Siempre serás mía 13. Frankie
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13. Frankie

Frankie

El estruendo de una alarma me despertó sobresaltada.

Abrí los ojos y enseguida encontré los de Turner. Sus manos me recorrieron el cuerpo, frenéticas.

—Estoy bien —le aseguré. Le agarré la cara por las mejillas—. Tú también estás bien, ¿verdad?

—Sí —confirmó—. Es la alarma de incendios. ¿Hueles eso?

—Humo —susurré. El olor era tan penetrante como el estridente ruido de la alarma—. Dios mío, Turner. Hay un incendio en el hotel.

Las manos de Turner desaparecieron. Sus labios capturaron los míos de forma fugaz, con prisas.

Después se levantó y se puso en marcha, alejándose de mí, de la cama.

Parpadeé para adaptarme a la oscuridad. La chimenea se había apagado, lo que explicaba el frío que sentía.

Cuando volví a mirarlo, se estaba subiendo la cremallera de los vaqueros y se dirigía a grandes zancadas hacia un interruptor.

Intentó encender la luz.

—Nada —dijo soltando un par de insultos.

Giró la cabeza y ahora podía verlo mucho más claro.

Había un resplandor extraño. Venía de algún lugar exterior y se filtraba en la habitación.

¿Qué hora era? Turner me apoyó las manos en los hombros.

Estaba con el torso desnudo. Yo seguía completamente en bolas—.

Quiero que te pongas algo de ropa. Y unas botas.

Tan rápido como puedas. Prepárate, yo ahora vuelvo, voy a. ..

—No —espeté—. No vas a dejarme aquí sola. Ni hablar.

—Tengo que asegurarme de que no nos está esperando en el pasillo, Frankie. No pienso sacarte de esta habitación hasta asegurarme de que no está ahí.

Tragué saliva.

—Iré contigo.

Él negó con la cabeza.

—Ropa. Botas. Dos minutos como máximo.

—Regla número uno del terror, ya sea en películas o libros, incluidos los thrillers : no hay que separarse en grupos.

Apretó la mandíbula. Sabía que tenía razón.

—Volveré. Te lo prometo.

Dios mío. Esa era la regla número dos. No se hacen promesas. Siempre acaban rompiéndose.

—Turner...

Me dio un beso en la frente y cerré los ojos por un instante, consciente de que era inútil intentar detenerlo.

Me quedé callada, negándome a decir «te quiero» o «ten cuidado» o cualquier otra de esas frases cliché que se usaban siempre, también en mis libros.

Siempre implicaban que algo malo estaba por venir. Esa era la regla número tres.

Cuando abrí los ojos, no había ni rastro de él.

La alarma seguía sonando y la oscuridad seguía teniendo esa extraña textura.

Me puse de pie y empecé a buscar la ropa.

Cualquier prenda. No encontré nada, así que corrí hacia la maleta, la abrí y cogí lo primero que encontré.

Me puse unas mallas y una sudadera con capucha, sin detenerme a buscar ropa interior ni calcetines.

El tiempo corría y Turner iba a llegar en cualquier momento.

Porque iba a volver. ¿No habían pasado ya los dos minutos?

¿Y dónde estaba mi móvil? ¿Y mis botas?

Di varias vueltas, levantando cosas que no tenía sentido mover. Una silla. Una papelera. Una almohada. Ni rastro del teléfono ni de las botas.

De pronto, tuve el recuerdo de la noche anterior en el jacuzzi . Mierda. No habíamos cogido la ropa. Pero los móviles... Los móviles sí estaban dentro de la habitación, ¿verdad?

¿Verdad?

Una extraña sensación me invadió. Como un presentimiento. Un instinto. Me acerqué a las puertas de cristal y corrí las cortinas.

Se me encogió el corazón. El origen de aquel resplandor naranja y mantecoso venía de allí.

Justo al lado del hotel. No era el amanecer, aunque el cielo empezaba a clarear.

Había un incendio fuera. Lo veía a través de los paneles de cristal del solárium, ahora teñidos por las llamas granate que derretían el manto blanco que hace unas horas lo cubría todo.

Era un mensaje de Enzo. No. De Enzo no. De él. Del acosador. Solo que este no iba acompañado de nada más que puro terror.

Dios mío, ¿en qué me había metido? ¿En qué había metido a toda esta gente y cómo podía arreglarlo si no sabía ni qué significaba todo aquello?

Esa sensación tan familiar me inundó el pecho y me creó un nudo en el estómago.

Era el giro de guion final. Me había puesto un montón veces en el lugar de Eden desde el otro lado del teclado.

Esta vez no era la escritora, sino la chica que llegaba viva al final.

Era el último asalto. Ese hombre estaba cosechando lo que había sembrado.

«No hay nada más aterrador que lo desconocido», había escrito en uno de mis libros.

«Por eso le tememos a la muerte. Villanos, héroes; a todos nos llega nuestra hora».

Turner. Tenía que sacarlo de allí. ¿Dónde estaba? ¿Y dónde...?

Algo se iluminó a unos metros de mí, al otro lado de las puertas que daban al solárium.

Era mi móvil. No entendía cómo había llegado ahí, pero sabía por qué estaba en el solárium.

Para que saliera afuera.

Me di cuenta de que había deslizado la puerta de cristal hacia un lado y había puesto un pie sobre el suelo de madera, mucho más frío, cuando un escalofrío me recorrió los brazos.

Estábamos rompiendo todas las reglas y cayendo en todas las trampas que él había puesto, haciendo honor a todos los clichés, pero ¿qué otra opción teníamos?

Él me buscaba a mí y, por mucho que me hubiera dejado proteger por Turner, era yo la que había traído a ese hombre aquí.

Si me hubiera querido matar, ya lo habría hecho.

Primero quería otra cosa. A mí. Y yo tenía la absoluta y terrorífica certeza de que no pararía hasta conseguirlo.

Con las piernas temblorosas, avancé. El crepitar del fuego rugía tan fuerte que era casi imposible ignorarlo, pero mantuve la mirada fija en el móvil que tenía delante.

Estiré el brazo para cogerlo. La pantalla se iluminó. Había una notificación de airdrop. La acepté.

Era una foto de nosotros. Turner y yo. La noche anterior, de pie en el solárium, tomada desde fuera.

Otra notificación.

Una foto en la que se apreciaba el contorno de la parte superior de nuestro cuerpo a través del cristal empañado, en el jacuzzi . Mis brazos alrededor de su cuello.

Ping.

La silueta de mi cuerpo sentada en el borde, con la cabeza de Turner entre las piernas.

Ping, ping, ping.

Nosotros corriendo para volver adentro. Turner echando un vistazo afuera a través de las cortinas. Nosotros en la cama, solo parcialmente visibles a través de una rendija en las cortinas.

Me entraron náuseas. Tuve una arcada. Sentí que iba a vomitar.

Ping.

Turner con el torso desnudo. De rodillas, con la cabeza inclinada hacia delante y la barbilla apoyada en el pecho.

Ahogué un grito. El teléfono se me resbaló de las manos, cayó al suelo y se deslizó unos metros.

—Qué pena —dijo una voz—. Tengo más fotos como esas.

Me giré lentamente.

Abrí los ojos horrorizada.

Turner estaba de rodillas, con las manos en la espalda, y había un hombre de pie frente a él.

«Enzo», gritó mi mente. Solo que no se parecía en nada al personaje con el que había pasado tanto tiempo.

No era ficticio. Era real. Ese hombre era alto y delgado, con una barbilla puntiaguda y una nariz afilada.

Iba cubierto de pies a cabeza con ropa técnica, como si estuviera listo para salir de excursión o acabara de regresar de una.

Lo había visto antes. No recordaba dónde ni cuándo, pero lo había visto.

—Suéltalo —le dije con la voz ronca y temblorosa—. Deja que se vaya y haré lo que quieras.

El hombre se rio.

—No —gruñó Turner.

—Es curioso —dijo el acosador, mirándome a los ojos—.

Él ha dicho lo mismo. Ni siquiera he tenido que usar esto.

—Se sacó una pistola del cinturón. Una puta pistola.

Dios mío—. Lo único que he tenido que hacer ha sido decirle que si no me dejaba atarle las manos a la espalda le diría a mi cómplice que te matara.

La verdad es que no hacía falta golpearle la cabeza, pero me ha parecido que le daba un toque interesante.

Al fin y al cabo, su inesperada presencia me ha complicado los planes y me ha sacado de quicio.

Desvié la mirada hacia Turner para comprobar si tenía alguna lesión visible. No encontré ninguna, pero parecía aturdido. ¿Cómo de fuerte le había golpeado? ¿Le habría causado una conmoción cerebral? ¿Dónde estaba ese cómplice?

—Sois muy crédulos los dos —continuó el hombre con un tono de.

.. ¿decepción?—. No tengo ningún cómplice, solo soy yo.

Y esperaba más de ti, Frankie. Lo de anoche en el jacuzzi .

.. Venga ya, eres una escritora experimentada.

Vaya cagada. Me hace preguntarme si todo lo que he hecho ha valido la pena.

Tenías mucho potencial cuando nos conocimos.

Ahora te dejas distraer por... los hombres. ¿No ves que le quitan valor a tu don?

Exhalé un suspiro entrecortado. ¿«Cuando nos conocimos»?

¿«Tu don»? Me devané los sesos buscando una respuesta, una forma de encontrarle sentido a esas dos cosas, pero entonces Turner se movió.

Levantó la cabeza como si intentara mantenerse despierto.

Tenía que sacarlo de allí. Rápido. Debía encontrar la forma de distraer a esa persona para que Turner pudiera marcharse.

No. Siendo realista, no se iría de ahí sin mí.

Dios. ¿Y si Turner intentaba plantarle cara?

Tenía que mantener la atención del hombre centrada en mí para evitar que le volviera a hacer daño a Turner.

Di un paso hacia el acosador.

—En tus cartas me hablabas de esto. De mi don. Me hiciste creer que era especial y, durante un tiempo, fuiste el único que lo creía.

Inclinó la cabeza pensativo, meditabundo, y dio un paso adelante, dejando a Turner detrás de él.

—Es que eres especial. Siempre lo has sido.

Me repugnaba escuchar las palabras que Turner me había dicho saliendo de la boca de ese hombre, pero decidí hacer de tripas corazón. Me moví hacia un lado, tratando de alejarlo más, pero él me detuvo con un chasquido.

Levantó la mano que sostenía la pistola.