Siempre serás mía 13. Frankie #2
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13. Frankie #2

—Quédate donde estás, Frankie, cariño. —Su sonrisa era burlona—. ¿Debo llamarte así? Suena cursi. Aunque a ti siempre te ha ido ese rollo. Tus libros están cargados de amor. Sexo. Casi siempre bien construidos. Se me ocurren muchos escritores que matarían por tener esa capacidad y esa dualidad.

La palabra «matarían» resonó en mis oídos. Sentí una nueva oleada de inquietud.

—¿Escritores? ¿Tú eres escritor?

—Lo fui hace tiempo —admitió encogiéndose de hombros. Dio otro paso. Luego otro. Y un tercero. Me invadió una sensación de alivio al ver la distancia que había ahora entre él y Turner—. No te acuerdas de mí, ¿verdad?

Volví a rebuscar en mi mente para ver si encontraba algo, cualquier cosa, pero no hubo suerte.

—Ayúdame a recordar. Estoy segura de que no te he olvidado por completo. ¿Cómo te llamas?

Sus labios se curvaron hacia abajo.

—Supongo que si me rechazaste fue por algo. Nunca se me ha dado bien eso de ser memorable.

—¿Tuvimos... una cita en algún momento? —le pregunté, aunque no recordaba haber salido con nadie desde que estaba en Boston—.

¿Me invitaste a ir a tomar algo? Sabes que no salgo mucho de casa.

Pero, si me lo pediste y yo no te correspondí, probablemente fue porque ni siquiera me di cuenta de que te estabas insinuando.

Él se rio como si la idea fuera descabellada.

—Pues sí que te causé poca impresión. Hay que ver... Es una pena, porque habríamos hecho una gran pareja. Nada de esto habría pasado. Conmigo habrías sido una estrella.

Fue entonces cuando caí.

Esas palabras.

Alguien me había dicho eso una vez. Un editor que conocí cuando estaba en proceso de encontrar una editorial que quisiera publicar mi libro.

Había recibido llamadas de varias, lo cual es poco habitual, pero así de bueno era lo que había escrito.

Me sorprendió y emocionó mucho esa acogida.

Era raro que los autores noveles pudieran elegir entre varias editoriales.

Hubo un editor de la editorial Clear River Press que me prometió que con él sería una estrella.

—Peter —susurré—. ¿Peter Loomis?

Su expresión cambió. Se rio y luego sus rasgos se torcieron, dando paso a la desesperación. Me recordaron a las cartas que me mandaba. Eran confusas. También ingeniosas e inteligentes, y a la vez impredecibles en sus halagos.

—Al final resultará que sí soy un poco memorable.

—¿Por qué? —pregunté tragando saliva—. ¿Por qué haces esto? ¿Porque te rechacé?

—¿Por qué? —repitió—. Porque estás cayendo en el olvido, Frankie Rossi.

Porque mi trabajo consiste en buscar talento, desarrollarlo, llevarlo a su máximo potencial, darle forma, convertirlo en algo grande.

Y tú te estabas marchitando. Encogiendo.

Deteriorando. Tu talento está en las últimas, ¿no te has dado cuenta?

Apreté la mandíbula. Sus palabras me dolían, mucho más de lo que esperaba.

Eran la confirmación de todas mis inseguridades, de aquello que llevaba tiempo viendo con mis propios ojos, pero que aún estaba en proceso de aceptar.

No podía racionalizarlas ni ignorarlas. Sentí que me golpeaban y dejaban una marca que sabía que llevaría conmigo después de ese día, si es que salíamos de esta.

Bueno, teníamos que salir de esta sí o sí.

Eché un vistazo en dirección a Turner. Seguía de rodillas. No estaba del todo inconsciente, pero era evidente que tampoco estaba en plenas facultades.

—No te preocupes —dijo Peter, atrayendo mi mirada hacia él justo cuando avanzaba un poco más en mi dirección—.

No voy a matarlo. Ni a ti. Sé que en cierto modo sería poético.

El final que todos esperan. Pero mis giros de guion tienen algo de lo que carecen los tuyos, Frankie, y es la imprevisibilidad.

—¿Es eso lo que quieres, Peter? —pregunté con el pecho agitado—. ¿Criticarme? Entonces, ¿qué necesidad hay de montar todo este paripé? ¿Por qué juegas conmigo? Lo único que tenías que hacer era enviar un puto correo electrónico.

Su sonrisa era vacía.

—Porque así puedo plantar las ideas en la cabeza de los demás, por qué si no.

El público está observando, Frankie. Y yo he ido dejando pistas.

Es una de las claves: generar inquietud.

Las piezas no tienen sentido hasta que encajan, y ahí es donde finalmente entro yo en escena.

Lo cual —hizo una reverencia— nos trae aquí.

Había empezado a hablar más rápido, como un maníaco. Y todavía tenía la pistola en la mano. Intenté bajar el tono de voz y hablar con calma.

—Entonces, ¿qué es exactamente lo que estás haciendo? ¿Editando el desarrollo de mi vida?

—Bingo —confirmó dándose un golpecito en la cabeza con la boca del arma—.

He ido dejando los comentarios en los márgenes, Frankie.

Solo tienes que introducirlos. Y cuando veas el final que tengo en mente.

.. Te encantará, ya verás, es perfecto. ¿Qué fue eso que dijiste el día de la presentación de Miel oscura ?

Ah, sí, es «el lacito con el que envuelves todos estos años de trabajo».

Por cierto, yo también fui. Se te veía tan triste que me dieron ganas de seguir a tu editora hasta su casa y convertirla en un recurso narrativo.

Esa mujer nunca estuvo a la altura. Tendrías que haber sido mi autora.

Mía. Yo podría haberte ayudado a pulir todas las imperfecciones que ella dejó pasar en ese libro, o en cualquiera de los otros, pero, bueno, qué se le va a hacer.

Soy consciente de que lo has pasado mal últimamente, así que lo entiendo.

Era inevitable que acabara afectando a tu trabajo.

Después de ese discurso, el oxígeno ya no me llegaba a los pulmones.

Era mucho peor de lo que había imaginado. Era horrible. Una pesadilla.

—¿Estás intentando calcular cuánto tiempo hace que te sigo la pista? —me preguntó.

Asentí con la cabeza. No podía hablar.

—Desde que se me escapó Lobos de noche , obviamente.

Al principio era por motivos puramente egoístas.

Necesitaba entender por qué no habías querido publicar conmigo.

Pero poco a poco me di cuenta de que quizá te habían engañado.

Esta industria es salvaje. Más de lo que la mayoría de la gente cree.

Yo lo sé bien, me han decepcionado varias veces.

Así que decidí ayudarte de todas formas.

Cuido muy bien de mis autores, y tú eres muy joven y especial.

Has sido la única por la que he hecho esto.

Aunque creo que lo sabes. Creo que era evidente al leer esas cartas.

Vomitivo. Se me estaba revolviendo el estómago. Me sentía... ultrajada. De una forma que nunca había experimentado. Por él y por mí misma. No me podía creer que hubiera llegado a apreciar esas cartas. A apreciarlo a él. ¿En qué clase de monstruo me había convertido?

—Nada de esto es por mí —me esforcé en decir—. Es por ti. No insinúes que yo he aceptado nada de esto.

Aquello pareció dolerle de verdad. Peter volvió a levantar la mano con la pistola y, aunque no me apuntó, no pude evitar sobresaltarme.

—¡Claro que lo aceptaste! —exclamó Peter—. No puedes pedirme que pare ahora. No me harás arrepentirme de esto, Frankie Rossi. Vas a escucharme. Tengo la respuesta a todos tus problemas. Sé cómo impulsar tu carrera, tal y como querías. Y vas a dejarme hacerlo.

Turner se había despejado por el alboroto y, a diferencia de Peter, yo seguía sus movimientos por el rabillo del ojo.

—¿Cómo? —pregunté, tratando de que siguiera absorto en ese retorcido discurso para que no dejara de prestarme atención a mí—. ¿Cómo vas a salvar algo que ni siquiera yo soy capaz de salvar?

Soltó una carcajada.

—Pues volviendo a centrar la atención en ti.

De repente lo tenía justo delante. Apestaba a... algo que no sabía identificar. Era su olor corporal mezclado con humo y algo más. Algo enfermizo. Podrido. Estaba aterrorizada, muerta de miedo, quería llorar y gritarle que parara, pero no podía. Tenía que mantenerme firme, dejarle hablar y...

—Tú —susurró Peter— vas a matarme.

Me quedé petrificada.

Turner dejó escapar un sonido grave y entrecortado.

Peter esbozó una amplia sonrisa cargada de desesperación. Parecía esperanzado, pero con un tipo de esperanza que no debería existir. Una gota de sudor le resbaló por la frente.

—La autora de la aclamada novela que no podías parar de leer se convierte en la protagonista de su propio libro.

—Hizo un gesto con la mano—. Imagina los titulares.

Y ya lo tienes todo hecho. Acosan a la escritora de thrillers .

El acosador la sigue hasta una convención literaria, atormentándola.

El hotel, la policía y el mundo entero la ignoran.

Una tormenta la deja aislada, pero ella persiste.

Hasta que una noche se ve acorralada por las llamas.

Hay fuego por todas partes, incluso en la nieve.

El acosador ha cruzado la línea. Sale a la luz, atraído por la posibilidad de hacerse con su presa.

Pero ella es inteligente y lo lleva a su terreno: la ficción entretejida con la realidad.

Tiene las herramientas para luchar. Para ganar.

El villano muere, pero no sin antes dar guerra y dejar cicatrices en ella que la acompañarán toda la vida. ¿Podrá superarlo y volver a escribir?

Se me escapó un sollozo. Ya no podía contenerlo más.

—Eres...

—Un genio —terminó él—. Lo de la tormenta de nieve ha sido un bonito detalle que no me esperaba, pero aun así creo que habría salido bien.

Incluso he conseguido adaptar el plan para que él encaje a la perfección —dijo refiriéndose a Turner—.

Las mujeres que salvan a los hombres están de moda ahora mismo.

—Estás enfermo —le solté en la cara—. Esta es mi vida, no una novela que puedes construir a tu antojo.

Noté algo contundente contra el pecho. Era la pistola. Me quedé sin aire. Me zumbaban los oídos.