Siempre serás mía 11. Turner #2
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11. Turner #2

Sus tetas me rozaron el pecho y me devolvieron a la realidad. Dios, estaba perdiendo el control tanto de mi cuerpo como de mi mente.

—Necesito tranquilizarme —dije contra su boca. No era capaz de alejarme de ella.

Su respiración también estaba agitada.

—No estoy de acuerdo. Sigue.

—Mi plan no era follar contigo en este jacuzzi .

Con los ojos un poco vidriosos, me dio un mordisquito en el cuello.

—Pues es una pena, porque a mí me parece un plan estupendo. Te animo a que lo reconsideres.

Solté un gemido.

—Dime que me vas a dejar intentarlo. Dime que ahora lo entiendes.

Frankie sonrió y me apartó un mechón de pelo de la frente. Quería sentir sus manos sobre mí. Por todas partes. Que me acariciara como a un perro. Estaba dispuesto a ladrar si me lo pedía.

—Lo entiendo. Y lo haré.

Le di la vuelta para colocarla de espaldas a mí antes de sentarme.

Ella giró la cabeza para mirarme por encima del hombro con las mejillas más sonrosadas aún. Sabía que notaba mi erección contra su culo. Estaba bastante seguro de que incluso notaba cómo latía.

—Así me gusta —le susurré al oído—. Ahora sé buena y quédate quieta.

Frankie dejó escapar un sonido maravilloso.

Yo le puse las manos en los hombros e hice un poco de presión con los pulgares. Empecé a deslizarlos arriba y abajo alrededor de su cuello.

—Uf —suspiró—. Hazlo otra vez.

Mi agarre se volvió posesivo ante aquella orden. Avancé centímetro a centímetro por su piel con avidez, alrededor de los omóplatos y bajando por la columna vertebral hasta llegar a la cintura, donde me permití aferrarme a su piel un instante. Luego pasé por los costados, de arriba abajo.

—Siempre me han encantado tus manos —murmuró ella.

Su cumplido hizo que reanudaran la exploración. Volví a subirlas mientras mis nudillos iban deshaciendo algunas de las contracturas que se encontraban por el camino.

—¿Qué más te ha gustado siempre de mí?

—Tus tatuajes —respondió distraída, con la cabeza ladeada. Deslicé los dedos por su cabello cuando llegué al cuello, disfrutando de ver cómo se derretía—. Tu sonrisa —añadió con un leve gemido—. Tu forma de prestar atención. Cómo piensas antes de hablar o actuar.

Le sujeté la cabeza con una mano y, con la otra, profundicé más en su pelo, masajeándole el cuero cabelludo.

Emitió otro de sus gemidos, lo cual aumentó el deseo que sentía y que se me estaba acumulando ahí abajo. Tenía la sensación de estar en la cima del mundo por el simple hecho de ser yo quien estaba ahí, desarmándola por completo.

—¿Qué más? —exigí con un deje peligroso en la voz.

—Me estás distrayendo —murmuró—. No estás siguiendo el plan.

Aceleré el movimiento, enredando su cabello entre mis dedos, tirando de él con suavidad, pero con firmeza.

El cuerpo de Frankie se estremeció mientras soltaba otro gemido.

Empezó a mover las caderas sobre mi regazo.

Era increíblemente receptiva. Tiré de los mechones húmedos con un poco más de fuerza, decantándole la cabeza para poder besarle el cuello.

Después el hombro. Le mordisqueé la oreja.

Volví a tirar del pelo con aún un poco más de fuerza.

—Estás siendo demasiado delicado —me dijo con un tono a medio camino entre el gemido y la queja—. No quiero que lo seas. Quiero saber lo que es tenerte por completo.

La giré para que quedara de cara a mí. No lo entendía. A duras apenas podía contenerme. O tal vez ya había pasado ese punto. ¿Me quería al completo?

—Te propongo un trato —le dije dándole un beso en la comisura de los labios—. Te prometo que siempre seré delicado con tu corazón y tan bruto como necesites que sea con las demás partes de tu cuerpo.

Frankie abrió la boca para decir «sí», pero las palabras no llegaron a salir.

Las capturé con los labios.

Para mí ya no había vuelta atrás. No tenía escapatoria. Me lancé hacia delante y tomé lo que quería de ella. Todo. Joder, ya era hora.

Arqueó su cuerpo contra el mío, presionando los pechos contra mí y pasándome las piernas alrededor de las caderas.

Lo único que sentía en ese momento era a Frankie, la chica de la que me había enamorado hacía tantos años y a la que nunca había logrado olvidar; la chica de la que ya no quería seguir privándome, y era embriagador. Brutal. Glorioso.

—Mía —le dije con voz grave, arrastrándole la boca por el cuello.

Coloqué una palma en la parte baja de su espalda para empujarla hacia mí.

Ambos nos estábamos usando mutuamente para obtener fricción.

Frankie gimió y, en respuesta, repetí el movimiento mientras empujaba las caderas hacia arriba—.

Joder, no sabes las ganas que tengo de probarte.

Quiero lamerte entera. Quiero sentir lo que es estar dentro de ti. Quiero probarlo todo contigo.

—Sí —susurró ella, dando luz verde al torrente de palabras difusas y faltas de coherencia que salían de mi boca, sin filtro alguno—. Por favor sí, sí, sí.

Dios. ¿Estaba a punto de follármela en este jacuzzi ?

Frankie me agarró del pelo desde la parte posterior de la cabeza y tiró, exigiéndomelo con una súplica desesperada.

Solté un improperio y la saqué del agua para poder colocarla en el borde del jacuzzi .

Ella me miró con cara de asombro.

Era impresionante.

Todo en ella.

Aparté la mirada de sus ojos y me concentré en su coño. Puse las manos sobre sus rodillas.

—Ábrete para mí.

Y eso hizo. Es posible que esa fuera mi nuevo lugar favorito del mundo.

Un escalofrío la sacudió, seguramente causado por la expresión de puro y absoluto deseo que veía en mi cara, además del hecho de que estaba sometiendo a esta preciosidad a temperaturas bajo cero para poder comérmela.

—Te prometo que seré rápido, cariño. Solo quiero saborearte y después te haré volver a entrar en calor en la cama, te lo juro.

Ella asintió y, como no me movía lo bastante rápido, me dio un golpecito en el hombro con el pie.

—Hazlo —me exigió.

Una risa resonó contra los cristales. Era la mía. Estaba tan encantado, tan total y absolutamente enamorado de esta mujer que, cuando bajé, lo hice con una sonrisa. Aunque no era de diversión. Estaba regodeándome.

La primera pasada con la lengua fue con pura ansia y avidez. Era una especie de venganza. Quería dejar algo claro. Marcar mi territorio. Que me dejaran quedarme. Me estaba volviendo loco.

—¡Turner! —gimió Frankie—. Diosmiodemivida.

Correcto. Empujé con la lengua y, cuando noté que ella se estremecía contra mi boca, lo volví a hacer. Dos lametones. Se lo había prometido. Dos y ella ya estaba a punto de...

Un fuerte crujido me hizo detenerme.

El silencio nos envolvió.

El motor del jacuzzi se había detenido. La luz suave que habíamos encendido en algún momento también se había apagado.

Frankie me miró a los ojos mientras me enderezaba, y pasaron unos segundos extraños.

De pronto, todos los acontecimientos que había dejado aparcados me vinieron a la mente.

El instinto se apoderó de mí y salté del agua, cogí a Frankie en brazos y corrí hacia el interior de la habitación.

Solo cuando la tuve a salvo en la cama, con las puertas de cristal cerradas y la habitación revisada en busca de posibles amenazas, intrusos o cualquier cosa remotamente sospechosa, me permití parar a respirar.

—No hay nadie —exhalé volviendo junto a ella. Frankie también respiraba con dificultad. Le acaricié la cara y luego la besé con pasión e intensidad. Quizá demasiada—. Estás bien, ¿no?

—Sí —respondió en voz baja—. ¿Y tú?

—Sí.

Nos miramos fijamente durante un instante. Apenas entraba luz en la habitación por las ventanas, pero podía distinguir sus rasgos. Estaba asustada y seguía con la adrenalina a tope. Lo notaba porque sus ojos no paraban quietos.

—Menuda rayada —dijo.

—Pues sí.

—Has salido escopeteado de ese jacuzzi . Y desnudo.

—Correcto.

Abrió mucho los ojos.

—¿Crees que han sido los chorros de la bañera de hidromasaje los que han provocado que saltaran los plomos?

—Es posible.

—¿Cómo de posible?

—Si el hotel está utilizando un generador de emergencia, es posible —respondí con sinceridad—. Si no, ahora sin duda van a tener que usarlo.

—Mierda. No deberíamos haberlo tenido tanto rato encendido.

—Hemos perdido la noción del tiempo.

Se puso colorada, seguramente al recordar lo que estábamos haciendo.

—Somos unos gamberros.

Me encogí de hombros.

—Puede ser. Pero no me importaría dejar a todo Vermont sin electricidad con tal de repetirlo.

Ella soltó una risita y, cuando yo sonreí, se rio aún más fuerte.

Me arrancó una carcajada a mí también y, durante un momento, nos limitamos a hacer eso: mirarnos y reírnos.

Era... ridículo, francamente. Estaba dispuesto a escalar la cima más cercana, desnudo, con tal de mantenerla a salvo, y el sonido de su risa hizo que ese miedo valiera la pena.

Siempre me había atraído la luz que desprendía. Sentía la necesidad de bañarme en ella.

—La he echado muchísimo de menos —dije sin pensar. Frankie se puso las manos en las mejillas—. Tu risa.

Un segundo después, su expresión era sombría y esa sonrisa tan bonita se había esfumado.

—El tatuaje que llevo —dijo en voz baja—, creo que deberías verlo.

Fruncí el ceño y, antes de que pudiera preguntar, se llevó las manos a los pechos y los separó un poco.

Enseguida reconocí lo que estaba viendo.

Me dejó sin aliento y consolidó mis sentimientos.

Ahora tenía la certeza absoluta de que era ella.

Frankie era la indicada. Tenía que serlo, dado que me llevaba en su piel.

—Pensé en ti mientras estaba en esa silla, tatuándome. Deseé que estuvieras allí. Y esperé no arrepentirme de habérmelo hecho.

El corazón me latía con fuerza. Pasé el pulgar por encima del dibujo para sentir cómo era esa versión más pequeña del primer tatuaje que me había hecho, el que significaba tanto para mí, el que me había marcado como ningún otro. Era una polilla.

Noté que me fallaban las piernas.

—¿Y lo hiciste? —le pregunté—. ¿Te has arrepentido?

—No —respondió, y algo me decía que no mentía—. Nunca. A pesar de que me recordaba a algo que quería y no podía tener... Al fin y al cabo, me recordaba a ti. Y a ti nunca me he arrepentido de haberte querido, Turner.

Apenas podía respirar, pero me obligué a hablar.

—Soy todo tuyo, Frankie. Ya lo sabes.

Ella asintió, pero me di cuenta de que había algo más.

—Sin peros —dije—. Quiero casarme contigo.

Quiero apoyarte cuando lo necesites y construir una vida contigo.

Quiero esperarte en la cama cuando te quedes hasta tarde escribiendo.

Quiero despertarte con besos y pedirte que no seas demasiado dura contigo misma ese día.

Quiero protegerte de los horrores de este mundo y compartir contigo la luz.

Quiero follarte y recordarte que siempre has sido mía por si alguna vez se te olvida.

Y quiero adorarte hasta compensar el tiempo que hemos pasado sin estar juntos porque no luché por lo nuestro.

Frankie se quedó muy quieta por un momento.

—Dime que me quieres —me pidió.

—Te quiero, Frankie Rossi. Te amo como las polillas aman la luz. Con desesperación. A ciegas. Y hasta el fin de mis días.