Capítulo 6
El aire de la mañana me golpea la cara conforme voy avanzando en mi carrera.
Llevo los auriculares puestos, pero las palabras de Ava en la fiesta hacen eco a la música.
Cabeceo varias veces para quitarme de la mente su figura en ese vestido azul que le quedaba tan bien y el sorprendente corte de pelo, ahora le llega por los hombros.
Y también para olvidarme de Jayden a su lado, como tantas veces él me prometió que ocurriría.
De inmediato, una rabia conocida empieza a subirme por el cuerpo.
Saludo a algunos vecinos cuando paso por delante del jardín de sus casas.
Acabé mudándome aquí cuando volví y no me arrepiento en absoluto.
Este sitio es precioso, hogareño y tranquilo.
El lugar perfecto para una familia, para echar raíces y crear recuerdos.
Levanto la muñeca para saber qué hora es, aún tengo tiempo hasta que vaya a la clínica.
Continuo mi marcha sin dejar de pensar en el tiempo perdido.
Estaba guapísima, joder. No pude apartar mis ojos de ella en toda la noche, sin quererlo, viajaban por todo el salón hasta que la encontraban.
Echo tanto de menos enredar mis dedos en su cabello negro que me duele el cuerpo.
Odio que otro lo esté haciendo por mí. Apretando los dientes, pues ya no puedo apaciguar lo que ha empezado a burbujear en mi interior, acelero el paso, giro a la derecha, sigo recto varios metros, giro a la izquierda y llego a la plaza donde saludo a varias personas con las que voy coincidiendo hasta que llego a la calle donde está la casa que compré.
Pensando en el día de trabajo de hoy, llego al camino de entrada.
El césped que rodea la casa está recién cortado y húmedo por los aspersores, huele de maravilla.
Abro la puerta, cruzo la entrada todavía vacía, dejo atrás el salón donde solo hay un sofá, un televisor y una mesa, y subo las escaleras para dirigirme a mi dormitorio.
Arriba, las puertas de algunas habitaciones siempre están cerradas, pues no las uso.
Cojo ropa limpia y voy al baño para darme una ducha.
Sumergido en el vapor del agua me es imposible no volver a pensar en ella. Parecía tan feliz. Sé que han tenido un hijo, se me retuerce algo por dentro siempre que lo pienso, pero estoy convencido de que es una madre increíble.
***
Salgo de casa para ir a trabajar. El New Vitality es una clínica de cirugía menor.
La fundé cuando ascendí a Norris en el Vitality Memorial para que se ocupara de mi puesto, aunque sigo viajando si debo realizar operaciones importantes.
Tengo un equipo de cinco cirujanos, además de los enfermeros y del personal especializado.
Aquí se derivan a los pacientes que requieren operaciones ortopédicas menores y no es necesaria la hospitalización.
Al principio, me aterraba que la gente se hubiese acostumbrado al Vitality Memorial, pero, afortunadamente, estamos cerca de la ciudad y hemos recibido una gran bienvenida al sector.
Dejo el coche en mi plaza privada, tengo un Lamborghini Urus plateado desde hace un año.
Ya hay algunos vehículos más aparcados y me fijo en el de mi secretaria, que tiene la plaza al lado de la mía.
Hace dos años que trabaja para mí, es un alivio haber encontrado una persona tan trabajadora y eficiente.
Cojo mi maletín, cierro el coche con el mando y ando por el camino de piedras decorativas que guía hasta la entrada.
Las puertas se abren cuando me coloco delante y lo primero que recibo son los buenos días por parte de Emilio, el recepcionista.
Lo saludo con una sonrisa dirigiéndome a mi consulta que, como siempre, huele a esterilización.
Cierro la puerta de cristal translúcido detrás de mí y dejo el maletín sobre la mesa que tengo al lado de mi escritorio.
Me siento delante del ordenador y lo enciendo al mismo tiempo que observo a Marcela venir hacia aquí.
—Buenos días, Zeus.
—Buenos días.
Nos sonreímos y ella se coloca a mi lado para leerme las intervenciones de hoy.
Parece que el día va a ser movidito. Cuando me deja explicada la programación de la jornada, le pido que reserve una mesa en mi restaurante favorito.
Siempre que me apetece cenar fuera voy al Crown, elegante y reservado, y con una carta exquisita.
—He cogido mesa para las nueve, ¿está bien? —Juega con el bolígrafo entre sus dedos, a la espera.
—Perfecto, como siempre.
Tras despedirse y decirme que estará en su oficina, sale de mi consulta.
Me levanto para ponerme la bata y comenzar el día.
Cuando me reúno con el equipo, organizamos las operaciones.
Cada uno se va a su zona correspondiente y yo, seguido por Arizona —mi segunda al mando— y por Axel —el otro cirujano ortopédico del equipo—, nos dirigimos al quirófano para realizar una operación de muñeca a una mujer de sesenta y cinco años que se la partió al caerse de una escalera al quitar unas cortinas.
***
La clínica abre a las siete de la mañana y cierra sus puertas a las cuatro y media de la tarde, está a las afueras del pueblo, pero muy cerca de casa. Cuando llego me doy una ducha y en media hora estoy en Manhattan frente al edificio donde vive mi padre.
Cuando entro en el ático, Glen me saluda.
Es de origen asiático y al menos diez años menor que yo, pero muy profesional y trabajador.
Lo contraté a través de una de las mejores empresas de atención y acompañamiento a personas de la tercera edad, así que ahora es su entrenador personal desde hace varios años. Tras unos minutos, se marcha.
—Hola, papá. —Lo veo sentado en el sofá del salón, su atención se centra en mí al escucharme—. ¿Cómo estás hoy?
—¡Como un roble!
Nos abrazamos con cariño y espero a que se siente.
Me fijo en que sigue en forma y, aunque ha vuelto a tener un amago de infarto, está sano.
Por fortuna y alivio de todos, ha dejado de fumar.
Está viendo un partido de baloncesto y, como siempre desde que era un crío, disfruto comentándolo con él.
Me siento a su lado y me tomo una cerveza —él otra sin alcohol—, y cuando termina el encuentro deportivo, mi padre hace un gesto de desaprobación.
—No levantamos cabeza. Llevan toda la temporada jugando fatal.
Le encanta el deporte, no importa cual, disfruta de partidos en la televisión o en el campo al aire libre sin tener preferencias. Ya sea béisbol, fútbol, baloncesto, carreras de caballos, golf o natación, él siempre está al día en cuanto a las actividades deportivas se refiere.
—¿Cómo va la clínica? —Se levanta y coge una revista de la mesita que tiene delante del sofá.
—Bien, hoy hemos tenido varias operaciones exitosas. El equipo es maravilloso.
—Me alegra mucho oír eso. —De pronto, se queda en silencio, levanta una ceja y observo que está pensando, con lo cual no sé qué esperarme—. ¿Has visto el estudio de tu hermana?
Sonrío por dentro, en realidad quiere saber si he visto a Ava.
Sabe perfectamente por qué tuve que irme, lo que pasó cuando llegué, y se lamenta de no poder contarle la verdad.
Siempre me repite que siente que la está engañado, pero ¿cómo decirle nada?
Es feliz con su prometido, con su hijo. No puedo contarle nada.
Resoplo, no puedo hacer más que acomodarme en el sofá antes de responder:
—No, no he tenido tiempo de pasarme, pero no tardaré en hacerlo.
James O’Donnell, que es un hombre inteligente y conoce a sus hijos como la palma de su mano, gruñe por lo bajo dejando la revista de nuevo en su sitio.
—Llevas diciéndome eso mismo desde hace dos semanas.
Lleva razón, pero porque lo último que me apetece es ir allí y encontrarme con Ava.
—Lo sé, pero es la verdad. Estoy muy ocupado. Veo a mi hermana casi todos los días y no creo que sea de máxima necesidad ir a su trabajo.
—A veces me sacas de mis casillas, Zeus. Estás dejando que la mujer de tu vida se aleje cada día más en vez de ir a por ella.
—Papá…
Me levanto para recoger las latas de cerveza con la intención de ir a la cocina cuando su voz me detiene.
—Ni papá ni leches, esa mujer está enamorada de ti desde el primer día y tú no eres capaz de plantarte frente a ella y decirle lo que pasó. —Hace una pausa de un par de segundos—. Lo que sientes todavía.
Me vuelvo despacio hacia él y me centro solo en las cuatro palabras que me han ensordecido. Sin querer darle la razón e intentando que deje de pensar estupideces, protesto:
—Está prometida con el padre de su hijo. —Joder, no me acostumbro a eso—. No puedes ir diciendo que está enamorada de otro hombre. —Aprieto las latas con fuerza hasta que las aplasto. Qué distinto habría sido todo si me hubiese quedado.
Mi padre se acerca y apoya una mano en mi hombro.
—No sabes nada de ella. —Se calla unos instantes de nuevo—. Hablo con ella muy a menudo. Nuestra relación ha mejorado con los años, por lo que sé de lo que hablo.
Sin querer seguir con el tema, pues solo acabará enfadándome conmigo mismo, le respondo de la mejor forma que puedo:
—Papá, va a casarse con otro hombre. Con el mismo con el que ha formado una familia. Deja ya el tema.
Una risotada fría por su parte me detiene en el pasillo y me giro para mirarlo desde mi posición.
—Espero que algún día puedas ver de cerca la alianza que Jayden le colocó en el dedo.
Escuchar eso sí que me cabrea. ¿Es una puta broma? Con los músculos tensos, voy a la cocina y tiro de muy mala gana las latas a la basura. Al fijarme que casi es la hora a la que Marcela ha reservado la mesa, me despido de mi padre y me voy antes de que mi cena se fastidie.
Si es que no lo ha hecho ya.
***
Una vez sentado en la mesa que me han preparado al lado de la ventana, con unas preciosas vistas a la ciudad, pues el restaurante está en lo alto de un rascacielos en pleno centro, le doy un trago a mi copa de brandy mientras pienso en las palabras de mi padre.
Que le mire el jodido anillo, dice, como lo haga me entrarán ganas de estrangular al imbécil del futuro marido.
La sangre empieza a hervirme y para tranquilizarme miro por el ventanal.
Entonces, Ava vuelve a ser quien ocupa mi pensamiento, sé que le gustaría este sitio y me encantaría poder traerla algún día.
Pero se queda en otras de mis tantas tristes fantasías.