Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

—Te he traído toda la ropa limpia.

Cojo la mochilita que me da Jayden que, a pesar de haberlo invitado a pasar al salón, se ha quedado pegado a la puerta del ascensor.

Aidan le reparte varios besitos como si supiera que tiene que despedirse de su padre hasta mañana que vuelva a verlo y se agarra a mi cuello cuando cambia de brazos.

Sonrío al sentir sus besos en mi mejilla.

—Gracias, ¿cómo se ha portado?

—Genial, durmió del tirón en su nueva cama. Creo que ya va siendo hora de que deje la cuna.

Asiento, llevo tiempo pensándolo, pero todavía no lo he puesto en práctica y eso que hace unos días, Jayden mandó montar un dormitorio nuevo con una cama para el niño aquí en mi casa.

Le besa la cabeza a su hijo con cariño y su rostro se queda muy cerca del mío, por lo que aprovecha la cercanía para mirarme a los ojos.

—Te echo de menos —susurra.

No, no, no. No puede decirme esto ahora, me siento fatal por no poder decirle lo mismo. O sea, echo de menos su compañía, que Aidan ría a carcajadas por sus bromas, que preparemos la cena juntos… Echo de menos nuestra monotonía, pero no a él de forma sentimental.

—Yo… Jayden, yo… —tartamudeo como una idiota mientras observo a mi hijo y a su padre alternativamente sin saber qué decir.

—No pasa nada, está bien. Sabía que esto pasaría, solo necesito tiempo. —Suelta un suspiro y, después de repasar mis labios con la mirada, vuelve a besar al niño—. Buenas noches, pequeñajo.

Con un nudo en la garganta meto la llave en la rendija haciendo que el ascensor se cierre y dejo de ver a Jayden.

Suelto a Aidan en el suelo cuando me suena el móvil y leo los mensajes horrorizada.

El primero es el de Jess: «Lo siento, te quiero».

Después hay al menos diez sin leer en un nuevo grupo en el que ella es administradora y en el que está… ¡Zeus! Madre mía, ¡voy a matarla!

Leo por encima que hablan sobre ir de nuevo al festival, algunos pueden y otros se quedarán en casa.

Zeus es uno del último grupo y explica en un mensaje que hoy le será imposible.

De repente, veo que Jess está escribiendo en el grupo y, cuando me pregunta por Aidan, siento un nerviosismo demasiado conocido en mi estómago.

Tengo que responder y él va a verlo. ¿Dirá algo?

Tengo que evitarlo. Me giro hasta encontrar a mi peque trasteando en su caja de juguetes, le hago una foto a su cuerpo medio hundido en el interior de la caja y la envío.

No puede responder a una foto, es una idiotez. Los demás dicen cosas bonitas como si se lo dijeran a mi hijo en persona, haciéndome sonreír. Pero la sonrisa se esfuma de mi registro cerebral cuando veo que Zeus está escribiendo.

Zeus: Guau, tiene pinta de que su

cuerpo cabe en esa caja. ¿Es probable?

El pulso se me dispara y Jess me acribilla a mensajes por nuestro chat privado. «¡Te ha hablado! Respóndele de una vez. ¿Te has desmayado?». Envían algunos mensajes más al grupo y decido responder. ¿Qué puede pasar?

​ ​ Ava: No sería la primera vez que se ​ ​               entierra en juguetes y tengo que rescatarlo.

Su presencia y la mía desaparecen del grupo. Respiro profundamente y cojo a Aidan en brazos para llevarlo a su dormitorio.

Unos minutos después, cuando justo estoy arropando a mi hijo ya dormido, suena mi teléfono. Lo apago, horrorizada solo de imaginar que se despierte.

Ya en el salón, recibo la tercera llamada de la pesadita de Jess. Mi cara aparece en un recuadro pequeño en la esquina de la pantalla y, tras unos segundos, veo a Amber y Maddie. Me dejo caer en el sofá, aún con la ropa de hoy puesta.

—¡Ha sido fuertísimo! —exclama Jess, saliendo a la terraza del amplio piso en el que vive—. ¡No podía dejar de leer los mensajes!

«Solo han sido dos», quiero gritar.

—¿Te imaginas que estos dos otra vez…? —bromea Maddie, dejando a la mitad una frase que no necesito que termine.

Agarro el teléfono con firmeza antes de que se me pueda caer por lo que escucho.

Intento hablar varias veces y dar mi opinión sobre lo que hablan de mí, pero, a excepción de Amber que solo observa y sonríe sin decir una palabra, Jessica y Maddison son dos cotorras.

La paciencia se me empieza a agotar al oírlas fantasear sobre un posible romance.

Dios, he dejado al padre de mi hijo porque no me he olvidado del pasado, no porque quiera revivirlo.

—¡Chicas, ya! —Mi tono es más alto de lo que pretendía y murmuro una maldición al comprobar que no escucho a Aidan.

Las tres me miran a través de la pantalla.

Cojo aire y lo expulso intentando buscar las palabras adecuadas—.

Os voy a pedir que dejéis de fantasear a nuestra costa porque no va a pasar nada entre nosotros.

Y que no busquéis un significado inexistente a un par de mensajes por un chat grupal.

Si hubiese querido hablar conmigo, me habría hablado al privado.

—Jess está a punto de decir algo y me adelanto porque es una lianta—.

No olvidemos de que está con la tal Nancy.

—Ella será igual que las otras tantas a las que ha traído en reuniones —rebate Maddie.

Alzo las cejas, ¿otras tantas? Parece que me he perdido a esas otras tantas al no haber participado en las quedadas a las que él iba.

No ha perdido el tiempo. De repente, me siento ¿enfadada?

¿celosa? ¿por qué? No me parece justo, yo he tenido un hijo y casi me caso, él puede irse con muchas otras .

—¿Has visto un fantasma?

—¿Qué? —pregunto sin entenderme a mí misma, clavando la mirada en Amber, que ha hablado por primera vez desde que se unió a la llamada.

—Lo que le ha pasado es que le han escocido las churris de tu hermano —se ceba Jess.

—En absoluto.

Hay un brevísimo silencio porque Jess se encarga de interrumpirlo con cara de mil maldades.

—Bueno, vamos al quid de la cuestión, que nos desviamos.

—Ajá. —Cabeceo y observo a mi amiga de la infancia a través de la pantalla—. ¿Y cuál es?

Se coloca de espaldas a la barandilla de hierro de su terraza, mostrando así, unas increíbles vistas desde la vigésima segunda planta en la que vive.

—Lo importante de esto es que Zeus acaba de entrar en juego —canturrea y solo le falta el movimiento de los dedos en compañía de su cara.

—¿¡Cómo!?

Dios, no. Lo último que necesito es que nadie entre en juego de nada. Sigo negando con la cabeza, después de haber comprobado por segunda vez que mi hijo no se ha despertado por mi grito medio ahogado.

—Jess lleva razón y nosotras vamos a hacer unas palomitas para divertirnos con lo que se avecina —se mofa Maddison.

Mis ojos viajan al recuadro en el que está Amber, que otra vez está en silencio, y se encoge de hombros con una amplísima sonrisa que me chiva que está totalmente de acuerdo con las chicas.

—No me lo puedo creer. —Levanto los brazos al techo—. ¡Os estáis volviendo locas de remate!

—Ava —mi atención recae sobre Jess, que parece que está conmigo en el sofá de mi salón—, hace años, cuando lo conocimos, me repetías una y otra vez que lo vuestro no podía ser porque él estaba prometido y, aun así, lograsteis superar los obstáculos que se os ponían en el camino, que no han sido poco. ¿Por qué ahora es diferente?

Buena pregunta.

Es diferente porque soy madre, porque casi me caso, porque no puede ser sano seguir enamorada de él de esta forma, porque me ahoga la forma en la que pienso en él, la forma en la que fantaseo con un nosotros.

Es diferente porque siempre querré respuestas, porque lo miraré a los ojos y no podré evitar preguntarme en silencio por qué no volvió a por mí para cumplir con aquella promesa que me hizo antes de marcharse.

¿Por qué no me llamó o me escribió? Pasé unos meses horribles pegada al teléfono, a la puerta, incluso en el callejón por si me buscaba allí.

Habíamos superado infinidades de problemas, los Lewis, la búsqueda de mi familia materna, íbamos a comprarnos una casa, a casarnos… El dolor me rompe el corazón y me limpio unas lágrimas de las mejillas con furia.

—¿Cómo quieres que perdone a alguien que me ha hecho tanto daño? —Mi voz suena rasposa y me odio por seguir sufriéndolo y amándolo.

Jessica, que me conoce a la perfección, clava sus ojos en la cámara como si con ello lo hiciera en los míos. Su pelo corto, como siempre, baila sobre su rostro por la brisa del aire y parece que tiene los iris más azules que nunca.

—Pretendías perdonar a Ana y ni siquiera la conocías.

De hecho, sigues intentándolo. Has aceptado a Williams, al que adoramos.

A Marga. ¿De verdad me estás diciendo que no podrías perdonar al único hombre que te ha hecho feliz?

¿Que no podrías perdonar al hombre del que te enamoraste locamente en un puto aeropuerto, a escasos minutos de largarte del país creyendo que no volverías a verlo?

¿Al hombre que el destino volvió a poner en tu vida horas después cuando acababas de llegar a otro continente?

—Sus preguntitas me golpean fuerte e incluso parece que también lo hacen con Amber y Maddie, que no dicen ni mu.

Pero ella no ha terminado de meterse en el fondo que sabe que hay entre todo el dolor y el rencor, y sigue ahondando en mi corazón hasta que suelta algo que, al parecer, las chicas no creían que diría y que a mí me paraliza la sangre en las venas, porque dice mucho pese a esconder también demasiado—.

¡Joder, Ava! ¿De verdad crees que todo pasó sin haber una razón?

Sus caras son un poema, pero seguro que la mía es un cuadro. Me quedo estática, helada, de hecho, creo que me funciona el corazón porque debe.

—¿Disculpa? —Mi voz es un hilito, pero no me salen las fuerzas necesarias para decir más.

Jessica pone esa cara suya de cuando va a tener un arrebato, y de antemano agarro el teléfono con fuerza por si se me cae si grita o lo que sea que le apetezca hacerme en este momento.

—¡Que volvió a buscarte, Ava! —Estoy a punto de repetir un ridículo «¿Qué?

» en el instante en que ella termina de soltar la información que se ha guardado durante años—.

Volvió más tarde porque sabes que su regreso se retrasó, pero cuando lo hizo, tú ya parecías feliz con Jayden y simplemente se quitó del medio para que lo siguieras siendo.

Oh, Dios mío. No puede ser. ¿Cuándo ha pasado eso?

El corazón me bombea deprisa, haciendo temblar cada parte de mi cuerpo, y un calor inexplicable me sube a las mejillas mientras escucho de fondo cómo Maddison y Amber le reprochan que debería haber dejado que fuese Zeus quien me lo dijera. Tiene que ser una broma.

—¿Lo habéis sabido todo este tiempo y no me habéis dicho nada? —Mi tono empieza a sonar demasiado roto y también tan enfadado como me siento.

—¿Cómo íbamos a hacerlo? Parecías muy feliz, no dejabas de repetir una y otra vez que no querías saber nada de él. —Esta vez Amber toma partido en el asunto, parece que acaba de sentir eso de «de perdidos, al río». Magnífico.

—Ava… no llores —pide Maddison, la dulce Maddie que ha estado también metida en el puñetero ajo.

Me toco una mejilla de forma brusca, como si así me pudiera quitar de encima este lastre.

Enfadada y dolida por el revoltijo de sentimientos que estoy experimentando en este momento, me despido de ellas con un susurro.

Me quedo en el silencio absoluto y lloro a mares.

Años anhelándolo en silencio, deseándolo en silencio, para que ahora una confesión lo cambie todo.

***

No he vuelto a pisar el festival en toda la semana porque la he dedicado a mi hijo, a mí y a mi trabajo.

En cambio, por lo que he ido leyendo en el grupo, mis amigos sí que han ido casi todos los días a cenar y acompañar a Jess y Dan.

¿Cómo iba a tenerle delante sabiendo lo que sé? Para eso tengo que prepararme.

Del miércoles al viernes he estado haciendo unos trabajos muy bonitos, uno de ellos un reportaje familiar en Central Park.

Para mí, que me encanta ese parque, fue una grata sorpresa volver a trabajar allí.

Hace mucho que nos enfocamos en proyectos empresariales, en Photo Oasis nos hemos centrado más en trabajos relacionados con modelos, revistas y redes que en los personales; y siempre que alguien nos pide un trabajo así, Amber y yo disfrutamos de lo lindo.

Conforme llegaba el fin de semana he ido notando mi cambio de humor, tanto por la pena que me da desprenderme de Aidan estos dos días —porque Jayden se lo lleva a visitar a sus padres— como por los nervios que me produce saber que me lo encontraría.

Ahora que he terminado de arreglarme y estoy a punto de salir de casa para ir con mis amigos, tengo los nervios y los sentimientos a flor de piel.