Siempre serás mía 13. Frankie #3
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13. Frankie #3

—Vas a matarme, Eden. Si no lo haces, no voy a parar nunca. Siempre estaré por ahí, acechando. ¿Crees que me condenarán a cadena perpetua por esto? ¿Por prenderle fuego a un cobertizo y a unos cuantos coches? ¿Por enviarte una nota? ¿Por hacerte unas cuantas fotos? Venga ya.

Apartó la pistola y me la puso en la mano. Mi cuerpo no respondía, estaba inmóvil, así que me cerró los dedos para que la cogiera.

Luego dio un paso atrás, me miró fijamente a los ojos y dio comienzo a una retahíla de palabras que fueron saliendo a borbotones y que dejaron en evidencia hasta dónde llegaba su grado de locura:

—Te he hecho replantearte tu propia estabilidad mental, Frankie.

No solo te he acosado, me he metido en tu cabeza.

En tu mente. En tu vida. Cuando abrías mis cartas, yo estaba ahí, aparcado en tu calle, vigilando.

Cuando llorabas en tu escritorio, día tras día, veía cómo las lágrimas corrían por tu rostro.

Porque estaba ahí. Cuando fuiste a esa librería y te derrumbaste al ver tantas sillas vacías, también estaba.

Y sí, tienes razón, estoy enfermo. Me rechazaste y decidí meterme en tu cabeza y en tu vida hasta tal punto que no pudieras existir sin mí porque nos habríamos fusionado.

Y, durante un tiempo, así fue. Nos fusionamos.

Pero ahora te estoy dando la forma de librarte de mí.

El corazón me latía con fuerza, el miedo impregnaba cada centímetro de mi ser.

Me sentía mareada, asqueada, totalmente ajena a mí misma, como si me hubiera arrancado una parte tan grande de lo que soy que ya no sabía qué quedaba de mí.

La ira se abría paso centímetro a centímetro ante la devastadora comprensión de lo sucedido.

Había pasado por mi peor momento, había tocado fondo, y aun así este hombre se había atrevido a arrebatarme una parte de mí y a hundirme aún más.

Ahora también me estaba arrebatando la alegría de este fin de semana tan importante.

Quería apropiarse de él igual que se estaba apropiando de mí, y eso me ponía furiosa.

Estaba furiosa con el mundo y con él, porque era tan devastador, tan agotador y tan abrumador que no sabía cómo luchar. No sabía cómo salir de esta ilesa.

—Aprieta el gatillo —espetó mirando hacia abajo. Yo también bajé la mirada y descubrí que tenía el brazo extendido y estaba apuntándolo con la pistola—. Me merezco esa bala. Los dos lo sabemos.

El arma temblaba en mi mano.

Volví a mirarlo.

Yo no sabía si se merecía esa bala y no quería tener el poder de decidirlo, pero lo que sí sabía era que lo odiaba.

Lo odiaba por ponerme en esa situación, por hacerme sentir tanta rabia, tanta impotencia, tanta indefensión.

Era consciente de que quería provocarme y yo estaba cayendo en la trampa, pero es que no me merecía aquello. No me lo merecía.

—Hazlo, Frankie —dijo Peter, metiéndose en mi cabeza, más adentro si cabía—. ¿No me odias? Sé que sí.

Asentí con la cabeza mientras todo mi cuerpo temblaba.

—Te odio. Es cierto. Pero no voy a...

Caminó directo hacia el arma. Abrí mucho los ojos, la ira se desvaneció y volvió a aparecer el pánico al ver que alzaba los brazos hacia mis manos.

—Te ayudaré, Frankie Rossi. —Sus dedos húmedos se posaron encima de los míos, tanteando, buscando el gatillo. Abrí la boca, la sangre se me bajó a los pies y luego se me subió a la cabeza. Estaba mareada, entumecida, no podía pensar ni moverme—. Te ayudaré como siem...

Algo nos embistió.

O más bien embistió a Peter.

Yo salí empujada hacia un lado y entonces se escuchó el ruido del cristal al romperse.

Un grito resonó en la silenciosa madrugada, y el crepitar del fuego fue el único acompañante del golpe sordo que siguió.

La pistola que tenía en la mano cayó al suelo con estrépito y me di cuenta de que yo también estaba en el suelo.

Me había caído de rodillas, desgarrándome la tela de las mallas y la piel de debajo.

Tenía la respiración entrecortada. A duras penas podía respirar.

Toda yo estaba rota en cien mil pedazos.

Alguien se arrodilló ante mí.

—Frankie —dijo Turner—. Frankie, cariño. Mírame.

De repente tenía los ojos de Turner delante. Tenían las pupilas dilatadas y se movían frenéticos, pero no tenían nada que ver con la mirada de angustia que había contemplado segundos antes. En estos había bondad. Preocupación. Amor. Fuerza. Eran mi hogar.

—¿Dónde está? —le pregunté con la voz desgarrada—. Dios mío, Turner, ¿dónde está?

Él negó con la cabeza, encogiéndose de dolor al moverla.

—Ya no está.

¿Estaba muerto? ¿Vivo? No sabía qué era mejor. Me sentía vacía y desconocía qué era lo que necesitaba para llenar ese extraño vacío.

—Quería que lo matara —susurré entre sollozos—. Yo...

—No te habría dejado hacerlo —me dijo Turner, respondiendo a algo que yo no sabía que había preguntado—. No podía dejar que cargaras con ese peso. No lo habría permitido. Por encima de mi cadáver.

—¿Y has preferido cargar tú con él?

—Sí. —Apoyó su frente contra la mía, con las manos aún atadas a la espalda.

El contacto de su piel me produjo una sensación de absolución.

Como si, al estar con él, hubiera un atisbo de esperanza—.

Esto va a ser muy difícil de asimilar, cariño.

Para ti. Para mí. Para los dos. Pero lo conseguiremos. Lo superaremos. Seremos felices.

—¿Cómo?

—Encontraremos la manera. Igual que nos hemos reencontrado nosotros.

Seré tu luz cuando la oscuridad te aceche.

Igual que tú siempre has sido la mía. Y, si en alguna ocasión sientes que te cuesta demasiado y estás a punto de perderte, me encargaré de traerte de vuelta.

Las veces que haga falta. Hasta el fin de los tiempos.