Siempre Seremos Nosotros (Sempiterno 3)
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Capítulo 1
Creí que podríamos, lo creí y lo deseé con todo mi corazón. Aun así, no pudo ser. Estuve un año entero, con sus días, meses, horas y minutos, esperando su llegada. Pero no volví a verlo.
Rechacé innumerables veces a la persona que estuvo conmigo en cada día de mierda porque pensaba que jamás habría nadie como él. Y, si lo había, no lo quería. Hasta que pasaron seis meses sin tener noticias, ni una llamada o mensaje. Estábamos incomunicados por completo.
Entonces, surgió. De la forma más simple, sin buscarlo ni planearlo.
Surgió por cada palabra de aliento que no volví a escuchar de él, por cada abrazo que él no volvió a darme, por cada susurro sin su voz, por cada promesa que no cumplió, por cada día que no estuvo conmigo…
Mi nueva relación se forjó y se consolidó de una forma que me sorprendió, porque ahora no quiero estar con nadie más.
Incluso habiendo empezado una nueva vida, cuando el año pasó y me enteré de que él regresó meses después de lo esperado, mi corazón se aceleró de manera inexplicable.
Mi subconsciente me hacía mirar la puerta de mi piso todos los días, a cada minuto, por si venía a buscarme.
Pero los días pasaron de nuevo y nadie llamó a mi puerta.
Me tocó aceptar que no volvería conmigo.
Aun así, los días sin él duelen. Sí, todavía duelen.
Porque, por mucho que me esfuerce en no sentir nada, por mucho que me repita una y otra vez que no merece la pena, me es imposible olvidarlo.
A mi corazón no le importa que hayan pasado cuatro años desde que nos despedimos en aquel aeropuerto.
No le importa, y se encarga cada maldita jornada de recordarme que Zeus estará siempre clavado en él.
Pero ya va siendo hora de deshacerme de su recuerdo.
Han pasado años desde que nos vimos por última vez, él mismo se ha encargado bien de eso, y no pienso huir más de él, no voy a perderme ni un momento más con mis seres queridos por esquivarlo.
Tengo que asumir la realidad y no es otra que jamás volveremos a estar juntos.
—¡Felicidades, Avuchi! —grita Jess a mi lado.
—Felicidades, tesoro. —Mi padre aplaude a través de la pantalla y siento que está a mi lado.
—Felices treinta y dos años, preciosa.
Tengo delante una tarta de tres pisos, de chocolate y nata azul, con dos velas encendidas que todos esperan que sople.
Mis amigos de aquí están frente a mí, aplaudiendo y riendo; mi abuelo, sentado en el sofá porque el pobre está un poco pachucho; y mis padres y mis amigos de Madrid, presentes a través de una videollamada en el móvil que hemos colocado a un lado de la mesa.
De pronto, Cronos ladra cuando Maddie levanta su juguete preferido y se lo lanza al pasillo para que corra tras él.
—Ava, sopla las velas, que se te van a derretir.
Marc sonríe y llama mi atención. Me cantan el cumpleaños feliz, en español y en inglés, me aplauden y soplo mis treinta y dos con energía y una sonrisa. Al hacerlo, me gano un achuchón de Samantha y de Seth, a quienes adoro.
—¡Hora de los regalos! —exclama Malcolm.
Cada uno me da el suyo y Joey, el hijo de Amber y Malcolm, que ya tiene cuatro años, me entrega un cartón con macarrones, algodón y mucho brillo.
—Gracias, bonito mío. —Le beso los cachetes, que siempre están rojos, porque me encanta hacerlo rabiar.
—Eh, ahora nos toca a nosotros.
Sonrío al ver a los hombres de mi vida acercarse con una caja envuelta en las manos y me gano un beso en los labios y unos bracitos extendidos en mi dirección llamando mi atención.
—Colega, primero hay que darle el regalo.
—Mami…
Rompo el papel bajo la atenta mirada de todos mis amigos y ante mí aparece una cajita rosa pastel con un lazo.
Lo abro con cuidado y saco de ella un bolso precioso, una botella de vino rosado y un sobre blanco.
Con más delicadeza que antes, abro el sobre y saco tres billetes de avión con destino a París, Madrid y de vuelta a Manhattan.
—Me encanta, es maravilloso. —Me acerco a besar a mi prometido con todo el cariño que se merece.
—Tú me encantas a mí —me susurra al oído.
Los chicos aplauden y Aidan se une a ellos, le encanta la marcha que tiene su familia. Dejo los billetes sobre la mesa y cojo a mi hijo en brazos para besuquearlo.
—¿Quieres tartita? —Aidan vuelve a aplaudir y ríe a carcajadas—. Pues te daré un trocito.
Marc, que nos ha escuchado, empieza a cortar porciones y a repartirlas, dándole la primera a mi hijo.
Aidan está muy mimado y protegido; es el más pequeño y todos están pendientes a cada uno de sus gestos y movimientos.
Nunca olvidaré cuando dio sus primeros pasos durante un almuerzo en el que estábamos todos reunidos.
Fue un momento lleno de risas y aplausos.
—¡Ava!
Miro a la mesa desde donde mi madre me llama y me acerco.
Mi relación con mis padres ha mejorado mucho desde que se solucionó el asunto de mi familia materna.
Está sentada en el sofá de casa, acompañada por mi padre, junto a Lucas, Hugo y su novia Marina; es una mujer simpática, cariñosa y amable con la que lleva saliendo dos años.
—¿Dónde está lo más chiquitito de su abu ? —dice mi madre.
Aidan balbucea, grita e intenta coger el móvil. Es devoción lo que siente por su abuela y eso que no la ve muy a menudo por la distancia. Consigo colocar el móvil lejos de él para poder continuar hablando con la familia, porque siempre que coge el teléfono cuelga las llamadas.
—¿Te ha gustado el regalo de Jayden?
Lo observo y no puedo dejar de sonreír, tengo mucha suerte de haber formado una familia con él.
Es atento, amable, un padrazo y la pareja perfecta.
Y, justo por eso, odio no poder evitar la sensación de que mi estómago sigue dando vuelcos cuando pienso en nosotros, en el verdadero motivo por el que hemos llegado tan lejos.
Parpadeo, sintiéndome fatal, y vuelvo a concentrarme en mi madre.
—Sí, llevaba mucho tiempo detrás de ese bolso. El vino es exquisito y el viaje… estoy deseando ir a París. Y a Aidan le encantará veros.
—¡Y Disneyland! Con lo que le gus… —La pantalla se bloquea y aparece el fondo de pantalla.
—No, no, no —murmuro con mi hijo en brazos, quitándole el móvil de las manos. Lo miro y clava sus ojos, tan verdes como los de su padre, en mí—. Cielito, eso no se hace.
Vuelvo a llamar a mi madre, pero esta vez decido dejar al niño en el suelo. Aunque no sé si ha sido buena idea porque coge una servilleta de la mesa y tira de ella derramando dos vasos de refresco que hay encima.
—¡No! Mamá, mira lo que ha hecho el renacuajo —exclama Seth, que lleva a su hermano Joey cogido de la mano.
Ah, sí, Aidan es tan nervioso, escurridizo y tiene el pelo tan negro que mis amigos han decidido apodarlo así. Con cariño, claro. Jayden, al escuchar la advertencia, se gira y va hacia él. Nuestro hijo está empapado y chapotea en el charco que se ha formado en el suelo.
—Vamos a cambiarte, colega.
Aidan le dice cosas, aunque todavía no habla demasiado bien ninguno de los dos idiomas. Observo como suben las escaleras y, al dejar de verlos, continuo con la llamada. Hablo con mi familia y amigos un buen rato más, hasta que tienen que marcharse porque en Madrid ya es tarde.
***
Un rato después, los adultos reímos y hablamos mientras cenamos lo que hemos pedido. Es un detallazo que se hayan quedado a cenar, aunque mañana haya que trabajar.
—Es mío. ¡Es mío! —grita Joey, llamando nuestra atención.
Como era de esperar, Aidan y él están peleando por un pequeño camión verde que Joey tiene desde las Navidades pasadas.
No se despega de él, adora su camión de basura de juguete y es por lo único que llora cuando no lo tiene encima.
A Joey le encanta ver estos vehículos por las calles, cuando hay uno cerca y él se da cuenta, tenemos que dejar que lo vea porque disfruta de lo lindo.
—Aidan, dale el juguete a tu primo.
Niega con la cabeza a lo que le dice su padre y consigue que lo coja en brazos, separándolo de Joey.
Con paciencia, sin importarle que nuestro hijo le berree en la oreja, le quita el juguete y se lo devuelve a nuestro sobrino.
Sí, nuestro, porque Jayden es una persona increíble con un corazón de oro que se lleva genial con Amber y sus hijos, a pesar de ser la hermana del innombrable.
Ah, sí, no se habla de él en esta casa. Nunca se pronuncia su nombre, Jayden no quiere saber nada de él.
Todos lo hemos aceptado, no era para menos, aunque no puedo dejar de preguntarme si su decisión es causa del dolor que sufrí y él presenció o porque nota en mi cara que a veces algo se remueve en mi interior.
—Nosotros tenemos que irnos, mañana hay cole. —Amber me devuelve a la tierra, levantándose y repartiendo besos a cada uno de nosotros para despedirse.
Poco después, los que nos hemos quedado, nos levantamos y comenzamos a recoger. Jessica, Maddie y yo llevamos los platos a la cocina; mientras Dan, Marc y Jayden recogen en el salón y están pendientes de Aidan.
—¿Este fin de semana tienes que volver a viajar?
La peque, que ya no lo es tanto, deja los platos en el fregadero y nos mira a Jessica y a mí antes de apoyarse en la encimera de mi cocina.
—Sí, tengo que ir a Texas. Nos han contratado para una boda que se celebra dentro de dos fines de semanas.
—Y ¿cómo te va con Alfredo?
Los años pasan por el físico de Jessica, pero no por su forma de ser. La tía sigue teniendo el don de sacar temas inoportunos que nadie se atreve a pronunciar.
—Directamente no va —suspira Maddie—. Solo es un amigo con el que lo paso bien de vez en cuando. Nada serio. No se sabe lo que una se puede encontrar cada fin de semana.
Se ríe y echa hacia atrás su melena ondulada y rubia natural —después de llevarla años de varios colores— cuando Marc aparece.
—Si sigues así, una enfermedad de transmisión sexual —suelta Marc dejando platos sucios en el fregadero.
Jess y yo intercambiamos una mirada en absoluto silencio.
Después de lo que pasó entre ellos hace años, volvieron a intentarlo.
Aunque nada en plan serio y nunca llegaron a hacer oficial lo que fuera que había —y sigue habiendo— entre ellos.
Pero, desde que Maddison decidió no seguir tolerando las dudas de Marc y puso punto final a esa historia que comparten, no pueden estar juntos en la misma habitación.
Siempre tienen alguna pulla que lanzarse o ninguno hace nada bien para el otro. Es una guerra constante.
—No te preocupes por ello, el preservativo hasta hoy me va genial.
Marc aprieta los labios y, sin decir una palabra más, sale de la cocina, dejándonos a solas de nuevo.
—Menudo cascarrabias. —Maddie observa molesta la puerta y, sin dejarnos responder, se va también.
—Nada, chica, que con estos no hay remedio.
Suelto una carcajada, Jess es tremenda.
***
—Qué silencio… —comenta Jayden, cogiendo a Aidan del suelo y pasándome un brazo por los hombros cuando nos hemos despedidos de Dan y Jess—. ¿Qué te parece si dormimos a este monstruito y después te doy tu último regalo de cumpleaños?
—Me parece perfecto —afirmo mientras me besa el cuello con cariño.
Dormirlo lleva menos de quince minutos, es lo bueno de que sea tan gamberrete, pues por la noche cae rendido.
Cuando Jayden termina de taparlo, se acerca a mí, que los observo desde el marco de la puerta.
Me agarra por la cintura al besarme y me lleva entre caricias a nuestro dormitorio mientras me promete cosas al oído que él siempre cumple.