha traído hoy.
Parecen majos, pero dejan de parecérmelo cuando observan a Ava y a Maddie de la misma forma en que las miramos Marc y yo.
Mi amigo frunce el ceño cuando le hago un gesto de cabeza hacia los tipos, si no fuera porque está en una guerra con Maddie desde hace años, ya hubiese ido a entrometerse en la conversación.
Me giro para quitármelos de la vista cuando el más joven de los amigos de mi cuñado empieza a acercársele.
Pero solo son apenas unos segundos, después, consigo ponerme en una posición donde la tengo en mi campo de visión.
—Deja de mirarla así —digo a Marc, que ahora observa a Maddie embobado y rabioso.
—No puedo, joder —se queja con un gruñido de frustración—. No es lo mismo ver que un tío se le eche encima a escuchar lo que hace cada fin de semana en sus viajecitos de trabajo. ¿A cuántos se habrá tirado ya?
Ni siquiera estoy escuchándolo. Ese «eche encima» me ha crispado.
¿Cómo que echarse encima? Me giro de nuevo al recordar cómo el tío se le estaba acercando hace unos momentos, pero Ava ha desaparecido.
Joder, ¿tan pronto vamos a empezar con la inquietud?
Pensaba acercarme a ella en el club, pero ahora necesito ir a buscarla.
¿Dónde cojones está? La busco con disimulo, pero no la encuentro.
Se me tensa el cuerpo cuando una mano se pone en mi hombro.
—Está pidiendo la bebida. —Mi hermana está sonriendo y me hace un gesto hacia Malcolm, que habla con el tipo que se comía a Ava con los ojos. Tengo que controlarme, joder—. ¿Por qué no me pides algo?
—Sí, y a mí otra cerveza —interviene Marc.
De repente, me parece que saben algo que a mí se me escapa; pero, sin rechistar, me encamino a la barra.
Conforme me voy acercando descubro que está esperando a que la atiendan.
Me deleito con su espalda, la forma de sus músculos en la zona de los hombros al descubierto me vuelve loco.
Su figura subida a esos condenados tacones que estilizan su cuerpo enfundado en plata es un pecado.
Me toco el cuello del polo, buscando autocontrol, cuando se gira y sus ojos conectan con los míos.
Esa conexión que siempre nos unirá. Muevo los pies de nuevo y me detengo a su lado, ella se recoloca unos centímetros más lejos de mí.
Un mechón rebelde se le escapa del moño, bajo y desenfadado, y resbala por su hombro.
Lo dedos me hormiguean por la necesidad de ser yo quien acaricie así su piel.
Intenta actuar como si no supiera que estoy a su lado, como si no me hubiera sentido aparecer mucho antes de girarse para comprobarlo, como siempre.
Sonriendo, me inclino un poco para acercarme a su altura.
Está tan cerca que huelo su perfume, y esto hace que se me active el sistema nervioso y la entrepierna se me agite.
Siempre ha sido endemoniadamente sexy , pero hoy…
ese vestido le cae como si fuese líquido, el escote se pierde entre sus pechos y parezco un completo acosador intentando leer —después de mucho tiempo— su tatuaje, aunque en realidad me muero por ver el de sus costillas.
Me importa una mierda que alguien se dé cuenta de cómo hago el idiota y mucho menos que ella sienta que me la como con los ojos.
De hecho, es justo lo que quiero que entienda: que me la quiero comer enterita.
—¿Qué necesitan?
Levanto la cabeza cuando el camarero interrumpe mis pensamientos sucios y, como Ava no habla, me acerco a su oído.
—¿Qué necesitas, honey ?
Su piel se eriza. Es como si lo presenciara a cámara lenta, el momento exacto en el que su piel responde a mi aliento.
—Joder —susurra, centrándose en el camarero y pide su bebida.
Luego, le digo al chico lo que quiero y, cuando volvemos a estar solos —aunque aquí hay mucha gente—, Ava se separa unos centímetros más de mí, provocándome una sonrisa.
Por el momento no me muevo, al menos no hasta que el camarero deja las bebidas delante de nosotros.
Me fijo en que Jess está pendiente de nosotros desde un rincón, pero me da igual.
Una vez que ha cogido los vasos, se gira para salir y se topa conmigo, que me he colocado casi a su espalda.
Estamos tan cerca que tiene que alzar un poco la cabeza para mirarme, elevando esa fina barbilla que tanto he besado en el pasado.
Sus ojos siguen tan grises y hermosos como siempre, y su mirada sobre mí es igual de ardiente que hace unos años.
Doy un paso hacia ella, quiero sentirla más cerca, que el calor de su cuerpo se instale en el mío.
Y cuando estoy a punto de hacer cualquier cosa por retenerla aquí conmigo —aunque sean unos miserables minutos más—, respira hondo, repasa mis labios con una mirada rápida y me rodea deprisa dejándome solo entre la gente.
A pesar de su fuga de hace un rato, pasamos el resto de la tarde cerca, incluida la cena, con un juego de miradas que me tiene hambriento. Estamos en diferentes mesas, uno frente al otro, pero la forma en la que me estudia es tan ardiente que es como si estuviera justo a mi lado.
—¿Y desde cuándo eres emprendedora, Ava? —pregunta, de pronto, el más joven de los dos amigos de Malcolm.
Aunque estemos en mesas diferentes, una está pegada a la otra, y nuestras posiciones son como si estuviésemos presidiendo la cena.
Todo el grupo espera su respuesta, pero ella está pendiente del tipo mientras intenta evitar mirarme a mí.
Está a punto de hablar, cuando el otro amigo de mi cuñado la interrumpe.
—Yo soy el encargado del equipo de Marketing de la empresa publicista en la que trabajo.
Si necesitas publicidad o un equipo que os lleve las redes sociales, solo tienes que decírmelo.
—Ava le estrecha la mano con educación, aunque la conozco tan bien como para darme cuenta de que le incomoda la situación.
—Ya tenemos quien nos lleve todo eso —dice al cabo de unos segundos—, pero ten por seguro que, si lo necesito, me pondré en contacto contigo.
Marc me da con el codo porque, dadas la hora que es, las gafas no cubren cómo la vigilo todo el maldito tiempo, así que me esfuerzo en no prestar atención a sus interacciones con los dos coleguitas de mi cuñado.
Desde luego ella no desvía la mirada en ese momento ni una sola vez, ni siquiera cuando empezamos a hablar sobre irnos al club de Dan que, por suerte, está a unos cinco minutos a pie.
—¿Dónde está Nancy? —me pregunta Malcolm.
Ahora sí que parece que a Ava le interesa de lo que hablamos, se toca el cuello distraídamente y escucha con atención.
Mi hermana me fulmina con el ceño fruncido justo a su lado, pero no puedo evitar enorgullecerme como un cavernícola al fijarme cómo se le oscurece el semblante a Ava. Quizá si jugamos un poco más…
—No ha podido venir, pero cuando la vea esta noche le diré que has preguntado por ella.
¿Estoy viendo su frente arrugarse? Mmm, me siento primitivo. Ella no lleva mi inicial en su cuello, es evidente que a nadie le hace falta ver el colgante para saber que es mía; sin embargo, me molesta. ¿Por qué no nombrar a Nancy entonces? Marc se acerca un poco más a mí y lo enfoco de reojo.
—Es un pibonazo.
—Lo sé, cariño. Es lo que te has perdido por inmaduro —le dice Maddie, que siempre está atenta para joderlo.
Marc gruñe molesto, pero tampoco es que se corte a la hora de girarse y mirarle el trasero. Ella, que lo ha pillado, le guiña un ojo y le tira un beso. Mi amigo vuelve a temblar de frustración y le recorre el cuerpo con descaro cuando se acerca a uno de los amigos de Malcolm. Nunca los entenderé.
***
Unas horas después, algunos estamos sentados en el reservado de la planta de arriba y otros bailan en la pista.
Por ahora, me mantengo aquí porque tengo a Ava justo en el sillón de enfrente, hablando animadamente con mi hermana mientras toman una copa.
Jess acaba de llegar de abajo y se sienta con ellas.
Tengo unas vistas increíbles hasta que unas camareras de Dan se acercan para atendernos y una de ellas decide cometer el error de tocarme el hombro.
Ava nos escruta con detenimiento, sin sonreír, y por un momento lo disfruto, pero entonces las tres mujeres se levantan y bajan a la pista.
Un tic me recorre la mandíbula cuando descubro que no van solas.
Los amigos de Malcolm las siguen, se colocan en el mismo sitio y el más joven vuelve a intentar tontear con Ava.
Algo muy peligroso me bulle en la sangre cuando veo cómo la agarra de las caderas y la pega a él.
¿Qué cojones? Me yergo en mi sitio, alerta, sin importarme cómo mi cuñado y mis amigos se ríen de mí —en silencio— ante mi sufrimiento.
Intento ser dueño de mis impulsos, pero el estribillo de No lie , de Sean Paul, retumba en todo el puto local y ese crío insensato no deja de acercársele.
Me levanto sin pensármelo, imaginando todo lo que quiero explicarle con las manos a ese imbécil, y bajo los escalones a toda prisa.
Casi siento alivio cuando la canción se termina, porque era un remix de esos que hace el DJ, pero la siguiente me provoca sudores fríos.
Con los nervios volviéndome loco, consigo llegar hasta ellos, donde ahora también está Maddie, y me pongo detrás del niñato. Este se percatada de mi presencia y se gira hacia mí, aunque no la suelta.
—Apártate —rujo entre dientes.
El rostro se le palidece, pero el tipo no quiere perder la oportunidad de estar con ella, así que estoy a punto de repetírselo cuando es Ava quien consigue hacerlo entrar en razón.
Mis ojos encuentran los suyos, después de un recorrido exhaustivo por su delirante cuerpo, y nos analizamos sin tocarnos.
La gente grita a nuestro alrededor y el ambiente se caldea con Go down deh, de Spice.
Yo llevo todo el puto día ardiendo, pero que Ava acorte nuestra distancia me lleva al mismísimo fuego.
Su aroma se cuela en mis fosas nasales cuando coloco las manos en su estrecha cintura. Yo no soy de bailar, soy de beber brandy o whisky en un reservado, pero por ella hago todo lo que jamás pensé que haría. Así que la sigo cuando empieza a moverse de forma sensual.
—Espero no haberte jodido el momento —susurro en su oído moviéndome y pegando mi boca más de lo necesario.
Cuando sus labios sonríen de una forma que viaja directa a la entrepierna, la giro y la coloco de espaldas a mí.
Pego nuestros cuerpos, sintiendo la curva de su culo redondo de forma vertiginosa y me creo morir cuando se restriega contra mí.
Dios, sí. Se me pone dura al instante y no lo oculto en absoluto, al contrario, presiono cada vez más contra sus movimientos sexis al ritmo de la canción.
Un brazo rodea mi cuello para que me acerque a su rostro y observo cómo pega sus labios brillantes a mi oído.
—Cualquiera es bueno para bailar —susurra, transportándome a las veces en que usaba ese tono ahogado en el pasado cuando ponía mis manos, o mi lengua, sobre ella.
Clavo los dedos en sus costillas, girándola de nuevo para verle la cara.
Joder, le brilla la expresión de deseo y eso me hace perder la cordura aún más.
Sus manos se ponen en mi pecho, ni siquiera mira a su alrededor para comprobar si alguien nos ve, le da igual.
No le importa que sepan que nos estamos rozando y llevando al límite y eso me infla el pecho.
Estoy excitado, necesitado y no puedo soportarlo más.
Ansío que vuelva a ser mía, que vuelva a rendirse ante mí como yo no he dejado de hacer ante ella.
Me inclino hacia su cuello, aprovechando que el club está hasta arriba y es difícil vernos, y le doy un pequeño mordisco en el tendón.
Nuestros cuerpos siguen encajando de maravilla, no puedo evitar pensar en cómo sería volver a tenerla.
Ava se pega más, baja cuando la canción grita que gimotee y baje, y sube reptando por mi cuerpo.
Ahora es ella la que se pone de espaldas a mí.
Le acaricio el cuello de nuevo, se lo beso y disfruto de que no se esté apartando.
Le muerdo el lóbulo de la oreja, provocándole un gemido.
Admiro desde arriba cómo sus pezones se han marcado en la tela del vestido, confirmándome que no lleva sujetador, y la polla me palpita de una forma dolorosa.
—¿Cualquiera puede excitarte como lo hago yo? —le susurro al oído, sonriendo cuando parece que se deshace contra mi pecho—. Vamos, honey , no sigamos engañándonos.
Gira la cabeza y echo la mía hacia atrás para verla mejor.
Sus ojos me escrutan, recorren cada facción de mi cara y el pecho se le sube de golpe cuando me inclino para leer el tatuaje que le marca la piel del valle entre sus pechos.
Levanto la cabeza y me acerco con sigilo a sus labios para besarlos de lado, pero la canción termina, las luces cambian y eso la traen de vuelta a la realidad.
Antes de que pueda detenerla, se ha escapado de mis manos y se ha ido a la otra punta de la pista con las chicas. Me quedo en el sitio, con una erección de mil demonios zumbándome en los pantalones por lo que acaba de pasar. Casi la beso y Ava estaba a punto de permitirlo.
Puede que esté más cerca de lo que pensaba.