Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Hoy no es mi día. Justo hoy, que tenemos la fiesta por la noche, no es mi día.

Cuando he llegado a trabajar, al bajar del coche, Cronos se ha puesto como un loco por primera vez en su vida y ha salido corriendo al edificio provocándome una quemadura en la palma de la mano con el tirón que ha dado a la correa.

Una vez arriba, me he tropezado con la alfombra que tenemos en la entrada del estudio y he roto dos macetas preciosas de orquídeas.

Hasta Amber ha salido de su despacho para averiguar qué ocurría, asustada por el estruendo.

Ahora, en la azotea para el almuerzo, se me acaba de espachurrar todo el sándwich que me ha preparado Jayden esta mañana justo cuando le he quitado el envoltorio. Al menos, hoy hace un sol de mediados de mayo estupendo aquí arriba.

—¿Quieres la mitad del mío? —me ofrece Amber con toda su buena voluntad.

—No te preocupes, cogeré los kiwis que he traído para el postre.

Estamos en silencio y le doy un mordisco a mi fruta.

—¿Cómo está James? —me intereso. Es un hombre fantástico que sigue en contacto conmigo y, a veces, le envía juguetes a Aidan.

—Bien, dentro de lo que cabe. Ya sabes cómo es.

Amber resopla al pensar en su padre. Todo sabemos cómo es el viejo James.

Está en forma y, aunque tiene ya setenta años, parece un chaval, pero no podemos obviar el amago de infarto que le dio a principios del año pasado.

Estuvo unos días en reposo, fue lo máximo que sus hijos consiguieron retenerlo antes de que volviese a retomar su deporte y agarrar la cajetilla de tabaco.

Fue la tercera vez que coincidí con el innombrable cara a cara, aunque a metros de distancia y con el brazo de Jayden rodeando mi cintura.

El vello se me pone de punta al recordar cómo sus ojos oscuros repasaron nuestra postura y no volvió a mirarme más en todo el tiempo que estuvimos en el hospital, hasta que nos aseguramos de que James estaba fuera de peligro.

—Menos mal que por fin ha dejado de fumar —digo, mirando los altos edificios que hay delante de mí y que parece no tener fin.

—Mi her… —Amber se calla, estudiándome. No suele hablar de él conmigo, pero este no es un tema cualquiera, así que le hago un gesto amable para que continúe—. Mi hermano está muy pendiente de él y, ahora que ha vuelto, le lleva el tema de la medicación, los ejercicios y la dieta.

Dejo de sonreír en cuanto me doy cuenta de que lo estoy haciendo. «¿¡Qué cojones hago!? ¿Sonrío al pensar en él? ¡No, no, no!». Parpadeo varias veces cuando giro la cara para que Amber no pueda ver la cara de idiota que he debido poner.

—Al menos, así lo llevará a rajatabla —murmuro antes de morder de nuevo el kiwi.

La verdad es que él siempre ha sido muy atento. Se preocupa por sus seres queridos, sobre todo, por James. Adora a su padre por encima de cualquier cosa.

Con el corazón a mil, pues no sé qué me pasa últimamente, me levanto de un salto al pensar de nuevo en él. Recojo apurada nuestros deshechos del almuerzo y mis Louboutin repiquetean sobre el suelo de la azotea al dirigirme a las escaleras.

—¡Ava! —me llama Amber, pero necesito despejarme—. Me has hecho un gesto para poder hablar de él.

Me detengo en la salida de la azotea, no tengo que darle el visto bueno para que hable de su hermano. Soy su amiga. Tengo que relajarme de una vez.

—Ya, lo sé. Solo tengo que hacer pis —miento.

—Ya, claro.

Su ironía me llega, pero escucho su risa por lo bajo.

Sigo mi camino hasta el estudio y entro en el baño para continuar con mi farsa.

Llevo días atacada de los nervios. Esa dichosa noticia en el ordenador de Jayden me ha envenenado los pensamientos.

Y encima esta noche… Aprieto el lavabo con fuerza, mirándome al espejo.

Va a estar ahí, después de otro año entero sin verlo.

Va a estar ahí y yo… Yo no sé cómo sentirme.

***

—¡Mierda! —No puedo evitar gritar a Cronos—. ¡Me tienes harta!

No sé qué demonios le pasa hoy. Salgo del ascensor antes de que las puertas se me cierren en las narices y dejo mis cosas en el perchero que tenemos a un lado de la entrada, colgado de la pared.

—Oye, oye. —Jayden aparece al final de las escaleras y agarra la correa del perro para soltarla del collar. Luego, ve que me sujeto la mano y se acerca rápidamente—. ¿Qué te ha pasado?

Con preocupación, coge mi mano para inspeccionarla. Pero a mí eso ya no me preocupa, ¡sino mi tacón roto! Me ha faltado llorar al escuchar cómo crujía cuando, al intentar agarrar a Cronos, lo he metido en la ranura del ascensor.

—¿Qué te ha pasado, cariño? —insiste Jayden.

Reparo en sus ojos, que me inspeccionan con celeridad, e intento restarle importancia dándole un beso en los labios.

—No es nada —bufo, quitando mi mano de entre las suyas—. Ya no me duele.

Pero bien sabe Dios que me duele con cada segundo que pasa. Y ojalá fuese la estúpida herida lo que me tiene así.

—¿Nada? —Jayden se agacha para estar a la altura de mi cara. Odio cuando me sonríe así, tan tierno, porque no puedo amarlo. Me coge la barbilla con cuidado—. Habrá que vendarla.

Me odio, soy horrible. ¿Por qué no puedo enamorarme de él? Retiro la cara y vuelvo a sentirme alterada.

—¡Pues vendémosla! —digo, levantando la mano—. ¿También puedes vendar el tacón?

Él también lleva días raro, pero soy incapaz de preguntarle. Pues sé la respuesta.

—Ha sido un día de mierda —confieso, acercándome un poco a él. No se merece esto. Paso mis manos por su pecho tensísimo y le rodeo el cuello, luego, apoyo la frente en la suya—. He roto unas macetas, no he podido almorzar, me he quemado la mano, ahora se rompe el tacón... ¿Qué más puede pasar hoy?

Jayden se queda rígido. Cuando me separo de su frente, aparta la mirada de la mía. Se agacha y coge el que está roto.

—Te encargaré un par nuevo, sé cuánto te gustan estos zapatos.

Está a punto de irse, pero lo detengo. Aprovecho ahora que Aidan estará durmiendo un poco la siesta.

—¿Qué te pasa? —intento que me mire, pero, de repente, ha cambiado de actitud—. ¿Por qué estás así, Jayden?

Cuando levanta los ojos, estos están en llamas. Me mira enfadado y frunzo el ceño. Entonces, agita el zapato roto mientras suelta:

—¿Sabes qué más puede pasar hoy, cielo? —No me gusta una mierda como ha sonado ese cielo con tanto desdén. No necesita que le responda porque sigue hablando—. La puta fiesta de los cojones. Eso es lo que puede pasar.

Cierro los ojos con fuerza, no me he preocupado en pensar como estaría afectándole esta situación.

Todos sabemos que él estará ahí esta noche.

Cuando los abro, no está. Voy hacia las habitaciones, esperando encontrarlo en la nuestra, pero me detengo cuando lo veo en la puerta del dormitorio de nuestro hijo, observando como duerme.

Dios mío, Jayden es perfecto. ¿Por qué ha tenido que enamorarse de mí? Le abrazo por la espalda y coloca sus manos sobre las mías cuando las dejo en su pecho.

—Lo siento, Ava —susurra sin quitar los ojos de encima de nuestro niño—. He sido un capullo.

—No pasa nada. —Trago saliva por lo que siento. Después, hago que se dé la vuelta y lo beso en los labios con el cariño infinito que siempre le he tenido. Como no puedo amarlo como se merece, me acerco más a él—. Deja que te compense.

***

Jayden recoge nuestras cosas y yo intento dejarle claras a nuestra niñera las mismas instrucciones cada vez que se queda con Aidan.

—En la nevera tienes nuestros teléfonos, llámanos a cualquier hora —le repito—. Vendremos enseguida si es necesario.

Penny asiente sin rechistar y sonríe.

—No os preocupéis, Aidan estará perfectamente.

—Cariño, Penny lleva mucho tiempo cuidando a nuestro hijo, prácticamente desde que nació. No le pasará nada.

Le hago un amago de sonrisa a Jayden y nos despedimos de él con amor. Después, entramos en el ascensor.

—Estás preciosa —asegura tras mirarme de pies a cabeza y da un paso para besarme.

—Gracias, tú también estás muy guapo.

Es verdad. El traje a medida de color azul eléctrico le queda perfecto. Me apoyo bajo su hombro para tenerle muy cerca. Quiero oler a él, tener su calor sobre mí y su presencia en mi mente para no pensar en nada más esta noche.