Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Cuando me he levantado esta mañana, Jayden ya no estaba en casa.

Tenía pensado hablar con él, pero, al parecer, sus planes eran otros.

Ha llegado Penny para quedarse con Aidan, que todavía duerme, como siempre que trabajamos.

Después de despedirme de mi pequeño, le he puesto la correa a Cronos y hemos subido a mi Panamera plateado.

Sí, Jayden también ha tenido que soportar eso. Soy idiota.

De camino al estudio hablo con mi madre, que tiene el día libre.

Me cuenta algunos cotilleos del barrio, cosas del trabajo y que se ha apuntado a clases de cocina.

Hace un tiempo cambió el hospital por una clínica privada en la que tiene mayor calidad de vida y, desde entonces, mis padres tienen mucho más tiempo.

Como siempre, pregunta por su nieto y me hace saber cuántas ganas tiene de verlo.

Cuando llego al estudio, dejo el coche en los aparcamientos subterráneos que decidí añadir en la zona donde deberían de haber ido en un principio, pero que no se llegaron a construir.

Pusimos la entrada al fondo del callejón, aprovechando que había buen acceso desde la acera a la carretera.

Esta mejora supuso un plus en la demanda de los alquileres, los cuales he intentado dejar lo más asequibles posible sin perder dinero y obteniendo buenos beneficios.

En cuanto bajamos del coche, le quito la correa a Cronos, su adiestramiento me lo permite. Al salir del ascensor, toco las plantas que tenemos en la entrada y, sintiendo en mi corazón el pesar de lo que ocurrió anoche, voy a mi oficina sin detenerme a comprobar si Amber ha llegado ya.

En mi oficina enciendo el ordenador, compruebo mi agenda y cojo mi móvil para escribirle un mensaje a Jayden.

​ ​ Ava: Buenos días. Te has ido muy pronto ​                                                                                  hoy. Creo que deberíamos hablar sobre lo que pasó anoche.

Dejo el teléfono bocabajo sobre la mesa y me centro en el trabajo.

Tres peques y una pareja por la mañana, y tres reportajes para álbumes de bautizos para la tarde.

Esa mi planificación. Después, entro en mi correo y abro el que me envía Amber cada noche y compruebo lo que tiene para hoy: dos reportajes para un álbum de boda, una sesión de fotos para un chico, y cinco niños de entre diez y doce años.

Cuando estuvo preparada, decidimos repartirnos los trabajos. Por lo que cada una tiene su agenda.

Amber entra en mi oficina para saludarme y me levanto cuando la campanita que hay en la entrada suena, significa que han llegado los primeros clientes.

***

Jayden me respondió poco después a mi mensaje, pero no es hasta ahora, en el descanso de media hora para el almuerzo, que lo leo. Suspiro con el teléfono en la mano.

Jayden: Hablaremos cuando estemos

en casa. Que tengas buen día, cariño.

En parte no parece tan malo, me ha llamado cariño . Le respondo con algo parecido y subo a la azotea donde Amber ya me espera con Cronos.

—¿Qué traes hoy para comer? —pregunta con una sonrisa.

Le enseño la ensalada y el plátano que he traído. Ella trae empanada y una magdalena de postre. Qué raro . Apenas llevamos cinco minutos cuando nuestros teléfonos suenan. Al comprobar que es una videollamada con las chicas, Amber rechaza la llamada y nos unimos desde mi móvil.

—¡Hola, guapas! —exclama Jess, que está en la terraza de un bar con unas gafas de cristal azul puestas.

Maddie nos saluda desde su oficina.

A veces hacemos estas llamadas y comentamos cómo nos está yendo la jornada.

Llevo todo el día agobiada por lo que pasa en casa y, como mis mejores amigas que son, no tardan en darse cuenta.

Amber ya ha insistido un par de veces para que me desahogue, pero he decidido no darle demasiadas vueltas.

Sin embargo, cuando Jess se pone muy pesadita tengo que solar prenda.

—He pasado una mala noche, solo eso. —Nunca he dicho que fuese a contarles qué me pasa de verdad.

—Que te compre quien no te conozca, cariño —suelta Maddie, dando un bocado a su sándwich vegetal.

Amber deja caer la cabeza en mi hombro y la miro de reojo. La quiero muchísimo, igual que al resto, y odio mentirles de esta forma. Así que decido confesar.

—He discuto con Jayden.

No se lo creen porque piensan que no solemos hacerlo mucho, pero es porque nadie se entera de que lo hacemos y, al ver su preocupación, les hago un resumen.

Enseguida noto la incomodidad de Amber, se siente como culpable por ser su hermana, en esta situación, claro, pues ella adora a su hermano.

Y, aunque le he explicado que Jayden la aprecia mucho, no puede evitar sentirse así.

Al final, intentan tranquilizarme con lo típico: lo arreglaréis, por la noche ya se le habrá pasado…

Pero no estoy tan segura porque, ¿cómo se soluciona algo que no se quiere solucionar?

Dios… quiero tirarme del pelo por la frustración.

Llevó mucho tiempo dándole vueltas, ¿cuándo he dejado de hacerlo?

El anillo de Jayden, la fecha de boda que íbamos a empezar a buscar…

es como si todo eso me persiguiese y yo no hago más que huir.

Mi cuerpo siempre está en tensión, busco en Amber algo que me recuerde a él, aunque sus hijos son un vivo recuerdo de su tío.

Seth cada vez se le parece más, con solo diez años es muy seguro de sí mismo, inteligente y de mirada seria, a pesar de que sigue buscándome cuando se hace una herida.

Samantha gesticula igual que él, incluso camina como su tío.

Estoy tan cegada por darle un familia sólida y feliz a mi hijo que no me he parado a pensar ni un momento en mí.

En que si yo no soy feliz, si su padre tampoco lo es, ¿cómo vamos a darle un ámbito familiar en condiciones?

Aun así, no puedo evitar sentirme culpable de que estemos en esta situación, pues nunca me he comprometido del todo con Jayden.

No puedo cuando sigo comparando nuestra relación con la que vive en mi corazón; donde Zeus y yo somos felices.

Mantenemos la charla toda la media hora del almuerzo, hasta que tenemos que despedirnos para seguir trabajando.

Claro, no sin antes aceptar que habrá cena de chicas.

Siempre que alguna tiene problemas nos reunimos, nuestro lema es: «una reunión con amigas te sana el alma». Y no podemos tener más razón.

***

Me entretengo en recoger el estudio cuando terminamos de trabajar porque no quiero enfrentarme a lo que pueda esperarme en casa, así que cuando llego son casi las ocho de la tarde.

Al final, no podía dejar de pensar y se me ha echado el tiempo encima.

Cuando entro en el salón siento como si el mundo entero se dejara caer sobre mis hombros.

Jayden está en el sofá con nuestro hijo en sus brazos, aunque la mirada se me desvía hacia las maletas que hay en medio del salón.

Ellos se percatan de mi presencia cuando Cronos va a saludarlos.

—Hola. —El primero en hablar es Jayden, a mí no me salen las palabras.

Aidan juega con el cuello de su camiseta y le mordisquea la barbilla intentando hacerlo reír como siempre, el pobrecito mío no entiende la seriedad de su padre.

Mucho menos que la culpable de ella sea yo—. Es mejor así. Ambos lo sabemos.

Claro que lo sabemos, pero duele muchísimo. Dejo las cosas en la mesa para acercarme a él porque necesito abrazarlos a los dos.

—Lo siento. —Lloro, mucho, y más cuando siento sus brazos rodeando mi espalda—. Siento no haber podido darte más. Lo he intentado con todo mi corazón, con todas mis fuerzas. Lo lamento tanto…

En un movimiento, sus labios cierran los míos y nos fundimos en un beso que, además de una despedida, es una disculpa aceptada. Pego mi frente en su pecho y lo escucho susurrar:

—Me has dado mucho, Ava. Una familia y un amor que he disfrutado durante estos años. Pero debemos aceptar que nuestro destino no es estar juntos.

Asiento en silencio y seguimos abrazándonos todo el tiempo que necesitamos hasta que Aidan nos reclama.

Al rato, me explica que se irá cuando el niño cene y se duerma.

Como cada noche, preparamos la cena, disfrutamos de los tres, y cenamos en familia.

Poco después, estoy apoyada en el marco de la puerta del dormitorio de mi hijo, observando cómo su padre lo deja dormido en su cuna y se despide de él, aunque no lo escucha.

Así es Jayden. Adora amarnos y yo… yo lo he estropeado todo. Me limpio las lágrimas con el cuello de mi camiseta y dejo que me ponga un brazo en los hombros para ir juntos hacia la puerta, donde, tras coger sus maletas, me abraza y vuelve a darme un ligero beso que sabe a dolor.

—Espero que seas muy feliz —dice cerca de mis labios.

—En cuanto estés instalado podrás llevarte a Aidan siempre que lo desees.

—Cariño, no voy a desaparecer de vuestras vidas. —Me acaricia la mejilla sabiendo cuánto significa para mí lo que acabo de suplicarle con otras palabras—. No voy a abandonar a nuestro hijo.

Asiento despacio, no podría soportar que Aidan perdiera a su padre por mi culpa.

Cierro la puerta cuando nos despedimos de nuevo.

En silencio me voy directa al dormitorio del niño, allí disfruto de su carita, cómo sus pestañas negras —igual que las mías— rozan sus mofletes blanquitos y con pecas, y sus manitas agarran un peluche.

Sonrío y me quedo ahí hasta que el sueño puede conmigo y me obliga a irme a la cama.