12. Frankie
Frankie
—Tu tatuaje de la polilla... —susurré.
Turner me besó. Fue un beso profundo, con mordisco incluido.
—Sí.
—Nunca me dijiste qué significaba. Tú...
—Sí —repitió antes de volver a besarme.
Un gemido se escapó al sentir los labios y la lengua de Turner, y al comprender lo que estaba admitiendo.
«Te quiero, Frankie Rossi. Te amo como las polillas aman la luz. Con desesperación. A ciegas. Y hasta el fin de mis días».
Me puse de pie, junté las manos detrás de su cuello y me dejé caer un poco hacia atrás para que soportara mi peso mientras permanecía plantado al borde de la cama.
Quería trepar por él, colarme en su interior, quedarme allí para siempre.
La necesidad y el anhelo reprimidos brotaban de mí en oleadas, haciéndome sentir inquieta.
Se había hecho un tatuaje, el primero, a los dieciocho años, y nunca me había dicho qué significaba. Al parecer, esas alas de tinta que tanto me gustaban eran... eran para mí.
Por mí.
—¿Por qué no me lo dijiste? —me quejé contra sus labios—. Si me lo hubieras dicho...
Me agarró de la cintura y nos hizo girar hasta que quedé sentada a horcajadas sobre él.
—Lo sé. Ahora ven aquí. —Se dio unas palmaditas en el pecho—. Castígame por no habértelo dicho.
Entonces caí en lo que me estaba pidiendo.
—Yo nunca...
Vi en sus ojos el mismo deseo que había visto antes en el jacuzzi , y en ambos casos me había dejado sin aliento. Apretó la mandíbula y me agarró el culo.
—Siéntate en mi cara. Déjame ser tu primer algo.
Noté algo más que excitación en el pecho. Quería probarlo. Quería probarlo todo con él. Quería...
—Sé también mi último. Sé mi último en todo, Turner.
Él soltó un gruñido tan profundo que noté como le vibraba el pecho. Tiró de la almohada que tenía debajo de la cabeza y la lanzó hacia un lado, luego me levantó y me subió encima de él.
Unas ganas debilitantes se apoderaron de mí cuando miré hacia abajo y encontré su cabeza entre mis rodillas.
La imagen me pareció una fantasía de las que mi mente inventaba a altas horas de la madrugada. Se parecía a muchas de las que había tenido a lo largo de los años.
Sus palmas pasaron de estar en mi culo a bajar por los muslos, reconfortándome.
—Dame las manos —me ordenó. Lo hice y él me las acercó a su cabello castaño, húmedo y rebelde—. No tengas miedo de agarrarte fuerte, ¿vale? Estoy a punto de ponerme un poco salvaje.
Asentí y él no perdió el tiempo. Me agarró de la cadera y tiró hacia abajo para presionarme contra su boca.
Me apartó las bragas a un lado y empezó a devorarme, exactamente como había prometido.
El placer me inundó y me hizo inclinar la cabeza hacia un lado.
Turner respondió gruñendo de placer mientras me metía la lengua.
Las rodillas me fallaron y mi peso recayó completamente sobre él.
Emitió un sonido de aprobación y me dio un apretón posesivo, instándome a moverme, a acompañar cada lametón y cada embestida con mi cuerpo.
Al ver que le hacía caso, me recompensó moviendo la boca hacia el clítoris, y no sé qué cojones hizo, ni cómo, ni si la reacción que provocó en mí pertenecía a este universo, pero vi las estrellas.
Estrellitas centelleantes que brillaban cuando cerraba los ojos, mientras me aferraba a su cabello como si mi vida dependiera de ello.
Seguí moviéndome sin soltarle esa melena que le hacía parecer tan ridículamente sexi, tan él, tan mío. Era como si hubiera estado esperando este fin de semana toda la vida. El reencuentro, este momento...
—Más fuerte —gruñó desde debajo de mí. Bajé la mirada. Madre mía. Hicimos contacto visual y fue la imagen más erótica que había visto en mi vida—. No pares.
Seguía muy aturdida, pero noté cómo me apretaba las nalgas y me daba un azote para motivarme.
Dios mío. Aquello me estaba encantando, flipando, alucinando. Solté un gemido y aceleré el ritmo. Le tiré del pelo, exigiendo más.
Él repitió la secuencia y esta vez añadió lo que unos segundos antes le había hecho a mi clítoris.
—¡Turner! —grité. Sí, grité—. Me voy a correr. Dios mío, Turner, estoy...
Se me nubló la vista cuando añadió el pulgar a la ecuación. Le bastó un toque para que empezara a retorcerme contra esa cara suya tan bonita. Tuve una experiencia extracorpórea que culminó con un «Joder. Te quiero».
Porque es que, joder, le quería mucho. Más de lo que había querido a nadie y más de lo que le había querido a él hasta ese día.
Y no tenía nada que ver con que me hubiese provocado un orgasmo increíble, sino con todo lo que nos había llevado a ese preciso instante, con lo que me hacía sentir tan conectada a él.
Tan cerca. Tan íntimamente entrelazada. Como si esa soledad que tanto odiaba finalmente hubiera terminado.
—Me encanta ver cómo te corres, Frankie.
Me dejé caer a un lado.
—Ese bigote es mágico. Felicidades, señor panadero.
Él soltó una carcajada antes de incorporarse sobre un codo. Le brillaban los labios gracias a mí. De hecho, no solo los labios; también las comisuras de la boca, la barbilla y el bigote.
—No pienso afeitármelo nunca —murmuró mientras me recorría el cuerpo con la mirada—. A no ser que tú me lo pidas.
—No cuentes con ello. Y también voto por que te quedes con el mullet .
—Tus deseos son órdenes —me dijo con seriedad antes de sellar el trato besándome. Fue un beso lo bastante intenso como para que notara mi sabor en él.
El placer brotó en lo más profundo de mi vientre. Perezoso pero firme. Otra vez. Así de rápido. No sé cómo, pero siempre estaba ahí. Turner fue quien rompió el beso.
—Veía tu tatuaje, mi marca en ti, mientras me cabalgabas la cara. Ha sido impresionante.
Tragué saliva. Ese remolino de calor se duplicó y se expandió.
—¿Impresionante?
—Sí. —Me rozó un pezón con la mano y luego la deslizó por mi escote, ayudada por el sudor que aún se aferraba a mi piel—. Me vuelve loco.
Era oficial: volvía a estar excitada. No era ni medio normal después de aquel orgasmo tan intenso. Por eso cuando Turner se inclinó y le dio un beso a su marca en mí, como él la llamaba, y luego la lamió, no pude evitar jadear.
—Las palabras no se me dan tan bien como a ti —dijo apartando la boca de mi pecho.
Esa mano diabólica volvió a su sitio. Me acarició el costado con los dedos, provocándome cosquillas en las costillas, en el vientre, en la cadera.
Sentí su pene presionándome el muslo con una dureza y un calor desesperantes—. Me...
—No —le interrumpí, inquieta de nuevo—. Claro que se te dan bien. Mejor de lo que crees. Incluso diría que se te dan genial. Pero aun así te voy a pedir que te calles y me folles.
La carcajada que soltó fue como un trueno, profundo y sonoro. Hizo que todo mi cuerpo temblara. Era una fuerza implacable.
Se puso encima de mí, colocando los codos a ambos lados de mi cabeza, aprisionándome contra un colchón que rebotaba bajo nuestro peso.
—¿Quieres que te folle?
Asentí.
—Es lo más bonito que me han dicho nunca —murmuró.
No era bonito. Nada de esto era bonito porque.
.. Joder. Turner no perdió el tiempo. Me agarró las muñecas con una sola mano y me elevó los brazos por encima de la cabeza.
Arqueé la espalda debajo de él, y no fue hasta después de quitarme las bragas, evaluar la nueva posición y gruñir con satisfacción cuando dejó caer todo su peso sobre mí.
Un gemido idéntico se nos escapó al entrar en contacto.
Fue glorioso. Pero yo quería que se moviera. Que hiciera algo. Me retorcí, sintiendo su pene contra el vientre. Palpitante. Era enorme. Su cuerpo pesaba bastante, pero me encantaba tenerlo encima. Necesitaba decírselo.
—Me encanta que seas así de grande.
Me empujó una pierna hacia arriba con un movimiento brusco de rodilla y luego acercó la boca a mi oído.
—Y tú eres perfecta. Seguro que vas a poder conmigo sin problema, cariño.
Iba a intentarlo, eso seguro, así que levanté la cadera, impaciente y ansiosa. La sensación de su piel rozándose contra la mía me volvía loca de deseo.
—¿Con o sin condón? —me preguntó con voz grave, hundiendo la nariz en mi cabello y acariciando mi zona íntima con su miembro, aprovechando los frutos del orgasmo que acababa de provocarme—. Tengo uno, pero no hace falta que lo usemos a menos que tú lo prefieras. Tú decides.
—Sin —susurré, entendiendo lo que quería decir y reacia a esperar más—. Tomo la píldora. Te quiero dentro de mí. Ya.
Turner volvió a acercar su boca a la mía y, esta vez, cuando me besó, supe que no era una recompensa por haberle dejado follarme sin condón; era una forma de decirme que apreciaba que confiara en él.
Mi gemido de aceptación e impaciencia lo puso de nuevo en marcha. Reanudó el movimiento de caderas y tiró de mis brazos inmovilizados, como si quisiera preparar mi cuerpo para lo que se venía. Se posicionó entre mis muslos y comenzó a empujar. No encontró resistencia. Estaba completamente empapada.
—Di que eres mía —exigió. Se había quedado quieto y con la respiración entrecortada.
—Soy...
Empujó sin piedad.
—¡Tuya! —terminé con un gemido.
—Así es. —La sacó y... madre mía. La combinación del tamaño de su pene, el peso de su cuerpo y la dureza con la que me estaba dando lo que quería, hacía que estuviera a punto de cruzar la línea de meta antes de tiempo—.
Siempre lo has sido. —Otra embestida—. Y siempre lo serás. —Y otra más—. Eres mía.
Jadeé en busca de aire mientras él seguía hundiéndose en mí, sin esperar más confirmación.
Mejor, porque yo me estaba dejando llevar por la sensación, por el vaivén y el sonido de sus gruñidos y mis gemidos, por los «más» y los «sí» que se me escapaban entre dientes.
Después de eso, todo se intensificó. Su ritmo se volvió implacable.
Me sujetó las muñecas con tanta fuerza que supe que me saldrían moretones.
Cada embestida me empujaba más y más hacia arriba en el colchón.