Capítulo 10
Desde que Jayden y yo rompimos me he centrado en mi hijo, en mi trabajo y en mí.
He estado buscando el punto en el que situar mi vida para sentirme plena.
Aunque estoy más animada, y parece que las cosas empiezan a mejorar, todavía siento que me falta algo para completar esa plenitud.
Pero con el progreso que voy notando en mi desarrollo personal, familiar y laboral, me siento muy orgullosa de mí misma.
A veces, sigo llorando cuando no tengo a Aidan delante porque me invade la culpa.
No quiero que se sienta dividido. No podría soportar que algún día demuestre que le falta su padre.
Había empezado a dejar de martirizarme con preguntas sobre por qué mi madre no me quiso —aunque eso no significa que no recuerde que sigue viviendo en la calle, acumulando deudas que nunca pagará, que no quiso ver a Marga y esta se fue con esa pena, y que ha rechazado los tres intentos en los que mi abuelo y yo hemos querido ingresarla en un centro de desintoxicación— y ahora me acribillo a castigos silenciosos autoinfligidos por haber roto mi familia.
Pero estoy trabajando en ello. Cuando no estoy de bajón, me siento fuerte, segura y bien conmigo misma.
Y ahora, al salir del edificio para ver a Jayden, es uno de esos momentos.
Hace unos días me contó que ha instalado un dormitorio para el niño en el nuevo apartamento que se ha comprado después de vender el antiguo.
Vamos por la calle, con mi pequeño subido a un triciclo que yo manejo desde atrás, listos para que se vaya con su padre.
En el trayecto hasta la cafetería en la que hemos quedado, no puedo evitar notar una presión en el pecho por separarme por primera vez de mi hijo durante varios días.
No creí que sería tan difícil. Aidan vuelve la cabecita y me regala una sonrisa que consigue derretirme de amor.
Me convenzo de que será feliz y haré lo que haga falta para que así sea.
Al llegar a la cafetería, tomo asiento hasta que chilla de felicidad al ver a su padre.
Lo suelto y corre a sus brazos, Jayden lo levanta y lo besa.
Cuando se sienta en una silla frente a mí, aún con el niño en brazos, me mira a los ojos con la misma intensidad de siempre y me siento mal por lo enamorado que está de mí cuando yo solo intento rehacer mi vida.
Nunca me lo he merecido. A veces parece ese joven con el que intercambié aquella mirada en medio del salón vacío de mi antiguo apartamento.
—¿Cómo te va? —pregunto, deseosa de desviar mi atención de esos recuerdos.
—Genial, ya no recordaba cómo era vivir solo —dice, acariciando la cara de Aidan—. Ahora tengo que acostumbrarme a no ir a la cuna nada más despertarme, a no buscar el comedero de Cronos o a no preguntar en voz alta si quieres café…
Algo se instala en mi pecho, Jayden es tan maravilloso que ojalá se enamore de una mujer que sepa amarlo.
En medio del caos que empieza a ser mi mente, mi hijo me salva de mis pensamientos con una de sus especialidades desde que aprendió a agarrar cosas y tira del mantel haciendo que se caiga mi taza de café.
—¡Aidan! ¡Qué largas tienes las manos! —me quejo e intento limpiar.
Mi hijo, que es demasiado inteligente, se muere de la risa al vernos al camarero y a mí tratando de arreglar el desastre mientras su padre le explica la situación. Sostiene la cara de Jayden con sus manitas y empieza a dar un discurso con esa media lengua que tiene.
— Sorry , mamá —chapurrea en ese bilingüismo que se calza.
Jayden y yo nos reímos, por mucho que intentamos enseñarle los dos idiomas por separado, no hay manera de que se aclare. En casa, me comunico con él en español, pero entiendo que todo su entorno habla inglés y no va a ser tarea fácil.
***
A primera hora de la tarde, cuando he almorzado sola tras echar mucho de menos a mi hijo, a pesar de que apenas llevo unas horas sin él, estoy preparada para el primer día del Taste of Times Square.
El calor de junio se instala en mi piel desnuda, justo en los brazos que quedan al descubierto por el top blanco que me he puesto.
Los tacones de mis sandalias de verano suenan en el suelo del vestíbulo bajo las anchas patas de mi pantalón de lino rosa.
Cuando salgo a la calle, leo un mensaje de Amber en el que me dice que está llegando.
Aunque le hemos dicho que no lo hiciese, Dan ha mandado a su chófer para recogernos, ya que Malcolm y Marc están en el festival desde bien temprano porque han ido a ayudar a nuestros amigos.
Así que me acerco al coche que se detiene delante de mí y subo tras saludar al hombre que conduce. Amber me saluda una vez que estoy dentro y nos sumergimos en una charla animada de amigas hasta que el vehículo se detiene un buen rato después.
Caminamos entre la gente, abriéndonos paso hasta llegar al lugar donde se encuentran los demás. Algunos han llegado después del trabajo, en cambio, Amber y yo no teníamos hoy ninguna sesión. Malcolm besa en los labios a Amber en cuanto esta se acerca y, luego, nos saludamos todo el grupo.
—¡Qué guapas! —exclama Maddie al tiempo que nos da un beso en las mejillas.
Sonrío al observarla, ella sí que está guapa con ese tipazo con curvas que tiene y que parece llevar por la calle de la amargura a Marc. Crystal pasa por delante con su marido y, al percatarse de nuestra presencia, se acerca a saludar.
—¿Cómo está Luna? —pregunto cuando nos quedamos a solas, no todos la han perdonado como yo.
—Con su abuela, queríamos venir a la inauguración sin la peque. ¿Y Aidan?
—Con su padre, se quedará con él hasta el martes —digo, cogiendo la cerveza que me entrega Marc.
No me pasa desapercibida la mirada de mis amigos, tampoco la sorpresa en el rostro de Crystal. Tarda unos segundos en procesar lo que le he dicho hasta que me aprieta de manera amistosa en el brazo.
—¿Tú estás bien? —pregunta justo en el instante en que su marido se acerca.
Asiento, sonriente, no me atrevo a mentir, siempre he sido muy clara y no voy a empezar a dejar de serlo ahora. Solo tengo que maquillar un poco la verdad, hacerla menos destructiva. Es decir, sonreír levemente y agarrar su mano con complicidad antes de decir:
—Sí, creo que esta decisión nos va a venir bien a los dos.
Ella asiente y, tras despedirse, se va cogida de la mano de Gregor.
Cuando me vuelvo hacia el grupo, algunos siguen estudiándome, pero se centran en fingir una conversación muy interesante.
Le doy un buen sorbo al vaso con cerveza que tengo en la mano.
Estoy a puntito de acercarme a las chicas cuando un escalofrío me sube por la nuca con una intensidad destructiva.
Me giro cuando Amber sonríe hacia el mismo punto detrás de mí donde Maddie mira casi horrorizada.
Me doy la vuelta y siento que los músculos se convierten en rocas al ver a Zeus acercarse acompañado de una rubia despampanante.