Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Lo que más me gusta de mi trabajo es que soy mi propia jefa, y por eso siempre llevo conmigo a Cronos, ya que es un amor y no se mueve de su cama en toda la jornada.

Además, me encanta que Amber siga mi lado.

De aprender conmigo, pasó a ser mi socia tras mucho insistirle.

Y de ahí surgió nuestro estudio, Photo Oasis.

En cuanto el edificio fue mío, empezamos las obras y acondicionamos toda la planta para nuestro trabajo.

Las primeras son viviendas que tengo en alquiler, tal y como quería hacer desde un principio.

Photo Oasis es un increíble espacio amplio, luminoso y muy elegante. Cada una tenemos un despacho, el suyo se encuentra ubicado hacia la zona donde una vez fue el apartamento de Jess y el mío donde antes estaba el salón de mi antiguo apartamento.

Amber y yo bajamos por las escaleras cuando damos por finalizado nuestro día de trabajo unas horas después del almuerzo. No puedo evitar detenerme en la puerta del antiguo piso de Marga, que ahora está ocupado por una pareja joven con dos gatos.

—Todos la echamos mucho de menos, Ava.

Sonrío por el comentario. Marga se ganó mi corazón —y el de todos— sin yo saber que era mi abuela y, cuando por fin empezamos a mantener una relación estrecha, tuve que despedirme de ella para siempre. Todos estuvimos en su funeral, todos, fue una ceremonia íntima y muy emotiva.

Me odio a mí misma al recordar cómo ese día Zeus se presentó con un traje negro a medida y se quedó a unos metros de nosotros, pues Jayden no hubiera permitido que se acercase a mí.

Su rostro estaba tan serio y triste que tuve que aferrarme al cuerpo de mi pareja para no abrazarlo y consolarlo. Consolarnos juntos.

Parpadeo al darme cuenta de que estoy pensando en él. «¡Es lo último que debo hacer!», me recuerdo a mí misma mientras salimos del edificio, pasando primero por el nuevo y bonito vestíbulo en el que ahora hay un también nuevo —y guapo— recepcionista: Scott.

Cronos va a mi lado, no tira, no ladra, no se acerca más de la cuenta a los desconocidos, por lo que los paseos siempre son agradables.

A pesar de ser un perro con una imponente imagen, por su mezcla entre dóberman y rottweiler , es muy mimoso y le encantan las caricias.

A veces, cuando lo estoy mirando, pienso en el innombrable.

Recuerdo perfectamente el día que lo trajo a casa para que no estuviera sola…

Aprieto los labios, sujetando con más fuerza la correa, al pensar de nuevo en ese indeseable. Dios, no se va de mi mente.

—Oye, ¿cómo ves lo de la fiesta que ha organizado Crystal? —La voz de Amber me devuelve a la calle por la que paseamos.

—Creo que es genial, va a conseguir muchas donaciones, estoy segura.

—Se ha esforzado mucho para llegar donde está después de todo lo que pasó.

Nos detenemos en una terraza y ato la correa de Cronos a la barandilla que queda justo detrás de mí. Dejo el bolso que me regaló Jayden por mi cumpleaños sobre una de las sillas y, cuando me siento, pienso en lo que estamos hablando.

Las cosas han cambiado mucho. Creo que perdoné a Crystal aquel día en el aeropuerto y, con el paso de los años, he ido comprendiéndolo.

Pero fue de verdad, cansada del pasado, cuando decidí enterrar el hacha de guerra el día que apareció en la puerta de mi estudio.

Llevaba dos años sin saber nada de ella: uno lo pasó fuera con él , y el otro se marchó a Cuba con Gregor —el abogado con el que ha terminado casándose— tras dejar de trabajar en el Vitality —algo de lo que Amber se encargó de informarme—.

No tenía ni idea de su paradero hasta que la tuve delante.

Me rogó que la perdonase de nuevo, decía que estaba cansada de odiarse y que el innombrable había hecho todo lo posible por mantenerse en contacto conmigo todo ese tiempo.

Al escucharla, el corazón me lloró en el pecho.

Dios, cómo dolía. Cómo sigue doliendo. Odio todo lo que nos pasó, todo lo que no pudimos tener, todo lo que habría querido construir con él.

Todo lo que sigo deseando, pese a saber que es imposible.

Es jodido sufrir hasta el punto de llorar por lo que podría haber sido más que por lo que fue.

Le pedí que no hablara de él. No podía soportar más mentiras.

Estuvimos incomunicados durante meses y, cuando por fin logramos hablar de nuevo, me contó que tendrían que quedarse unos meses más, que la situación allí era terrible.

Lo acepté, me daba igual el tiempo. Después, no volví a saber nada más de él hasta que me enteré por Amber que había regresado a Nueva York.

Lo esperé durante días en mi edificio, donde trabajo, por si no sabía dónde vivía, aunque me parecía extraño que su hermana no le hubiera proporcionado la información si se la pedía.

Lo esperé hasta tarde muchas noches, mirando una puerta a la que nunca llamó.

Por eso, no quería escuchar nada más sobre él.

«Me quedé sin nada por mi padre. No tengo amigos, no tengo principios», recuerdo que me confesó Crystal entre lágrimas.

Le ofrecí algo de beber, hacía frío en la calle y me di cuenta de que no podía seguir odiando más.

«Gregor es increíble», me dijo mirando la taza que tenía entre sus manos.

Recuerdo el gesto de su cara y el brillo en sus ojos cuando me contó que estaba embarazada.

«No quiero ser una mala madre, una mala persona para mi hijo».

Le cogí la mano y sonreí. Por primera vez desde que la conocía, me sentí realmente feliz por ella.

—¿Qué vais a tomar?

La voz del camarero me trae del pasado. Parpadeo y pido un café.

—Un latte y una magdalena chocolate.

A Amber siguen chiflándole los dulces, no importa la forma, el relleno, el glaseado ni el color.

En cambio yo, desde que Marga no está, no he vuelto a probar uno igual.

Ya ni siquiera me llaman la atención. Observo cómo choco la punta de mis tacones de aguja debajo de la mesa, recordando cómo me ha cambiado la vida en estos años.

—Entonces, ¿qué?

—¿Qué de qué? —Aparto la mirada de mi movimiento y me centro en mi gran amiga.

Sonríe de medio lado, estrangulándome el corazón. A veces odio que lo haga, me trae demasiados recuerdos.

—¿Qué te vas a poner? Es el sábado.

—Ah, eso —murmuro cogiendo la taza que deja el camarero sobre la mesa—. He encontrado un vestido azul precioso donde Sharon.

Sharon es la dueña de una famosísima boutique en el centro de Manhattan. Hemos hecho muchos reportajes con sus colecciones. Mi trabajo ha sido sensacional desde aquel proyecto tan grande con Carl, justo después de despedirme en aquel aeropuerto del amor de…

—¿Ese con un escote increíble y tan ceñido? —canturrea Amber, con el labio de arriba lleno de nata montada. Lo lame y suelta una risita.

—Ese mismo. Es precioso, el jueves vamos a probármelo.

Intento parecer animada, intento sentirme animada.

—Pues yo he reservado un traje de chaqueta rosa —comenta y asiento, dando un sorbo a mi café, al recordar que me lo mostró en el móvil—. Queda ideal con el corpiño negro que te enseñé la semana pasada.

Seguimos hablando del evento y la ropa durante horas, hasta que centramos toda nuestra atención en contarnos las nuevas hazañas de nuestros hijos. Ni siquiera somos conscientes de la hora hasta que se encienden las luces que están colgadas sobre nuestras cabezas en la terraza de la cafetería.

—Nos vemos mañana. Descansa, cariño.

Nos abrazamos, la quiero muchísimo. Es un amor.

—Sí, claro. Hasta mañana, guapa —me despido.

De camino al Upper East Side, donde ahora vivo, disfruto del paseo con Cronos. A veces se detiene a oler, hace sus necesidades y sigue paseando como si la ciudad fuera suya. Como si en realidad no fuese el perro grandote que se tira panza arriba cuando ve a Aidan y este le grita de emoción.

***

Cuando llego a mi destino reina la paz y, con una sonrisa al pensar en quien me espera en casa, entro en el vestíbulo.

La recepcionista que está de lunes a viernes me saluda con una encantadora sonrisa y me desea buenas noches.

Suelto a Cronos en el ascensor cuando introduzco la llave de mi ático.

Los números brillan de forma consecutiva en la barra electrónica de la pared hasta que se detienen en la planta dieciséis.

Cronos entra en casa ladrando y saltando al ver a los chicos.

Sonrío al encontrarme a Jayden en el salón con Aidan en brazos mientras este chilla de alegría al saber que hemos llegado.

Nuestro hogar es grande, tiene mucha luz natural gracias a las ventanas altas que hay por todas partes.

El salón es abierto, en el otro extremo está la cocina y, justo al lado del ascensor, la escalera que da a los dormitorios.

La decoración es minimalista, hay pocos muebles y mucho espacio para que nuestro pequeño se mueva a sus anchas.

Compré este ático, que son dos pisos de la misma planta unidos más otro superior que también estaba en venta, cuando me enteré de que estaba embarazada.

El piso de una habitación de Jayden ya se quedaba pequeñísimo cuando todavía éramos nosotros y el perro, por lo que no quería imaginar cómo sería con un bebé.

Todo fue posible gracias a los increíbles frutos que empezaba a generar el estudio, y que no hace más que mejorar por el nombre que nos estamos creando dentro del mundo de la moda.

Por mucho que Jayden insistió en comprarlo a medias, yo quería que fuera solo mío.

Al fin y al cabo, él ya tenía su propio apartamento y juntos teníamos a nuestro hijo.

Yo quería un hogar que fuera solo mío, un lugar donde poder acudir si las cosas se torcían. No quería depender de nadie más, ni tener que volver a casa de uno de mis amigos si un día Jayden también decidía abandonarme, mientras encontraba algo.

No podría volver a revivir eso.

—Mira quién está aquí. —Jayden llama la atención de nuestro pequeño mientras viene a mi encuentro. Se inclina hacia mí y me besa en los labios—. ¿Qué tal el día, preciosa?