12. Frankie #2
Turner se enderezó y se puso de rodillas, sin dejar de moverse ni salir de mí. Vi cómo se le contraía esa piel tan bonita cubierta de tinta negra con su respiración entrecortada. Me miró a los ojos.
—Necesito follarte muy duro, cariño. Dime otra vez que puedo.
—Puedes.
Me atrajo una rodilla al pecho con la mano libre y, cuando cambió el ángulo, sentí la necesidad de aferrarme a las sábanas con un ruego sonoro.
Más. Lo necesitaba todo. Necesitaba correrme. Ahora.
Una advertencia brilló en sus ojos y yo incliné la barbilla hacia abajo con un nuevo gesto de asentimiento, dándole permiso para dejarse llevar y arrastrarme con él.
Cuando volvió a penetrarme, lo hizo con tal fuerza que a mí me dejó sin aliento y a él se le escapó un grave gruñido.
Y entonces Turner me folló. Me folló de verdad.
Se había asegurado de que cada célula de mi ser le perteneciese.
No fue delicado con aquellas partes de mi cuerpo que ansiaban lo contrario.
Me lo dio todo. Me entregó su cuerpo sudoroso, desnudo, bruto, sólido y cariñoso como solo él sabía hacerlo.
—Sabía que podrías conmigo —dijo con un jadeo y un ritmo cada vez más errático—.
Siempre supe que estabas hecha para mí. —Las gotas de sudor le corrían por el cuerpo, su respiración era superficial y se le empezaron a contraer los músculos de las piernas por lo que se avecinaba.
Su cuerpo y el mío formaban un mismo latido—.
Uf. Joder, Frankie. Córrete conmigo, cariño, por favor.
—Se quedó quieto, apretándome las muñecas, la cadera, dejándome marcas en la piel.
Llevándome al límite. Empujándome por el precipicio.
Obligándome a saltar con él—. Hostia puta, siento cómo te corres.
Hostia puta, en efecto.
Yo también lo sentía a él. Por todas partes.
Me quedé sin fuerzas. Saciada. Feliz.
Por fin era de Turner.
La palma de Turner descansaba sobre mi vientre mientras me acariciaba con el pulgar la piel bajo el ombligo.
—Ojalá pudiera contarle al Turner de diecisiete años lo que acabamos de hacer —confesó—. Si hubiera sabido que gritarías mi nombre de esa manera, no habría estado de tan mala leche a todas horas.
Me giré hacia un lado para poder verle bien la cara.
Había pasado un buen rato y seguíamos tumbados en la cama. Desnudos y achicharrados por el calor de nuestros cuerpos y por el fuego que Turner había encendido poco después de que se activara el generador de emergencia. Me mudaría a la suite nupcial para siempre, lo tenía todo.
—No estabas de mala leche —repliqué—. Estabas callado y pensativo.
Turner se rio entre dientes.
—Claro que estaba de mala leche. No podía tener a la chica que quería.
Sentí un vértigo que nunca había experimentado. No me podía creer que estuviera recordando el pasado con esa sensación en vez de con la tristeza que siempre acompañaba a los recuerdos.
—¿Por qué al Turner de diecisiete años? —le pregunté. Y, al ver que no respondía, le hice cosquillas en el costado—. Dímelo. No puedes soltarlo y no decirme por qué. Venga. Porfi.
Turner me agarró la mano y se la llevó a los labios. El bigote y la barba incipiente me hacían cosquillas en la piel.
—¿Te acuerdas del primer verano que fuimos a Ferry Beach, cerca de Camp Ellis?
—dijo finalmente—. Cuando te recogí, llevabas una de esas camisetas que solías arreglar.
La de Fleetwood Mac. Le habías cortado las mangas y la parte de abajo.
Había quedado mucho más corta que cualquiera de tus otras camisetas.
Llevabas el pelo semirrecogido en uno de esos moños en la parte superior de la cabeza.
Y cuando toqué el claxon y saliste por la puerta.
.. Estuve semanas fantaseando. Puede que incluso meses.
Abrí los labios con sorpresa y él sonrió.
—Recuerdo perfectamente ese día. Aquel fue uno de mis veranos favoritos.
—Viniste corriendo hacia mí —continuó—. Ibas lanzada, como si estuvieras dispuesta a ganar a cualquiera que se atreviera a competir contigo. A partir de ese momento, me resultó imposible negarlo.
—Intentaba ganar a Ric —dije—. Yo siempre pedía ir delante y él nunca lo respetaba. Ese día le gané y me senté delante contigo. Cuando apoyaste el brazo detrás de mi reposacabezas para dar marcha atrás, te juro que casi se me va la pinza y te pido que me beses.
Turner se rio. Cuando la risa se desvaneció, me acarició la mandíbula con el dorso de la mano con una ternura que parecía imposible.
—Odio no haber estado ahí para ti este año. No quiero que te sientas sola. Ni triste. Ni asustada.
Le di un beso en la palma, luego en el dorso, justo sobre esas preciosas líneas tatuadas que ahora nos unían.
—No puedo prometerte que nunca volveré a estar triste, porque... puede que pase. Pero, si estoy contigo, dudo que sea capaz de sentirme sola.
—Sé que tienes miedo, Frankie —dijo en voz baja, pero con ese tono severo que me indicaba que hablaba en serio—.
Yo también. No dejo de pensar en lo impotente que me sentiría si te hubieras quedado atrapada aquí sin mí.
Lo aterrorizado que estaría. Pero quiero dejar una cosa muy clara: lo que haya hecho ese psicópata no es culpa tuya.
¿Entendido? Es solo culpa suya. Tener un momento de debilidad no te convierte en una persona horrible.
Aquí la única persona horrible es él por aprovecharse de tu vulnerabilidad.
Asentí con la cabeza. No había palabras para describir lo que sentía por este hombre.
Quería guardar esa sensación en mi pecho y cuidarla para que me ayudara a luchar contra la oscuridad.
No solo tenía miedo; estaba aterrorizada.
Aterrorizada de saber que él estaba aquí, en este hotel, atrapado con nosotros en algún lugar fuera de la burbuja de esta suite .
Aterrorizada de que dicha burbuja no fuera lo suficientemente segura, que estallara y que Turner saliese herido de alguna manera por estar conmigo.
Ese hombre lo había llamado Elliott. A mí, Eden.
A sí mismo, Enzo. Me había pasado años creando un villano que él conocía tan bien como yo.
La posibilidad de que quisiera meterse en el papel era. .. jodida. Aterradora.
Me acurruqué más cerca de Turner, apoyando la cabeza en su pecho, y tomé la decisión de dejar de darle vueltas al coco y limitarme a estar con él. A estar presente. A saborear ese momento, ya que me parecía un poco mágico, especial y frágil, como todas las cosas raras y únicas.
—Cuéntame más cosas que no sé —le dije—. Cosas alegres. Algo bonito.
Me acarició el pelo, jugando con los mechones, un poco distraído.
—El mes pasado estuve en Nueva York por trabajo. Me acordé de ti. Me sorprendió que decidieras mudarte a Boston. En mi mente, si alguna vez te ibas de Maine habría sido para mudarte a Nueva York. ¿Cómo es que no fue así?
—Lo pensé —admití—, pero me parecía un reto demasiado complicado.
Como si fuera de flipada mudarme allí, cerca de mi editora y demás.
Boston me parecía mucho menos intimidante.
Me encanta la costa y la historia, y me encanta la zona donde vivo, en Back Bay.
La señora Flanagan me trae sobras de asado los domingos y se queda un rato para contarme cosas de sus hijos, que ya son bastante mayorcitos.
Un día me contó que su hijo mayor había conocido al amor de su vida y, por cosas del destino, acabó siendo tema de conversación en un pódcast de cotilleos de alcance nacional.
—Me reí—. Pero he preguntado para que hablaras tú, no yo.
—Me gusta que divaguemos juntos.
Echaba de menos poder ser yo misma con él. Más que gustarme, me encantaba poder estar así. Le di un beso en el pecho, justo en un trozo de piel donde no había ningún tatuaje.
—Ahora cuéntame sobre Nueva York y ese viaje de trabajo. Me interesa.
—Un chef me invitó a ver los planos de un restaurante que está a punto de abrir.
Giré la cabeza rápidamente en su dirección.
—¡Un chef! Turner, qué pasada. ¿Por qué no me lo habías contado?
Contuvo una sonrisa de satisfacción.
—¿Estás orgullosa?
—Siempre lo he estado, pero esto es increíble. —Volví a apoyar la cabeza donde estaba y le di un fuerte abrazo—. Ya era hora de que alguien fuera lo bastante inteligente como para llamar a tu puerta y pedirte de rodillas que trabajes con él.
—«De rodillas» quizá sea pasarse, pero sin duda está interesado.
Nos conocimos en una convención unas semanas antes.
Odio los eventos multitudinarios, pero le prometí a Ric que iría.
Un día me sentó y me presentó un plan para ampliar mis horizontes empresariales. Con diapositivas de PowerPoint y todo.
—Típico de Ric.
Él hizo un sonido de asentimiento.
—El chef es español. Demasiado guapo y talentoso para su propio bien. Si te soy sincero, no creo que me necesite, pero busca asociarse con alguien que se encargue de preparar masas y productos de repostería para el local que va a abrir en Brooklyn.
Hubo una breve pausa. La mano de Turner había vuelto a la parte posterior de mi cabeza, y la combinación de su voz y su tacto relajante hizo que mi cuerpo se fuera relajando gradualmente contra el suyo.
—¿Qué más?
—Te imaginé allí conmigo, Frankie. A cada paso que daba, te veía. Encajarías enseguida, sin importar las expectativas que te hayas fijado ni el éxito que tengas ahora o en un futuro. No existe ningún reto demasiado complicado para ti, cariño.
Mi corazón se llenó de alegría. Cerré los párpados.
—¿Nos imaginaste a los dos juntos?
—Sí. No pude evitarlo. No digo que quiera irme de Portland, pero una parte de mí se imaginó cómo sería. Contigo a mi lado.
El sueño se empezó a apoderar de mí. Mi conciencia viajó a ese lugar que Turner ilustraba con sus palabras.
—Podríamos planteárnoslo.
—Podemos ir a pasar un fin de semana. Echar un vistazo a esa parte de Brooklyn. Te presentaría a Lucas. Su mujer te caerá genial. Ella también es escritora, de romántica. He leído uno de sus libros y va de viajes en el tiempo.
—No tengo amigas escritoras en la vida real —dije. Noté que mi voz sonaba algo confusa por el sueño—. ¿Crees que le caeré bien?
—Estoy seguro. También tienen un perro. Te encantan los perros. Un día podemos ir a la protectora y llevarnos al perrito o perrita más triste que haya. Me encargaré de haceros felices a los dos.
«Ya soy feliz», pensé.
Pero no llegué a verbalizarlo. La realidad se había colado en mis sueños y yo bailaba entre ambos mundos.
En uno estaba con el hombre que tenía en mis brazos, pintando el lienzo que había colocado frente a nosotros.
Y en el otro reflexionaba sobre la dura constatación de que, por mucho que quisiera olvidar lo que me esperaba fuera de esa cama, de esa suite nupcial, de esa burbuja, la realidad seguía ahí.
La tensión iba en aumento y ya no podíamos seguir fingiendo que no existía para vivir el momento.
No podíamos seguir fingiendo que todo esto era normal.
No lo era.
Y tenía el presentimiento de que íbamos a confirmarlo más pronto que tarde.