Capítulo 2 #2
Saboreo su beso mientras noto las manos de Aidan jugueteando en mi pelo.
—Genial, hemos tenido mucho trabajo. —Extiendo los brazos y Aidan se tira a ellos con una risita preciosa—. ¿Dónde está lo más bonito de mi vida?
Lo cojo y lo besuqueo hasta que lo hago gritar. Huele a bebé, ese olor tan característico de los niños cuando están recién bañados y en pijama, exactamente como Jayden lo ha dejado. Después, le pone unas zapatillas con la cabeza del pato Donald y lo deja en el suelo para poder centrarse solo en mí.
—Te he echado de menos —ronronea sobre mi boca, coloca sus manos en mis caderas y me atrae hacía él.
Me pierdo en sus bonitos ojos verdes y observo las diminutas pecas que él y Aidan tienen en común por toda la cara.
Ojalá pudiera sentir ese escalofrío, que la piel se me eriza y que el corazón me hierve de necesidad cuando llevo los brazos a su cuello y me pego a él, anhelando deseo con su contacto.
—Ya estoy en casa —murmuro en sus labios.
—Dentro de poco en la cama —advierte con una sonrisa traviesa y me recorre todo el cuerpo de un vistazo antes de agacharse para atender a Aidan de nuevo.
Le acaricio la cabeza a Cronos cuando pasamos por su lado en dirección a la cocina. Como cada noche, Jayden y yo preparamos la cena, dejamos a Aidan en su trona y cenamos en familia. Un rato divertido y de desconexión que siempre me hace tan feliz.
Cuando el peque duerme, siento las manos de su padre sobre mi estómago y me gira entre sus brazos, reclamando mi atención. Se la doy, se merece eso y mucho más. Se merece mi corazón y estoy dispuesta a seguir luchando hasta que lo consiga.
Una vez en nuestra habitación, dejo que me tumbe en la cama, se deshaga de mi ropa, me bese, me toque, me excite...
Me cubre las manos con las suyas, apartándola de su vista como siempre, mientras intento no pensar demasiado.
Siento el cosquilleo de estar escondiendo mi pasado, aunque sea solo por un momento, aunque sea en este instante tan íntimo, aunque entienda que él quiera, al menos, tener uno fuera de su vista.
Me esfuerzo, como cada día hago, en darle a Jayden todo lo que se merece de mí.
***
—¿Has ido a tu cita con el médico?
Sujeto el teléfono entre mi oreja y el hombro, para poder agacharme y coger los rotuladores con los que Aidan se empeña en pintar el suelo. Por suerte, llego justo a tiempo.
—¿Es que eres un artista, cielo? —le pregunto con una sonrisa y él me mira.
—¿De qué hablas, Ava? —se frustra Jess—. Ya te he hablado de cómo somos en la cama. Si no…
—¡Era al niño! —la detengo enseguida. Ya conozco demasiadas posturas de Dan en la cama, no necesito más.
Mi amiga suelta una carcajada. Me apoyo en la encimera, sin quitarle los ojos de encima a mi hijo que va hacia la caja de juguetes. Hay una por cada esquina de la casa. Es muy inquieto, por eso necesito tenerlo vigilado.
—Ya decía yo —escucho que comenta Jess al otro lado. Ya no se ríe—. Sí, he ido al especialista. Odio ir sola.
Se me revuelven las entrañas al oírla. Me siento fatal siempre que no puedo acompañarla cuando Dan está fuera por trabajo.
Desde que tienen los restaurantes hacen muchos viajes de negocios, pero ahora que Jess no está con los mismos ánimos que hace unos años no siempre acompaña a su marido.
¡Sí! Como Daniel le prometió a su amigo, se casaron cuando él volvió del viaje.
Fue la segunda vez que lo vi, la primera ocurrió en el entierro de mi abuela.
Como todo lo que le concierne, tengo el recuerdo grabado a fuego muy lento en mi cerebro.
Fue una ceremonia preciosa. Jess parecía una princesa y Dan estaba guapísimo.
Tuve que esforzarme una barbaridad por no morirme allí mismo cuando su primer caballero de honor se colocó al lado de Jayden, que fue el segundo.
Marc fue el tercero. Maddie, Amber y yo éramos las damas de honor de Jess.
Yo encabezaba el trío. Estábamos en la misma posición, tan cerca, tan unidos en ese momento por las dos personas a las que más queríamos.
Y tan lejos, rotos y olvidados a la misma vez.
—Lo siento mucho, Jess. Pero me ha sido imposi…
—Lo sé, lo sé. Es que hoy no es mi día —me interrumpe y suspira hondo—.
Me han repetido más de lo mismo: los días de ovulación en los que me aconsejan tener la búsqueda más activa, las posturas, los masajes, ejercicios y consejos de paciencia.
Al parecer, me va a hacer mucha falta. También las otras opciones que hay si seguimos sin resultados de forma natural.
Hace un año que Jess sabe que sus probabilidades de quedarse embarazada son muy bajas.
Aun así, no han desistido en intentarlo de forma natural, y sé que está aterrada.
Dan es un amor con ella, la adora y la mima con todos sus sentidos; y, aunque también está asustado, quiere dar el siguiente paso, pero Jess está en un estado emocional que no la deja avanzar.
—También sabes que tienes que calmarte. Lo han dicho los médicos.
—¡Y una mierda! No quiero ser madre con cuarenta años, Ava. Mi Dan ya los roza… no voy a poder…
—Olvídate de la edad y no pienses en que no serás madre. Lo serás.
—Habló la que solo tuvo que mojar el churro dos veces para traer a Aidan.
Levanto la vista, olvidándome una vez más del pasado, al ver a Jayden acercarse. Nuestro hijo corre hacia él y me levanto para recibirlo.
—Jessica, cariño, tienes que dar el siguiente paso. Dan está preparado y está esperando a que tú lo estés. Todos vamos a estar ahí contigo.
—Lo sé —gimotea y se me rompe el corazón—. También podemos adoptar.
—¡Por supuesto que sí y lo adoraremos en cuanto nos lo presentes! —la animo.
Jayden me da un beso en los labios en silencio, luego se va con el niño al salón y veo cómo juega con él cuando todavía lleva el traje de chaqueta del trabajo. Dios, cuánto hemos cambiado todos. Observo la escena preciosa y familiar, y no puedo evitar pensar que debería sentirme completa.
—De todas formas, quería saber lo que se siente llevando un bebé dentro. Tener las manos de mi marido sobre mi barrigota para sentir las pataditas…
Mi amiga suspira y mi estabilidad emocional se tambalea. A veces, me es inevitable no sentirme fatal por todo lo que he compartido con ella en mi embarazo.
—Tengo que dejarte, bonita —se despide Jess, rompiendo el silencio—. Dale besitos a mi ahijado preferido, mañana nos vemos. Os quiero.
Me acerco a mi hijo, poniendo la llamada en altavoz.
—Dile a la tita cuánto la queremos, renacuajo.
— Ucho , ucho .
Aidan intenta coger el móvil cuando Jess le suelta palabras bonitas antes de colgar. Todavía con la sonrisa en los labios, dejo el teléfono en el sofá y camino hacia Jayden para dejar que me abrace.
—¿Qué tal el día? —le pregunto.
—Hemos cerrado un trato con una empresa.
—Eso es increíble, Jayden. ¿La conozco?
Asiente, clava sus bonitos ojos verdes en los míos y se aferra a mi cintura, pegándome más a él.
—En tres meses Anderson’s Store distribuirá nuestros productos.
Me emociona muchísimo que su empresa haya firmado un contrato así.
Lo abrazo bien fuerte, Jayden se esfuerza mucho para que el negocio familiar prospere.
No merece menos que sentir mi afecto y mi orgullo.
Me levanta al vuelo, me agarra de la nuca para besarme y me envía su sabor a las papilas gustativas.
Dejo que la sensación viaje por mi cuerpo hasta que me devuelve al suelo.
Aidan se acerca a nosotros con otra de sus figuritas de juguete.
—¿Vamos al parque? —le pregunta Jayden.
— Park , park .
Nos miramos riendo, nuestro pequeño domina mucho mejor el inglés que mi idioma, aunque nos esforzamos mucho para que hable ambos.
—Muy bien, colega —dice el padre y lo coge—. Ahora tienes que decirlo en español: parque.
Suelto una carcajada al escucharlo, pues no se le da muy bien, y Jayden me mira de esa forma que siempre me ha llamado la atención.
Antes de que decida venir a por mí, salgo pitando al dormitorio del niño para coger su chaqueta de la Patrulla Canina.
Al volver del dormitorio, paso por delante del despacho de Jayden y una luz llama mi atención.
En cuanto entro, descubro que su ordenador está encendido, así que rodeo su mesa para apagarlo, pero veo que está dentro de un canal de noticias. Me quedo sin aire al leer lo que pone.
«Después de meses fuera del alcance mediático y de la ciudad, el cirujano Zeus O’Donnell regresa a Manhattan. Nosotros nos preguntamos: ¿Solo? ¿Acompañado? ¿Para quedarse? Aún no lo sabemos, pero lo descubriremos».
Sin saber qué hacer de repente, agarro el ratón inalámbrico con la mano temblorosa y cierro la ventana cliqueando como una posesa; luego, apago el ordenador.
Me siento un momento en el borde del escritorio, con la cabeza funcionándome a toda prisa, e intento estabilizar mi respiración.
¿Está aquí? No sé mucho de él, pero estaba enterada de que se había ido a su casa familiar a las afueras un tiempo.
¿Por qué ha vuelto? ¿Habrá sido por el evento de Crystal?
Claro… es una organización benéfica de Medicina.
Aprieto la prenda que llevo en las manos y la miro como si estuviera viéndola por primera vez.
Me levanto de un salto, miro por última vez la pantalla que ahora está negra y salgo del despacho conmocionada.
«¿Qué haces, Ava? Tu familia te espera abajo para ir al parque, deja de pensar en el hombre que te abandonó», me repito una y otra vez a lo largo del día.